Archivos Mensuales: mayo 2017

El legado de las corrupciones

por Gonzalo Schwenke

Incorruptos_cubiertaIncorruptos (2016) es el primer libro de Carolina Melys (Santiago, 1980). En este volumen de cuentos se despliegan recuerdos familiares que son contemplados desde la niñez y la adultez temprana. En ellos, los personajes observan la tragedia, habitando espacios donde la incomodidad y las ausencias de los parientes son el común dominador. Porque nada permanece limpio, toda herencia es una carga que hay que asumir irremediablemente: los familiares militares, las enfermedades y la religión.

La manipulación de la información, la ignorancia o alejar a las personas de los hechos constituyen un sistema de control instaurado por los mayores y donde los niños se ven sometidos, e incluso colaboran en sustentar este orden: “La abuela (…) le dice que uno nunca debe hablar de su familia en el colegio” (41). Así, en “Uniformes”, “Fragmentos de una higiene doméstica” y “Como un rey”, se presenta la ideología de la tradición cristiana occidental, la vigencia de hábitos y costumbres que están ligadas y representadas por el régimen militar a través de la formación educacional tanto privada como pública. De igual modo, los protagonistas que no suficiencia de análisis, intentan comprender las diferentes circunstancias en que se ven envueltos pero incapaces de llegar a descifrarlas.

En el primer cuento, “Las historias que nos contamos”, la protagonista narra el proceso en que el padre es desahuciado debido al cáncer, lo que provoca que padre e hija forjen una mayor unión en un ambiente marcado por la desolación y que progresa hasta el punto de la desesperanza. En esta dinámica, el progenitor entrega una serie de recuerdos en la que ficcionaliza su infancia y la devoción en la religión para sobrevivir en la memoria de la hija: “esa imagen que nunca vi es la imagen que mejor recuerdo” (28).

Nadie está libre de la degradación y esto se subraya en “Incorruptos”. Laura va al cementerio de Andacollo para observar el cuerpo del predicador Manuel Yépez y declararlo santo si es que se encuentra sin descomposición. Utilizando analepsis, la narración va intercalando momentos del pasado familiar de la protagonista: la tos heredada, el olvido del padre y la colección de fotos de cuerpos mortuorios.

Esta perspectiva que aparenta ser ingenua contiene narraciones marcadas por la austeridad: frases cortas y diálogos directos. Los hechos dan el tono sombrío en los relatos, lo que evita una descripción innecesaria y, por tanto, permite una lectura rápida.

La construcción de personas tiene su génesis en los aconteceres que están ligados a la memoria y tradición familiar. Justamente aquello que es perteneciente al hogar es el foco de la narración que la autora ataca: los niños, los adultos y los muertos en distintos niveles están corrompidos, manipulados por la transmisión de valores hereditarios y que los sucesores deben comprometer como una molesta obligación casi sin rencores. En este sentido, evidenciar el régimen de corrupciones de la familia a través de infantes que no tienen las suficiencias, es mostrar en segundo plano observaciones que denotan temores en analizar la sociedad. Incorruptos está enmarcado dentro del circuito de la literatura de los hijos y que marca el debut de Carolina Melys.

Incorruptos

Carolina Melys

Editorial Montacerdos, 2016

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Gonzalo Schwenke (1989). Es Profesor de Lenguaje y Comunicación por la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Periodismo Cultural, Crítica y Edición de Libros (U. de Chile 2016). Actualmente cursa el Magister en Estéticas Americanas (PUC). Es además crítico literario del diaro El Insular de Chiloé: http://www.elinsular.cl/.

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Me voy al sur. Quemar las Alas, de Mauricio Osorio.

por Luis Aránguiz

Quemar las alas 2Ese espacio geográfico al que antojadizamente denominamos “sur de Chile”– porque no es ni de Chile ni  era sur hasta que otros así lo decidieron–, tiene una peculiar capacidad de atracción para la imaginación, la evocación y la contemplación. Es una suerte de imán, fuente de inspiración y, por qué no decirlo, también de búsqueda solitaria. Todas estas sensaciones, entre otras, no son desconocidas para quien haya visitado el sur, o quien haya leído a los autores que intentan plasmarlo. En este sentido, el intento del autor de Quemar las Alas no es novedoso. Incluso, es un esfuerzo que todo poeta nacido en esta franja de tierra y que se ha acercado a esas latitudes, debiese intentar alguna vez. Hasta Pablo Neruda lo ha hecho. ¿Cómo ser original?

Ahora bien, ¿de qué modo la apuesta de Osorio podría dar un giro interesante? En primer lugar, considerando que el “sur” del que habla es la Patagonia chilena, ahí donde todo lo que queda de Puerto Montt hacia arriba es llamado “norte”. Ahí donde hay una rica poesía local que suele ser poco difundida precisamente en el norte. Pero más aún, en esta apuesta encontramos un gesto que no deja de llamar la atención: el abandono del norte en pos del sur. Si bien esto es parte de la propia biografía del autor, en el poemario encontramos que este cambio es un asunto central. La voz del hablante se esfuerza por hacernos saber, casi a modo de inventario, en qué consiste este “sur” patagónico.

En los versos libres que componen este libro encontramos referencias a lugares significativos como Aysén y Puerto Cisnes, y al clima típico de la zona como sus fuertes lluvias, vientos, nieves, parajes paradisiacos y lengales. Intercalados entre los poemas, encontramos esfuerzos de prosa poética que los complementan reflexivamente. En ambas formas de uso del verbo hay temas subyacentes reiterados como la soledad, el silencio, la memoria y los estados del alma. Las alas, metáfora en ocasiones confusa que vertebra el poemario, dan cuenta de la autocomprensión del hablante que emprende vuelo a la terra australis ignota, a la Patagonia en que “hay un cielo / debajo del cielo / espejo denso entre los campos” (27). Por ejemplo: “sólo replegué las alas / posé mi alma / en la patria-paisaje / la obra de Dios. / Aterricé sobre la nada embellecida” (12). En “padezco un cuerpo cansado”, asevera el hablante: “Le llevo alas nuevas que rechaza con torpeza / le digo: aún hay flores allá afuera” (15). De este modo, la corporalidad adquiere un cariz inesperado: el alado se entiende a sí mismo como un ser escindido entre un cuerpo cansado cuya voluntad rechaza el vuelo, y un alma que busca liberarse. De aquí los versos implacables: “Madre, me voy al Sur / a sacudirme el alma. / Sí, a encontrar una muerte /dentro de bosques que ya no existen, / pero que crepitan bajo la nieve” (8). Con ello, es ya posible comprender también las palabras del poema que da título al libro: “¡Ay, qué muerte más famélica me persigue! / ¡Qué patética fealdad posee su memoria! / Pero he llegado. /Con las alas adheridas en el alma / y este cuerpo que no se anima a resplandecer / ante el oleaje de plumas azules” (9).

En un primer intento de lectura, podría pensarse que el libro responde a esa especie de síndrome escapista al estilo del film Into the Wild, característica tal vez más frecuente de lo que se quisiera en el viajero que busca el cielo debajo del cielo. Pero lo que hay aquí, me parece, es distinto: la figura del antropomorfo alado que aparece en la cubierta del libro es también parte de la poética misma de la obra, porque ¿qué otra cosa puede ser un ser alado sino la clásica representación del ángel de los cristianos o el trágico Ícaro griego? ¿Y qué hacer con el ángel de cuerpo cansado que surca el cielo debajo del cielo, cuyas alas, al aterrizar en la nada embellecida, son quemadas? Lo que se nos presenta no es la protesta habitual de las dicotomías campo/ciudad, naturaleza/cultura, soledad/sociedad o libertad/esclavitud, sino la cuestión antropológica de la búsqueda de un cierto sentido existencial que, aunque en ocasiones pudiese utilizar alguno de esos marcos de comprensión, no se sujeta a ellos y parece hallarse a gusto en lo que representa la Patagonia: esa nada embellecida en la cual venimos a buscar no la vida, sino más bien la muerte.

Sin duda, Osorio no logra dar cuenta de la Patagonia como lo haría un patagón. Pero, a su particular modo, sí logra darnos luces. Aunque en ocasiones ciertos poemas del texto tardan en darse a entender, ya por exceso de palabras, ya por falta de las mismas (¿y a quién no le faltan palabras?), su “Me voy al Sur” es una decisión que representa mucho más que la voluntad de un hablante lírico encerrado entre las hojas de un libro. No sea que, de pronto, algún lector urbano acabe por musitarla luego de descubrir el cansancio hasta entonces ignorado de su propio cuerpo y decida emprender vuelo al cielo debajo del cielo, aun si eso costase quemar sus propias alas para, por fin, sacudirse el alma.

Quemar las Alas

Mauricio Osorio Pefaur

Ñire Negro Ediciones, 2015

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl. Actualmente cursa el magister en estudios internacionales, IDEA-USACH.

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