Archivos Mensuales: septiembre 2012

El instante antes del ruido: una visita a Naturaleza Muerta, de Guido Arroyo

por  Bárbara Cáceres Ch. *

 En Naturaleza Muerta de Guido Arroyo las contradicciones parecen convivir en tranquila armonía, por lo que todo puede leerse desde este punto de vista. El apellido del autor como el movimiento, contra el título del libro y la muerte. La ilustración de la portada que instala a una Gioconda combatiente justo al lado del logo de la desaparecida ‘Ediciones el Temple’. Y al final del relato de la portada, un misil lanzado por la versión posmoderna de la musa de Da Vinci, muestra el momento justo, antes de penetrar el reverso de un bastidor que se expone en mise en abîme. Guido Arroyo es de Valdivia, y su foto se desdibuja igual que el Calle Calle. Las hojas del libro son de novatec silk delgado que simula la seda. La página central del libro es una hoja en negro donde entre versos y colores de bandera chilena el autor pronuncia: “como no puedes nombrar este poema/escribes entreparéntesis la excusa,/ como si una mordaza blanca tapara/ sus bocas, o un telón negro cayera/ sobre el recuerdo, impidiendo ver el/fondo sangrante de versos sin estrellas” (p.51)

Justo después aparecen dos hojas de papel kraft, opuestas en color y en textura al resto del libro, al mismo tiempo que se oponen en la amabilidad de los versos escritos. En estas hojas “crujientes” el poeta no para, no se limita, y parece funcionar distinto, más impulsivo que en el blanco inmaculado. Como opuestos, parecen potenciarse, y los signos funcionan del mismo modo en los dos espacios, en las dos espacialidades. Arroyo utiliza las palabras, las letras, los signos, como si fueran su alfabeto propio, como si fueran parte de una instalación de artes visuales donde no hay reglas preestablecidas y el vacío fuera su universo dispuesto para una creación. El libro entero, desde el título, liga la palabra escrita a la imagen visual, como si estos dos momentos, los dos actos, fueran también indisociables. Los versos empiezan con dos puntos, los paréntesis son utilizados al revés. El ícono del arte clásico renacentista dispara la bomba que pretende explotar dentro del arte contemporáneo, y parece que ese segundo de silencio, antes del estallido, es el que usa el autor para versar su libro, del mismo modo, y con la misma paciencia que el aprendiz arregla su botellón y se instala con sus pinturas. Un segundo que se extiende, sin presiones ni miedos, pero que anuncia con este paralelo de opuestos y con todos los choques, el sonido ensordecedor de la futura explosión. Y es que pareciera que lo que el poeta propone como el gran quiebre es la vida misma. Sus poemas hablan de recuerdos, de sus padres, de actos cotidianos, de su historia, comparada continuamente con la Historia del Arte, pensando ambas trayectorias como un rumbo dual, como dos líneas que yendo juntas podrían ser al mismo tiempo la causa y la consecuencia, de todas las vidas juntas cuando se piensa en la Vida más que en una existencia específica. Es el epígrafe de César Vallejo: “Pero, en verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue”. Con el cruce constante de la pintura y la escritura (como palabras; la vida), en “El modelo rojo ͥ (blanco y azul)” Arroyo declara el mandamiento de Naturaleza Muerta: “Se trata de usar tela fina quemar los krafts/ […] Se trata de escribir con los pies pintar con los ojos/ orinar sobre el metal oxidado que se aferra a los callos que no/ vemos porque están ocupados pintando Realismo/ […] Se trata )compañero( de anclar nuestra fe a la/ precisión de las tonalidades, de vestir un color —el que/ sea— como fondo inalterable” (p.11-12). Eso es lo que ocurre en el instante antes del ruido, el movimiento opuesto a la quietud, el devenir vida/devenir muerte, porque tal como termina uno de los últimos poemas del libro, “) el silencio también es una forma de historia(“ (p.84).

Guido Arroyo

Naturaleza Muerta

Ediciones del Temple, 2011

* Bárbara Cáceres Chomalí (Santiago, 1983) es Licenciada en Estética por la Pontificia Universidad Católica de Chile y ha realizado estudios de artes visuales (Universidad Arcis) y de arquitectura (PUC). Actualmente cursa el diplomado en Edición y Publicaciones, PUC.

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EL ESCATOLÓGICO FINAL DE UN LENGUAJE

por Luis Caroca S. *

Hay que matar a la perra para que se corte la leva es la primera novela del cuentista Carlos Peña y Lillo. Esta obra nos muestra la historia de Ernesto Molina, un ex militar y torturador chileno, quien padece una retahíla de remordimientos en medio de una existencia miserable. Su esposa lo abandona porque no soporta sus pesadillas en medio de la noche ni su mala disposición con la vida y el mundo. Su hijo se mantiene distante y no lo ve hace tiempo. Luego de un periodo de cesantía encuentra empleo como guardia de seguridad en un mall. In-creíblemente, durante sus rondas nocturnas, Molina se ve a sí mismo desdoblado en un espejo. En las visiones se percibe cometiendo los viles actos del pasado: torturas, asesinatos, violaciones. Todo narrado con un lenguaje simple aunque, por momentos, grandilocuente: “Me observó con rabia, sus ojos negros brillaban como una piedra obsidiana arrojada desde el útero ardiente de un volcán” (p.15).

El contexto general de la obra es el convulsionado año 2011. La revuelta estudiantil y la presidencia de Piñera exasperan a Molina, odiando tanto a los comunistas como al presidente traidor de Pinochet. El argumento, en algunos momentos, llega a atrapar al lector, pero rápidamente dicho interés se diluye por ciertos intentos seudo-poéticos: “El sol jugueteaba entre las nubes mostrando fugases apariciones; ofreciendo una sensación térmica agradable” (p.27), y sobre todo por reiteradas comparaciones realmente pueriles: “Lentamente mi imagen se fue diluyendo como el azúcar dentro de una taza de café” (p.31), “Mientras los segundos pasaban con la lentitud con que se arrastra un caracol” (p.51), “Su voz, fue como un bálsamo sedoso que cubrió todo mi cuerpo, con una frescura inmaculada” (p.105).

El autor abusa de la descripción, no sugiere nada y también hace uso de algunas expresiones foráneas que no calzan con un contexto netamente chileno: “su ropa ya no estaba y lucía sólo bragas y corpiño (…) observé el contorno de sus vaqueros que se ajustaban a su piel” (p.87)

En general los personajes están bien trazados. Helena, la esposa fría; Rubén, el joven gendarme que recibe ayuda por parte del protagonista; una prostituta que atiende a sus deseos fantasiosos; Samanta, la periodista sensual que quiere saber algo más de este hombre misterioso. Pero, sin duda, la relación de Molina con Sofía, su gata, merece ser destacada pues el felino es el único ser que le brinda algo de aprecio.

El protagonista, en el ínterin, lee la novela de Coetzee “Desgracia” que finalmente le deja una agria e incómoda sensación. Al igual que Molina, David Lurie es un solitario, pero que no reclama justicia ante la adversidad. Pronto se verá que Molina querrá  hacer justicia con sus propias manos y de una manera extrema.

El camino que sigue, lleno de resentimiento y angustia, finalmente encuentra una liberación en una de las tantas visiones locas que tiene. He aquí el título mismo de la novela: Hay que matar a la perra para que se corte la leva. La famosa expresión de Pinochet registrada en 1973 hará un clic en la mente de Molina y su posterior accionar degenerará en una serie de incidentes poco creíbles.

En resumen Peña y Lillo sabe narrar en el sentido que mantiene el hilo conductor de la historia y la necesaria secuencia de acontecimientos, pero los accesos de  rimbombancia en el lenguaje, los diálogos poco naturales, la excesiva y florida descripción y la candidez en las reflexiones del protagonista le quitan el necesario sustento a la novela haciéndola poco verosímil. El mismo epígrafe, al comienzo del libro, ya nos sugiere algo: “Todos los hombres poseemos la fuerza interior para soñar y cambiar aquellos tiempos de esclavitud, y transformarlos en verdadera libertad, aquella, que nos da el coraje de vivir nuestros propios sueños”.

De hecho, uno como lector y a pocas páginas de terminar el libro se pregunta ¿en qué va a terminar todo esto? Tal vez ese sea su gran mérito; el bizarro y escatológico final que muy bien se adelanta en las primeras líneas de la novela.

Carlos Peña y Lillo

Hay que matar a la perra para que se corte la leva

Renkü Editores, 2012

* Luis Caroca Saavedra es escritor y profesor de castellano de la UMCE. Ha sido antologado como cuentista en Mago Editores.  Ha publicado artículos sobre literatura en la Revista Water-Neon, Francia.

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