“Señoritas en Toma”. Un colegio de monjas en la revolución pingüina

por Gonzalo Schwenke

portada-valeria-barahona-02-e1463674733259A pesar del alto impacto que produjo en la sociedad chilena la denominada Revolución Pingüina del 2006, la narrativa chilena no se ha hecho cargo de manera sustancial del relato de aquellos días y, en consecuencia, la problematización de dicho movimiento y de sus alcances hasta la actualidad no ha sido abordada adecuadamente. En ese contexto, y tras cumplirse 10 años de las marchas y tomas de colegios con que los estudiantes secundarios movilizados exigieron mejoras a la educación pública, la novela Señoritas en Toma (Emergencia Narrativa, 2016) se vale de dicho acontecimiento como pretexto para contar la historia de un grupo de niñas que se rebelan a su instrucción para el matrimonio. Es así que, a partir del tópico de la rebeldía juvenil, se ponen en marcha las acciones que dan curso a la narración, caracterizada por la lucha de estas adolescentes por salir de la zona de protección familiar sin renunciar a sus privilegios de clase, esto es, sublevarse al viejo orden pero sin cuestionar su origen social.

Mariana de Jesús, hija de padres de clase acomodada, cursa el último año en un colegio católico para mujeres de Santiago, en el que vive el día a día entre la enseñanza casi monástica del bordado, avemarías y las fiestas desenfrenadas. Ella asumirá la voz femenina de su generación y, junto a sus compañeras, adherirá al movimiento estudiantil: participarán de manifestaciones y se plegarán a las tomas de liceos junto a Felipe –hijo de la empleada de una familia vecina–, quien dará enfoque al momento histórico que viven, develando otras realidades que darán pie para la emergencia de una mayor consciencia social y de género.

A lo largo de la obra observamos en distintos niveles choques culturales de diversa índole, como el enfrentamiento entre lo nuevo y lo añejo, la lucha de clases, el empoderamiento femenino frente a la dominación masculina y la institución versus la calle. En todos estos casos, las protagonistas recurren a la desobediencia para aparecer a la vanguardia, haciendo suyas las luchas reivindicativas que más les acomodan desde su lugar de privilegio y enfrentándose a un enemigo presente pero estático.

Cabe subrayar que en la generación a la que pertenece la protagonista predomina la valía de los apellidos, de la pertenencia a un determinado grupo social, donde los Urrutia, los Ojeda, los Aylwin, los Aldunate, los Müller, etc., son la norma. En cambio, Felipe se diferencia del resto porque es hijo de la empleada de casa de la familia García. Él sostendrá su condición de mero sujeto durante la mayor parte de la novela y sólo saldrá a colación su apellido cuando asuma un rol más protagónico en función de lo económico. En ese mismo orden de cosas, la palabra “nana” es una etiqueta peyorativa útil para quienes desean establecer una línea de separación entre los propios y los otros, es decir, la exclusión de personas que no pertenecen a su mismo escalafón social: “las nanas columpiaban a tres niñas desencajadas de la risa” (114).

Mariana de Jesús, en su ampliación del mundo y enfrentada a lo establecido, carece de profundidad discursiva, ya que permanentemente está analizando desde lo masculino al resto de sus congéneres, lo que anula cualquier discurso de liberación: “teníamos como patrimonio común un séquito de pequeñas cinturas delineadas sin error, salvo la de O’Ryan, cuya hermosa cara le permitía equilibrar con gracia ese par de centímetros de más en el borde del calzón” (17).

Durante la novela predomina lo secuencial: una escritura llana que evidencia con urgencia la necesidad de recursos estilísticos y narrativos que generen las condiciones textuales para el despliegue de una mayor profundidad reflexiva sobre lo político-social desde las nuevas generaciones, quienes subvierten y amplían el campo de discusión distanciándose de la norma pero también sabiendo cómo utilizar este elemento para su propio beneficio. El debut literario de Barahona tiene su fortaleza en abordar la historia reciente del país. Sin embargo, la chatura reflexiva a lo largo de la narración y su pura apariencia de avanzada frente a un antagonista anacrónico, le quita solidez a un texto oportunista en que su portada el color amarillo es más representativo de su contenido.

Valeria Barahona

Señoritas en toma

Emergencia Narrativa Ediciones, 2016

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Gonzalo Schwenke (1989). Es Profesor de Lenguaje y Comunicación por la Universidad Austral de Chile. Es además crtítico literario del diaro El Insular de Chiloé: http://www.elinsular.cl/.

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Viaje al quebranto seco en ‘Nocturna’, de Guillermo Mondaca

por Katherine Hoch

“Yo también veo a aquel hombre disperso, incompleto, medio locura,
medio ambiente, medio verdad”
Martín Adán

nocturna_mondacaAntes de escribir cualquier tipo de comentario sobre el libro de Guillermo Mondaca, creo necesario aclarar que un texto de “fácil lectura” reafirma la zona de confort e invita al lector a un lecho estable y seguro; no necesita de un receptor activo, crítico o autónomo ya que se basta a sí mismo en su detención. Dicho esto, puedo enunciar que Nocturna (Fuga, 2014) está lejos de ser un libro de lecho estable y seguro; Nocturna nos invita al paso de la noche en la noche, pero, también, a la transformación que supone comprender el origen como un estado previo a la materialización de un sujeto. Es por esto último, que el libro de Mondaca, depara la búsqueda de un sujeto incierto, que se contempla a sí mismo desde la certeza del instante previo a su nacimiento. Mar, tierra; como es arriba es abajo. “Todo en el azar es un centro flechado/ que se nombra contra el destino” (31). Luz, sombra; como es arriba es abajo. Son estos los conceptos que inician el rito que significa la lectura de Nocturna. En este caso, es una lucidez onírica y mítica la que trasforma la imagen de lo sagrado en un acontecer profano: “Volé hundiendo el brazo en el aceite tornasol de la fábula/ la presencia y sus puntas cortaron el reflejo/ que unifica la fuente” (34).

La mirada del sujeto inicial, del no-nacido, se condice con la aparición de la figura femenina en el poema III: “Ninguna línea que los busque/ ninguna línea que me nombre/ porque he sido robado por la loba” (13). El sujeto se despoja una vez más de su condición en la medida que esta loba–fémina aparece: “La búsqueda que somos/ nos deja ir” (15). De esta manera, es el acto de auto indagación y creación el que se constituye como un viaje a lo largo de todo el poema. Un viaje que asume su propia condición de dispersión y trizadura, evidenciada en el despliegue de infinitos significantes, imágenes caóticas, aparentemente dispersas, pero que en su conjunto –en su sistema poético– adquieren un carácter unívoco. Esta constitución del sujeto poético articula un proceso de inscripción continuo, sobre sí mismo, siendo el poema, el texto, su viaje, su trayecto, su huella de significantes e imágenes.

Este acto, imposible y a la vez buscado, se inscribe en Nocturna a partir de la contraposición de imágenes surrealistas y sinestésicas: “el volumen del color”, “la piel del ruido”, “la boca del límite”. Dichos elementos se acompañan de una línea semántica clara: fuego negro, piedras en la garganta, puerta de sangre, moler dientes, llamas de vidrio, hélice de leche, bengala de sangre, etc. Todo este universo de imágenes contrapuestas y de fuerza poética avasalladora culminan en el efecto que se produce cuando el poeta anuncia “estoy en lo ausente”. Es decir, el sujeto poético es esa ausencia construida de destellos coloridos, de tacto y locura, de avanzar con la sangre espesa y densa. Lo es en la medida en que el texto despliega su red de significantes. Es así, que sólo a través de la dispersión y su exaltación convertida en ausencia pura, el yo del texto se constituye: “¿Busco, acaso, el ámbito/ donde componer lo que disperso me unifica?” (p.26). El vacío y el todo se juntan en el acto unificador.

Este viaje constituye un despertar de los elementos en todo el poema, así como un comprender el mundo y el yo a través de estos: “solo me ilumina la luz/ cuando quemándose me apaga” (21). La alucinación incesante que vive la voz poética de estos versos aturde pero a la vez expande espacios vacíos y propios del lector. El hermetismo de estos poemas se abre y despliega al ritmo de la lectura, cual sujeto amoroso abismado en el sentimiento, cual herida de iniciación en la creación de sí. Se es ante todo animal, seco y cabrío, mar, sangre, piedra dura. El vaivén de esta corriente elemental, se escapa del raciocinio que presupone la existencia del ego en el sujeto, al decir: “Voy hacia la tierra quemada/ soy la tierra del incendio (24), y se plantea un estado intermedio de no materia, en cuanto se es ceniza, pero a la vez se es fuego en la acción.

Atmósfera y ambiente en lo natural y lo (des)natural preparan el viaje de regreso desde un Infierno espeso y visceral en su diseño espiral, cósmico. No es el Infierno culposo ni el Infierno de Dante la presencia que se intuye en Nocturna, sino la fuerza, la densidad y el calor del Mictlán azteca. Y es en el descubrimiento de su fervor cuando Mondaca pregunta ingenua y sarcásticamente al lector: “¿Qué es lo que pasa: el tiempo o el olvido?”. Respuesta que no obtendremos quizá, sino en códigos cifrados en el regreso de la vida después de la muerte. Advierto y repito: no es el descenso al Infierno lo que desestabilizará al lector de su lecho estable y seguro, sino el ascenso al Mictlán siempre incómodo para los escépticos. “¿No subimos acaso para abajo?”, Vallejo lo sabía. Como es arriba es abajo, maúlla Nocturna con la sutileza de los espacios vacíos.

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Katherine Hoch (1991). Estudió Licenciatura en Literatura con Mención en Gestión Cultural, minor Artes Visuales, en Universidad Finis Terrae. Es fundadora del colectivo Pantógrafas (Estudios experimentales de cine).

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La filosofía en la encrucijada o la epistemología al lote

por Matías Rivas

Filosofía_3¿Qué es la filosofía? No intentemos responder. Hace tiempo que la pregunta dejó de tener la significación que tuvo durante siglos. En la actualidad, y sobre todo en una estrecha franja de territorio ubicada entre las montañas y el mar, la pregunta por el qué de la filosofía ha devenido en la siguiente: ¿para qué sirve la filosofía? No caigamos en la banalidad de buscar a los culpables de dicho cambio. A fin de cuentas, todos lo somos. ¿Culpables de qué? De confundir las cosas, de imponer opiniones, de decidir por los demás y sin tomarlos en cuenta, de actuar sin pensar en las consecuencias, en fin, cualquiera podría continuar la enumeración. Sin embargo, si se quiere encontrar un trasfondo, hay que aludir a la racionalidad instrumental, al fetichismo de la sociedad capitalista contemporánea por lo útil y lo productivo. Cuento viejo a estas alturas, es cierto, pero ¿se han resuelto realmente los problemas asociados a ello? Puede que en algunos países se haya impuesto la cordura y que las lecciones de la historia se hayan aprendido, al menos en parte, pero no ha sucedido lo mismo en Chile.

Recientemente trascendió la noticia de un cambio curricular en la educación escolar de nuestro país. La propuesta, revolucionaria si se quiere, consiste en la eliminación de la asignatura de Filosofía del plan común de estudios, dejándola meramente como electiva. Por si esto fuera poco, también se quiere unificar a las Ciencias Naturales y las Ciencias Humanas, incluyendo la Historia, en una asignatura común. ¿Cuál es el problema? ¡Viva la interdisciplina!, dirán algunos. Pero entre vítores no son capaces de vislumbrar el fondo del asunto. Ahora bien, ¿existe realmente un ‘fondo del asunto’? Postularlo sin más sería caer en una hybris innecesaria. Mejor digamos que existe un problema que se ha invisibilizado, una realidad a la que se le ha puesto un velo color rosa. ¿Está preparado el joven chileno para una educación al estilo nórdico? ¿Está Chile preparado para ascender al Olimpo de la educación? ¿Somos tan desarrollados como se nos ha hecho creer?

Es hora de que ‘los jaguares de Latinoamérica’ caigamos en cuenta de que no somos tan feroces como creemos. O, mejor dicho, ya es tiempo de que nuestros líderes políticos dejen de jugar a ser el felino inteligente que jamás han conseguido ser. A veces es mejor asumirse gatito doméstico. Construir desde una realidad que pueda apreciarse sin ojos de caleidoscopio es un paso simple y complejo a la vez. Es simple si se toman las cosas con seriedad. Es complejo si se juega a ser lo que no somos. Para lograrlo, hay que ponerse a mirar y pensar.

Pensar… precisamente eso es lo que nos falta. ¡Y ahora quieren que los jóvenes no tengan derecho a una formación filosófica! Si lo que se busca con esto es el progreso, entonces la contradicción es la madre de la lógica. Para poder pensar correctamente es necesario saber mirar, pero no se sabe qué mirar si antes no se ha desarrollado el pensar. Chile sufre de ceguera e inmovilidad mental y quiere que sus futuros ciudadanos hereden la enfermedad. Se ha dicho que esto no será así, que la filosofía pasará a ser parte de una asignatura que se encargará de impartir una educación ciudadana integral a los estudiantes. Pero esto no hace sino confirmar la ignorancia respecto de qué es la filosofía. Solamente se ha atendido al ‘para qué sirve’. Muchos creen que la filosofía no sirve para nada, pero, por lo menos –¡bendito mal menor!– nuestra clase política cree que es útil si se la subordina a un plan de formación cívica. Se revela así un uso meramente instrumental del arte del pensar, se ignora su esencia y ni siquiera se hace el esfuerzo de preguntarse por ello.

Volvamos al principio. ¿Qué es la filosofía? Me arriesgaré a dar un atisbo de respuesta: es el despliegue del pensar sobre la realidad, el continuo afán de ser conscientes del mundo que habitamos y del espacio que compartimos con quienes nos rodean. La filosofía, en tanto actividad del pensar, nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos y a nuestro medio natural y social. Nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones, sobre nuestros derechos, sobre nuestro presente y futuro. ¿Es esto algo que únicamente sirve para adornar la educación cívica de los jóvenes? ¿O es más bien la piedra angular sobre la cual es posible fundar un conocimiento crítico sobre nuestra realidad humana? Los antiguos griegos concebían a la filosofía como la madre de las ciencias. Hoy, las ciencias están huérfanas y solamente responden al imperativo de la utilidad. Lo mismo sucede con las llamadas humanidades, concepto que uno ya no sabe si viene de la palabra ‘humano’ o de la palabra ‘humo’, pues toda su dignidad se ha disuelto en el aire enrarecido de la sociedad de la ‘eficacia’.

En un país donde es vox populi decir que las cosas ‘se hacen al lote’, la epistemología tampoco se ha tomado en serio. No sabemos de dónde parte el conocimiento, ni el saber ni la comprensión. Así, nos limitamos a dar erráticos garrotazos a ver si rompemos la piñata correcta. Pero aún cabe tener cierta esperanza. Es probable que el hecho de que la filosofía se encuentre en este momento en la encrucijada nos ayude a pensar el problema. A veces, o quizás la mayoría de las veces, sólo en la crisis se toma conciencia del problema. Puede que haya llegado la hora de correr el velo y enfrentar por fin la realidad. Puede que la filosofía, lejos de salir del currículum escolar, vuelva al sitial que le corresponde como embajadora del pensamiento, de esa actividad humana que no es sino el reflejo de una vida lúcida. Puede ser, pero todo depende de nosotros.


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Matías Rivas Vergara
(1990). Licenciado en Filosofía y Licenciado en Historia con mención en Literatura Universal por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Autor del ensayo “El programa de la poética de Baumgarten en la tradición de la estética racionalista”, aparecido en Meditaciones filosóficas en torno al poema de Alexander Baumgarten (Orjikh 2014). Actualmente forma parte de un proyecto FONDECYT a cargo del filósofo Andrea Potestà, y es miembro colaborador en la revista electrónica Historia y Cultura, dirigida por el historiador Nicolás Cruz. Trabaja principalmente sobre las relaciones entre literatura y filosofía, así como acerca de temas de estética, historia intelectual, teoría de la Historia y también sobre el pensamiento de Albert Camus.

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