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Vacaciones en Bolivia, o la búsqueda de la poesía boliviana

por Eduardo Farías Ascencio

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Corazón Ardiente, de Jorge Campero

La situación de la literatura extranjera en Chile tiene dos caras: por una parte, podemos encontrar traducciones de la mayoría de los clásicos y contemporáneos europeos y norteamericanos.  También de la tradición oriental, desde el Tao Te Ching hasta Murakami. En cambio, la situación de la literatura latinoamericana está marcada por el silencio, consciente o no, de la sociedad y el mercado chilenos. Así, la situación de la poesía uruguaya y ecuatoriana, por ejemplo, son desconocidas para la mayoría de mis colegas, lectores constantes y voraces (1). Otro caso es Bolivia, país representado en nuestro imaginario solo por el Salar de Uyuni, la coca y Evo Morales; imagen que sigue siendo una caricatura y un prejuicio.

El panorama que quiero contar fue experimentado desde el lugar de turista, ese extranjero que se nota, con esa prisa de verlo todo, de no perderse nada, aquella mentira que nos inventamos para sobrellevar un viaje en el que la posición misma de turista es la de alguien que mira solo una parte, una fachada muy bien dispuesta. Hablo desde esa posición de turista, y de una experiencia de la que pude sacar algunas conclusiones (provisorias) sobre la situación del libro en Bolivia, conclusiones que sólo se basan en la observación, en la búsqueda, en la caminata diaria, en la compra de material por el altiplano y por los valles del sur, en ciudades como La Paz, Sucre, Tarija y otras.

La situación del libro que vi en Bolivia se caracteriza por una baja lectoría pública, es decir, vi muy pocas personas que leyeran en el espacio público como plazas o buses. El uso del celular con internet era más cotidiano. El contexto boliviano implica dos lenguas (y más) que están funcionando a la par del español. La estima por el uso del quechua y aymara fue impresionante. Hay que agregar que estas dos lenguas son orales, característica que se mantiene hasta hoy, pese a que se pueden encontrar libros en español para aprenderlas. Pero es difícil encontrar libros en estas dos lenguas. Quizás el único caso sería la Biblia. Debido a la tradición oral del quechua y aymara, la publicación en estas lenguas sería un acto infructuoso, y no necesariamente un acto de imperialismo lingüístico por parte de la publicación en español.

Este panorama no fomenta mucho el negocio del libro, por lo que la búsqueda se puede tornar bastante angustiosa. No recuerdo haber visto en el centro de Oruro alguna librería, en Uyuni solo vi a una señora con un puesto de feria. La situación ya era distinta en Tarija, Sucre, Potosí y, sobre todo, La Paz, de lo que hablaré más adelante.

cosechar-tempestades, de Julio Barriga

Cosecgar Tempestades, de Julio Barriga

Mientras el mercado editorial se mostraba en el viaje, también podía apreciar la situación de la producción del libro, la que está marcada por la presencia absoluta del libro pirata y por una edición nacional (2) incipiente en su cantidad, mas no en su calidad. La presencia del capitalismo editorial, de la edición transnacional y de la literatura se encuentran fuera del mercado boliviano del libro; sin embargo, son sus productos pirateados los que satisfacen la demanda editorial. Desde Bolaño y Bukowksi, hasta el último best-seller de la temporada, no son productos originales. De hecho, en Sucre el segundo acercamiento con la poesía boliviana fue la compra  por 35 bolivianos (3.500 pesos chilenos) de la Antología de poesía boliviana: Ordenar la danza, publicada por LOM, pirateada. Fue gracioso que la vendedora tratara de  convencerme diciéndome que el libro era original.

La situación del mercado editorial, desde un punto de vista legal, funciona negando los derechos de autor comprometidos. Debido a las características intrínsecas del capitalismo en el sector editorial, tanto las editoriales transnacionales como las independientes, deben apropiarse de la publicación de una obra en una lengua, para un territorio de distribución y por un tiempo determinado. Y deben hacerlo, porque la competencia no puede tener el mismo producto, el mismo libro del mismo autor,  ya que esto atenta contra la lógica de publicación. ¿Cómo se logra que una editorial y un autor acuerden funcionar bajo esta lógica? En el contrato de edición, esta lógica de funcionamiento editorial se pacta con el concepto de exclusividad, es decir, tal libro será publicado por una editorial, y no por otra, por 5 años, para España y Latinoamérica, en español, en formato libro y libro digital, por ejemplo. Así, la exclusividad cuida los intereses de los editores, pero no de los autores, quienes acuerdan libremente con la editorial, porque desean ver su obra publicada.

La situación del libro en Bolivia no funciona bajo esta lógica. Por un parte, es posible suponer que esos libros no pagan derechos de autor. Por otra parte, la oferta editorial trasgrede acuerdos legales de la explotación económica de una obra. Lo que afecta, por supuesto, el negocio de las editoriales que ostentan las cesiones de derechos. Desde un punto de vista legal, es repudiable. Desde mi punto de vista, la situación boliviana es la evidencia de las grietas del modelo editorial en el capitalismo. La piratería no es simplemente un negocio ilegal, bajo ella subyace una desobediencia civil de la persona que está dispuesta a pagar por la edición pirata, acto que intenta compatibilizar el capital personal con el acceso al libro. Además, la piratería atenta contra la médula del negocio editorial capitalista al romper mediante la acción directa los contratos de edición existentes, contratos que impiden, mediante el concepto de exclusividad, experiencias nacionales, alternativas, de producción editorial, las que se adaptan a la precarización latinoamericana y que son una real alternativa a la deuda comercial, al abandono del hábito lector por las brechas monetarias.

Volviendo a la sensación de apunamiento en la búsqueda de la poesía boliviana, esta piratería editorial se apreciaba en casi todos los puntos de libros que visité. En Potosí, en la calle Hoyos encontré una librería y fue la única en todo el centro histórico. En Sucre, la calle Junín albergaba cinco librerías, en una de las cuales compré la antología de poesía boliviana editada por LOM. Una excepción a la regla de la venta de piratería fue Tarija, donde existía una disquería-librería en calle Sucre, donde pude comprar una antología de poetas de la ciudad: Voces al aire: Poetas de Tarija (2Tipos, 2014) y Adrián, de Eduardo Farfán Mealla (Ediciones Marina Sangabriel, 1999), lo que sería una antesala para descubrir la edición nacional. La búsqueda finaliza en La Paz, ciudad que muestra la misma dualidad: edición pirata y edición nacional.

TAPA LA guerra del papel

La guerra del papel, de Oswaldo Calatayud

Es posible acceder a los libros piratas en la avenida Ismael Montes, y  la edición nacional la pude observar en la librería Gisbert, en la que compré Cosechar tempestades (Poesía reunida), de Julio Barriga; Poesía completa, de Julio de la Vega; Primaveras impuntuales, de Mauro Bertero Gutiérrez; Corazón ardiente y Tleriberta: Sinceramente tuyo, de Jorge Campero. También pude visitar la librería Paulinas, en la que adquirí Bodas de orégano, de Jorge Campero y Cambio climático: Panorama de la joven poesía boliviana. Por supuesto, hubiese comprado más, y había mucho más.

De la dualidad observada –la edición pirata y edición nacional– surgen muchas preguntas sin responder. ¿Quiénes son los dueños de la inversión de todos esos libros piratas? ¿Dónde se imprimen? ¿Puede deberse la piratería a las restricciones del gobierno a las empresas multinacionales, por una parte, y/o a un boicot silencioso en contra de Bolivia por parte de las editoriales globales, por otro? Indagar en las respuestas sería muy importante en la discusión con respecto a la hegemonía cultural, la construcción de una cultura global centrada en el capitalismo como única forma de organización y las posibilidades de resistencia a la globalización, tanto desde la iniciativa de los grupos sociales interesados en la lectura y la literatura, como de parte del gobierno del Estado Plurinacional.

Bolivia tiene una edición nacional incipiente en cantidad, si la comparamos con lo que sucede en Chile. Las editoriales más frecuentes e importantes serían Plural Editores, la que publica los premios del concurso literario Premio Nacional Yolanda Bedregal y la que ha editado gran parte de la poesía boliviana contemporánea; Editorial 3600, que posee uno de los libros-objeto más atrayentes que he visto, La guerra del papel, de Oswaldo Calatayud Criales; Editorial El Cuervo y Editorial Gente Común. Todas estas editoriales exhiben un nivel de profesionalismo destacadísimo, aspecto que se advierte en la calidad de los libros que han publicado.

Para terminar, la fascinación que produce Bolivia no solo se limita a su situación social respecto de lo indígena, ni a los múltiples atractivos turísticos, sino que también el embrujo por el encuentro con el libro, con su situación particular a lo largo del país, además del encuentro de otra literatura, específicamente la poesía, la que alberga a poetas como Jaime Saenz, Roberto Echazú, Jesús Urzagasti, Julio Barriga, Jorge Campero, Yolanda Bedregal, Matilde Casazola, entre muchos más. Esperemos que con el tiempo el tránsito de la literatura boliviana a Chile sea una realidad y que quede en el pasado el desconocimiento de una tradición tan significativa como cualquier otra, y que el anhelo por el encuentro no solo sea posible a través de un viaje de vacaciones.

Notas

(1) Una excepción a la generalidad es el trabajo de Gladys Mendía con su revista Los Poetas del Cinco y la alianza lograda con Editorial Paracaídas (de Perú), alianza que produce bellas antologías de poesía contemporánea de Colombia, Ecuador, Uruguay, por ejemplo. Libros que se venden en el mercado chileno.

(2) Prefiero, por el momento, hablar de edición nacional, pues no conozco tan a fondo los proyectos editoriales para hablar de la escena boliviana como independiente. Y suponerlo, sería un error naif.

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Eduardo Farías Ascencio (Santiago, 1985) es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo. Actualmente es director editorial de Gramaje Ediciones.

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La filosofía en la encrucijada o la epistemología al lote

por Matías Rivas

Filosofía_3¿Qué es la filosofía? No intentemos responder. Hace tiempo que la pregunta dejó de tener la significación que tuvo durante siglos. En la actualidad, y sobre todo en una estrecha franja de territorio ubicada entre las montañas y el mar, la pregunta por el qué de la filosofía ha devenido en la siguiente: ¿para qué sirve la filosofía? No caigamos en la banalidad de buscar a los culpables de dicho cambio. A fin de cuentas, todos lo somos. ¿Culpables de qué? De confundir las cosas, de imponer opiniones, de decidir por los demás y sin tomarlos en cuenta, de actuar sin pensar en las consecuencias, en fin, cualquiera podría continuar la enumeración. Sin embargo, si se quiere encontrar un trasfondo, hay que aludir a la racionalidad instrumental, al fetichismo de la sociedad capitalista contemporánea por lo útil y lo productivo. Cuento viejo a estas alturas, es cierto, pero ¿se han resuelto realmente los problemas asociados a ello? Puede que en algunos países se haya impuesto la cordura y que las lecciones de la historia se hayan aprendido, al menos en parte, pero no ha sucedido lo mismo en Chile.

Recientemente trascendió la noticia de un cambio curricular en la educación escolar de nuestro país. La propuesta, revolucionaria si se quiere, consiste en la eliminación de la asignatura de Filosofía del plan común de estudios, dejándola meramente como electiva. Por si esto fuera poco, también se quiere unificar a las Ciencias Naturales y las Ciencias Humanas, incluyendo la Historia, en una asignatura común. ¿Cuál es el problema? ¡Viva la interdisciplina!, dirán algunos. Pero entre vítores no son capaces de vislumbrar el fondo del asunto. Ahora bien, ¿existe realmente un ‘fondo del asunto’? Postularlo sin más sería caer en una hybris innecesaria. Mejor digamos que existe un problema que se ha invisibilizado, una realidad a la que se le ha puesto un velo color rosa. ¿Está preparado el joven chileno para una educación al estilo nórdico? ¿Está Chile preparado para ascender al Olimpo de la educación? ¿Somos tan desarrollados como se nos ha hecho creer?

Es hora de que ‘los jaguares de Latinoamérica’ caigamos en cuenta de que no somos tan feroces como creemos. O, mejor dicho, ya es tiempo de que nuestros líderes políticos dejen de jugar a ser el felino inteligente que jamás han conseguido ser. A veces es mejor asumirse gatito doméstico. Construir desde una realidad que pueda apreciarse sin ojos de caleidoscopio es un paso simple y complejo a la vez. Es simple si se toman las cosas con seriedad. Es complejo si se juega a ser lo que no somos. Para lograrlo, hay que ponerse a mirar y pensar.

Pensar… precisamente eso es lo que nos falta. ¡Y ahora quieren que los jóvenes no tengan derecho a una formación filosófica! Si lo que se busca con esto es el progreso, entonces la contradicción es la madre de la lógica. Para poder pensar correctamente es necesario saber mirar, pero no se sabe qué mirar si antes no se ha desarrollado el pensar. Chile sufre de ceguera e inmovilidad mental y quiere que sus futuros ciudadanos hereden la enfermedad. Se ha dicho que esto no será así, que la filosofía pasará a ser parte de una asignatura que se encargará de impartir una educación ciudadana integral a los estudiantes. Pero esto no hace sino confirmar la ignorancia respecto de qué es la filosofía. Solamente se ha atendido al ‘para qué sirve’. Muchos creen que la filosofía no sirve para nada, pero, por lo menos –¡bendito mal menor!– nuestra clase política cree que es útil si se la subordina a un plan de formación cívica. Se revela así un uso meramente instrumental del arte del pensar, se ignora su esencia y ni siquiera se hace el esfuerzo de preguntarse por ello.

Volvamos al principio. ¿Qué es la filosofía? Me arriesgaré a dar un atisbo de respuesta: es el despliegue del pensar sobre la realidad, el continuo afán de ser conscientes del mundo que habitamos y del espacio que compartimos con quienes nos rodean. La filosofía, en tanto actividad del pensar, nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos y a nuestro medio natural y social. Nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones, sobre nuestros derechos, sobre nuestro presente y futuro. ¿Es esto algo que únicamente sirve para adornar la educación cívica de los jóvenes? ¿O es más bien la piedra angular sobre la cual es posible fundar un conocimiento crítico sobre nuestra realidad humana? Los antiguos griegos concebían a la filosofía como la madre de las ciencias. Hoy, las ciencias están huérfanas y solamente responden al imperativo de la utilidad. Lo mismo sucede con las llamadas humanidades, concepto que uno ya no sabe si viene de la palabra ‘humano’ o de la palabra ‘humo’, pues toda su dignidad se ha disuelto en el aire enrarecido de la sociedad de la ‘eficacia’.

En un país donde es vox populi decir que las cosas ‘se hacen al lote’, la epistemología tampoco se ha tomado en serio. No sabemos de dónde parte el conocimiento, ni el saber ni la comprensión. Así, nos limitamos a dar erráticos garrotazos a ver si rompemos la piñata correcta. Pero aún cabe tener cierta esperanza. Es probable que el hecho de que la filosofía se encuentre en este momento en la encrucijada nos ayude a pensar el problema. A veces, o quizás la mayoría de las veces, sólo en la crisis se toma conciencia del problema. Puede que haya llegado la hora de correr el velo y enfrentar por fin la realidad. Puede que la filosofía, lejos de salir del currículum escolar, vuelva al sitial que le corresponde como embajadora del pensamiento, de esa actividad humana que no es sino el reflejo de una vida lúcida. Puede ser, pero todo depende de nosotros.


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Matías Rivas Vergara
(1990). Licenciado en Filosofía y Licenciado en Historia con mención en Literatura Universal por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Autor del ensayo “El programa de la poética de Baumgarten en la tradición de la estética racionalista”, aparecido en Meditaciones filosóficas en torno al poema de Alexander Baumgarten (Orjikh 2014). Actualmente forma parte de un proyecto FONDECYT a cargo del filósofo Andrea Potestà, y es miembro colaborador en la revista electrónica Historia y Cultura, dirigida por el historiador Nicolás Cruz. Trabaja principalmente sobre las relaciones entre literatura y filosofía, así como acerca de temas de estética, historia intelectual, teoría de la Historia y también sobre el pensamiento de Albert Camus.

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Contra el verbalismo. Una nota lingüístico-política

por Luis Aránguiz

no bran no pain 2Resultaría difícil, para la mayoría de los chilenos pertenecientes sobre todo al vasto ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, ser indiferentes a la noticia de que el MINEDUC propone transformar el ramo de Filosofía en un electivo e incorporar algunas de sus materias a uno llamado “Educación Ciudadana”. Cosa similar ocurriría con Historia. Los más ofendidos, y con razón, por esta política son los profesores de historia y filosofía. Sin embargo, me parece fundamental pensar este problema desde otra área de competencia: la del lenguaje.

No soy profesor de filosofía, tampoco de historia. Pero como toda persona que busca el conocimiento, soy aficionado a ambas. Y me parece que esta política que se busca implementar tendrá repercusiones directas no para el uso del lenguaje, sino para su comprensión. Voy al grano. Mi tesis para este texto es sencilla: no se enseña lenguaje hasta que se haya enseñado a pensar el lenguaje. Por supuesto, presupongo una distinción fundamental: que lengua no es lenguaje. Que lengua es correlativa a idioma, que lenguaje es una posibilidad antropológica.

Lenguaje. Como el ramo “Lenguaje y comunicación”, ramo que, en realidad, debería ser “Lengua y comunicación”. Porque no es lenguaje. Hay gramática, sintaxis, pero no lenguaje en su abrumadora posibilidad. Solo podría ser lenguaje si hubiese tras él un pensamiento sobre el ser del lenguaje en tanto aspecto fundante de la experiencia y la existencia humanas. Una noción como esa no puede provenir sino de la filosofía del lenguaje y sus consecuencias sobre la lingüística. Y si hubo un tema controversial en el siglo XX, fue precisamente este: la cuestión por el lenguaje, que no la lengua.

La filosofía, con las lenguas, piensa el lenguaje. Las derivas de pensar el lenguaje son diversas, y cubren un espectro que puede pasar desde la filosofía analítica a la existencial, pero también a la lingüística, y en especial a la lingüística crítica, cuyo soporte no es otro que una forma particular de filosofía del lenguaje. En otras palabras, pensar el lenguaje es pensarnos en nuestras diversas dimensiones. Inevitablemente, entonces, en el decir de Henri Meschonnic: “Pensar el lenguaje es pensar la crítica” (99). No la polémica. La crítica: ejercicio de la búsqueda de historicidad, de un punto de vista. De ser y estar en un momento, espacio, tiempo, determinado, marcados por esa facticidad.

En tanto que pensamos el lenguaje, pensamos también la crítica. Pensar el lenguaje es, entonces, un riesgo para el que piensa. Pero también contra algo, contra alguien. Pensar el lenguaje es ejercitar el descubrimiento, el problema. Desde donde se hace posible la consecuente emergencia, acaso inevitable, de la cuestión por el poder, su gestión y  paradojas. La esfera pública es un espacio de disputas operando en forma de discurso. Reclamaciones, respuestas, negaciones, afirmaciones. Palabras que constatan mundos en oposición, anudadas bajo la sombra de una democracia,  de una “Educación Ciudadana” y, sin embargo, no se entienden. Porque el entender no es el oír. El entender es el pensar. Y el pensar el lenguaje. Pensar que desnuda a los significantes vacíos y anula la plurisignificancia de la palabra de la lengua. Pues la lengua cambia y evoluciona en la historia, pero el discurso es histórico, una encarnación de la experiencia que otorga un significado invariable a esa palabra de la lengua. Su potencia reside en que obliga a ser leído en relación con el hecho. De modo que siguiendo a Benveniste, Meschonnic afirma: “el sentido está en el discurso, no en la lengua” (71) pues solo éste es histórico, y aprender lengua es aprender significante y significado, no así aprender el lenguaje: no a través del cual nos transmitimos, sino en el cual nos transmitimos, en el decir de Benjamin.

Reducir a la filosofía es reducir el pensar. Reducir el pensar el lenguaje. Reducir el pensar el discurso, y por ello el sujeto y su historicidad. Es, en simple: dejar al lenguaje como un instrumento atemporal, a-histórico, que no comunica al sujeto, que no comunica la experiencia de ser. El lenguaje como un mero verbalismo. Herramienta para trabajar, para ordenar, para ejercer poder y controlar. Útil para la producción, útil para el trabajo, útil para el servicio. Reducir el pensar sobre el lenguaje es reducirnos. Una política de la deshumanización. En este sentido, no parece descabellada una radical declaración de Meschonnic: “El estado no puede tener otra teoría del lenguaje más que el instrumentalismo” (74). Agregaríamos: lo mismo para el sistema neoliberal y su gestión del ser humano.

La educación ciudadana no piensa el lenguaje. El ciudadano fue pensado en el lenguaje. ¿Qué es un ciudadano que no piensa el lenguaje, sino apenas un hablante de la lengua, operario inconsciente de la enorme máquina semántica? ¿Qué resultados puede traer una lengua sin lenguaje? ¿Será acaso posible que ante esta coyuntura, los profesores comprometidos no con la lengua, sino con el lenguaje, se hagan cargo también de esta cuestión? Se impone ante nosotros una lógica que ataca uno de los rasgos fundamentales de lo que nos hace humanos: el pensar. Es el verbalismo contra la palabra y el sentido. No entendernos, no la crítica, no la historia. Pero ya lo dijo Meschonnic, “en el lenguaje, es siempre la guerra” (99). Solo resta saber de qué lado estamos.

Referencias

Meschonnic, Henri. La poética como crítica del sentido. Buenos Aires: Mármol/Izquierdo, 2007.

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl. Actualmente cursa el magister en estudios internacionales, IDEA-USACH.

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