Archivos Mensuales: octubre 2016

Ese extraño hundimiento en lo imposible

por Jorge Lorca

14612574_10154626067659394_2924736600832490537_oEl artista nacional Wladymir Bernechea (Rancagua 1989) nos presenta la muestra Hundirse en la niebla, un conjunto de obras que tienen como antecedente directo, un extenso recorrido visual previo de imágenes para un trabajo conceptual y plástico de larga data. La pregunta en que Bernechea se mueve, recursivamente, es si en el fondo es posible que los espacios puedan ser dotados de cierta afectación o sentimentalidad. Por “espacios” el artista entiende aquí cualquier lugar que pueda ser vaciado de significado y cargado al mismo tiempo de uno novedoso o completamente diferente del anterior. Esta resemantización territorial produce una dislocación, una fractura que hace emerger desde su propia plasticidad discursiva la sensación de extravío, de extrañeza ante lo que se mira o se es “testigo”. En este mismo sentido, lo geométrico que acá comparece no se condice o no se corresponde con lo orgánico del paisaje. Uno se puede preguntar, ¿son estas obras un ejercicio de plantear “utopías” pero cargadas de un índice de negatividad? En las escenas que se observan, por ejemplo, las casas y edificaciones se presentan como arquitecturas obstruidas sobre sí, esto quiere decir que esos habitáculos no están construidos para acoger ni cobijar, y son, por el contrario, algo completamente diferente del hogar, que podría ser definido como una suerte de nido o forma cómoda que se adapta a uno mismo (Bachelard).

La elección de los paisajes tampoco es casual y menos la proliferación de cielos cubiertos, los cuales evocan y ponen en tensión una especie de dramatismo atmosférico. Es por eso que estas imágenes parecen articularse justo momentos antes de que acontezca la catástrofe o en el segundo previo a la caída de la “tormenta”. Por lo tanto, su primera relación pictórica es con la atmósfera o con lo que circunda al objeto propuesto. En este punto es donde decimos que los cuadros de Bernechea tensionan el exterior circundante con la arquitectura y en donde los demás elementos plantean un conflicto con el gris monocromático que acentúa la sensación de peligro e inhospitalidad. El tamaño de las obras tiene también una intención clara: la de albergar en una microcápsula, un pequeño espacio suspendido, para que se acreciente en él la incerteza de la duda o la imposibilidad propositiva de una convicción, de un saber qué sucede o cuál decisión se debe tomar. Las dimensiones de los cuadros invitan al espectador a acercarse físicamente a mirar, pero a la vez la imagen ofrecida para su regocijo estético le rechaza, al no dejarlo entrar cómodamente en la escena, ni sentirse a gusto frente a lo que se mira. Bernechea reflexiona y elabora cruces entre las ideas de espacio, silencio, gravedad, atmósfera, afectación, monocromía, antropofobia, melancolía, incomunicación y soledad.

Bernechea es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile, Magister en Artes Visuales por la UNAM (Universidad Autónoma de México), además de desempeñarse como docente en varias universidades del país. Viene desarrollando a la par una amplia trayectoria en diversos espacios expositivos nacionales, como la muestra Reconstitución de escena en el Centro Cultural Estación Mapocho; Caminar sobre el fuego, Galería Worm; Desde el resto, Museo de Arte Contemporáneo; El tiempo de las cosas, Sala A. M.; Desde donde mirar el cielo, Galería Bech; Tercer paisaje, Galería Balmaceda Arte Joven; Cabeza de ratón, Museo de Artes Visuales; y también las muestras internacionales Habitar la tormenta, Cenart (Centro Nacional de las Artes) México D. F; Art of Humanity, he Rubelle and Norman Schafler Gallery, New York, Estados Unidos; Imago Mundi, Fondazione Giorgio Cini, Venecia, Italia; Juntamos mundos, Galería 77, Médico D. F; Grafismos Now, Galería Principal UAEM, Toluca, México, entre otras.

Sus influencias como artista no vienen dadas solamente desde el campo de las artes plásticas, Malevich por ejemplo, sino que proceden también del animé, del cine y de la arquitectura. Estos influjos estéticos están presentes en las formas, los espacios y en las maneras de configurar los cruces entre lo abstracto de las edificaciones y los paisajes, los tonos y las superficies de emotividad. Todo ello hace que la obra de Bernechea sea un encuentro entre la cultura pop y las absorciones propias que realiza el arte contemporáneo con el imaginario cultural.

La muestra se inaugura este viernes 4 de noviembre, a las 19:00 hrs, en la Sala de Exposición, Centro Cultural Las Condes, Avda. Apoquindo #6570. Entrada Liberada.

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Jorge Lorca Leiva (1974) Ensayista, investigador, curador, archivista, docente y esteta. Doctor © en Filosofía por la Universidad de Chile y Licenciado en Educación y Profesor de Filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Tiene además un postítulo en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se ha adjudicado la beca “Capital Humano Avanzado” para Doctorado Nacional, por la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología CONICYT del Gobierno de Chile y el Fondo del Libro del CNCA, Convocatoria 2016, en la Línea de Creación, Ensayo. Es colaborador permanente de la “Revista de Teoría del Arte” de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, miembro del comité editorial de la Revista Internacional de Filosofía “Mutatis Mutandis” y árbitro revisor de la “Revista Enfoques” de la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Central. Ha participado a su vez como mediador artístico en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile y como curador en importantes galerías y espacios de difusión de la cultura y las artes.

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“cuando la certidumbre toma aire y emigra”. Lengua de Señas, de Enrique Winter

por Eduardo Farías A.

14741577_10154743323314309_210996878_n-1Lengua de señas, de Enrique Winter, es un  libro peculiar en muchos sentidos  ante el cual no se puede quedar poéticamente desinteresado. Primero, Alquimia Ediciones publica este poemario  galardonado con el Premio Nacional de Poesía Pablo de Rokha, confirmando que Enrique es un autor de la casa. Segundo, con este libro corrobora su ascendente carrera, la que incluye la internacionalización de su escritura. Tercero, el diseño para esta publicación está realizado por Estudio Navaja, que viene construyendo silenciosamente un diseño editorial único en la escena independiente y la cubierta para Lengua de señas no es la excepción. En ella hay imágenes distintas en diferentes planos, las que se encuentran superpuestas; detrás de una paloma muerta aparece una mujer, presumiblemente, con los ojos vendados y las manos extendidas hacia adelante, como quien está caminando en la oscuridad. Esta segunda imagen, en mi opinión, es la más significativa, porque dialoga con el título y entrega una ruta posible de interpretación que podemos continuar en el interior del libro. Y, cuarto, Lengua de señas no es fácil de leer, cuesta entregarse y dejarse fluir en la lectura. Enrique Winter asume, al construir esta lengua de señas, la posibilidad de la no comunicación entre el poema y el lector, un riesgo no menor y, desde mi perspectiva, lo que se logra en el acto de lectura y la pérdida de sentido constante a la que nos somete Enrique, es lo que marca la importancia de esta publicación en la poesía chilena contemporánea.

Como lectores somos la persona de la cubierta, nuestros ojos están vendados no ante un nuevo código como Totémesis, de Sergio Alfen-Romussi, ni una nueva forma de escritura como Apología de la droga, de Mario Verdugo, ni nada por el estilo. Más bien, Enrique Winter nos traslada a una sensación específica de lectura, en la que continuamente nos estamos preguntando por el sentido de lo leído en el poema. Esta sensación de lectura funciona como una excelente analogía que nos permite vislumbrar la sensación que tiene una persona cuando se enfrenta al lenguaje de señas, como esta mujer con los ojos vendados en la cubierta, enfrentando lo que no entiende. Desde mi perspectiva, este libro trata de la no comunicación, de la que justamente el poeta escapa, porque el motor de publicar lo escrito proviene de la comunicación, desde el anhelo legítimo de pensar que el poema, en este caso, contiene un mensaje literario importante y que es necesario que se comprenda. Por lo tanto, la no comunicación es un peligro para el deseo del poeta, ya que el lector, en el momento que guste, puede no continuar leyendo, posibilidad que se acrecienta cuando una escritura que no se entiende.  Este peligro puede ser entendido desde la ceguera. Como consecuencia de la no comunicación, esta sensación de lectura hace que el lector deba dialogar consigo mismo en la búsqueda del camino interpretativo, respondiendo la pregunta “¿Qué mensaje me está planteando este poema y hacia dónde va el poemario?”.

Poéticamente, Enrique Winter construye la mayoría de sus  textos desde la vertiginosidad de la relación tema-rema, un flujo constante de ida, nunca de regreso: “Dos las personas / la mano de una es una araña / y en la cabeza de la otra teje / bien despacito / la telaraña de su pelo / el vello de los brazos y los muslos // la polilla es la piel que atrapa / con la lengua // un hombre bajo una mujer también son una araña / cuando no cada uno y con ella cantando / o de comentarista de los momentos previos las aceitunas / son ojos y en el velador echados a las hormigas / pueden ser esa hormiga ahora las dos personas del comienzo / las mismas de después que acunaron sus lenguas / a contraluz esferas de las que salen patas piernas brazos” (18). La imaginación creacionista, la sonoridad rítmica más la sintaxis que no para, que no vuelve sobre sí misma, son los procedimientos principales para la creación del efecto poético no comunicativo en la lectura.

Además, para potenciar la no comunicación incorpora versos inconclusos, si consideramos la información que debería tener un mensaje: “el agua pronto ahoga las mejillas / coloradas a la manera de / o de la apuesta perdida a los quince” (14), o “El rocío / moja nuestra fortuna sin aguarla / mientras no llegue el día del recibo / de las cuotas impagas y nos quiten” (28). ¿Nos quiten qué? Estos versos con ideas inconclusas son parte de otro procedimiento  para provocar la no comunicación, sacar al lector de la lectura. Otro procedimiento novedoso es titular el poema al interior del mismo: “el agua que se evaporó de alguien como tú nadando en el lago / cayó en la lluvia de otra como tú cubriéndose con los dedos o / no al lavárselos en la tina mientras espero que salgas a tocarme // espero y luego espero usar tus piernas como bufanda // en un invierno que no pasó por aquí como un censista perdido / tocando la puerta para consultar quién eres” (75). Enrique Winter no abusa de este procedimiento en el poemario, por tanto no agota un recurso específico, pero sumamente interesante, del cual no puedo reconocer su  proveniencia en nuestra poesía y si me equivoco, espero ser rectificado.

Lengua de señas es un libro espeso y colmado de rincones que esconden discursos, temáticas, realidades, momentos, relaciones, palabras, un poemario que no nos la hace fácil, que desde el principio se resiste a ser cosificado y en esa resistencia va desplegando una serie de procedimientos literarios. En conclusión, Lengua de señas, de Enrique Winter, no es sencillo de leer y sin duda que nos exige ser otros lectores, “cuando la certidumbre toma aire y emigra” (19).

Lengua de señas

Enrique Winter

Alquimia Ediciones, 2015

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Eduardo Farías Ascencio (Santiago, 1985) es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo. Actualmente es director editorial de Gramaje Ediciones.

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Postales nocturnas. “Labios ardientes”, de Emilio Ramón

por Gonzalo Schwenke

labios-ardientesLabios Ardientes, la opera prima de Emilio Ramón (1984), es una novela basada en abismos y superioridad moral desde lo degradado y que en su estructura tradicional destaca por la minimización de recursos de estilo.

En las primeras páginas, el autor deja entrever cómo vendrá el nudo y el lector se cuestiona si hacia el final de la novela el protagonista logrará salir del abismo en el que ha sumido su cotidiano. Nada nuevo bajo el sol. En adelante, serán incontables las exhibiciones hedónicas del narrador. Éstas serán presentadas con igual relieve al mérito de ser un estudiante destacado durante la educación media que está preparado para las exigencias de la vida universitaria y las obligaciones económicas que se imponen para estudiar dirección de cine y televisión.

Pablo Tapia emigra a la capital con el fin de convertirse en cineasta, pero al poco tiempo debe congelar la carrera debido a las estrecheces económicas. Empieza a buscar empleo y encuentra uno como cuidador de un cine porno. En tal situación y a diferencia de la mayoría de los escritores de Santiago, el protagonista observa una ciudad donde lo que resalta es la pobreza y la marginación social, lejos —incluso— de la preemergencia ambiental y de la maquinaria trabajadora que recorre las calles durante el día. De esta manera se configura un entorno de degradación social: “Y caminar por el centro de noche es un espectáculo digno de ver. Santiago parece otra ciudad, como si las alcantarillas se tragaran al ciudadano diurno de traje y corbata y vomitara a las putas, a los locos y a los angustiados, a los vagabundos y a los deformes”(10).

En aquel cine, el administrador del local, don Marcelo, apodado “el Gorila”, quien representa la decadencia de su negocio, le solicita a sus empleados hacer turnos dobles. Esto significa no sólo operar el local sino también satisfacer sexualmente a su mujer Gloria, una exprostituta ninfómana que su marido complace en todos sus caprichos.

El argumento de la obra coincide con la aparición de Natalia, una clienta habitual que llega a reemplazar al recién fallecido Claudio González (cortador de boletos y amante de las pistolas), muerto por propia mano. Esta circunstancia provocará que Natalia participe con una inesperada preponderancia en la vida y en el departamento de Pablo, revelando su cotidiano y su forma de ver la vida, donde ninguna relación humana debe tener importancia sino sacar el máximo provecho de las personas: “me doy cuenta de que todo el rollo del velorio no es por la comida o el vino, sino para conocer a paltones con una buena billetera y llevárselos a la cama” (51).

Pablo Tapia es un perdedor y un misógino irremediable con delirios de grandeza. Su odio hacia las mujeres —basado en el permanente recuerdo de los reproches de su expolola durante la universidad—lo utiliza como motor para demostrar que él ha avanzado en la vida y ha logrado algo. De igual manera, apela a la creencia de la superioridad de género, es decir, la mujer como ser inferior; mucho más si la categoría de mujer subyace en una trabajadora sexual: “Intento pensar en otra cosa, pero no puedo, y se me viene a la cabeza la idea de la venganza, de hacer algo que la haga sentir más abajo que yo, algo que la avergüence.” (82) Sin embargo, continúa en el mismo sitio, estancado, sin ánimos de salir. Es más, regularmente piensa que su única salida es el suicidio. Igualmente, reparará en su amistad con Natalia, pero pese a que le genera más problemas que amores, asume que le conviene que ella transite por su departamento para convencerse a sí mismo de que ha avanzado en la vida, aun cuando su situación haya pasado de la soledad y la desdicha a una amistad por conveniencia no sexual: “Y la prefiero cerca. Cerca y a la vez absolutamente inalcanzable y dejándome caer a la mierda una vez más. Como la vida misma” (53).

En resumen, la narración busca recurrentemente plasmar la superioridad de un sujeto sobre otro, de lamerse las heridas de un pasado que no se puede subsanar. Esta moralina pechoña, miserable, de confort, nunca en riesgo, escurridiza y conservadora, es la misma que revela una trama floja, sin saltos temporales, y una escritura de primero medio. Si la obra es la visión de mundo de un autor que exhibe una sociedad machista y pueril, me quiero bajar del vagón.

Labios Ardientes

Emilio Ramón

Santiago-Ander Ediciones, 2016

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Gonzalo Schwenke (1989). Es Profesor de Lenguaje y Comunicación por la Universidad Austral de Chile. Es además crtítico literario del diaro El Insular de Chiloé: http://www.elinsular.cl/.

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