Archivos Mensuales: agosto 2013

En estado de ignorancia: La Oficina, de Felipe Victoriano

por Bárbara Cáceres

la oficina0003Lo primero que llama la atención del libro La oficina de Felipe Victoriano es el grabado digital de Jorge González Lohse (1965) que se usa como ilustración de portada. El grabado forma parte de una carpeta de trabajos que el artista chileno titula Ejercicios de realidad. En segundo lugar aparece el título, y la imagen que uno se hace con este nombre —la oficina— hace sentido inmediato con los “ejercicios”, sobre todo si se toma en cuenta que lo que muestra el grabado “inscripción voluntaria I” son hileras de militares marchando dentro de un escenario pop mientras que abajo, una muñeca rubia con articulaciones similares a las de los soldados, parece desfilar, o danzar con un cinturón de dinamitas. Entonces, entre el título y la ilustración, la idea que uno se arma del relato va hacia dos lados: los inicios de los años 90, donde “la oficina” del nuevo presidente, elegido democráticamente, pretendía desarticular lo que quedaba de movimientos armados; o bien a lo que menciona la contra portada, la oficina burocrática de la que todos han sido parte en algún momento.

La oficina de Victoriano se formula a partir de cuatro voces que relatan en primera persona a modo de confesión. Estas cuatro voces, de cuatro miembros de la oficina, se rotan cuatro veces en el mismo orden. Sin embargo, el relato lineal configura el espacio de manera aleatoria, y el vacío que dejan algunas confesiones se llena con lo que cuenta el personaje siguiente. Si no fuera por las contadas veces en que los personajes de la oficina se refieren directamente al lector, como si fuera él quien tiene que solucionar el intricado, esta novela traería a la memoria la segunda parte del libro de Bolaño Los detectives salvajes, donde la novela se desarrolla como un juego con la multiplicidad de relatos que por medio de narraciones directas de muchos personajes intenta armar el recorrido de veinte años de los desaparecidos real visceralistas.

Y es que, en efecto, en la oficina, los dos personajes más importantes en la misión tampoco tienen voz propia, son solo la imagen que uno se construye a partir de la descripción de los otros. Porque si bien existe un misterio que al parecer nadie en la oficina logra comprender, lo que el lector realmente arma durante la lectura, es un espacio ficticio, de relaciones subordinadas por “el jefe”, su secretaria y el miedo, un lugar donde todos los personajes parecen andar a un mismo ritmo, y donde basta que uno finja el cambio incitando una posible revolución, para que la desgracia se provoque de inmediato, aun cuando no pretendía explotar ni ser más que una idea en potencia.

El símbolo de tragedia en La oficina son unas publicaciones que nunca debieron ver la luz. De hecho el relato se apoya constantemente en la importancia que tiene el papel impreso, el mensaje, los libros, como si esto fuera la real amenaza al ser literalmente lo que se opone a lo oculto. El libro de autoayuda que se menciona en una de las publicaciones que termina por desarmar la oficina, vale una “suma estratosférica de $35.000, y al preguntarle al dependiente el porqué de tal valor, éste [dice] que el problema era “el lujo”, que tener un libro es un lujo” (p.105).

Por otra parte Ibarra, una de las cuatro voces del relato, intimida constantemente a los demás por ser quien toma notas en las reuniones. Y lo que Ruiz -otra de las voces recuerda de memoria, dice que “la visibilidad ya no es más un hecho objetivo sino un atributo subjetivo, interior, capaz de vivir en nosotros como un haz de luz proyectándose sobre un fondo desconocido y poderoso” (p.146). Es decir que lo visible sería la imagen representada, la repetición, quizás el ritmo como en la marcha de la portada, pero que no es más que el reflejo de una realidad otra que quizás es, a su vez, una nueva imagen y así hasta un infinito donde finalmente lo apabullante de lo desconocido se transforma en un poder que comanda solamente por una suerte de analfabetismo mental.

Finalmente, lo que el lector de La oficina  de Felipe Victoriano termina por configurar es la afirmación de una de las frases que desde afuera acaba con la colusión interna de este centro de inteligencia: “En Chile hay ciertas cosas que permanecen en estado de ignorancia colectiva pero que poseen un carácter explicativo impresionante: el lujo, ciertas enfermedades de carácter mental y la oficina, por nombrar algunas” (p.105).

La oficina

Felipe Victoriano

Das Kapital, 2013

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Bárbara Cáceres Chomalí (Santiago, 1983) es Licenciada en Estética por la Pontificia Universidad Católica de Chile y ha realizado estudios de artes visuales (Universidad Arcis), de arquitectura (PUC) y el Diplomado en Edición y Publicaciones, PUC.

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¿Qué hay después de la belleza?: CUARZO, de Juan Santander Leal

Por Daniela Stevens

CUARZOCuarzo, publicado por Marea Baja Ediciones en el año 2012, es el segundo libro de Juan Santander Leal (Copiapó, 1984). Dicho texto expone, en sus 26 páginas, varios poemas cortos y sin título que pueden ser leídos, si se quiere, como uno solo. Este poemario presenta un tono sumamente reflexivo, donde el hablante realiza una descripción minuciosa de su experiencia, o bien, de lo que sucede a su alrededor: “Cuando llega el otoño / me detengo a mirar a través de la jaqueca. / Hay pestañas en la taza / y nudos que la sal deshace. / El gato quiere lamer / las cáscaras del techo” (p. 7). En los versos anteriores se observan elementos que están dentro de una esfera cotidiana, como lo es la jaqueca, la taza, el techo, entre otras. Esto permite que se construya una lentitud efectiva en el poemario. Los objetos y, en general, todo lo que se encuentra dentro del texto aparece de forma detallada. Cada verso funciona como si fuera una fotografía. Se enfatiza la minuciosidad de los elementos materiales o inmateriales que se perciben: “Cada siesta es un ejemplo, / cada hora de trabajo es un ejemplo. / El carpintero espera que su oficio / sea necesario nuevamente / y dos ancianos comparan sus manos / como si fuesen de un metal rayado” (p. 13). Este trabajo poético de Santander Leal, transmite, en definitiva, una especie de intimidad con el lector.

Sin embargo, esa misma lentitud y ese tono reflexivo que se desarrolla en el libro,  remite, en ciertos momentos, a la poesía de Jorge Teillier. Aquellos elementos que son utilizados por el autor de Cuarzo, como gato, techo de zinc y otoño, son recurrentes en el lenguaje lárico. Asimismo ocurre con la disposición de las imágenes, donde cada animal, cada fenómeno climático o cada objeto provocan las consecuencias. Aquí los individuos no son los que ejercen verdaderamente las acciones. De hecho, las únicas personas que actúan en el libro resultan ser pequeños grupos: “Los pacientes  / olvidan el camino a sus camas” (p. 12), “Los niños apuestan en las calles / Los profesores conversan con / los quejidos de las micros” (p. 14), “Las vírgenes descampan cuando hay mil libros / leídos por la parsimonia de los ejes de su cuerpo” (p. 26). Lo anterior demuestra que estamos frente a “entidades”, algo o alguien que provoca reiteradas veces los sucesos.

Pese a esto, no es el único parentesco literario que podemos apreciar, pues existe aquí una especie de lenguaje objetivo que nos recuerda a La Ciudad, de Gonzalo Millán. La principal característica del hablante, que aparece en Cuarzo, consiste en funcionar a modo de testigo: “La piel está despoblada al amanecer, / se abre la boca de los peatonales, las clavículas son caminos cortados, el pelo negro tapa los derrumbes, la dentadura es tan difícil de olvidar” (p.13). Por otro lado, es necesario señalar que el lector debe enfrentarse a una escritura que se vuelve repetitiva en cuanto a la formulación de los poemas, la expectativa se va disipando, pues su autor enuncia, describe, pero no resuelve adecuadamente el sentido del libro. Es necesario preguntarse, entonces, qué hay después de la belleza que tienen estas imágenes: cuál es la importancia o la consecuencia del cuarzo más allá de nombrar, nuevamente, sus diferentes tipos, a quiénes afectarían sus propiedades terapéuticas o cuál es el objetivo de este en el poemario. Porque aquella insistencia de estar constantemente “mencionando” provoca que el texto, de pronto, se presente solo como un cúmulo de enumeraciones sin sentido. De esta manera, el libro de Santander Leal se transforma en una especie de letanía que, si no fuera por sus imágenes elaboradas con prolijidad y su pequeña extensión, posiblemente provocarían en su lector un estado de prolongada somnolencia.

Cuarzo

Juan Santander Leal

Marea Baja Ediciones, 2012

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Daniela Stevens (Santiago, 1991) es estudiante de cuarto año de Literatura Creativa, UDP. Ha participado en diversos talleres de poesía a cargo de Paz Molina, Teresa Calderón, Andrés Morales y Raúl Zurita. Desde el 2008 participa en diferentes encuentros poéticos en la ciudad de Santiago, entre ellos se destacan el ciclo de poesía “Los Desconocidos de Siempre” organizado por Editorial Fuga y “El Cuarto Dedo en la Llaga”, a cargo de Produkto Kolectivo. Asimismo, fue partícipe del ciclo de lecturas “Amigo” realizado en la Biblioteca de Santiago y “La Poesía se fue al Chancho” en el Bar Chancho Seis. En el 2011 fue becaria del taller de poesía Fundación Pablo Neruda.

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