Archivos Mensuales: febrero 2016

Solo queda soportar la contemplación: El nacimiento de la hebra, de Julieta Marchant

por Eduardo Farías A.

portada-1Cinco años han pasado, más o menos, para que Julieta Marchant volviera a publicar, bastante tiempo ya desde Urdimbre y de su plaquette Té de Jazmín. Ahora con El nacimiento de la hebra (Edicola Ediciones, 2015) ahonda en una escritura marcada por la profundidad racional y literaria en la reflexión sobre diversas temáticas, donde predomina una preocupación teórica por la escritura, por las figuras de la abuela y de la madre, por lo que la figura femenina está definida por el rol maternal. Entonces, bajo los planos de una casa que se repite en la cubierta hay alguien que escribe y una familia, y quien escribe lo hace en verso libre, en el que no hay métrica fija ni rima, por supuesto. A mi modo de ver, si juntamos tanto la temática como el tipo de escritura, es posible apreciar la construcción de una actitud meditativa, reflexiva en la voz de la hablante, y creo que esta búsqueda de la voz ha marcado el resto de su escritura.

El nacimiento de la hebra se inicia así: “Una imagen: mi abuela recogiendo castañas. / Un tiempo inalcanzable / o el espacio que prolonga una ínfima constelación” (9). Y se inicia con uno de los conceptos claves de la poesía: la imagen, la que en este caso protagoniza la abuela. Ella constituye un pasado que la hablante trata de recuperar, por lo que el recuerdo y el olvido son pilares de la reflexión poética. Así comienza Julieta Marchant a hilvanar, por tanto, la reflexión metapoética y metalingüística con el ejercicio de la memoria familiar y el cuestionamiento: “La pregunta didáctica: ¿qué es un poema? / ¿Por qué usted habla de sí mismo en tercera persona? / Una distancia entre lo que pensé y lo que dije, nada medible por cierto” (11). Ya a través de la pregunta por la naturaleza del poema, la escritura poética poco a poco adquiere un tono filosófico a la hora de abordar los temas, tono que se mantiene a lo largo del poemario, lo que configura una voz muy meditativa, reflexiva: “Desplazar el nombre, abandonarse en el área muda de la lengua / conservar lo que raspa bajo las palabras. / Siempre tuvo que ver con eso / para mí / el desgarro de lo simple” (13). Esta voz reflexiva no implica la creación de un sistema de ideas, sino más bien la constatación de una actitud de sospecha constante frente a la realidad y la palabra. Esta actitud se construye desde una reflexión transparente que incursiona en la búsqueda de imágenes poéticas que permitan expandir los límites de la reflexión que se realiza.

Además, esta actitud de la voz se abre hacia la reflexión de otros conceptos, de otras palabras que están vinculados con las relaciones familiares “Caminamos pensando en el nombre / en su obrar sigiloso / el lento proceder de una palabra. / Lo que heredé de mi madre y lo que ella de la suya heredó: / un nombre endurecido por el tiempo / la etiqueta que la carne tolera. / El rastro que en nosotras se abandona” (15). En esta cita la vinculación de la reflexión metalingüística con la memoria se funde en el rastro de la palabra “nombre”, es decir, el nombre es justamente lo que permite la relación entre la familia y el lenguaje, es lo que permite la pertenencia, junto con el apego, y la hablante envuelve este concepto en imágenes fundamentales, por ejemplo: la herencia como el nacimiento del nombre, y la etiqueta que llevamos en la sangre. Esta problematización que se realiza del nombre transforma a este poemario en la escritura de la búsqueda identitaria. Pareciera que Julieta Marchant está dando cuenta poéticamente de un proceso terapéutico vinculado con las constelaciones familiares, en el que el sujeto se comprende y se sana a partir de la historia de sus antepasados más directos: “Desmantelo la casa / me ovillo entonces / por el contacto con la muerte replegarse hacia la infancia, retroceder, protejo retazos, zurzo / donde la tela cede y oscurece la memoria / aprieto la mano. / Restituir la herencia de un nombre / con otro que recubre el espacio que el primero desdeñó / un origen fraguado apenas / reconocerse tal vez / en el olvido ajeno / las palabras flotan y rajan” (16). Proceso que en esta cita está vinculado con la destrucción de la casa, con el irse hacia adentro por la muerte de alguien, irse también hacia el pasado, retroceder para protegerse de los recuerdos que impone la memoria. La herencia del nombre se hace insoslayable en el poemario, entre ese ir y venir de la búsqueda. Además, esta búsqueda de la identidad se refleja en acciones que realiza la hablante, todo para restituir la herencia de ese nombre en un mar de palabras.

La vinculación del lenguaje con la figura femenina no se queda ahí. En este poemario no es un lugar común, por el contrario, es lo que le va dando sustancia: “La abuela olvida su nombre en el desastre / de recordar sin herir y desconocer sin reparar / olvida los nombres, el vínculo entre un objeto / y la palabra que le corresponde. La madre le indica / cómo no perderse entre las cosas / la guía en el tumulto de las manchas que pueblan el espacio entre un objeto y su vocablo” (31). El olvido por parte de la abuela de la representación verbal permite una conexión vital entre la madre y aquella, conexión mediada por y para el lenguaje. Esta misma conexión se establece entre la madre y la hablante: “La madre le enseña a la hija que recordar es necesario / y con el dedo va apuntando sílabas sueltas / que rodean una manzana / todas comienzan con una eme en la página diez / del primer libro que la hija lee. / La hija va pronunciando lento / e intenta comprender cuál sonido pertenece a qué letra. […] Las primeras palabras que aprendimos / nos abandonan de pronto y quedamos extraviados / ante la idea de que el lenguaje / no nos dice más que su propio descuido” (31). Esta conexión entre la palabra y el objeto, y entre la madre y la hija se ve problematizada por el tiempo y el olvido, las palabras que dieron sentido a la mirada en la niñez se pierden para dar paso a la incertidumbre. Y el olvido no es un componente exógeno en la realidad de la hablante, por el contrario, su papel es fundamental para dar cuenta del proceso terapéutico que significa la escritura de este libro: “Cierro los ojos, empuño el olvido / una imagen huye del cuerpo y forja una herida / que se hace espacio y va rompiendo antiguas costuras” (29). Y como todo proceso terapéutico es un conflicto interno, el que se ejerce desde el lenguaje no puede ser de otra manera: “Recordar el pasado como quien vuelve a respirar / después de un golpe en el pecho. / Extraviarse en aquello que escribimos / para llenar los huecos de lo que ya no recordamos / de lo que resulta insoportable” (32). Este proceso terapéutico enmarcado en el recuerdo, en la deriva de la escritura implica una forma de encarar el mismo proceso de escritura.

Entonces, en El nacimiento de la hebra el acto de escribir no es un lugar cómodo: “esta escritura algo enmudece de nosotras” (19), o “carezco de palabras para estas palabras […] Anido en el letargo: hablar como quien escribe / o escribir como quien habla, pensar como quien calla / sumisa ante la idea de que nada reverdece” (23). Estas citas dan cuenta de la magnitud racional de la reflexión poética de Julieta Marchant, quien aprecia en la palabra, en la escritura, la imposibilidad propia del lenguaje mismo y de la persona que habla, escribe y piensa. A medida que el poemario avanza, la reflexión metapoética se complejiza a partir de consideraciones propias de la teoría literaria y la lingüística, consideraciones que subyacen en el poemario: “De pequeños aprendimos a juntar vocales y consonantes / una eme y una a fueron la unión ejemplar / el primer lazo para comprender / que el lenguaje era un sonido hecho de diferencias. / Confesó que ha dejado de escribir porque agrupar palabras / es demasiado, y yo atesoré esa frase / en el oído que piensa y escucha cuando pensar no es suficiente / ni para reunir ni para bifurcar. / Confesó que aprendió algunas palabras / mucho antes de entender las cosas / o lo que las cosas anhelan de las palabras. / El deseo en la página cuando este brazo declina / y se acopla a su sombra” (27). La reflexividad teórica en El nacimiento de la hebra evidencia una preocupación por los límites de la palabra, de la muerte, del recuerdo y del olvido.

Para terminar, quien quiera adentrarse en la reflexión poética, El nacimiento de la hebra es un libro necesario para comprender que la palabra no solo nos permite la representatividad del mundo, sino que también su propio vacío y Julieta Marchant no huye, por el contrario, ingresa de lleno en vinculaciones familiares y cómo la muerte, la memoria y el olvido configuran las relaciones entre la hablante, su madre y su abuela, junto con una perspectiva del poema y de la escritura.

El nacimiento de la hebra

Julieta Marchant

Edicola Ediciones, 2015

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Eduardo Farías Ascencio (Santiago, 1985) es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo. Actualmente es director editorial de Gramaje Ediciones.

 

 

 

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