Archivos Mensuales: septiembre 2016

Un lugar para los libros: Reflexiones del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras

por Eduardo Farías A.

portada-un-lugar-para-los-librosSi bien el crítico puede hablar sobre cualquier libro que un medio de prensa le entregue o que él se consiga, a veces elige no hacerlo o escribir desde otro formato, como la reseña. Comienzo de esta manera porque me encuentro en ese momento, decidiendo si hacer o no una crítica de Un lugar para los libros: Reflexiones del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras, publicado por LOM Ediciones este año. Hay libros que leemos con avidez porque el tema del que se habla nos interesa profundamente. Desde el deseo y el goce, nuestra lectura ya viene motivada, el libro se nos presenta como algo cercano, que deseamos consumir estableciendo un contrato temporal. Por lo tanto, la lectura, desde esta perspectiva, persigue, como una finalidad válida, la satisfacción personal del goce estético, de entretención o de conocimiento. Por el contrario, el crítico, por lo general, no habla desde una motivación previa debido al deseo de su lectura, sino que tiene la fortuna o la desgracia de leer desde y para el análisis de la obra, entonces lo hace observando cada pista que le permita desentrañar una interpretación literaria y editorial del libro. En este caso, prefiero solo reseñar Un lugar para los libros, porque mi lectura nace desde el deseo de interiorizar toda la información de este libro, por el goce que me provoca el tema. Y, desde ese goce, estoy reseñando este libro y no criticando.

Un lugar para los libros es una recopilación de artículos y ensayos de muchos autores, coordinado por Cristóbal Moya y Lorena Fuentes, quienes también escriben junto a Grínor Rojo, Bernardo Subercaseaux, María Eugenia Domínguez, Paulo Slachevsky, entre otros. Todos los textos que contiene fueron parte del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras, y nos hablan no solo de la historia del libro, sino que también del mundo editorial, de su industria y de la evolución de los tres, vislumbrando aquellos temas siempre para dar cuenta del ahora, del particular contexto que posee Chile actualmente. Un lugar para los libros se hace cargo de la reflexión acerca del momento actual del mundo editorial chileno, concepto que entiendo como una red de relaciones, de diverso tipo, entre autores, libros, editores, imprentas, librerías, lectores, formas y formatos de lectura. Y tal concepto refleja lo que es Un lugar para los libros, porque este libro no se restringe a un tema en específico, por el contrario, gracias al camino académico y profesional de cada escritor que aparece en este libro, cada uno de ellos muestra su foco, su perspectiva, sus preocupaciones. Y para hablar de todo este mundo editorial en nuestro país es necesaria la multidisciplinariedad, es decir, estudiar, analizar y reflexionar desde diferentes áreas del conocimiento que ayuden en la comprensión del fenómeno y el fomento de cambios en la realidad del mundo del libro y de la lectura. Un lugar para los libros es un libro que reúne, por lo tanto, muchas temáticas internas y perspectivas.

Finalmente, para quien no haya podido asistir al encuentro que origina la publicación, este libro es, sin duda, una excelente fotografía crítica de cómo se relaciona el chileno con el consumo de libros y con su propia decisión de lectura, y cómo se están desarrollando la competencia editorial y la creciente edición independiente. Sin embargo, toda fotografía tiene límites y este libro no es la excepción. Su enfoque nace desde una perspectiva económica, cultural y social de la edición, entonces lo que se privilegia para ser investigado es la industria editorial como negocio productivo en un sistema neoliberal y la lectura como, en parte, un mecanismo de consumo. Por tanto, experiencias desligadas de la construcción empresarial de la edición y de la lectura visible en los estudios sobre hábitos de lectura, que sí son parte del mundo editorial, no son recogidas en ninguno de los textos. No creo que esta decisión en el enfoque sea un problema del libro, ni mucho menos de los textos; es solo la evidencia de que todavía falta mucho por ser estudiado en el mundo editorial chileno. Un lugar para los libros se une a una serie de publicaciones que han logrado la loable hazaña de investigar y dar cuenta de todo un mundo fundamental para la construcción de la sociedad en términos humanos y éticos: el mundo de los libros.

Cristóbal Moya y Lorena Fuentes (coord.)

Un lugar para los libros: Reflexiones del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras

Lom, 2016

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Eduardo Farías Ascencio (Santiago, 1985) es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo. Actualmente es director editorial de Gramaje Ediciones.

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“Señoritas en Toma”. Un colegio de monjas en la revolución pingüina

por Gonzalo Schwenke

portada-valeria-barahona-02-e1463674733259A pesar del alto impacto que produjo en la sociedad chilena la denominada Revolución Pingüina del 2006, la narrativa chilena no se ha hecho cargo de manera sustancial del relato de aquellos días y, en consecuencia, la problematización de dicho movimiento y de sus alcances hasta la actualidad no ha sido abordada adecuadamente. En ese contexto, y tras cumplirse 10 años de las marchas y tomas de colegios con que los estudiantes secundarios movilizados exigieron mejoras a la educación pública, la novela Señoritas en Toma (Emergencia Narrativa, 2016) se vale de dicho acontecimiento como pretexto para contar la historia de un grupo de niñas que se rebelan a su instrucción para el matrimonio. Es así que, a partir del tópico de la rebeldía juvenil, se ponen en marcha las acciones que dan curso a la narración, caracterizada por la lucha de estas adolescentes por salir de la zona de protección familiar sin renunciar a sus privilegios de clase, esto es, sublevarse al viejo orden pero sin cuestionar su origen social.

Mariana de Jesús, hija de padres de clase acomodada, cursa el último año en un colegio católico para mujeres de Santiago, en el que vive el día a día entre la enseñanza casi monástica del bordado, avemarías y las fiestas desenfrenadas. Ella asumirá la voz femenina de su generación y, junto a sus compañeras, adherirá al movimiento estudiantil: participarán de manifestaciones y se plegarán a las tomas de liceos junto a Felipe –hijo de la empleada de una familia vecina–, quien dará enfoque al momento histórico que viven, develando otras realidades que darán pie para la emergencia de una mayor consciencia social y de género.

A lo largo de la obra observamos en distintos niveles choques culturales de diversa índole, como el enfrentamiento entre lo nuevo y lo añejo, la lucha de clases, el empoderamiento femenino frente a la dominación masculina y la institución versus la calle. En todos estos casos, las protagonistas recurren a la desobediencia para aparecer a la vanguardia, haciendo suyas las luchas reivindicativas que más les acomodan desde su lugar de privilegio y enfrentándose a un enemigo presente pero estático.

Cabe subrayar que en la generación a la que pertenece la protagonista predomina la valía de los apellidos, de la pertenencia a un determinado grupo social, donde los Urrutia, los Ojeda, los Aylwin, los Aldunate, los Müller, etc., son la norma. En cambio, Felipe se diferencia del resto porque es hijo de la empleada de casa de la familia García. Él sostendrá su condición de mero sujeto durante la mayor parte de la novela y sólo saldrá a colación su apellido cuando asuma un rol más protagónico en función de lo económico. En ese mismo orden de cosas, la palabra “nana” es una etiqueta peyorativa útil para quienes desean establecer una línea de separación entre los propios y los otros, es decir, la exclusión de personas que no pertenecen a su mismo escalafón social: “las nanas columpiaban a tres niñas desencajadas de la risa” (114).

Mariana de Jesús, en su ampliación del mundo y enfrentada a lo establecido, carece de profundidad discursiva, ya que permanentemente está analizando desde lo masculino al resto de sus congéneres, lo que anula cualquier discurso de liberación: “teníamos como patrimonio común un séquito de pequeñas cinturas delineadas sin error, salvo la de O’Ryan, cuya hermosa cara le permitía equilibrar con gracia ese par de centímetros de más en el borde del calzón” (17).

Durante la novela predomina lo secuencial: una escritura llana que evidencia con urgencia la necesidad de recursos estilísticos y narrativos que generen las condiciones textuales para el despliegue de una mayor profundidad reflexiva sobre lo político-social desde las nuevas generaciones, quienes subvierten y amplían el campo de discusión distanciándose de la norma pero también sabiendo cómo utilizar este elemento para su propio beneficio. El debut literario de Barahona tiene su fortaleza en abordar la historia reciente del país. Sin embargo, la chatura reflexiva a lo largo de la narración y su pura apariencia de avanzada frente a un antagonista anacrónico, le quita solidez a un texto oportunista en que su portada el color amarillo es más representativo de su contenido.

Valeria Barahona

Señoritas en toma

Emergencia Narrativa Ediciones, 2016

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Gonzalo Schwenke (1989). Es Profesor de Lenguaje y Comunicación por la Universidad Austral de Chile. Es además crtítico literario del diaro El Insular de Chiloé: http://www.elinsular.cl/.

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Viaje al quebranto seco en ‘Nocturna’, de Guillermo Mondaca

por Katherine Hoch

“Yo también veo a aquel hombre disperso, incompleto, medio locura,
medio ambiente, medio verdad”
Martín Adán

nocturna_mondacaAntes de escribir cualquier tipo de comentario sobre el libro de Guillermo Mondaca, creo necesario aclarar que un texto de “fácil lectura” reafirma la zona de confort e invita al lector a un lecho estable y seguro; no necesita de un receptor activo, crítico o autónomo ya que se basta a sí mismo en su detención. Dicho esto, puedo enunciar que Nocturna (Fuga, 2014) está lejos de ser un libro de lecho estable y seguro; Nocturna nos invita al paso de la noche en la noche, pero, también, a la transformación que supone comprender el origen como un estado previo a la materialización de un sujeto. Es por esto último, que el libro de Mondaca, depara la búsqueda de un sujeto incierto, que se contempla a sí mismo desde la certeza del instante previo a su nacimiento. Mar, tierra; como es arriba es abajo. “Todo en el azar es un centro flechado/ que se nombra contra el destino” (31). Luz, sombra; como es arriba es abajo. Son estos los conceptos que inician el rito que significa la lectura de Nocturna. En este caso, es una lucidez onírica y mítica la que trasforma la imagen de lo sagrado en un acontecer profano: “Volé hundiendo el brazo en el aceite tornasol de la fábula/ la presencia y sus puntas cortaron el reflejo/ que unifica la fuente” (34).

La mirada del sujeto inicial, del no-nacido, se condice con la aparición de la figura femenina en el poema III: “Ninguna línea que los busque/ ninguna línea que me nombre/ porque he sido robado por la loba” (13). El sujeto se despoja una vez más de su condición en la medida que esta loba–fémina aparece: “La búsqueda que somos/ nos deja ir” (15). De esta manera, es el acto de auto indagación y creación el que se constituye como un viaje a lo largo de todo el poema. Un viaje que asume su propia condición de dispersión y trizadura, evidenciada en el despliegue de infinitos significantes, imágenes caóticas, aparentemente dispersas, pero que en su conjunto –en su sistema poético– adquieren un carácter unívoco. Esta constitución del sujeto poético articula un proceso de inscripción continuo, sobre sí mismo, siendo el poema, el texto, su viaje, su trayecto, su huella de significantes e imágenes.

Este acto, imposible y a la vez buscado, se inscribe en Nocturna a partir de la contraposición de imágenes surrealistas y sinestésicas: “el volumen del color”, “la piel del ruido”, “la boca del límite”. Dichos elementos se acompañan de una línea semántica clara: fuego negro, piedras en la garganta, puerta de sangre, moler dientes, llamas de vidrio, hélice de leche, bengala de sangre, etc. Todo este universo de imágenes contrapuestas y de fuerza poética avasalladora culminan en el efecto que se produce cuando el poeta anuncia “estoy en lo ausente”. Es decir, el sujeto poético es esa ausencia construida de destellos coloridos, de tacto y locura, de avanzar con la sangre espesa y densa. Lo es en la medida en que el texto despliega su red de significantes. Es así, que sólo a través de la dispersión y su exaltación convertida en ausencia pura, el yo del texto se constituye: “¿Busco, acaso, el ámbito/ donde componer lo que disperso me unifica?” (p.26). El vacío y el todo se juntan en el acto unificador.

Este viaje constituye un despertar de los elementos en todo el poema, así como un comprender el mundo y el yo a través de estos: “solo me ilumina la luz/ cuando quemándose me apaga” (21). La alucinación incesante que vive la voz poética de estos versos aturde pero a la vez expande espacios vacíos y propios del lector. El hermetismo de estos poemas se abre y despliega al ritmo de la lectura, cual sujeto amoroso abismado en el sentimiento, cual herida de iniciación en la creación de sí. Se es ante todo animal, seco y cabrío, mar, sangre, piedra dura. El vaivén de esta corriente elemental, se escapa del raciocinio que presupone la existencia del ego en el sujeto, al decir: “Voy hacia la tierra quemada/ soy la tierra del incendio (24), y se plantea un estado intermedio de no materia, en cuanto se es ceniza, pero a la vez se es fuego en la acción.

Atmósfera y ambiente en lo natural y lo (des)natural preparan el viaje de regreso desde un Infierno espeso y visceral en su diseño espiral, cósmico. No es el Infierno culposo ni el Infierno de Dante la presencia que se intuye en Nocturna, sino la fuerza, la densidad y el calor del Mictlán azteca. Y es en el descubrimiento de su fervor cuando Mondaca pregunta ingenua y sarcásticamente al lector: “¿Qué es lo que pasa: el tiempo o el olvido?”. Respuesta que no obtendremos quizá, sino en códigos cifrados en el regreso de la vida después de la muerte. Advierto y repito: no es el descenso al Infierno lo que desestabilizará al lector de su lecho estable y seguro, sino el ascenso al Mictlán siempre incómodo para los escépticos. “¿No subimos acaso para abajo?”, Vallejo lo sabía. Como es arriba es abajo, maúlla Nocturna con la sutileza de los espacios vacíos.

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Katherine Hoch (1991). Estudió Licenciatura en Literatura con Mención en Gestión Cultural, minor Artes Visuales, en Universidad Finis Terrae. Es fundadora del colectivo Pantógrafas (Estudios experimentales de cine).

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