Archivos Mensuales: mayo 2013

La des-promesa de un título: una crítica a Magnolia de Felipe Ruiz

por Daniela Stevens

magnoliaMagnolia, publicado en el 2012 por Ajiaco Ediciones, es un libro que se divide en tres partes: “Guarda en este frasco tu pequeño Olimpo”, “Hortensia” y “Morimos como los unicornios”. Cada una de estas secciones es diferente respecto de las temáticas que ofrece al lector. Desde un principio, el hablante del primer poema se expresa sin mayores pretensiones: “es que necesitamos amarnos / con lo que tenemos y no desear / nada que no esté a nuestro alcance / como gimnastas / o estrellas de televisión” (p. 11). En el caso de estos versos, correspondientes a la parte inicial, generan un espacio insípido de escritura. No hay grandilocuencias, pues las imágenes no poseen mayores adornos y no existen cambios llamativos en las acciones del hablante. Sin embargo, este merodea por diversos lugares a lo largo del poemario. Existe un cruce de elementos que no comparten el mismo campo semántico: la cama, la escotilla, la pelota de hierro o el póquer con naipes de tarot, revelan que el verdadero problema de estos textos reside en el revoltijo de ideas.

Por otro lado, la segunda parte del libro, “Hortensia”, expone un cambio radical en el contenido. Aparece la figura del padre y se presenta el proceso embrionario como una cuestión de trascendencia: “Dentro del óvulo / hubo una bomba / como larva / para engendrar muerte” (p. 23). Estos versos, que pretenden un tono trágico, donde la mayoría está relacionado “solamente con la pena / y el dolor” (p. 29), no causan demasiado efecto en la lectura, pues el poemario nos ofrece, en un acto seguido, una metalenguaje: “Tildes y comas / menos puntos en su barriga” (p. 27). Aquí el texto rompe con ese tono trascendental y terrible que quiere desarrollar. Se percibe, entonces, que Magnolia no tiene una línea clara de escritura ni persigue una lógica determinada, sino más bien, demuestra ser un puro desorden temático que, en ningún momento, se relaciona con su título.

Pese a lo anterior, en la tercera parte del libro, específicamente en el poema “Mi patria vieja”, se empieza a aludir a la naturaleza. Por fin, la magnolia, aunque no realice ninguna acción, gana la relevancia que el título le otorga: “verás el retirado poeta / yéndose a vivir a un bosque / en cuya ausencia, / quizás hasta las magnolias se enamorarían” (p. 38). Aquí, recién, se percibe la madurez del hablante que construye Felipe Ruiz, pues ya no se presenta desde afuera y deja de ser un mero relator de cosas. El sujeto de la enunciación se hace cargo de lo que dice, al fin está viviendo en el poema: “Duelen los dientes al recordar, duelen las encías / y la magnolia que se asoma tras el cerco; / cuando llueve, hay prisa y cuando no, nostalgia” (p. 40).

En esta tercera sección, titulada “Morimos como los unicornios”, aparecen elementos como el otoño, la patria o la nostalgia, entre otros, que se transforman en una especie de hilo conductor. En alguna medida, esta situación ayuda a que los textos se definan, pues genera una lógica afín: el tono se mantiene inquebrantable en todos los poemas de la última parte. Sin embargo, el título o la justificación de este, se vuelve poco sustentable ya que su relevancia recae, de manera estricta, en dos poemas: “Mi patria vieja” y “Nostalgia”. Resulta extraño que un buen nombre como el de este libro sea desaprovechado por su autor. No obstante, Magnolia de Felipe Ruiz es un texto que se encuentra bien escrito (no depurado), aunque, la verdad, esto no debería señalarse como una virtud, sino como requisito mínimo para cualquier publicación.

Magnolia

Felipe Ruiz

Ajiaco Ediciones, 2012

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Daniela Stevens (Santiago, 1991) es estudiante de cuarto año de Literatura Creativa, UDP. Ha participado en diversos talleres de poesía a cargo de Paz Molina, Teresa Calderón, Andrés Morales y Raúl Zurita. Desde el 2008 ha participado en diversos encuentros poéticos en la ciudad de Santiago, entre ellos se destacan el ciclo de poesía “Los Desconocidos de Siempre” organizado por Editorial Fuga y “El Cuarto Dedo en la Llaga”, a cargo de Produkto Kolectivo. Asimismo fue partícipe del ciclo de lecturas “Amigo” realizado en la Biblioteca de Santiago y “La Poesía se fue al Chancho” en el Bar Chancho Seis. En el 2011 fue becaria del taller de poesía Fundación Pablo Neruda.

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En busca del Iceberg: Una lectura del libro Encomienda, de Lucas Costa

por Christian Torres

encomiendalucascosta¿Qué pasaría si alguien te “encomendara” una historia? ¿Si alguien te dijera: esto tienes que decirlo? Tú eres el escritor de la familia, el tipo sensible. El que debe hacerse cargo. Entonces, a regañadientes, como imperativo categórico, decides hacerlo, pero no quieres mirar la historia a los ojos. No la soportas. Es demasiado triste o, en el peor de los casos, demasiado feliz. Es la historia que no te tocaba contar. Así que pones los ojos en todo menos en lo que tienes en las manos. Esto es, precisamente, lo que algún lector ―el que estas líneas escribe, por ejemplo― podría sentir respecto a la obra de Lucas Costa, Encomienda.

Y es que a veces las historias valen más por lo que no se cuenta. Una buena historia, decía Hemingway, oculta siempre lo más valioso, su verdadera dimensión. Lo demás es lo simple, lo visible. Pero si se quiere llegar al fondo, a lo que no se ve a simple vista, hay que utilizar un traje de buzo y llegar hasta donde alcance la resistencia. No basta con hacer descripciones del ambiente carcelario. Todos conocemos lo que es una cárcel. Sabemos de su hostilidad. De su tristeza. De la sobrepoblación. De los barrotes y las aves que cruzan el cielo. Así sea por televisión la hemos visto. Pero a cada cual le toca contar una historia, no la historia que quiere contar, ni la que se le encomienda, sino la que lo elige: “Cuenta por qué tu padre cayó en la cárcel” (p. 9), escribe Costa. No obstante, el lector se termina encontrando con la cárcel, los “chuchos”, el “manojo de llaves”, los gatos, las “rejas oxidadas”, los “tordos”, las murallas, los reos, el musgo, los pacos, las ventanas, y todos los lugares del recinto penitenciario, menos con lo que realmente interesa: la historia, la parte oculta del iceberg.

Alguno podría decirme que la poesía no cuenta historias. Que su fuerte es la descripción y el lenguaje. O que utiliza los objetos para contar una historia. Y puede que a veces sea así. Sin embargo, para que esto se logre, el poeta debe descubrir algo que nadie más ha visto. Desvelar lo que se esconde bajo los barrotes, bajo el óxido y la tensión de las prisiones.

Con todo, le quedan algunas opciones al lector: puede escribir en su cabeza la historia oculta, ese discurso auto-censurado por el autor, al modo de una obra disidente perseguida por un régimen dictatorial. En esta versión, Lucas Costa decide ocultar la historia a propósito, para que el lector imagine que la omisión no es una equivocación, sino un juicio oculto, impronunciable. También se podría imaginar que el autor prefirió no escribir la historia por motivos éticos: no quería sacar provecho de la situación, tomarla como pretexto. O ni siquiera se dio cuenta de que ―mientras escribía, fascinado por un lugar jamás visto y que ha inspirado a tantos y tan buenos escritores: Cervantes, George Jackson, Wilde, entre otros― olvidaba (¿inconscientemente?) la historia por la que estaba allí. Señalado: tienes que escribir esto. ¿Encomendado?

Pero a lo mejor esta encomienda llegue un día a buen puerto, uno menos recalcitrante, y tal vez sean estos versos los que alcancen a iluminar su lectura: “Una cárcel en llamas. / Nada te turbe: los chispazos no sirven para los niños / y perros que aúllan, pero te sirven a ti.” (p. 36)

Encomienda

Lucas Costa

Editorial Cuneta, 2013

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Christian Torres (Bogotá, 1982), escritor y músico. Es Licenciado en Filosofía, Letras y Educación. Magister en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado algunos poemas en diversos medios escritos. Su primer libro, Relatos C.38, obtuvo mención meritoria por parte de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Ha sido docente y promotor de lectura en diversas instituciones colombianas. Actualmente cursa estudios de Doctorado en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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Veo gente viva (1)

por Edson Pizarro*

“Lo único terrible sucede a plena luz/ a ojos de todos”

Victor Hugo Díaz

veo gente muertaDesde prácticamente su fundación, la violencia y la represión han sido experiencias comunes de los indígenas, campesinos, mineros y los pobres de toda Latinoamérica. Las dictaduras son un gran referente de esto, las cuales modificaron la percepción de toda una comunidad en relación a hechos de violencia política. Con el tiempo, el concepto de dictadura en Chile fue reemplazado por el de “democracia protegida” (y “en la medida de lo posible”), donde sus habitantes se someten, adecuan y autocensuran fácilmente frente al comportamiento esperado por el Estado. Del mismo modo que respetaban el toque de queda, ahora pagan el transporte público más caro de toda Latinoamérica para que no se los multe por $37.000. El miedo al asesinato inminente fue cambiado por el de perder el trabajo o el de no llegar bien económicamente a fin de mes. En este sentido, lo siniestro se plantea desde la normalidad y normatividad.

En el proceso de creación de un espectáculo teatral, el cual no se desarrolló y tenía como eje el concepto “cuerpo”, con mi compañía de teatro visitamos el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Mientras nos perdíamos por ese centro de documentación (tiene tanta información que satura), llegamos a un espacio donde había un catre de metal. La diseñadora preguntó por qué había una cama en medio de todo esto. Le dije, en un tono muy jovial, que estaba frente a la denominada “parrilla”, donde los torturadores amarraban a sus víctimas desnudas y les aplicaban corriente. Ella me miró extrañada y preguntó si yo estaba bromeando. Nos miramos entre el resto de los integrantes y le dijimos que no era broma, que todo esto realmente ocurrió en Chile, y cómo era posible que ella no supiera algo que para nosotros era de conocimiento general. Ella contó que sus padres nunca le contaron nada de eso, que ellos no son de derecha pero son de los que “no  se meten en huevás”. Entonces le contamos el resto: violaciones, torturas, simulacros de fusilamientos, ratones por vaginas y rectos, y que en Villa Grimaldi tenían una parrilla mejor porque era un camarote de metal donde en la cama de arriba ponían, generalmente, a un familiar y los torturaban a ambos simultáneamente con el correspondiente ahorro de electricidad. Cuando terminó este paseo ella se veía notoriamente afectada y dijo “yo pensaba que solo en la Alemania de los nazis o en películas hacían estas cosas”. Lo que debería mantenerse oculto fue mostrado….  ¿Pero estaba realmente oculto?

Es habitual que los medios de comunicación encubran la realidad. En Chile, todos de derecha, han creado un lenguaje lleno de eufemismos para metaforizar lo indecible, lo siniestro. La guerra se convierte en “intervención militar”; los bombardeos en Gaza con niños y mujeres asesinados son “incursiones aéreas con daños colaterales” y la represión en las protestas se convierte en el “actuar de Carabineros”.  Esto genera una jerga que virtualiza la historia, donde lo político, como siempre, se apropia no solo de cualquier discurso, sino de toda la lengua. O, en palabras de Deleuze, «por la boca del verdugo habla la víctima». Pero, lejos de ocultar la verdad, esta ficción, esta máscara, es de tan pobre calidad que todos podemos ver los elásticos que la sostienen.

La falsificación de la realidad, este “facismo mágico”, revela aún más el carácter siniestro de nuestra sociedad. Diputados dicen estar en contra del matrimonio homosexual para “proteger a la familia” cuando, en realidad, piensan que todos ellos son enfermos mentales y les causan asco. Entonces algunos de ellos más populistas (porque tiene mucha onda tener un amigo queer) dicen “mejor no le llamemos ‘matrimonio’, llamémoslo ‘acuerdo de vida en común’” para entrar en consenso. Citando a Raúl Villarroel en su libro El imperio de lo siniestro o la máquina de la locura, “lo siniestro sería la incapacidad del símbolo para ser simbolizado, como incapacidad de imaginar y secundarizar el efecto, lo que Mori llamó “la incapacidad de asumir lo real, por ser éticamente inaceptable””(2).

El ejemplo más claro y reciente de todo esto es lo que ocurrió en Freirina. En este pueblo existe una alta tasa de cesantía hasta que llega esta generosa empresa a “dar trabajo y mejor la calidad de vida”, con todos los permisos pero sin cumplir las condiciones mínimas de sanidad. Los habitantes se quejan del mal olor, las autoridades no los toman en cuenta, realizan protestas, barricadas y tomas de carreteras, enfrentamientos con Carabineros, el ministro presidenciable va a la zona y clausura la fábrica por unos meses para que se bajen las revoluciones, después la empresa consigue los permisos sin hacer ningún cambio y vuelve a abrir, los freirinos vuelven a reclamar, la empresa decide cerrar porque “no desean estar en un lugar donde no se les quiere”, el Estado se lava las manos culpando al alcalde socialista y los únicos culpables y perjudicados son las personas, las víctimas. Las cosas son claras y están a la vista de todos: si ellos quieren trabajo, tienen que vivir con los chanchos. “Así no más es la cosa, ustedes votaron por nosotros, pero ahora están solos”. Y este carerrajismo provoca un nivel de indignación, de desconfianza del otro, que pone la piel de gallina ante el sentimiento de experimentar lo siniestro: no hay conspiraciones, no fantasmas. Lo que provoca horror es que no hay responsables. Como decía mi abuela cuando íbamos en familia a visitar a los parientes al cementerio: “No hay que temerle a los muertos, hay que tenerle miedo a los vivos”, y a los vivos, y muy vivos, los vemos todo el tiempo.

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*Edson Pizarro (Santiago de Chile, 1983): Licenciado en Literatura de la Universidad de Chile y en Educación por la Universidad Andrés Bello. En el 2009 publica su primer poemario Retiro de Televisores por Ripio Ediciones. Actualmente, trabaja como profesor de español como lengua extranjera.

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NOTAS

(1) Texto leído en la mesa de conversación “Lo siniestro, una estética del desconcierto en la literatura y las artes visuales”.  Viernes 14 de diciembre.

(2) El concepto de “fascismo mágico”  no es solamente aplicable en el sector político de derecha en nuestro país. Durante las movilizaciones estudiantiles durante el período que gobernó la Concertación,  la mayoría de los líderes estudiantiles pertenecían al partido Comunista y Socialista. Hablaban de seguir la voz del pueblo de la mano de los trabajadores, pobladores y mujeres de la patria, y que  siempre respetarían siempre la voz de las bases. Pero cuando el movimiento se radicalizaba y se convertía en un real dolor de cabeza para el estado, ambos partidos mencionados llegaban a un acuerdo a puertas cerradas con el gobierno y, a cambio de unos votos en el congreso, mandaban a todos sus dirigentes universitarios, como orden de partido, a que se bajaran todas las tomas y todo quedaba en nada, quedando como grandes perdedores los estudiantes secundarios. Pero ellos insistían en “seguir con la lucha permanente”. (Ahora, como no existe diálogo posible, los resultados de las movilizaciones están a la vista).

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