Contra la corrección política

por Christian Álvarez

pendulum-828641_1280La corrección política amenaza nuestra civilización. La libertad de expresión y el anhelo de investigar libremente cualquier fenómeno de la realidad, antes venerados como motores del progreso, hoy son perseguidos, y por los mismos que más dicen portar tales banderas. Esta inconsecuencia se basa en la ignorancia de poner los sentimientos por sobre los hechos, las ideologías por sobre la realidad, que amenazan con llevarnos a una nueva Edad Oscura, o a algo muy parecido a los crueles totalitarismos del siglo XX… O algo así es lo que quieren que pensemos.

La idea central del párrafo anterior se repite con frecuencia en los últimos años como una especie de diagnóstico alarmante de la realidad social. Si bien el fenómeno se da con mayor fuerza en los EEUU, respondiendo a sus particularidades sociales, la influencia incontestable del país del norte en el resto del mundo ha hecho que sus conceptos permeen e influencien las discusiones políticas en otras regiones. En este escrito argumentaré que tal alarma es un falso problema, que, en el mejor de los casos, exagera problemas locales -en un sentido cultural y geográfico- que se explican mejor por otras causas, y en el peor, que se trata de una fachada ideológica bastante más incoherente que la supuestamente denunciada.

Partamos por lo básico: ¿Qué se quiere decir con el término “corrección política”? Oficialmente se referirá a un consenso impuesto por la fuerza, a una censura no asumida que persigue la disidencia bajo el manto de un lenguaje engañosamente neutral. Ejemplos se podrían dar de sobra respecto a discusiones en que se acusa una “corrección política” como una carencia argumentativa de una de las partes, como las que implican hablar de raza o género, y la sola mención de estos temas ya da cierta idea de las intenciones de las partes involucradas. Pero, de momento, dejemos de lado los casos específicos para analizar lo más detenidamente posible el concepto. Decíamos que la corrección política alude a un falso consenso, pero no solo eso, sino que implica que la idea misma que se quiere mostrar como consensuada es falsa. Puede parecer que se trata de lo mismo, pero es un alcance mucho más profundo, y donde radica la complejidad de esta discusión. Si digo que, por ejemplo, “el calentamiento global actual ha sido causado por la acción humana” es una frase “políticamente correcta”, estoy diciendo que de “correcto” tiene solo su carácter político, es decir, relacionado a ejercicios de poder y representación social. La crítica a la  corrección política enfatiza que ha sido por maniobras políticas, y no por sí misma, que esta idea ha sido impuesta como consenso debilitando el valor de verdad de la proposición atacada.

Lo anterior, por supuesto, es una falacia. No porque una idea haya sido impuesta por la pura aceptación de la mayoría va a ser verdadera…  pero tampoco falsa. Por ejemplo, en los procesos de colonización, sociedades completas fueron obligadas a adquirir el conocimiento científico occidental, sin que por esto fuese falso. Los mapuches aprendieron en las escuelas públicas por la anexión forzosa al estado chileno, y no por una persuasión argumental, hechos verídicos como que la capital de Argentina es Buenos Aires o que el átomo de hidrógeno cuenta con un protón en su núcleo. O en un caso más contingente, si bien las políticas de salud pública pueden estar sujetas al ejercicio democrático, decidiéndose por mayorías parlamentarias, no por eso deja de ser una decisión justificada, epistémica y moralmente, obligar a la vacunación de los niños, por más oposición que esto pueda causar en algunos padres. Es decir, lo “político” no es, en ningún caso, necesariamente un perjuicio para lo que es “correcto”.

Ahora bien, este argumento podría ser aceptado por un sostenedor del argumento que esbozo en el primer párrafo, y aun así mantener su idea central, del tipo “no niego que una presión social pueda ir de la mano con hechos verídicos, sino que hay presiones específicas que carecen de tal veracidad, las que se ocultan con activismo e ideología”. Bien, es una afirmación plausible y genuinamente preocupante. Sin embargo, se yerra el foco. Si bien no es el objetivo de este escrito analizar casos puntuales en que se alega corrección política, conviene mencionar brevemente algunos. En el campo de la genética conductual, hay autores que denuncian (1) un hostigamiento ideológicamente interesado para perseguir a investigadores que honestamente buscan la verdad, solo porque revelan hechos incómodos para ciertas sensibilidades políticas. En este caso específico, que los negros, como población (en EEUU) tienen un CI inferior al de los blancos, lo que en parte se debería a razones genéticas, volviendo inútiles las inversiones públicas en educación, como es la hipótesis sostenida por el sociólogo Charles Murray. El problema es que no es simplemente un afán ideológico el que se opone a esta afirmación, sino uno metodológico y científico, que se limita a exponer la carencia de datos para afirmar estos hechos, y el innegable alcance moral que tiene una investigación que, como hipótesis, plantee una segregación social. En su respuesta al artículo enlazado anteriormente, Eric Turkheimer (2) expone la historia de este campo de investigación, que carga con fraudes, como los datos tergiversados de Richard Lynn sobre el CI de distintos países, y malas lecturas de estudios que concluyen resultados adversos a los que luego divulgarán los comentaristas ajenos a la propia investigación genética, como detalla en otra columna Katryn Paige Harden (3). Tenemos, entonces, que si las hipótesis de Murray no son aceptadas, no es simplemente porque choquen contra un ideario político, sino porque carecen del peso científico suficiente, que precisamente se hace necesario cuando, explícitamente, se anuncia que destruirá posiciones políticas. Junto con lo anterior, un factor crucial: las posiciones políticas, en tanto conjuntos de proposiciones y juicios morales, no se determinan por los hechos, por más que éstos, ordenados en teorías científicas, puedan informarlas mejor.  Por ejemplo, la proposición “los humanos son iguales” no se desbarata por el hecho irrefutable de que hay personas con mejor vista que otras; simplemente se le recetan anteojos al que tenga problemas para ver, procurando la mayor igualdad de condiciones posible, en vez de dejarlo morir devorado por fieras, como ocurriría en una hipotética sociedad en que, celebrando la desigualdad extrema, se castiguen las posiciones desfavorables. Quiero decir con esto que, incluso si fuesen correctas las interpretaciones tipo Murray, a lo más se alterarían los medios con los que se buscaría un fin político -como la igualdad- y no el fin en sí mismo. La existencia de una desigualdad genético-racial natural no implicaría que esta fuese irreversible, e incluso de serlo, no se implicaría que no se pudiera afrontar con medidas específicas análogas a los lentes, cirugías oculares o perros lazarillos.

De lo anterior se puede obtener la siguiente máxima: “no acuses de corrección política el rechazo de tus argumentos que se puede explicar por su debilidad o inconsistencia”. Revisemos si ante el cuestionamiento de la homofobia hay realmente un consenso falso impuesto a la fuerza o, más bien, una debilidad en las posiciones que tratan la no-heterosexualidad como dañina o patológica. Un ejemplo, en una entrevista reciente a Hernán Büchi (4), el exministro de Pinochet afirma que “se ha generado una corriente de lo que es políticamente correcto, con la cual yo no coincido en distintos frentes y uno parece como un extraño dando una opinión distinta a lo que es políticamente correcto”, para luego ejemplificar dicha posición con la lectura de un libro que niega los alcances del calentamiento global publicado por el Cato Institute, think tank de manifiestos intereses ideológicos y partidistas antes que académicos e investigativos. Esto lleva al reverso de la máxima ya aprendida: no por cuestionar una “corrección política” vas a decir algo sensato, bien puede ser una aberración en términos científicos.

En este estado de cosas, todavía sería sostenible la posición inicial, de la que cada cierto tiempo hay casos cubiertos por los medios (5). En el caso, enlazado aquí al Huffington Post, un profesor de biología evolutiva del Evergreen College es perseguido, mediante funas y tomas, por haberse negado a retirarse de una jornada planificada “sin blancos” por considerarla racista. La respuesta de parte del alumnado fue tratarlo de racista a él, y considerar esto como razón suficiente para su expulsión, aun cuando los contenidos que enseña no tienen que ver con el problema, y cuando él mismo se declara abiertamente “liberal” y antirracista. Este caso es paradigmático de lo que, probablemente, tienen en mente los denunciantes de la corrección política. Sin embargo, hay que notar que solo una parte de los hechos se enmarcan en esta etiqueta, varios ya demostrados como algo muy distinto a lo que quieren implicar con corrección política. Ahora bien, más allá del antecedente ideológico que motiva a estos estudiantes y que los hace actuar de forma emocional y sectaria más que racional, debemos preguntarnos por las condiciones que posibilitan este tipo de movilizaciones. Sesgos políticos ha habido siempre, y operan en todas direcciones. Recordemos el caso de Horacio Croxatto, Premio Nacional de Ciencias y eminencia mundial en medicina reproductiva, expulsado de la UC simplemente por apoyar la distribución de la píldora del día después (6). En lugar de sus innegables capacidades, primó una posición ideológica de las autoridades universitarias. ¿Podemos decir que se actuó conforme a la “corrección política”? Podríamos sumar los casos de estudiantes de ramas de las fuerzas armadas expulsados por su orientación sexual (7). ¿Cuál es la diferencia? Se me ocurre que el origen de la presión, que sea de abajo hacia arriba -como en el Evergreen College- en vez de arriba a abajo -como en la UC y las fuerzas armadas. Ya mencionamos la falacia de considerar la validez de una idea según la cantidad de sus portadores, ¿por qué acá vuelve a ser relevante? Me temo que por un factor más profundo, que es la configuración moral conservadora, que prioriza la lealtad grupal y el respeto a la autoridad, relación propuesta en investigaciones sobre psicología moral (Haidt & Graham 2007).

En igualdad de condiciones, distintas ideas se aceptarán o rechazarán según mantengan o alteren el orden vigente de las instituciones, las que funcionan como garantías de autoridad. Sin embargo, incluso si hacemos el ejercicio de aceptar esta premisa del valor intrínseco de la permanencia de las instituciones, ¿es su decadencia explicable solo por un complot ideológico? No tan rápido. Pensemos en el caso del Evergreen College y comparémoslo con un caso hipotético en la UC o en las fuerzas armadas. Imaginemos que existe una masa de alumnos que rechaza a un instructor por su posición política, aunque esta no tenga relación con su área de experticia -digamos, un misógino enseñando matemáticas. ¿Bajo qué condiciones sería aceptada la queja estudiantil? Bajo las condiciones de mercado, en donde el estudiante, convertido en usuario y consumidor, alega una disconformidad ante una transacción de la que participa en supuesta igualdad de condiciones que el ofertante. El viejo dicho “el cliente siempre tiene la razón”. Bajo el criterio de autoridad, ya sea adquirida por conocimientos o derecho divino, la opinión del estudiante es irrelevante en tanto su condición lo define como un individuo de racionalidad incompleta, y cuya formación está en manos, precisamente, de la institución a la que pertenece. El cliente, en tanto homo oeconomicus, tiene una racionalidad completa pero, sobre todo, dentro del ámbito individual y subjetivo. Basta la simple disconformidad con el producto para exigir el cambio. Entonces, ante el caso del Evergreen College, digo que sí, que es preocupante, que es penoso, que esos estudiantes están actuando como niños malcriados incapaces de afrontar la realidad de que sus opiniones no son universales. Pero la culpa no es de ellos por tener esas opiniones, sino de una lógica institucional que convirtió a la universidad en algo no muy diferente de un centro comercial, donde el precio es justamente la medida de una opinión.

En este sentido, podemos aceptar que esta única forma en la que es aceptable la existencia de una corrección política en los términos del primer párrafo, existe sin embargo por una mercantilización que deforma las funciones de estudiante -o la que sea- hacia la de consumidor. Una idea que, curiosamente, sería rechazada a priori por vastos sectores ideológicos, lo que nos lleva a otra consecuencia. El caso del Evergreen College, que asumo no es aislado, tiene su paralelo en otras universidades e instituciones que responden a ideologías diferentes. De esta forma, será “políticamente incorrecto” decir en el Cato Institute que el estado puede tener un rol positivo en el desarrollo económico. Será igual de políticamente incorrecto decir en la sede del club Universidad de Chile que Colo-Colo no solo es el más ganador sino además el más popular, o será políticamente incorrecto hablar en un foro de internet de ateos sobre los aportes de la Iglesia Católica a los conocimientos que hoy llamamos ciencias. La única diferencia será el origen de la presión política, si es de abajo hacia arriba o viceversa, y, si la primera es vista como un problema y la segunda no, entonces el tema ya no es la “corrección política” sino el retroceso social del conservadurismo.

Que no se mal entienda. Un conservador tiene todo el derecho del mundo a defender su posición ideológica. De momento, me importa que se haga con herramientas justas y no con la manipulación y la mentira. Esta manipulación no es nueva, y ha sido analizada en temas como el aborto y la recaudación fiscal. Nos cuenta Steven Poole en su libro Unspeak que conceptos como “pro vida” o “carga tributaria” llevan en sí mismos una posición ideológica, poniendo al adversario en una desventaja a priori, pues queda como “enemigo de la vida” o “promotor de cargas”. Y la vida es buena y las cargas son malas. Se confunden así posiciones que parecen mucho más razonables al ser expuestas como “no juzgar como asesina a la mujer que, por situaciones extremas, aborta” o “contribución social al sistema público”. En el caso de la corrección política, me parece evidente que responde a una señal identitaria que busca agrupar a los opositores de las ideas que  persiguen transformar algún orden social vigente en favor de lo que Norberto Bobbio tomaría como característica de las izquierdas históricas, esto es, el aumento de los derechos orientado a una igualdad social. Por lo tanto, que no le engañen, la corrección política, siendo generosos, es un problema de instituciones cuya lógica propia fue suplantada por la del consumo, situación más grave en las sociedades que toman el consumo como variable principal del bienestar. Siendo sanamente desconfiados, es una estrategia para deslegitimar la corrección de proposiciones sobre la realidad como si fuesen simples arreglines de poder*, los que, de existir, no tienen por qué alterar la veracidad de los hechos a los que se refieren**.  Mantengamos el necesario ejercicio de evaluar los argumentos según su coherencia y fundamento, y no solo según los intereses de quienes los sostengan, ni mucho menos buscando algún mérito especial por aparecer como un imaginado creador de nuevos valores, señuelo psicológico nada despreciable en tiempos en que la distinción aparece como valor absoluto. Porque también sería muy “rebelde” afirmar que el átomo de hidrógeno tiene dos protones o que la capital de Argentina es Chimbarongo, al contrario de lo que sostiene la “corrección política”.

Notas

(1) http://quillette.com/2017/06/02/getting-voxed-charles-murray-ideology-science-iq/

(2) http://www.geneticshumanagency.org/gha/origin-of-race-differences-in-intelligence-is-not-a-scientific-question/

(3) http://www.geneticshumanagency.org/ff/the-science-and-ethics-of-group-differences-in-intelligence-part-1/

(4) http://www.capital.cl/poder/2016/04/28/125497/el-retiro-de-buchi-me-siento-incomodo-en-este-pais

(5) https://www.huffingtonpost.com/entry/the-evergreen-state-college-implosion-are-there-lessons_us_5959507ee4b0f078efd98b0e

(6) http://www.eldesconcierto.cl/2016/08/29/horacio-croxatto-el-premio-nacional-de-ciencias-que-la-puc-expulso-por-defender-el-derecho-a-la-anticoncepcion/

(7) https://www.google.com/search?client=opera&q=expulsado+fuerzas+armadas+homosexual&sourceid=opera&ie=UTF-8&oe=UTF-8

* Queda como tarea pendiente analizar cómo la propia izquierda contribuyó a crear la noción de que no hay realidad más allá de los juegos del poder.

** De momento, he utilizado intencionalmente como equivalentes los conceptos: “hechos”, “proposiciones sobre hechos”, “proposiciones verídicas” o “proposiciones coherentes”. Los matices epistemológicos entre cada una, así como sus interpretaciones, dan para escribir media filosofía contemporánea. Compréndase esta extrema simplificación en favor del argumento central, el que, de todas formas, me parece que no cambia aun si cada término se lee desde una posición epistemológica diferente, al menos las capaces de dialogar entre sí.

Referencias

Haidt, J., & Graham, J. (2007). “When morality opposes justice: Conservatives have moral intuitions that liberals may not recognize”. Social Justice Research 20 (98-116).

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Christian Álvarez Rojas (1985). Licenciado en Estética UC, Magíster (c) en Teoría e Historia del Arte U. de Chile y Magíster en Estéticas Americanas UC. Ha trabajado en gestión cultural y creación artística junto al Colectivo MICH entre 2010 y 2014. Músico, compositor en Quasar J-01 desde el 2006 hasta el presente. Ha investigado sobre las influencias estéticas del clasismo y el racismo en Chile, además de participar como curador en trabajos independientes. Actualmente cursa el Doctorado en Estudios Americanos en la U. de Santiago.

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“Changüitad” o las postales del sur.

por Gonzalo Schwenke

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El poemario Changuitad (2016) está dividido en seis capítulos donde convergen versos, prosa poética y crónicas, situándose en el sur de Chile y generando la problemática de estar arraigado en territorios alejados de las vicisitudes de la metrópoli. La poética de Mansilla dialoga con la poesía de Jorge Teillier, porque en algún momento las poéticas coinciden en la búsqueda del regreso al pasado o lugar de origen para recobrar la memoria.

El volumen lírico tiene por objeto el mito del eterno retorno que consiste en la posibilidad de revivir aquel momento que ha sido vivenciado y que luego el viajero lleva en la memoria que le permitirá regresar al lugar de pertenencia de manera ficticia. Por lo que el retorno no existe, menos en los términos que se espera: “Debo llevar mi casa y mi tierra/ de infancia/ en lo más íntimo de mis venas, / debo ocultar lejanías indescifrables/ mi espacio de lluvias surcado/ de barcos y relámpagos” (13). Esto deriva en el más profundo anhelo por volver a la casa. En dicho deseo predomina el fracaso, ya que no se vislumbra futuro, por lo que el recuerdo se ha fosilizado: “La realidad no fue como la recordamos. Nada es como creemos que es. Por eso me gustaría volver al país de la infancia, en Changüitad, ese país que recuerdo” (69). La condición de nostalgia —que es a su vez el desgarro— la podemos observar en la poesía lárica, donde se evidencia la permanente necesidad de reapropiarse del pasado, pero el hablante de Changüitad no se queda solamente en lo lárico sino que desarrolla un discurso crítico ante el despojo y la explotación producto de la globalización.

Situada geográficamente en la isla grande de Chiloé, la cultura chilota, que contiene un relato mestizo, que transita entre lo mítico, lo religioso y lo histórico, ha fundado una autonomía frente a lo urbano/continental, pero se ha visto imposibilitada de construir una independencia regionalista en la isla grande. Dicho abandono ha permitido que las políticas neoliberales exploten a destajo los bosques, las playas y los mares. Así se señala al inicio del poemario: “En medio de la niebla/ oímos/ el murmurar de las playas, ahora empobrecidas, / saqueadas, cerradas con alambres de púas/ por Transnacionales” (15). Entonces, retomar el pasado configura un acto de resistencia frente a los cambios que se producen y que el mercado domina.

El hablante, cronista de un tránsito histórico, deja constancia de la gente que habita en las islas, muchas de ellas pertenecientes a clases sociales medias bajas y en estado de decadencia: “el mundo está más derruido que antes; eso se percibe en los dientes carcomidos que asoman en la sonrisa de los años olvidados” (72). De igual modo se hace mención a lugares, momentos y encuentros con personas connotadas, los que sirven de anécdotas y que desnivelan el propósito del poemario. Por el contrario, resultan más provechosos los diálogos intertextuales con canciones populares y tradicionales, desde el vals chilote “Los remeros de Compu”, hasta el prólogo con alusión a Henry Miller, los poemas de José Pablo Quevedo, Albert Camus, Fernando Pessoa, el poema “Itaca” de Constantino Kavafis, Homero, Rolando Cárdenas, entre otros.

Changüitad tiene desniveles en la conformación del poemario, los que radican en contraponer los poemas y las crónicas que poco representan a la propuesta del libro. Una de las grietas de este trabajo es el acto de hacer memoria a modo de rebeldía y de conservación de identidad, situación que conlleva museificar la experiencia, dando como resultado postales antropológicas del sur. Sin embargo, la óptica del cronista es siempre volver a ese territorio, elevando recuerdos y discursos ante el despojo de la globalización.

Changüitad

Sergio Mansilla

Ofqui, 2016

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Gonzalo Schwenke (1989). Es Profesor de Lenguaje y Comunicación por la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Periodismo Cultural, Crítica y Edición de Libros (U. de Chile 2016). Actualmente cursa el Magister en Estéticas Americanas (PUC). Es además crítico literario del diario El Insular de Chiloé: www.elinsular.cl.

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Robar a Rodin, o volver a reiterar la pregunta por el estatuto y el valor del arte.

por Jorge Lorca

Afiche-web-717x1024_RODINHablar del documental Robar a Rodin (2017), del director Cristóbal Valenzuela Berríos es, de alguna manera, adentrarse también en los estrechos márgenes de la precaria condición de subalternidad del arte nacional y reflexionar sobre la menoscabada figura que ocupan los artistas dentro del escenario de nuestra contingencia cultural. Vale decir, significa implícitamente hacerse preguntas del tenor de ¿qué significa ser un artista en Chile?, ¿y qué tan contemporáneo es, en última instancia, el arte contemporáneo criollo en comparación con el de otras latitudes?

El autor de la cinta dibuja y resuelve creativa e hilarantemente el testimonio de varios de los involucrados en uno de los hechos más curiosos y sorprendentes de la crónica policial de la década pasada: el robo de la escultura El Torso de Adele del famoso artista francés Auguste Rodin. El hecho ocurrió una mañana del mes de junio del año 2005, cuando los guardias del Museo Nacional de Bellas Artes notaron tardía y torpemente la ausencia de una de las millonarias piezas del escultor que se exhibía en ese minuto en el Museo junto a una importante colección de obras de su autoría. El robo generó un gran revuelo mediático e incluso podría haber llegado a poner en aprietos las relaciones diplomáticas del gobierno de la época. Sin embargo, la obra aparecería a las pocas horas de la mano de un estudiante de arte de la ahora extinta Universidad Arcis, Luis Emilio Onfray Fabres, sin aparente daño. El alumno relataría a la policía, en una primera versión a medias fortuita y heroica de la historia, haber encontrado casualmente la escultura envuelta entre plásticos y cartones bajo un matorral en el aledaño parque Forestal. Sin embargo, a las pocas horas de ser entregada, la policía ya tenía a un autor confeso del delito, y a un héroe que se había ido deslavando y transformado en el trascurso de pocas horas en el villano de la historia, el propio Onfray.

En una segunda explicación de lo ocurrido, el estudiante de arte habría señalado que casi por una cuestión de azar habría logrado llegar hasta la obra, al encontrarse ese día participando de la inauguración de la muestra de un profesor de su universidad (Guillermo Frommer; 1953 – 2017) al interior del edificio decimonónico, y que sin pensarlo dos veces, en un acto más bien impulsivo, tomó la obra y la guardó dentro de su mochila, saliendo enseguida del señero recinto, sin ser advertido por el personal de seguridad de la institución. Más tarde, cuando debía presentar su alegato de defensa ante la fiscalía, volvió, en compañía de su abogado, a cambiar la versión de los hechos, añadiendo un provocador y persuasivo argumento, que esta vez promovía derechamente motivaciones de carácter artístico con un programado plan trazado con antelación. El proyecto de arte consistía, en hacer manifiesta la falta de la obra expresada en la dualidad presencia-ausencia, cuestión que hacía patente la maniobra de préstamo o de secuestro de la pieza por un fin mayor y de índole estético. La pérdida traería a la memoria, según Onfray, lo que no está, en un homenaje al arte inmaterial y a la estrategia vanguardista del plinto vacío como lugar de elaboración y producción conceptual. Si esa fue la idea original de su autor o no, lo cierto es que luego del hecho artístico-delictual, la exposición de Rodin se transformó en la exhibición más vista por el público chileno en esa época.

El documental de Valenzuela Berríos tiene sin duda muchos momentos notables, sobre todo aquellos en que, con humor e ironía, logra conducir a sus entrevistados hasta el meollo casi ridículo y poco prolijo del actuar de todas las partes involucradas. Es también tremendamente acertado el montaje que realiza el director en el relato visual con la incorporación de películas antiguas, dándole ligereza a una historia que no cansa y que mantiene al espectador atento entre risas cómplices y colaborativas desde sus primeras escenas. De alguna forma la película rescata un hecho singular de prensa, que en su momento no pasó de ser una simple noticia insólita, pero que contemplada a la distancia, parece encerrar o transmitir un nuevo mensaje sobre su contenido y volver a problematizar la figura del artista como un bufón, un loco o un incomprendido, exento por supuesto de las responsabilidades éticas típicas de su actuar en medio de un contexto social definido. La acción de Onfray podría ser cifrada, si uno quiere, entre los mismos argumentos y contraargumentos de nulidad, intrascendencia o como diálogo sólo de entendidos en el arte en nombre del Arte. Como señala muy bien Baudrillard: “el arte contemporáneo apuesta a esa incertidumbre, a la imposibilidad de un juicio de valor fundado, y especula con la culpa de los que no lo entienden, o no entendieron que no había nada que entender” (El complot del arte 65).

¿Será finalmente el documental de Valenzuela Berríos el elemento estético que termine por otorgar el aura artística al gesto de Luís Emilio Onfray? ¿Si las obras se inventan en su recepción y en la construcción social de sus significados, de qué manera aporta Robar a Rodin el mecanismo visibilizador que inviste a una acción recontextualizada —que en su momento pasó completamente inadvertida como programa artístico y no así como jugarreta delictual adolescente, incluso para los entendidos—, en la más original performance del periodo? Si se ha acusado a Duchamp de ser el gran estafador y la piedra angular el arte contemporáneo como fantasía improductiva, ¿no es el gesto de Luís Emilio una cita tercermundista a ese embauque ahora añoso y siempre incómodo que nos instala ante la cuestión de discernir y aceptar que cualquier cosa pueda pasar por y devenir arte?

Título del documental: Robar a Rodin.

Año: 2017.

Dirigida por Cristóbal Valenzuela Berríos.

Guión: Cristóbal Valenzuela Berríos, María Luisa Furche y Sebastián Rioseco.

http://robararodin.cl/

 

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Jorge Lorca Leiva (1974) Ensayista, investigador, curador, archivista, docente y esteta. Doctor © en Filosofía por la Universidad de Chile y Licenciado en Educación y Profesor de Filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Tiene además un postítulo en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se ha adjudicado la beca “Capital Humano Avanzado” para Doctorado Nacional, por la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología CONICYT del Gobierno de Chile y el Fondo del Libro del CNCA, Convocatoria 2016, en la Línea de Creación, Ensayo. Es colaborador permanente de la “Revista de Teoría del Arte” de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, miembro del comité editorial de la Revista Internacional de Filosofía “Mutatis Mutandis” y árbitro revisor de la “Revista Enfoques” de la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Central. Ha participado a su vez como mediador artístico en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile y como curador en importantes galerías y espacios de difusión de la cultura y las artes.

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