Archivos Mensuales: agosto 2016

Contra el verbalismo. Una nota lingüístico-política

por Luis Aránguiz

no bran no pain 2Resultaría difícil, para la mayoría de los chilenos pertenecientes sobre todo al vasto ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, ser indiferentes a la noticia de que el MINEDUC propone transformar el ramo de Filosofía en un electivo e incorporar algunas de sus materias a uno llamado “Educación Ciudadana”. Cosa similar ocurriría con Historia. Los más ofendidos, y con razón, por esta política son los profesores de historia y filosofía. Sin embargo, me parece fundamental pensar este problema desde otra área de competencia: la del lenguaje.

No soy profesor de filosofía, tampoco de historia. Pero como toda persona que busca el conocimiento, soy aficionado a ambas. Y me parece que esta política que se busca implementar tendrá repercusiones directas no para el uso del lenguaje, sino para su comprensión. Voy al grano. Mi tesis para este texto es sencilla: no se enseña lenguaje hasta que se haya enseñado a pensar el lenguaje. Por supuesto, presupongo una distinción fundamental: que lengua no es lenguaje. Que lengua es correlativa a idioma, que lenguaje es una posibilidad antropológica.

Lenguaje. Como el ramo “Lenguaje y comunicación”, ramo que, en realidad, debería ser “Lengua y comunicación”. Porque no es lenguaje. Hay gramática, sintaxis, pero no lenguaje en su abrumadora posibilidad. Solo podría ser lenguaje si hubiese tras él un pensamiento sobre el ser del lenguaje en tanto aspecto fundante de la experiencia y la existencia humanas. Una noción como esa no puede provenir sino de la filosofía del lenguaje y sus consecuencias sobre la lingüística. Y si hubo un tema controversial en el siglo XX, fue precisamente este: la cuestión por el lenguaje, que no la lengua.

La filosofía, con las lenguas, piensa el lenguaje. Las derivas de pensar el lenguaje son diversas, y cubren un espectro que puede pasar desde la filosofía analítica a la existencial, pero también a la lingüística, y en especial a la lingüística crítica, cuyo soporte no es otro que una forma particular de filosofía del lenguaje. En otras palabras, pensar el lenguaje es pensarnos en nuestras diversas dimensiones. Inevitablemente, entonces, en el decir de Henri Meschonnic: “Pensar el lenguaje es pensar la crítica” (99). No la polémica. La crítica: ejercicio de la búsqueda de historicidad, de un punto de vista. De ser y estar en un momento, espacio, tiempo, determinado, marcados por esa facticidad.

En tanto que pensamos el lenguaje, pensamos también la crítica. Pensar el lenguaje es, entonces, un riesgo para el que piensa. Pero también contra algo, contra alguien. Pensar el lenguaje es ejercitar el descubrimiento, el problema. Desde donde se hace posible la consecuente emergencia, acaso inevitable, de la cuestión por el poder, su gestión y  paradojas. La esfera pública es un espacio de disputas operando en forma de discurso. Reclamaciones, respuestas, negaciones, afirmaciones. Palabras que constatan mundos en oposición, anudadas bajo la sombra de una democracia,  de una “Educación Ciudadana” y, sin embargo, no se entienden. Porque el entender no es el oír. El entender es el pensar. Y el pensar el lenguaje. Pensar que desnuda a los significantes vacíos y anula la plurisignificancia de la palabra de la lengua. Pues la lengua cambia y evoluciona en la historia, pero el discurso es histórico, una encarnación de la experiencia que otorga un significado invariable a esa palabra de la lengua. Su potencia reside en que obliga a ser leído en relación con el hecho. De modo que siguiendo a Benveniste, Meschonnic afirma: “el sentido está en el discurso, no en la lengua” (71) pues solo éste es histórico, y aprender lengua es aprender significante y significado, no así aprender el lenguaje: no a través del cual nos transmitimos, sino en el cual nos transmitimos, en el decir de Benjamin.

Reducir a la filosofía es reducir el pensar. Reducir el pensar el lenguaje. Reducir el pensar el discurso, y por ello el sujeto y su historicidad. Es, en simple: dejar al lenguaje como un instrumento atemporal, a-histórico, que no comunica al sujeto, que no comunica la experiencia de ser. El lenguaje como un mero verbalismo. Herramienta para trabajar, para ordenar, para ejercer poder y controlar. Útil para la producción, útil para el trabajo, útil para el servicio. Reducir el pensar sobre el lenguaje es reducirnos. Una política de la deshumanización. En este sentido, no parece descabellada una radical declaración de Meschonnic: “El estado no puede tener otra teoría del lenguaje más que el instrumentalismo” (74). Agregaríamos: lo mismo para el sistema neoliberal y su gestión del ser humano.

La educación ciudadana no piensa el lenguaje. El ciudadano fue pensado en el lenguaje. ¿Qué es un ciudadano que no piensa el lenguaje, sino apenas un hablante de la lengua, operario inconsciente de la enorme máquina semántica? ¿Qué resultados puede traer una lengua sin lenguaje? ¿Será acaso posible que ante esta coyuntura, los profesores comprometidos no con la lengua, sino con el lenguaje, se hagan cargo también de esta cuestión? Se impone ante nosotros una lógica que ataca uno de los rasgos fundamentales de lo que nos hace humanos: el pensar. Es el verbalismo contra la palabra y el sentido. No entendernos, no la crítica, no la historia. Pero ya lo dijo Meschonnic, “en el lenguaje, es siempre la guerra” (99). Solo resta saber de qué lado estamos.

Referencias

Meschonnic, Henri. La poética como crítica del sentido. Buenos Aires: Mármol/Izquierdo, 2007.

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl. Actualmente cursa el magister en estudios internacionales, IDEA-USACH.

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Cataluña no es España: fútbol y nacionalismo en el Barcelona F.C.

por Christian Álvarez

catalonia not spainAlexis Sánchez se convierte en el segundo goleador del equipo –solo superado por el todopoderoso Messi–, aportando asistencias y fútbol colectivo. Hizo goles tan importantes como hermosos, pero nada de eso le bastó para ser reconocido en Barcelona F.C.

Claudio Bravo es pieza clave, admirado por sus compañeros, y se consagra como el capitán de la selección más exitosa de la historia de su país, derrotando en dos finales al todopodersoso Messi, pero no le basta para ser titular, para lo que se esgrimen argumentos impensables en otros jugadores de su nivel y en su posición, como su edad y la presencia de jóvenes promesas.

Si bien son dos casos, por lo que carecen de relevancia para hacer análisis estadísticos, dada su repercusión mediática, y siendo el fútbol una de las principales actividades mediáticas y simbólicas, creo que se puede ofrecer un análisis al respecto, y que se resume en que, en general, es extremadamente difícil que en Barcelona F.C. se valore a un futbolista hispanoamericano, precisamente, por el rol que el equipo barcelonés ha jugado en el posicionamiento del nacionalismo catalán, caracterizado por su antihispanismo.

Este rol del Barcelona F.C. está lejos de ser una suposición mía, sino que es una característica que se ha generado de forma explícita para, mediante su presencia mediática y admiración deportiva global, poner en circulación el separatismo catalán. Desde su lema “Mes que un club”, o el uso de la bandera de Cataluña a la par de la ausencia de referencias a la bandera de España, llegando hasta declaraciones nacionalistas de parte de sus principales figuras. Estas últimas incluyen a Gerard Piqué y Xavi Hernández apoyando el referéndum que busca la independencia catalana, y principalmente a Pep Guardiola, quien ha hecho mención de que viene de “un país llamado Cataluña, que pinta poco” y que “tiene lengua propia”, como razón que justificaría su distancia con el resto de España. Las declaraciones de Guardiola no pueden considerarse triviales, pues no solo es un exjugador del club, sino el técnico que llevó al Barcelona a un desempeño futbolístico que se encuentra en la cúspide de la historia de este deporte, tanto en logros como en espectáculo y consistencia.

Se podría argumentar que estas declaraciones representan el legítimo derecho individual de un deportista de tomar partido por la situación política de su tiempo –que no podemos negar– y que no tiene relación con decisiones deportivas. Sin embargo, este último punto se puede refutar fácilmente recordando el fallido paso de Emmanuel Petit, campeón del mundo en Francia 98 y de Europa en  2000. Sobre su paso por el Barcelona, Petit dice:

“La política y el nacionalismo que se respiraban en el vestuario fue demasiado para mí. Fui muy feliz de unirme al Barça, pero yo solo quería concentrarme en el fútbol. Cada día tratando de lidiar con temas que supuestamente no me correspondían […] Tan pronto como llegué al Barça la gente me decía: ‘no intentes aprender castellano, tienes que aprender catalán’. […] Entiendo que se sientan identificados con eso, pero eso está muy cerca del racismo” (párr. 1).

catalonia-is-not-spain_80966La calidad futbolística, innegable en Petit, no fue suficiente siquiera para tener un lugar en el plantel, tan solo por no cuajar en la configuración del club como enclave del nacionalismo catalán, que se supone debiese abarcar la totalidad de la vida pública de sus miembros. Así, las declaraciones de Xavi, Piqué y Guardiola no solo serían la opinión personal de sujetos interesados en la política nacional, sino que forman parte de una política declarada del club, que se refleja en sus usos iconográficos ya mencionados. La simpatía con el nacionalismo catalán resulta ser un ingrediente que determina en gran parte el reconocimiento popular y mediático en el Barcelona.

En este escenario, ¿cómo entender los pasos de Sánchez y Bravo? Debemos comprender, ante todo, que la visión del Barcelona, como club, difiere ampliamente según se mire desde la perspectiva europea o sudamericana, y especialmente chilena. Para Europa, los recursos discursivos e iconográficos del nacionalismo catalán son familiares, por lo que Barcelona es visto como un equipo que de algún modo busca marcar su diferencia del resto de España no solo en la cancha sino también en lo cultural. El clásico con el Real Madrid es el punto cúlmine del rechazo a lo que se considera un centralismo español, secundado de las finales de Copa del Rey en donde se aprovecha de pifear al monarca en rechazo al modelo de Estado vigente. Pero para Sudamérica es distinto. Barcelona es, ante todo, un equipo que forma parte de la primera división del fútbol español.

En el caso chileno, existe una particularidad que no se da en los futbolistas argentinos o brasileños; durante muchas décadas, el futbolista chileno casi no salía a jugar al extranjero, y su éxito era escaso. Con la globalización de los 90, cuando se dieron casos de éxito como los de Iván Zamorano y Marcelo Salas, pudimos empezar a ver de forma más frecuente que futbolistas nacidos y formados en Chile jugasen en Europa, y a un alto nivel. En este escenario, como la oportunidad era nueva y había que cuidarla, se comenzó a configurar un análisis del posible éxito de las figuras locales fundado en características idiosincráticas de las distintas ligas. Así, si un futbolista tiene pierna fuerte y aptitudes físicas que le favorezcan la marca –o la resistencia a ellas– y la frecuente disputa de la pelota en espacios cerrados, se dice que le conviene el fútbol italiano. Si un futbolista destaca por su velocidad y su capacidad de ser polifuncional, se dirá que le conviene la Premier League, y en el último tiempo, tras los éxitos de Vidal y Aránguiz, la Bundesliga. Finalmente, si un futbolista tiene como mayor virtud la habilidad, asociada a la picardía propia del barrio y el juego vistoso, se dirá que le acomoda España.

Alexis Sánchez vivió su infancia en Tocopilla, lejos del sistema de rivalidades y filiaciones de Santiago.  Lejos de un estadio de fútbol profesional, sus referentes no estaban en la cancha, al menos no en una real, sino en el animé. Fueron los Supercampeones quienes ocupaban sus fantasías, principalmente su protagonista, Oliver Atom, quien llega a jugar en el Barcelona. Los japoneses, compartiendo la ubicación periférica –en el contexto futbolístico– con la que tuvo alguna vez Chile, también reconocen las identidades asumidas anteriormente: España es el lugar para jugar con la pelota contra el piso, donde se aplaude la habilidad, y el Barcelona, uno de sus máximos exponentes. El sueño de niño de Sánchez de jugar en el Barcelona, por lo tanto, responde a la visión del club como exponente principal de un estilo que ante todo es español; jugar en el Barcelona es jugar en uno de los mejores equipos de España, que a su vez representa un estilo que acomodaría a un tipo de futbolista, el habilidoso que busca divertirse en la cancha y divertir al espectador. Para Sánchez, como para el común del aficionado al fútbol que no sea de Europa, Barcelona es inseparable de “La Liga”, cuya cúspide es el enfrentamiento contra el Real Madrid. El clásico es la reafirmación de esta unidad, y no un duelo de opuestos.

Claudio Bravo, por su parte, llega al Barcelona tras ocho temporadas en la Real Sociedad, su primer club europeo tras el debut y consolidación en Colo Colo. La Real Sociedad fue el paso natural para el futbolista sudamericano contemporáneo de nivel superior a la media: dejar la competencia local en gloria por una más exigente. En este caso, aunque la Real Sociedad fuese un club sin grandes aspiraciones, con quienes incluso jugó en la segunda división, la sola pertenencia a este conjunto que es “La Liga” o “el fútbol español”, como especialidad del sistema del “fútbol europeo”, vale la apuesta en términos deportivos. El paso al Barcelona fue, por ende, el reconocimiento de su labor dentro de ese mismo sistema: Bravo llega al Barcelona en tanto es uno de los mejores arqueros de España.

Estos hechos deben sumarse al dato evidente de la procedencia geopolítica de los futbolistas chilenos: Hispanoamérica. Así, las ganas de llegar a España, como liga, no solo responden a un deseo de mejorar el nivel y adquirir reconocimiento, sino porque facilita la integración, “preferiría España antes que Inglaterra o Alemania por el idioma”, dice la joven promesa chilena, quien, al venir preferentemente de los sectores más desfavorecidos, cuenta con el español como lengua única en la mayoría de los casos. En las anécdotas de Caszely, Yáñez o Zamorano, destacan las similitudes del clima mediterráneo con el de la zona central de Chile, ya registradas en la famosa carta de Pedro de Valdivia al rey Carlos V. De esta forma, Sánchez y Bravo, jugando en Barcelona, y desde su origen hispanoamericano y específicamente chileno, no dejan de considerarse habitantes de España. No aprenderán catalán puesto que el español ya permite una integración que, en el caso de Bravo, estaba afianzada. No ocuparán tiempo en adquirir las particularidades catalanas ya que su aprecio por Barcelona no se produjo por su simbolismo político sino, precisamente, por su lugar destacado en la competencia española, de la cual se asumen virtudes futbolísticas comunes a todos sus integrantes.

Por ende, independiente de sus éxitos, serán siempre extraños (1). Se podría contraargumentar  diciendo que, a lo largo de su historia, Barcelona sí ha sabido acoger como suyos a futbolistas extranjeros, partiendo por los máximos ídolos del club: Cruyff y Messi, y siguiendo una larga lista que incluirá a Ronaldinho, Romario, Koeman o Stoichkov. A pesar de esto, se podría decir que estos extranjeros comparten un rasgo común: no ser hispanoamericanos, en tanto su integración a Barcelona (como club y como ciudad) no pasa por resaltar una unidad con el resto de España. Por supuesto, pareciera que ignoro descaradamente el caso de Messi, pero por el hecho evidente de que el argentino reside en Barcelona desde los 13 años integrándose a su cantera. Para efectos prácticos, como el registro de pases, ha sido siempre de la casa.

Este análisis no pretende ser exhaustivo ni conclusivo (2), en el sentido de pretender agotar las razones del porqué Sánchez y Bravo no recibieron la valoración que sus rendimientos merecerían, tanto porque el mismo concepto de “valoración” es altamente subjetivo y ha quedado sin delimitar, como porque, en cualquier caso, puede responder a una multiplicidad de factores. Tampoco pretende ser predictivo, en tanto afirme que “el éxito de un extranjero en el Barcelona dependa de su identificación con el nacionalismo catalán”. Simplemente se trata de justificar la presencia de este factor dentro de la evaluación sobre cómo este club, uno de los que tiene mayor presencia mediática a nivel global, y que ha alcanzado en ocasiones el máximo rendimiento y aprecio deportivo, se presenta a sí mismo como más que un club: como un instrumento para poner consignas políticas que se fundan en su diferencia del resto de España, asumiendo una identidad cultural que, sin poder asimilarse a la nación española vigente, deberá conocerse para ser parte de uno de sus emblemas, el Fútbol Club Barcelona.

Notas

(1) Especulando, podríamos pensar en que sí habría un futbolista chileno hipotético que podría ser admirado en el Barcelona: descendiente de catalanes, o que haya desarrollado una cercanía cultural previa a Cataluña, como podrían ser estudios universitarios, o simpatías políticas con movimientos afines al independentismo. Jean Beausejour, al declararse afín a Pedro Cayuqueo, abierto partidario del independentismo catalán –por servir de antecedente a la autonomía mapuche– podría haber sido un caso de éxito. De todas formas, son condiciones que, dado el contexto que viven la mayoría de los futbolistas chilenos, es poco probable que ocurra.

(2) Me he limitado a exponer hechos (nacionalismo catalán, uso de este como identidad del club) para hacer una interpretación de la evaluación de casos deportivos puntuales (supuesto menosprecio de Sánchez y Bravo). No he entrado a hacer una valoración ética de ellos. Sin ser nacionalista, tampoco estoy, al menos con los antecedentes de este escrito, en posición de juzgar la construcción de identidad del Barcelona F.C. Hasta me parece inevitable que así suceda

Referencias

http://www.sport.es. “Petit: ‘El nacionalismo catalán está muy cerca del racismo’”. http://www.sport.es/es/noticias/barca/petit-nacionalismo-catalan-esta-muy-cerca-del-racismo-4540332

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Christian Álvarez Rojas (1985). Licenciado en Estética UC, Magíster (c) en Teoría e Historia del Arte U. de Chile y Magíster en Estéticas Americanas UC. Ha trabajado en gestión cultural y creación artística junto al Colectivo MICH entre 2010 y 2014. Músico, compositor en Quasar J-01 desde el 2006 hasta el presente. Ha investigado sobre las influencias estéticas del clasismo y el racismo en Chile, además de participar como curador en trabajos independientes. Actualmente cursa el Doctorado en Estudios Americanos en la U. de Santiago.

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El cuerpo de los otros: Froterismo, de Eduardo Barahona

por Valeria Fuenzalida

14012857_10208705429384763_347613144_oFroterismo; Parafilias I es la primera novela de Eduardo Barahona, publicada por Ripio Ediciones (2016). El subtítulo de la novela, Parafilias I, instala a Froterismo como la primera entrega de un proyecto mayor del autor destinado a esta temática.

La novela nos presenta la historia de un joven, Bastián, repartida en episodios que se suceden en cuatro días de su rutinaria vida. La historia comienza en una aparente cotidianeidad, donde observamos la rutina de un típico asalariado santiaguino. Sin embargo, desde esta apariencia, emergen los deseos sórdidos de Bastián y las grietas de su pasado, dando paso a lo obsceno. El relato nos muestra cómo el joven, incapaz de relacionarse e intimar con otro en forma normal, emocional o sexualmente, encuentra este ansiado contacto con un cuerpo otro en los roces ajenos que se suceden en el transporte público, arrojándose a la práctica del “froterismo” con alevosía, parafilia que le da nombre a la novela. El froterismo es una parafilia consistente en la excitación erótica mediante el rozamiento del órgano genital con el cuerpo de otra persona sin su consentimiento. Con el paso de los capítulos, Bastián se ve envuelto en sórdidas situaciones para-sexuales, las que son, aparentemente, la única forma en que puede relacionarse con el otro. Del mismo modo, comprendemos que es una víctima enajenada de su trabajo, donde con mucho esfuerzo ha conseguido la posición de “jefe de local”, puesto que le da sentido y jerarquía a su existencia: “Para él, todos los que trabajaban en el restaurant eran porquería. Lo que sobra de otras partes, como un colegio malo o una correccional. Gente inferior. Ni tan inteligente, ni tan lista, ni tan trabajadora como lo es él” (97).

La propuesta es atractiva de leer, pues su autor logra administrar con habilidad el ritmo de una narración que se constituye en una historia atrayente. Además, la lectura es rápida y fácil, sin grandes obstáculos de forma entre el relato y el lector. A medida que los capítulos avanzan, la misma sordidez del relato que repele al lector, lo vuelve más y más atrapante, convirtiendo al lector en una especie de voyeur, que no puede dejar de mirar, pues se presiente una cierta catástrofe, pasada o futura, aproximándose.

La edición, sin embargo, tiene varios puntos cuestionables, pues el formato de publicación no es amigable a la vista: letra muy pequeña, incluyendo la utilizada en la contracubierta. El tamaño del libro intenta emular el formato “de bolsillo”, sin lograrlo. Del mismo modo, el texto cuanta con muchos errores de tipeo: letras erróneas y conectores faltantes en algunas oraciones, errores que resultan graves por su persistencia.

Lo interesante de Froterismo es que la historia no solo persigue mostrar la temática parafílica, sino que junto a ella son múltiples las aristas que se insinúan, como la soledad y la indiferencia en que nos sumerge la sociedad actual, las grietas en la cotidianeidad de una familia, la voz de un sujeto enajenado por la ideología del consumismo: la mujer como objeto sexual, el machismo y las nociones occidentales de éxito. Sin perseguir grandes aspiraciones escriturales, de forma o de género, la historia de Bastián aparece desnuda frente al lector, con un buen ritmo narrativo, pero sin trabajar sobre la escritura. Esta fórmula escueta y algo dura, de pronto aparece como la única forma de contar una historia sórdida como esta. En esta falta de pretensiones, la novela funciona por lo que es.

Eduardo Barahona

Froterismo

Ripio Ediciones, 2016

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Valeria Fuenzalida Vargas (1990), es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, mención Literatura, y Profesora de Educación Media, en Lenguaje y Comunicación (UChile). Ha participado como organizadora en las Jornadas de Literatura Latinoamericana “Palabra Abierta”, y como expositora en las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana de Estudiantes (Jalla-e).

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