Archivos Mensuales: abril 2015

“Recuerdas cómo las ratas mueren”: Casimir, de Juan Manuel Silva Barandica

por Eduardo Farías Ascencio

casimirCasimir (Libros La Calabaza del Diablo, 2014) es el tercer poemario publicado por Juan Manuel Silva Barandica y el segundo en dicha editorial. Ya en la contraportada se nos advierte de la relación de este poemario con la física, pues el título hace referencia tanto a Hendrik Casimir como al efecto Casimir. Sucintamente, el efecto Casimir plantea que entre dos metales separados por una pequeñísima distancia, aparece una fuerza de atracción. A mi modo de ver, Juan Manuel Silva Barandica, a través de aquella referencia, propone que en el libro, como formato físico, sucede metafóricamente el mismo fenómeno: las cubiertas permiten la creación de una fuerza constituida por átomos o palabras, tal como dice Niels Bohr en uno de los dos epígrafes: “Tenemos que tener claro que cuando se transforma en átomos, el lenguaje puede ser usado solo como poesía” (5). Este sentido metafórico que define al libro no implica que el autor desarrolle una perspectiva poética de la física. El hablante lírico enuncia, por ejemplo, desde el recuerdo transpersonal en una conversación íntima con el otro: “Recuerda un día suave: la pelota gris de la lluvia / un tímido pulso dicta y cada rostro naranja / bota las horas. De acuerdo, todo de nuevo” (9). Así, la voz fluctúa entre su pensamiento racional y agudo, la existencia del otro, hasta la observación de una realidad poéticamente construida, por tanto el ejercicio del recuerdo se realiza sobre una realidad otra, en la que se despliega esta fuerza atractiva observada por el hablante lírico en el poema: “Hacían cuarenta grados y mi primo contó los autos / se pegan al pavimento durante la siesta.” (9) Esta realidad reordenada se sitúa a partir de elementos concretos y que superan lo nacional, y que dan título a muchos poemas: “Compañía de gas”, “Caleta Portales”, “Tucumán”, “Declaración de renta”, “Chinatown”, “Munich”, “Tohá”, etc. Finalmente, en Casimir esta realidad propia del efecto Casimir que sucede en el formato libro, es dada por un hablante lírico, el que se enfrenta con su existencia, reflejo del movimiento tanto estable como inestable de los átomos en los versos.

Casimir

José Manuel Silva Barandica

Libros la Calabaza del Diablo, 2014

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Eduardo Farías Ascencio (Santiago, 1985) es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo.
Actualmente es director editorial de Gramaje Ediciones.

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Tan lejos, tan cerca: degradación y resistencia en Salvatierra, de Francisco Miranda

por Nelson Zúñiga

Salvatierra

La novela Salvatierra (Ajiaco Ediciones, 2012), de Francisco Miranda, nos presenta la historia de Elías Salvatierra, un joven exprofesor de estética literaria, a quien el golpe de estado chileno de 1973 sorprende en plena “inconsciencia lisérgica”. En términos estructurales, la novela –o nouvelle, según la contraportada del libro− es una historia básicamente lineal, aunque se presentan algunos raccontos que permiten al lector ir completando información sobre el pasado de los personajes. Sin embargo, estas regresiones son puntuales y no representan un “desorden” narrativo ni mucho menos una fragmentación en la diégesis. Esto no quiere decir que el recurso no esté bien utilizado, todo lo contrario: estos breves raccontos sirven incluso para aliviar la tensión narrativa, caracterizada por la amenaza constante a la seguridad –y a la vida− del personaje.

El protagonista, Elías Salvatierra, hijo de un dirigente sindical comunista y hermano de un activista del MIR, es en principio un sujeto que se declara apolítico, más interesado en la experimentación con drogas y el hipismo que en los procesos sociales del momento. Pese a esta postura, Salvatierra y su familia viven en armonía hasta el día del golpe, momento en que los tres personajes pasan a formar parte de una red de apoyo para los refugiados. Podría pensarse que en este momento el protagonista tomará partido, se involucrará en la situación política de su entorno. Sin embargo, como veremos, una de las características principales del personaje es una especie de indiferencia, muy al estilo del Bartleby de Melville. Aunque tal vez una palabra más apropiada para este rasgo de Salvatierra sea impasibilidad, unida a una adaptabilidad al medio que recuerda más bien al doctor Rieux, de La peste de Camus, pero claramente sin llegar a la entrega sacrificial de este último. Salvatierra es un antihéroe que en lugar de tomar la iniciativa de modificar las condiciones del medio, se adapta a ellas. Su lema parece ser, justamente, adaptarse o morir. Por supuesto, no estoy tratando aquí de reducir el personaje a una máxima de la biología, solo intento poner en relieve una de sus características definitorias. Si atendemos al momento que funciona como punto de arranque de la novela veremos, condensadas en breves líneas, algunas de las características y actitudes que constituyen a Elías Salvatierra como protagonista:

“(…) decidí renunciar a dar clases en la universidad para dedicarme a vivir en paz y amor, aquí y ahora, entre sexo, drogas y rock, en los faldeos pre cordilleranos de La Reina, en una parcela de amigos dispuestos a ser hippies en el último rincón del mundo, lugar donde me encontró, cargado de ácido lisérgico, el día de los bombardeos a La Moneda, evento que viví en la más absoluta inconciencia” [sic](17).

Ya desde este momento temprano de la trama podemos ver algunas características que estarán presentes durante toda la historia. Elías Salvatierra se mantendrá fiel a su libertad, tanto en términos físicos como políticos. Otra característica importante que se mantiene es la renuncia. A pesar de encontrarse en situaciones extremas que lo amenazan seriamente, Salvatierra no ejecuta acciones tendientes a mejorar su situación. Desde que su padre y hermano desaparecen, los militares toman el control de la casa. Esta situación lleva a Salvatierra a evitar el hogar paterno, pero no a asilarse en el extranjero ni pedir el amparo de quienes pudieran sacarlo de la precariedad y vulnerabilidad totales en las que ha caído. En lugar de presentar este incidente como un punto de fuga literalmente excéntrico, Miranda ha preferido dar a su personaje el giro inverso. Elías Salvatierra no participará de ninguna red de protección política, no será un activista en la clandestinidad, ni mucho menos pasará a engrosar las filas de los exiliados. En lugar de eso, se dirigirá justo al corazón de la urbe, al ojo del huracán:

“No huí, no me asilé, me escondí a plena luz, en medio de la gente, caminando las calles a rostro descubierto, mirando cabizbajo a los milicos, de día; durmiendo en cualquier sitio, de noche. No me escapé del terror; sólo me quedé habitando en los mismos sitios donde sucedía la matanza” (11).

Elías Salvatierra, fiel a sí mismo, permanece ligado tan solo al aquí y ahora, sin siquiera proyectar posibilidades en el futuro. Además de esto, su casi nula participación política anterior le cierra las puertas de toda solidaridad. Salvatierra se convierte así en vagabundo, un sujeto en constante desplazamiento, siempre en torno de la vieja casona familiar, pero al mismo tiempo sin un punto de anclaje fijo. Se configura de este modo el proceso de degradación del protagonista, quien pasará sus días en un caminar constante, ampliando cada vez más sus rutas sin destino, sin seguir casi nunca el mismo itinerario, en una especie de coreografía macabra; el tráfico de un cuerpo en los márgenes de la sociedad.

En estas circunstancias, el protagonista ve pasar el tiempo, noción que incluso pierde su significado ante la rutina de sus vagabundeos por Santiago. El único punto de apoyo, el único anclaje posible es la caridad que recibirá en un convento de religiosas, además de la información necesaria para sobrevivir que compartirá con otros vagabundos y habitantes de las calles, con quienes se relacionará esporádicamente:

“De esas largas caminatas por el Santiago ocupado por la policía militar y la seguridad política sólo tengo buena memoria de las decenas de vagabundos, atorrantes y cirujas con quienes nos cruzamos en las más apartadas esquinas, por las menos concurridas avenidas. Lo que nos unía era que permanecíamos distantes, tal cual las hormigas, en un ir y venir, sin orden ni destino, aquí y ahora, en un dejar ser y hacer, sin imponer nada a nadie y evitar las imposiciones ajenas. Un sobrevivir armonioso con mi carácter de renuncia a imponer una visión, una opinión, un deseo a otros. Sólo nos dábamos las picadas para conseguir alimento sin trabajo, como donde las monjitas de Las Rejas” (58).

En este pasaje podemos ver a Salvatierra y su circunstancia con toda claridad y detalle: un sujeto anónimo en una ciudad sitiada por la dictadura, a la vez expuesto y refugiado en sus calles, pero también el Salvatierra que renuncia a las imposturas sobre otros. De alguna manera, Elías Salvatierra parece proyectar su antigua forma de vida, el hipismo, en esta nueva situación; vive el momento y deja vivir, se adapta a los acontecimientos sin luchar por cambiar su curso. Como una partícula en una entropía cuyo desarrollo no puede controlar, Salvatierra se dedica a ese sobrevivir que armoniza con su carácter libre y no impositivo. Este momento de dura sobrevivencia también evoca su pasada vida familiar. No olvidemos que tanto su padre como su hermano tenían una participación política activa. Al aceptar que la vida de vagabundo le acomoda, Salvatierra desliza una sutil crítica a las participaciones políticas, las que en mayor o menor medida, implican un nivel de imposición de ciertas ideas de un grupo por sobre las de otros. El protagonista se muestra reacio a imponer siquiera un deseo a otros. Esta especie de anarquismo fatalista –en el sentido de fatum− se manifiesta no solo en un rechazo a la ocupación militar de la ciudad, sino al concepto mismo de imposición y su práctica política como una lucha de y por el poder. Lo único que le importa es sobrevivir.

Salvatierra se vuelve un punto móvil dentro de una red también móvil de sujetos atomizados, separados y a la vez unidos por esa separación. Es en el acto de caminar  donde se manifiestan al mismo tiempo la libertad individual y la dominación por parte de las fuerzas militares (1). La acción de caminar implica la propia capacidad de movilizarse, es decir, es un acto que necesita de la voluntad para ser llevado a cabo. Sin embargo, una dictadura intenta actuar justamente sobre la voluntad de los individuos, controlándola, reprimiéndola. Salvatierra, al convertirse en vagabundo y caminar por Santiago, reafirma su voluntad individual, por lo que este simple acto se transforma en una silenciosa protesta. ¿Podemos decir entonces que el protagonista ha superado en su vagabundaje su antiguo apolitismo? La respuesta no puede sino ser ambigua. Si consideramos sus vagabundeos como una afirmación de la voluntad individual en medio de un ambiente de represión (recordemos que los primeros bandos de la junta militar y el toque de queda prohibían a la población transitar después de cierta hora), entonces caminar −sobre todo caminar sin destino− se yergue como un acto político. Si por el contrario, consideramos que el personaje permanece atomizado, reducido a una condición de aislamiento y no socialización, entonces su acto no sería totalmente político, por cuanto los actos políticos se piensan, ejecutan y negocian dentro de una determinada comunidad. El vagabundaje de Salvatierra es más bien un acto de negación: se sustrae a la vida gregaria y, por ello, también permanece indetectable para los mecanismos de vigilancia y represión.

Es en este caminar inacabable que Elías Salvatierra no solo vivirá su propio proceso de degradación, al borrarse cada vez más su antigua existencia, sino que también será testigo de la degradación de la ciudad misma y de su población. Vivirá las protestas como el ruido sordo de las cacerolas, desde lejos y en la oscuridad, verá desaparecer personas dentro de los autos de los agentes de la dictadura, será testigo de rayados que aparecen y desaparecen de los muros… incluso asistirá, como un incógnito fantasma, al velorio de su padre y de su hermano, en la misma casa donde solía vivir. Sin embargo, nada cambiará el destino que Salvatierra se trazó tantos años atrás. Ni siquiera el término de la dictadura llevará a Salvatierra a cambiar de vida (2), persistiendo en su vida anónima y en los “extramuros”.

De hecho, en este momento de la narración el proceso de degradación está marcado justamente por las condiciones sociales, las que adquieren una mayor notoriedad en el desarrollo narrativo. Estas condiciones de degradación serán evidentes en otros personajes, particularmente en un desconocido que se desahogará en presencia de Salvatierra, en una noche de borrachera. Este dato es sintomático de la novela: las condiciones sociopolíticas aparentemente han cambiado con respecto a la dictadura, sin embargo, los individuos siguen padeciendo formas de vigilancia, control y exterminio. Estos procedimientos ya no son ejecutados por agentes del régimen, sino que son los propios sujetos quienes habrían internalizado un modus vivendi que en sí mismo atentaría en contra de las personas, reproduciendo y perpetuando de este modo una dictadura que no necesita de verdugos. El encuentro de Salvatierra con el mencionado personaje tiene lugar de noche, en un banco de plaza donde el protagonista intenta dormir:

“El hombre se tambaleaba, borracho, de un lado a otro por el sendero de la plaza. Se detuvo frente a mí, sin verme (…) Él comenzó a hablar, como excitado (…) Era la soledad más abrupta que parecía gritar en voz baja: “Alguna vez estuve en una barricada en los ochenta, en la facultad o en alguna población, participaba de manera combativa contra un sistema opresor que a fin de cuentas me doblegó. Me doblegó. Ahora espero que la financiera o el banco aprueben mi crédito de consumo (…) De esa época, en que nuestro entusiasmo por construir un nuevo país y de paso cambiar el mundo, nada queda ya en mí (…) ahora me encuentro con que solo me dedico a conseguir dinero para comprar y pagar los infinitos objetos que se interponen entre mi mujer, mis hijos, mi familia, mis amigos y yo mismo (…) Pero esto es mi fracaso. No he podido consolidar mi éxito… Somos una vecindad de corazones solitarios y vivimos la soledad como el dolor de una herida incurable” (85-87).

En esta escena, el personaje es un desconocido quien emitirá a la vez el diagnóstico y el juicio sobre la sociedad chilena post dictatorial. Dice de sí mismo que es uno más de los que lucharon por derribar el régimen en los años 80, pero que un sistema opresor lo doblegó. No es gratuita la reiteración de esta oración. Al repetir esta sentencia, el personaje parece constatar que lo que dice no es solo cierto, sino que tiene una concreción material. No está solo doblegado metafóricamente, obligado a trabajar para pagar sus innumerables deudas, sino que lo está físicamente: ha sido doblegado en cuanto cuerpo, ha sido disciplinado, condicionado, y sufre en carne propia los rigores de ese sistema que lo oprime.

Asistimos entonces al proceso de degradación del protagonista, proceso que se inicia con su primera renuncia (al puesto de profesor universitario), prosigue con el golpe de Estado, la desaparición de su familia y su trasformación en vagabundo. Junto con esto, la novela presenta la degradación de la sociedad como conjunto, a partir de breves escenas en las que Salvatierra es testigo de desapariciones, protestas y algunos otros actos. Sin embargo, será el discurso del personaje incógnito el que marcará la decadencia final de una sociedad en la que Salvatierra se ha negado a participar, pero cuyo proceso de atomización y destrucción progresiva ha acompañado silenciosamente y de forma paralela.

Puede que Elías Salvatierra no haya tomado parte de la vida social de la ciudad que le sirve de escondite, pero de alguna manera la ha prefigurado en su abandono de toda socialización, en su rechazo a la imposición de cualquier forma de pensamiento y acción. Salvatierra es un vagabundo por opción, a pesar de toda su circunstancia. Su renuncia es total, pero es finalmente voluntaria. El resto de los individuos se han convertido también en una especie de vagabundos, seres a quienes la vida y la conciencia comunitarias les han sido arrebatadas a la fuerza. Sin embargo, la operación ha sido imperfecta y, por lo que Miranda pone en boca de su personaje incógnito, el individuo siente el malestar y la resistencia. La historia no ha sido borrada por completo.

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Nelson Zúñiga González (Santiago, 1977) Licenciado en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Diplomado en edición y publicaciones. Actualmente cursa el Magíster en Estéticas Americanas (PUC).Ha organizado diversos eventos culturales y encuentros de poesía. Es autor del poemario La ciencia del silencio (Gramaje Ediciones, 2013). Es fundador y gestor de “Poesía y Crítica”.

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NOTAS

(1) El acto de caminar como una forma de expresión silenciosa de la libertad aparece con frecuencia en obras que se sitúan en el contexto dictatorial de los años 80. Por ejemplo, el poeta José Ángel Cuevas, en su Autobiografía de un ex – tremista, señala: “Camino, camino sin rumbo. Es dictadura. Salgo de mi trabajo en Av. la Feria y me siento libre. Recorro la ciudad a pie desde San Joaquín a la Alameda, yendo por Plaza Italia hasta Matucana, cada pedazo es distinto dentro de mis sentimientos”. Cuevas, José Ángel. Autobiografía de un ex – tremista. Calabaza del Diablo, Santiago: 2009.

(2) Veo esta permanencia de Salvatierra en el vagabundaje después de la dictadura como una forma de señalar que dicho régimen no culmina con el proceso iniciado en la llamada “transición a la democracia”. A pesar de la desaparición aparente de las fuerzas de sometimiento y control, Salvatierra permanece en su trayectoria y persiste en su anonimato, síntoma que revela que las condiciones solo mudaron externamente.

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