Archivos Mensuales: febrero 2014

El pájaro que voló lejos

por Luis Caroca

Pájaro_CostamagnaEl libro de Costamagna se estructura en tres cuentos: “Nadie se acostumbra”, el breve “Agujas de reloj” y el que da nombre al libro, “Había una vez un pájaro”. En el primer texto tenemos a Jani, una niña de doce años que inicia un viaje a Argentina junto a su padre Guillermo en 1975. Ambos cruzan la cordillera en una citroneta para visitar a la tía Bettina, quien vive en Campana. La niña deja Chile con la certeza de extrañar a su perrita Daisy y a su madre: “Y Jani se despide de la perra, dame la patita, y sube con su padre a la citroneta.” (p.11). Es interesante el estilo indirecto libre que utiliza el narrador y la descripción con un lenguaje coloquial. En este sentido Costamagna muestra toda su experiencia narrativa: “El pastor alemán sigue exhibiendo sus encías rosadas, como si estuviera contratado para promocionar pastas dentales, hasta que se funde con el paisaje.” (p.13), “pero eso quizás avivaría más la cueca.” (p.23). La niña escruta los misterios y vaivenes de los adultos a cada instante ya sea por la mera observación o por el recuerdo: “Jani recuerda muy bien el filo puntiagudo de la nariz de su madre ” (p.12). Los secretos familiares impactan fuertemente a la protagonista, de forma sorpresiva y decisiva, hecho que cambiará radicalmente su mundo de niña.

En el escueto y preciso “Agujas de reloj” tenemos a una niña que desea una idealizada y profunda relación con su padre. “No saben lo perniciosamente hermoso que es un padre. Hoy llevará a su hija al puerto. Será una navidad distinta.” (p.29). Si se toma dentro del contexto del libro, se puede leer como el padre desaparecido, ausente: “Entonces una hija se acercará riendo y abrazará a un padre como se abraza a un amigo. O a un amante.” (p.30).

“Había una vez un pájaro” es el último y más extenso cuento del libro. Comienza con un epígrafe de Clarice Lispector: Había una vez un pájaro, Dios mío. Nuevamente la figura del padre está presente, pero expresamente la del padre preso político y exiliado durante la dictadura. La protagonista es otra vez una niña aunque esta vez recibe el nombre de Amanda. Ella es la narradora de la historia, a diferencia de los dos cuentos anteriores donde predomina la omnisciencia. Todo comienza con los integrantes de la familia dentro del hogar viviendo cierta normalidad, hasta que una ráfaga de metralla de los organismos de la dictadura provoca el quiebre. El padre es detenido y las visitas que el grupo familiar realiza al detenido muestran una gran emotividad. Pronto los encuentros con Gustavo, el padre, se tornan difíciles y la relación del hombre con su esposa también. El posterior exilio a Argentina es un gran golpe para la pequeña Amanda y una serie de interesantes hechos cautivan y sorprenden al lector. Es la vida misma, hechos que tienen de fondo a la dictadura, pero que perfectamente pueden ocurrir en un contexto de cierta “normalidad política o social”. En este sentido, se podría pensar que es más atractivo ofrecer una historia ambientada en aquellos terribles tiempos de Pinochet, recurso fácil y que ya han usado (y abusado) tantos de nuestros narradores y poetas, y que tanto gusta a lectores extranjeros como si se tratase de un seguro producto de exportación literaria latinoamericana. En un momento la autora inserta en la voz de la protagonista palabras graciosamente femeninas: “Le digo a Virginia que tenemos que hablar. Me encanta pronunciar esa frase: tenemos que hablar.” (p.42). Oración que causa atención sin duda en cualquier lector masculino. Pero donde el lector se detiene con verdadera atención es cuando concluye lo interesante que resulta que tanto en el primer cuento como en el tercero, se repite una imagen que contextualiza en un corpus provocando cierta unidad: “una fila de hormigas marcha por el borde de una muralla. Jani las va aplastando una a una con su dedo índice mientras murmura “toque de queda, toque de queda”. El dedo le va quedando negro.” (“Nadie nunca se acostumbra”, p.22). Y en “Había una vez un pájaro”: “a la primera hormiga le falta un milímetro y ¡toque de queda! Las voy aplastando una por una.” (p.56). Es como si se tratara de una metáfora en que las hormigas son los personajes mismos o, más claramente, las víctimas del régimen. Ambas niñas, Jani y Amanda, realizan dicha acción en una especie de trance.

Esta y otras conexiones entre los cuentos del libro provocan notables paralelismos. Si en el primer relato la niña Jani tiene una perra llamada Daisy, en el tercer cuento, la niña Amanda tiene una gata llamada Candy. Se repite la citroneta como medio de transporte familiar, los años setenta post golpe militar, las ya mencionadas hormigas, Chile y Argentina, un lenguaje y una visión de mundo común, propia de una niña inteligente y sensible. Es decir, se podría afirmar que la historia es la misma y que los personajes también son los mismos, en esencia, más allá de los cambios de nombres, de mascotas y de uno que otro hecho. Es como una variación musical. La misma melodía, pero con diferentes arreglos. Jani-Amanda se enfrentan de golpe a la realidad de los adultos desde una perspectiva infantil, aunque no por eso sin cierta sabiduría natural. Aquí son los adultos los que se muestran torpes e ineptos sin saber como actuar dentro del pavoroso contexto de la dictadura. Las niñas de estos tres cuentos de Costamagna, son víctimas de los desaciertos y de las pasiones de los mayores y estos, a su vez, víctimas de la opresión política. Los adultos subestiman la inteligencia y la capacidad de observación de Jani-Amanda, la cual sabe perfectamente como son las cosas y que el dolor que provocan las acciones de los padres, los hijos se las bancan. Dolor, como el de un padre o pájaro que voló lejos.

 Había una vez un pájaro

Alejandra Costamagna

Cuneta, 2013

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Luis Caroca Saavedra (1970) es escritor y profesor de castellano de la UMCE. Ha sido antologado como cuentista en Mago Editores.  Ha publicado artículos sobre literatura en la Revista Water-Neon, Francia.

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Un pueblo que no es pueblo: Capitalismo tardío, José Ángel Cuevas

Por Nelson Zúñiga

capitalismo_tardio

Con una cubierta en la que se evoca el reconocible estilo de Alfaguara, la editorial Mago lanzó en diciembre de 2013 Capitalismo tardío, el más reciente poemario de José Ángel Cuevas. Esta lógica de vender la obra a partir de la imagen del autor es una decisión editorial que pareciera ignorar la amplia carrera de Cuevas, ya que con más de 20 títulos publicados, el autodenominado ex poeta tiene más que ganado un lugar en el campo literario chileno, por lo que abarrotar la cubierta con una fotografía suya parece no tener lugar en el proyecto escritural de José Ángel Cuevas.

Capitalismo tardío está dividido en 5 secciones más un epílogo. Cada una de estas partes posee una línea temática que, a grandes rasgos, ordena los poemas de cada sección. Como conjunto, el libro retoma el gran tópico de la producción más reciente de Cuevas, como es la devastación cultural producto del maridaje entre los 17 años de dictadura y los 23 de posdictadura. Con algunos altibajos en la calidad de los textos, el poemario se centra en exponer la banalidad promovida por el mercado y su propaganda; esta banalidad se transforma en desolación total cuando se contrapone a la clara apología que el ex poeta hace sobre la vida de los sectores populares y estudiantiles previa al golpe de Estado.

Sin embargo, estas características, que ya integran de manera indisoluble la obra de Cuevas, son solo algunos de los aspectos que llaman la atención en Capitalismo tardío. En este libro se radicaliza particularmente uno de los elementos propios del trabajo del autor, como es el dialogismo, expresado aquí como una interpelación directa al lector por parte del hablante. Esto se traduce en que el poema, en cuanto construcción verbal, abre directamente los fuegos, iniciando o finalizando con apelaciones y preguntas al lector.

Estas preguntas no parecen cumplir aquí una mera función retórica, sino propiciar o abrir un diálogo –una reflexión− en el lector, ya que muchas de ellas se dirigen a que este último realice una evaluación, emita un juicio o, al menos, suscite una valoración de lo expuesto en el poema. De alguna manera, estas preguntas y apelaciones apuntan a un afuera del poema, hacia donde pretenden dirigir la atención del lector.

Esta función dialógica se vuelve más recurrente en la Parte dos del poemario, subtitulada Aparato público. La sección se inicia con el Poema 232: “Señor lector:/ ¿le interesaría a ud. saber a dónde fueron a parar/ las hojas de vida de afiliados, usuarios, anotaciones,/ expedientes, años de servicio y cálculos previsionales/ de las cajas de empleados públicos y periodistas (…) particulares? / ¿quiere saberlo?/ OK” (p.33). La interpelación al lector es más que un artilugio convencional; se vuelve un cuestionamiento respecto de la posición de cada lector frente a la situación política actual de Chile.

El dialogismo de los poemas se complejiza cuando, además de las preguntas y respuestas, estas últimas incorporan el uso de estructuras impersonales. Cuevas ejecuta aquí una fina ironía, al involucrar la presencia de terceras personas que, de forma fantasmal, inciden en la vida de la sociedad. Esto puede verse, por ejemplo, en el Poema 4, también perteneciente a la Parte dos: “Sus hogares llenos de niños/ llenos de mundo. / Empezarán a caer. / Porque a los deudores de la Banca se les aplica/ Repactación forzosa y Máximo interés convencional (p. 37). ¿Quiénes aplican estas medidas? Queda claro que los sujetos mencionados deben dinero a ciertas instituciones, mencionadas colectivamente como “la Banca”, especie de hidra de mil cabezas, pero paradójicamente sin rostro. A los deudores, dice el autor, se les aplican ciertas medidas… esta impersonalización oculta al sujeto, lo distancia de su acción, pero al mismo tiempo lo señala pragmáticamente. Este juego de ocultar y develar enriquece la lectura de los poemas de Cuevas, siempre políticos, siempre con un ojo en la historia, y hace que el lector se involucre en el diálogo con sus propios conocimientos y experiencias cotidianas. En el fondo, lo que parece sustentar este poemario ‒ y probablemente toda la obra del autor‒ es la constante referencia a una ideología, entendida esta no como partidismo, sino como la consecuencia propia de la persona que no transa sus valores y principios. De ahí tal vez que los poemas de Cuevas se dirijan con tanta vehemencia a un pueblo que se olvidó de que era pueblo y asumió ‒ dictadura mediante ‒ los anti valores de la clase empresarial.

El poema Fotografía de época fusiona el dialogismo con otra de las obsesiones recurrentes de Cuevas: el rescate del pasado. Pero no se trata aquí de un pasado en abstracto, como ‘idea’, sino un pasado situado materialmente, reconocible en sus vestigios. La fotografía evocada en el título parece cobrar vida mientras avanzamos en la lectura: “En las inmediaciones del viejo molino/ San Cristóbal/ se hacen presente montañas/ campos floridos/ ríos que fluyen// Hay poleas que suben/ y bajan a lo largo de la calle Exposición (p. 40). Podemos ver la acción: la producción del molino, situada en un Santiago donde el trabajo y la industria representaban la posibilidad de los trabajadores de alcanzar un porvenir  más próspero. La vida colectiva y un proyecto de país se evocan aquí por medio de la imagen de la producción y el trabajo. Sin embargo, un silencio se teje sobre esta imagen, el silencio del lector, tras la pregunta que cierra el poema: “Ud. ¿sabía eso?” (p.40)

En otros casos, las preguntas funcionan resemantizando el cuerpo del poema. Es lo que sucede en Carrete, donde se nos muestra justamente la imagen del jolgorio generalizado en torno a la selección nacional de fútbol: “se ven mujeres con su bandera tricolor/ pegada al pecho y saltando/ en pubs cantinas bares de la Nación/ ¡qué inmensidad nacional, Dios mío!/ ¿no creen ustedes? (p. 56). Aquí la pregunta al lector ironiza el contenido y el desarrollo previo del poema, haciendo que todo el imaginario en torno al fanatismo futbolero se revele como una mueca, una máscara que trata inútilmente de ocultar el vacío del consumo capitalista. Esta visión contrasta fuertemente con uno de los poemas más conocidos del autor, Mundial del ’62, donde el futbol se presenta mucho más como una fiesta popular y no una excusa para la promoción de las grandes marcas. Una breve lectura comparativa de ambos textos podría darnos una idea de la dimensión de los cambios sociales que tanto obsesionan a José Ángel Cuevas.

Capitalismo tardío se presenta como la invitación a un diálogo, a una conversación donde la memoria, la política y la literatura son, entre otros, los temas propuestos. Un diálogo que resulta siempre interesante y variado. Para los asiduos a José Ángel Cuevas será un nuevo encuentro con su poesía inconformista y evocadora, para los lectores más noveles es una gran oportunidad para iniciar una conversación franca y abierta con uno de los poetas más influyentes, activos y prolíficos de la escena literaria actual.

Capitalismo tardío

José Ángel Cuevas

Mago, 2013

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Nelson Zúñiga González (Santiago, 1977) Licenciado en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Diplomado en edición y publicaciones (PUC). Ha organizado diversos eventos culturales y encuentros de poesía. Es autor del poemario La Ciencia del Silencio. Actualmente cursa el Magíster en Estéticas Americanas (PUC). Es gestor de “Poesía y Crítica”.

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