Archivos Mensuales: diciembre 2013

Respeten la soledad que se aproxima

por Gastón Carrasco

Salón de bellezaParece innecesario hacer una presentación de Mario Bellatin. Pero el supuesto es abusivo. El autor peruano-mexicano ha destacado en los últimos años por estar considerado entre los mejores narradores de Latinoamérica. La recepción crítica de sus libros suele ser generosa y los estudiantes gozan escribiendo papers a propósito de su obra. Todas las presentaciones o reseñas biográficas del autor destacan su formación inicial en teología y cine, elemento significativo al momento de leer su obra. Otras hacen hincapié en la biografía, en la nacionalidad e identidad del autor, en la falta de su brazo derecho, en lo prolífico de su obra y carrera, aunque Bellatin no presente referencias biográficas en sus escritos, al menos no como proyecto escritural.

Es quizá Salón de belleza, ubicado en el lugar 19 de los 100 mejores libros publicados en español en los últimos 25 años, el texto más notable de su obra. Publicado inicialmente por Jaime Campodónico Editor (Lima, 1994), por Tusquets Editores (México D. F., 1999) y en Obra reunida, por Alfagura (2005 – 2013), aparece reeditado por Editorial Cuneta (Santiago, 2013) con un interesante y justo diseño de Ian Campbell. Ya antes Cuneta contaba con la publicación de El pasante de notario Murasaki Shikibu (2011), siendo parte de su colección de narrativa “Plan maestro”, junto a títulos de otros autores latinoamericanos de la talla de César Aira y Roberto Echavarren. Se destaca entonces la posibilidad de acceder a las obras de estos autores contemporáneos, publicados por editoriales transnacionales, en versiones ciertamente más baratas y con diseños más que interesantes.

Justifico el adjetivo que da inicio al párrafo anterior. Es notable Salón de belleza respecto a los otros textos por condensar en menos de cien páginas el espíritu experimental de la obra de Bellatin. Esto es, establecer diálogos con otras culturas, principalmente la oriental-nipona, hacer de lo fragmentario un estandarte, usar un lenguaje sutil y crudo a la vez, dar cuenta de experiencias límite, jugar al mismo tiempo con lo bello y la muerte, hablar desde y con el cuerpo, dar cuenta de la violencia, la sexualidad y el exotismo.

El protagonista del relato es un estilista homosexual, dueño de un salón de belleza junto a otros colegas. Por las noches sale con sus amigos a travestirse por las calles de la ciudad. Desde el inicio nos cuenta que el salón se ha vuelvo un moridero donde enfermos van a padecer sus últimos días. De manera paralela, y central por cierto, nos va dando cuenta de su afición por los peces, por convertir al salón en una gran pecera. El juego de correspondencias, analogías, entre el salón, el moridero, la pecera y los baños de vapor (estéticamente como los japoneses, fácticamente como los baños turcos nuestros) toma fuerza en el texto: “Experimentaba también el extraño sentimiento producido por la persecución de los peces grandes cuando buscan comerse a los más pequeños” (p.18).

El contraste de las mujeres que asisten al salón en su tiempo de mayor esplendor es el cardumen de hombres acumulándose en el moridero, en el fondo de la pecera, en el último rincón de la sociedad. El narrador nos advierte sobre su salón y refuerza la idea de no ser un lugar a la manera de las Hermanas de la Caridad. Nada más lejos del sacerdocio o solidaridad, el Moridero obedece a un sentido humano, práctico y real. No hay redención. Las reglas son estrictas, no se le dan esperanzas de vida ni se intenta salvar a los desahuciados, simplemente se les deja morir.

En vez de continuar haciendo referencia a más detalles del relato, me permito algunas divagaciones. En El imperio de los signos Roland Barthes hace de las suyas dando cuenta del sistema simbólico japonés. En él, entre otras varias cosas, el crítico francés nos brinda un tratado sobre el signo, sus reglas y la belleza. En la cultura japonesa el sujeto está envuelto en las circunstancias que lo rodean, y lo representan. Todo es significante, mas no significado, lo que implica un vacío. Algo como esto sucede en Salón de belleza. La escritura altamente “estetizada” nos priva de toda posibilidad de acceder al sujeto, a pesar de su aparente apertura o tono confesional del relato.

En algún lugar Allan Pauls destaca de Bellatin su forma de disponer el relato. Es decir, de establecer reglas y condiciones, para luego dar rienda suelta a la excitación, el juego y la experimentación. El espacio del relato es el salón, salón que es a la vez un punto de fuga o de resguardo más bien, de la sociedad. El narrador dispone o modifica el espacio a su antojo, con más problemas que satisfacciones, pues nunca logra dar con los peces de su agrado. Él mismo vive en el afuera la excitación y el juego de las calles, a la merced de los hombres que encuentre y de los “Matacabros”, particular pandilla nombrada un par de veces en el relato encargada de “barrer” con los jóvenes. Dentro del salón es el peluquero o esteticista quien manda y ordena. Linda analogía del esteticista de salón y del esteticista escritural que nos relata con cuidado su historia.

Decíamos antes que la escritura altamente “estetizada” nos ocultaba a los sujetos del relato. De ahí la relación con el imperio de los signos que señala Barthes. En la novela (breve por cierto) de Bellatin todo está sujeto a ser signo de. Pocas veces podemos entrar en esos silencios que resuenan como murmullos (a la manera de los pobladores de Comala en Rulfo). Quién es el esteticista, cuál es su nombre y cuál es el pueblo en el que vive. Quiénes son los “Matacabros”, quiénes fueron sus amores, por qué no le respondía a su madre, por qué no nombrar directamente el VIH como gatillante del fallecer de los cuerpos, etc. Todo se vuelve parte del enigma, todo flota en el suspenso de esas peceras atestadas de moho, algas y peces muertos. No es posible mirar transparentemente lo que hay dentro del vidrio, tampoco podemos leer fácilmente lo que hay en el relato.

Es posible afirmar que Bellatin se sabe al dedillo las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. En el texto del autor italiano se sugiere, o vislumbra, lo que será la escritura de nuestro siglo. Pienso que en la propuesta de Bellatin hay cierta levedad y rapidez en el relato. Así también exactitud, es decir, hay una imagen esperando despertar en la imaginación de cualquiera de nosotros. Como plantea Calvino, el cometido del escritor es hallar la clave correcta, el orden preciso, las combinatorias adecuadas y la extensión idónea para que lenguaje e idea se fundan en una sola cosa, y Bellatin lo hace. Hay un diseño de la obra bien definido y bien calculado. Una forma de conocer, para Calvino, radica en la posibilidad de dejarse envolver en redes de significación o relaciones: salón, moridero, sauna, pecera. Cada mínimo objeto se ve dentro de una red de relaciones, se multiplican los detalles, de manera que descripciones y divagaciones se vuelven infinitas.

Para finalizar, un tema central de la obra es la transformación del cuerpo, el paso del goce hacia el sufrimiento. El mismo protagonista va siendo corroído por la enfermedad. Las pústulas aparecen en su cara y el cuerpo se va debilitando. Ya ni siquiera tiene la fuerza necesaria para ir a los baños de vapor. Lo de adentro se apodera del afuera. Todo se trata de ese adentro. Están él y sus moribundos. Un poco a la manera de las Crónicas de Sidario de Lemebel, pero con menos referencialidad, mucho menos. En este caso, una impronta ética que nos deja el esteticista es que respeten la soledad que se aproxima, lo mismo sugiero a los lectores, luego de leer o releer este texto.

Mario Bellatín

Salón de Belleza

Editorial Cuneta, 2013

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Gastón Carrasco Aguilar (Santiago, 1988). Profesor de Lenguaje y Comunicación. Autor de Viewmaster (Cuadernos de poesía / Biblioteca de Santiago, 2011). Becario de la Fundación Pablo Neruda 2012. Actualmente cursa estudios de postgrado en la PUC.

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La fisura de los templos: una crítica a Otra Orilla Otro Invierno de Cristian Lagos

por Francisco Martinovich

otra orilla_portadaRecorrer verso tras verso las composiciones que articulan el libro Otra Orilla Otro Invierno (Ajiaco Ediciones, 2012) del poeta lonquimayino Cristian Lagos, es aceptar la invitación del autor a emprender un viaje cuya ruta parece conocer de memoria.

Leo la figura del invitado eso si, evitando toda relación con ser objeto de una cordial incitación o convite, sino entendiéndola en una acepción más cercana a quien es ajeno a la realidad en que se desenvuelve. El invitado es el sujeto que ingresa a un espacio en el que, sin importar el nivel de cortesía en el trato, nunca deja de ser un extraño.

Este es precisamente el sabor que deja la lectura: la dificultad de ingresar de forma cabal y cómoda al espacio en el que se sitúan los poemas. La mención de diversas localidades del centro y sur de Chile (Chimbarongo, Quinta de Tilcoco, Icalma, Colchagua, Cáhuil, Temuco, Quinquén, Osorno y Lumaco) contrasta con la incapacidad de los poemas de cuajar un espacio de otredad en que el temple y la sensación logren introducir al lector dentro del entorno.

Sí se logra de manera cabal la construcción de una cierta cadencia en el lenguaje gracias al cual se genera un tránsito coherente entre los versos, o por lo menos agradable a la lectura: “los rostros de los héroes / los gorriones en las plazas / las lecturas en el metro / la lluvia en Temuco / la nieve en / Quinquén” (p.46). La construcción de estos tampoco ayuda a alivianar la labor del lector, pues los poemas no logran separarse entre sí como unidades individuales, más allá de la cantidad de páginas del libro y su división en tres apartados. Es precisamente debido a esto que el mensaje que parece ocultarse entre las imágenes no logra permearse en el papel, sobre todo en momentos en que las señales apuntan hacia direcciones divergentes.

Ya en el verso que abre la obra se realiza un emplazamiento directo al lector. En este se le separa de la posición en que el autor se sitúa, estableciendo las dimensiones del yo y tú de manera concreta y categórica: “(Aunque esto no te importe) vivo en la calle Independencia” (p.11). Esta alusión abre un abismo inicial que se buscará salvar en el resto de los poemas mediante descripciones e imágenes que invitan al lector a dar el salto necesario hacia la otra orilla.

Las tres secciones del libro están identificadas con números romanos y se pueden caracterizar de acuerdo a la función que, creo, cumplen dentro del libro. El primer apartado corresponde a un esfuerzo de tender un puente de imágenes sobre el abismo entre autor y lector que el primer verso ha dispuesto. Los versos que componen esta sección son casi exclusivamente descriptivos y en ellos se suceden imágenes inconexas en las que se presentan los “personajes” que forman parte del imaginario del libro: “Girasoles / separan la noche de los días” (p.12); “Aire / es la mano que mueve la ceniza / en los fogones apagados” (p.15); “Mi lengua / resulta ser una vaca violenta / una cruza de manzano silvestre / con frutillas blancas de Lumaco” (p.19). Ya hacia el final se logran destellos de gran altura poética como los dos versos que cierran el primer apartado: “Soy tu otra orilla / y camino siempre a contrapelo de la muerte” (p.25)

La segunda sección, siguiendo la pista de los versos recién citados, alterna imágenes descriptivas con la introducción del sujeto relacionándose con los elementos del paisaje. Hay una acción concreta que le afecta, que tiene incidencia en su ser, lo que el lector puede apreciar desde su posición externa de invitado: “Vapor del río traspasando mis huesos / sobre todos mis huesos hundidos / en la harina del alba” (p.29).

La parte final es quizás la más interesante del trío. Esta presenta un intento por alterar la atmósfera plana que abunda en sus antecesoras. Con una mayor libertad en la distribución de los versos sobre la página, la más breve de las secciones adolece precisamente en su dimensión y falla en su empresa de establecer una respuesta o contrapunto al lenguaje anestésico de las páginas que le preceden. Una lectura temática dará luces interesantes sobre el apartado: la presencia de una dimensión política, de la muerte, de la dictadura. Esto, sumado al gesto de utilizar post data al final de cada conjunto de versos, mezclando así el formato lírico convencional con el de la carta o el recado, es un ejercicio que, desafortunadamente, se consagra en la totalidad del libro como una excepción.

El sobre en el que esta invitación llega a manos del lector es atractivo. En un tamaño pequeño, pero apropiado a la extensión del los poemas y su cantidad de versos, la publicación comienza con una sugerente ilustración en la que la imagen de una casa, que parece abandonada, abre la puerta a quien la contempla. El formato da cuenta de un cuidado trabajo de edición y diseño, con una alineación muy particular del texto en la parte inferior de cada página. El libro cierra con versos del la obra, cuya selección solo ayuda a consolidar el trabajo realizado por Ajiaco Ediciones.

A modo de cierre, es posible afirmar que los momentos de acierto de la totalidad de la obra no logran ser más que “un zumbido terrible” (p.36) que jamás logra revelar claramente su origen y que contiene la atención del lector hasta que algo fuera del libro nos distrae, se desvía la mirada, y la invitación se cierra hasta el otro invierno.

Cristian Lagos

Otra Orilla Otro Invierno

Ajiaco Ediciones, 2012

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Francisco Martinovich Salas (1987). Es Licenciado en Letras Hispánicas y Certificado Académico en Estética de la cultura en América Latina de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura en la Universidad de Chile. Ha publicado su obra poética de manera dispersa. Desde 2006 ha participado activamente como invitado y organizador en múltiples ciclos, recitales y encuentros literarios.

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