Archivo de la categoría: Crítica visual

Robar a Rodin, o volver a reiterar la pregunta por el estatuto y el valor del arte.

por Jorge Lorca

Afiche-web-717x1024_RODINHablar del documental Robar a Rodin (2017), del director Cristóbal Valenzuela Berríos es, de alguna manera, adentrarse también en los estrechos márgenes de la precaria condición de subalternidad del arte nacional y reflexionar sobre la menoscabada figura que ocupan los artistas dentro del escenario de nuestra contingencia cultural. Vale decir, significa implícitamente hacerse preguntas del tenor de ¿qué significa ser un artista en Chile?, ¿y qué tan contemporáneo es, en última instancia, el arte contemporáneo criollo en comparación con el de otras latitudes?

El autor de la cinta dibuja y resuelve creativa e hilarantemente el testimonio de varios de los involucrados en uno de los hechos más curiosos y sorprendentes de la crónica policial de la década pasada: el robo de la escultura El Torso de Adele del famoso artista francés Auguste Rodin. El hecho ocurrió una mañana del mes de junio del año 2005, cuando los guardias del Museo Nacional de Bellas Artes notaron tardía y torpemente la ausencia de una de las millonarias piezas del escultor que se exhibía en ese minuto en el Museo junto a una importante colección de obras de su autoría. El robo generó un gran revuelo mediático e incluso podría haber llegado a poner en aprietos las relaciones diplomáticas del gobierno de la época. Sin embargo, la obra aparecería a las pocas horas de la mano de un estudiante de arte de la ahora extinta Universidad Arcis, Luis Emilio Onfray Fabres, sin aparente daño. El alumno relataría a la policía, en una primera versión a medias fortuita y heroica de la historia, haber encontrado casualmente la escultura envuelta entre plásticos y cartones bajo un matorral en el aledaño parque Forestal. Sin embargo, a las pocas horas de ser entregada, la policía ya tenía a un autor confeso del delito, y a un héroe que se había ido deslavando y transformado en el trascurso de pocas horas en el villano de la historia, el propio Onfray.

En una segunda explicación de lo ocurrido, el estudiante de arte habría señalado que casi por una cuestión de azar habría logrado llegar hasta la obra, al encontrarse ese día participando de la inauguración de la muestra de un profesor de su universidad (Guillermo Frommer; 1953 – 2017) al interior del edificio decimonónico, y que sin pensarlo dos veces, en un acto más bien impulsivo, tomó la obra y la guardó dentro de su mochila, saliendo enseguida del señero recinto, sin ser advertido por el personal de seguridad de la institución. Más tarde, cuando debía presentar su alegato de defensa ante la fiscalía, volvió, en compañía de su abogado, a cambiar la versión de los hechos, añadiendo un provocador y persuasivo argumento, que esta vez promovía derechamente motivaciones de carácter artístico con un programado plan trazado con antelación. El proyecto de arte consistía, en hacer manifiesta la falta de la obra expresada en la dualidad presencia-ausencia, cuestión que hacía patente la maniobra de préstamo o de secuestro de la pieza por un fin mayor y de índole estético. La pérdida traería a la memoria, según Onfray, lo que no está, en un homenaje al arte inmaterial y a la estrategia vanguardista del plinto vacío como lugar de elaboración y producción conceptual. Si esa fue la idea original de su autor o no, lo cierto es que luego del hecho artístico-delictual, la exposición de Rodin se transformó en la exhibición más vista por el público chileno en esa época.

El documental de Valenzuela Berríos tiene sin duda muchos momentos notables, sobre todo aquellos en que, con humor e ironía, logra conducir a sus entrevistados hasta el meollo casi ridículo y poco prolijo del actuar de todas las partes involucradas. Es también tremendamente acertado el montaje que realiza el director en el relato visual con la incorporación de películas antiguas, dándole ligereza a una historia que no cansa y que mantiene al espectador atento entre risas cómplices y colaborativas desde sus primeras escenas. De alguna forma la película rescata un hecho singular de prensa, que en su momento no pasó de ser una simple noticia insólita, pero que contemplada a la distancia, parece encerrar o transmitir un nuevo mensaje sobre su contenido y volver a problematizar la figura del artista como un bufón, un loco o un incomprendido, exento por supuesto de las responsabilidades éticas típicas de su actuar en medio de un contexto social definido. La acción de Onfray podría ser cifrada, si uno quiere, entre los mismos argumentos y contraargumentos de nulidad, intrascendencia o como diálogo sólo de entendidos en el arte en nombre del Arte. Como señala muy bien Baudrillard: “el arte contemporáneo apuesta a esa incertidumbre, a la imposibilidad de un juicio de valor fundado, y especula con la culpa de los que no lo entienden, o no entendieron que no había nada que entender” (El complot del arte 65).

¿Será finalmente el documental de Valenzuela Berríos el elemento estético que termine por otorgar el aura artística al gesto de Luís Emilio Onfray? ¿Si las obras se inventan en su recepción y en la construcción social de sus significados, de qué manera aporta Robar a Rodin el mecanismo visibilizador que inviste a una acción recontextualizada —que en su momento pasó completamente inadvertida como programa artístico y no así como jugarreta delictual adolescente, incluso para los entendidos—, en la más original performance del periodo? Si se ha acusado a Duchamp de ser el gran estafador y la piedra angular el arte contemporáneo como fantasía improductiva, ¿no es el gesto de Luís Emilio una cita tercermundista a ese embauque ahora añoso y siempre incómodo que nos instala ante la cuestión de discernir y aceptar que cualquier cosa pueda pasar por y devenir arte?

Título del documental: Robar a Rodin.

Año: 2017.

Dirigida por Cristóbal Valenzuela Berríos.

Guión: Cristóbal Valenzuela Berríos, María Luisa Furche y Sebastián Rioseco.

http://robararodin.cl/

 

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Jorge Lorca Leiva (1974) Ensayista, investigador, curador, archivista, docente y esteta. Doctor © en Filosofía por la Universidad de Chile y Licenciado en Educación y Profesor de Filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Tiene además un postítulo en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se ha adjudicado la beca “Capital Humano Avanzado” para Doctorado Nacional, por la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología CONICYT del Gobierno de Chile y el Fondo del Libro del CNCA, Convocatoria 2016, en la Línea de Creación, Ensayo. Es colaborador permanente de la “Revista de Teoría del Arte” de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, miembro del comité editorial de la Revista Internacional de Filosofía “Mutatis Mutandis” y árbitro revisor de la “Revista Enfoques” de la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Central. Ha participado a su vez como mediador artístico en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile y como curador en importantes galerías y espacios de difusión de la cultura y las artes.

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Ese extraño hundimiento en lo imposible

por Jorge Lorca

14612574_10154626067659394_2924736600832490537_oEl artista nacional Wladymir Bernechea (Rancagua 1989) nos presenta la muestra Hundirse en la niebla, un conjunto de obras que tienen como antecedente directo, un extenso recorrido visual previo de imágenes para un trabajo conceptual y plástico de larga data. La pregunta en que Bernechea se mueve, recursivamente, es si en el fondo es posible que los espacios puedan ser dotados de cierta afectación o sentimentalidad. Por “espacios” el artista entiende aquí cualquier lugar que pueda ser vaciado de significado y cargado al mismo tiempo de uno novedoso o completamente diferente del anterior. Esta resemantización territorial produce una dislocación, una fractura que hace emerger desde su propia plasticidad discursiva la sensación de extravío, de extrañeza ante lo que se mira o se es “testigo”. En este mismo sentido, lo geométrico que acá comparece no se condice o no se corresponde con lo orgánico del paisaje. Uno se puede preguntar, ¿son estas obras un ejercicio de plantear “utopías” pero cargadas de un índice de negatividad? En las escenas que se observan, por ejemplo, las casas y edificaciones se presentan como arquitecturas obstruidas sobre sí, esto quiere decir que esos habitáculos no están construidos para acoger ni cobijar, y son, por el contrario, algo completamente diferente del hogar, que podría ser definido como una suerte de nido o forma cómoda que se adapta a uno mismo (Bachelard).

La elección de los paisajes tampoco es casual y menos la proliferación de cielos cubiertos, los cuales evocan y ponen en tensión una especie de dramatismo atmosférico. Es por eso que estas imágenes parecen articularse justo momentos antes de que acontezca la catástrofe o en el segundo previo a la caída de la “tormenta”. Por lo tanto, su primera relación pictórica es con la atmósfera o con lo que circunda al objeto propuesto. En este punto es donde decimos que los cuadros de Bernechea tensionan el exterior circundante con la arquitectura y en donde los demás elementos plantean un conflicto con el gris monocromático que acentúa la sensación de peligro e inhospitalidad. El tamaño de las obras tiene también una intención clara: la de albergar en una microcápsula, un pequeño espacio suspendido, para que se acreciente en él la incerteza de la duda o la imposibilidad propositiva de una convicción, de un saber qué sucede o cuál decisión se debe tomar. Las dimensiones de los cuadros invitan al espectador a acercarse físicamente a mirar, pero a la vez la imagen ofrecida para su regocijo estético le rechaza, al no dejarlo entrar cómodamente en la escena, ni sentirse a gusto frente a lo que se mira. Bernechea reflexiona y elabora cruces entre las ideas de espacio, silencio, gravedad, atmósfera, afectación, monocromía, antropofobia, melancolía, incomunicación y soledad.

Bernechea es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile, Magister en Artes Visuales por la UNAM (Universidad Autónoma de México), además de desempeñarse como docente en varias universidades del país. Viene desarrollando a la par una amplia trayectoria en diversos espacios expositivos nacionales, como la muestra Reconstitución de escena en el Centro Cultural Estación Mapocho; Caminar sobre el fuego, Galería Worm; Desde el resto, Museo de Arte Contemporáneo; El tiempo de las cosas, Sala A. M.; Desde donde mirar el cielo, Galería Bech; Tercer paisaje, Galería Balmaceda Arte Joven; Cabeza de ratón, Museo de Artes Visuales; y también las muestras internacionales Habitar la tormenta, Cenart (Centro Nacional de las Artes) México D. F; Art of Humanity, he Rubelle and Norman Schafler Gallery, New York, Estados Unidos; Imago Mundi, Fondazione Giorgio Cini, Venecia, Italia; Juntamos mundos, Galería 77, Médico D. F; Grafismos Now, Galería Principal UAEM, Toluca, México, entre otras.

Sus influencias como artista no vienen dadas solamente desde el campo de las artes plásticas, Malevich por ejemplo, sino que proceden también del animé, del cine y de la arquitectura. Estos influjos estéticos están presentes en las formas, los espacios y en las maneras de configurar los cruces entre lo abstracto de las edificaciones y los paisajes, los tonos y las superficies de emotividad. Todo ello hace que la obra de Bernechea sea un encuentro entre la cultura pop y las absorciones propias que realiza el arte contemporáneo con el imaginario cultural.

La muestra se inaugura este viernes 4 de noviembre, a las 19:00 hrs, en la Sala de Exposición, Centro Cultural Las Condes, Avda. Apoquindo #6570. Entrada Liberada.

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Jorge Lorca Leiva (1974) Ensayista, investigador, curador, archivista, docente y esteta. Doctor © en Filosofía por la Universidad de Chile y Licenciado en Educación y Profesor de Filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Tiene además un postítulo en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se ha adjudicado la beca “Capital Humano Avanzado” para Doctorado Nacional, por la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología CONICYT del Gobierno de Chile y el Fondo del Libro del CNCA, Convocatoria 2016, en la Línea de Creación, Ensayo. Es colaborador permanente de la “Revista de Teoría del Arte” de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, miembro del comité editorial de la Revista Internacional de Filosofía “Mutatis Mutandis” y árbitro revisor de la “Revista Enfoques” de la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Central. Ha participado a su vez como mediador artístico en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile y como curador en importantes galerías y espacios de difusión de la cultura y las artes.

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Ana, o la destrucción del personaje

 

por Francisca Santibáñez

ana_das-kapitalAna: Reimaginando El diario de Ana Frank es un libro escrito por Marjorie Agosín e ilustrado por Francisca Yáñez que fue publicado el 2015 por editorial Das Kapital siendo parte de la colección infantil Pelota de trapo. En él se hace un homenaje a Ana, perfilándola, según lo explica la autora, como una niña común y corriente que toma helados y anda en bicicleta, entre otras cosas. Para lograrlo, debe modificar un poco los tiempos: mientras el libro original comienza el día del cumpleaños número trece de la niña –día en que recibe como regalo el diario de vida–, el libro de Agosín comienza un poco antes y el cumpleaños se ubica más o menos en la mitad del libro, pasando a una segunda parte confusa y vertiginosa en donde los acontecimientos hasta la muerte del personaje son rápidos y poco profundos.

 Ana y las situaciones a las que estuvo sometida, sin duda, nos conmueven a todos y todas. Entiendo que lo que busca la autora es darle un respiro al personaje histórico de forma simbólica a través de la literatura. Es una especie de acción de sanación personal y colectiva que me hace recordar otros casos, por ejemplo, el del poema 48 de La Cuidad de Millán, en donde lo ocurrido retrocede y desaparece, como tantos chilenos hemos deseado. En suma, el gesto de Agosín es muy noble, pero se queda en la intención porque lamentablemente no lo logra.

A principios de este año, el clásico de la literatura universal estuvo envuelto en una polémica cuando la propia Fundación Ana Frank declaró que el padre de la niña –Otto Frank– fue co-autor del libro. Si bien, a mi juicio, este asunto no es más que un problema de derechos de autor, en el acto se abre un cuestionamiento aún más interesante: este libro es un patrimonio cultural potente y una referencia obligada al hablar sobre la Segunda Guerra Mundial. Una enorme cantidad de personas alrededor del mundo lo ha leído y ha marcado generaciones. Su peso no radica solo en ser un documento histórico, sino que en su calidad literaria, porque conmueve, divierte, genera empatía y abre espacios de reflexión fundamentales. Este libro ¿Pudo haber sido escrito por una adolescente de trece años?

En lo personal creo que sí, porque la protagonista es verosímil, tiene la fuerza y la vehemencia de una persona de trece años y es completamente posible que el texto literario refleje, sin edición de por medio, el sentir y el actuar de esta persona. Ana es en ocasiones apacible, sensible, solidaria, pero en otras es también oscura y triste. Tiene episodios de ira importantes en donde le desea secretamente lo peor a sus compañeros de refugio. Reflexiona muchísimo sobre la humanidad y entrega datos duros sobre la guerra en todo momento, demostrando que es un tema central. Tiene fuertes conflictos, dudas e impulsos en el plano sexual y afectivo. También hace comentarios irónicos deliciosos, esa es la mejor parte. Y si su memoria recuerda erróneamente a Ana como un vaso de leche, tal como le ha pasado a muchos nostálgicos, lo invito a que relea sus páginas, porque ella está muy lejos de serlo.

El texto de Agosín es poético, tiene imágenes bellas, sensibles e inspiradoras. Pero es solo eso y, quizás, hubiese funcionado como un texto independiente de esta intertextualidad con Ana Frank, porque evoca de forma débil a la adolescente irónica e irascible que conocemos. Lo que nos muestra es un personaje plano, un poco patético, demasiado amable: inverosímil. En ocasiones parece artificial, tiene un tono dulzón que hostiga. El error está en quitarle las emociones fundamentales al personaje, porque eso contribuye a la construcción del estereotipo de la niña-judía-buena-inocente-víctima pasiva del holocausto.

Las ilustraciones de Francisca Yáñez evocan una propuesta estética muy propia de los años cuarenta. Se trabaja, entre otros elementos, con los conceptos de seriación, a través de papel tapiz, pisos, papeles de regalo, etc., e invisibilización, dibujando líneas punteadas en los bordes de las cosas y las personas. También utiliza algunos símbolos como la estrella de David y la menorá. Me parece que la ilustración, a pesar de ser bastante nostálgica, logra captar el espacio de tensión y conflicto que presenta El diario de Ana Frank mucho mejor que el texto escrito.

Por las características físicas del libro y la cantidad y contenido del texto, creo que está pensado para niños y niñas desde los diez años. Teniendo a lectores y lectoras con un poco más de experiencia, con mayor razón habría que mostrarle un personaje complejo, porque es mucho más interesante y es posible que se logre una identificación. El problema es que muchas veces como adultos subestimamos a los niños y las niñas pensando que no van a entender o no van a soportar ciertas cosas y las escondemos. Pero es bien sabido que eso es producto de nuestra idealización de la infancia: los niños pasan por una enorme cantidad de emociones y pensamientos, no podemos invisibilizarlos.

Nosotros y nosotras estamos llamados a contribuir con el desarrollo de su recepción crítica, para eso estos problemas humanos deben reflejarse en la literatura. En este momento la industria editorial de literatura infantil y juvenil está llena de libros-instructivos-panfletos que tienen como objetivo incluso enseñar ciertos comportamientos, despreocupándose de la calidad literaria, “libros de autoayuda para niños” como diría la escritora María José Ferrada. Dentro de este panorama desolador, el libro de Agosín queda bastante bien parado si lo comparamos con otros. Sin embargo, sigue siendo prueba de que aún queda mucho por hacer en este ámbito, en especial dentro de la producción chilena de literatura infantil y juvenil.

Ana: Reimaginando El diario de Ana Frank

Marjorie Agosín, Francisca Yáñez (Ilustraciones)

Das Kapital, 2015

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Francisca Santibáñez Marambio (Santiago, 1985) Es Licenciada en Educación y Profesora de Castellano de la Universidad Católica Silva Henríquez, Diplomada en gestión cultural en la Universidad Alberto Hurtado. En el año 2011 fue becaria de la Fundación Neruda. Al año siguiente fundó el Colectivo de Arte Cardumen. Recibió la beca de creación en poesía del Fondo Nacional del Libro y la Lectura convocatoria 2016.  Actualmente es estudiante del Diplomado de Apreciación Estética de Los Libros Infantiles y Juveniles de la Pontificia Universidad Católica de Chile y se desempeña como Profesional de Apoyo de la Coordinación de Fomento Lector y Escritor de la Biblioteca de Santiago.

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