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Contra la corrección política

por Christian Álvarez

pendulum-828641_1280La corrección política amenaza nuestra civilización. La libertad de expresión y el anhelo de investigar libremente cualquier fenómeno de la realidad, antes venerados como motores del progreso, hoy son perseguidos, y por los mismos que más dicen portar tales banderas. Esta inconsecuencia se basa en la ignorancia de poner los sentimientos por sobre los hechos, las ideologías por sobre la realidad, que amenazan con llevarnos a una nueva Edad Oscura, o a algo muy parecido a los crueles totalitarismos del siglo XX… O algo así es lo que quieren que pensemos.

La idea central del párrafo anterior se repite con frecuencia en los últimos años como una especie de diagnóstico alarmante de la realidad social. Si bien el fenómeno se da con mayor fuerza en los EEUU, respondiendo a sus particularidades sociales, la influencia incontestable del país del norte en el resto del mundo ha hecho que sus conceptos permeen e influencien las discusiones políticas en otras regiones. En este escrito argumentaré que tal alarma es un falso problema, que, en el mejor de los casos, exagera problemas locales -en un sentido cultural y geográfico- que se explican mejor por otras causas, y en el peor, que se trata de una fachada ideológica bastante más incoherente que la supuestamente denunciada.

Partamos por lo básico: ¿Qué se quiere decir con el término “corrección política”? Oficialmente se referirá a un consenso impuesto por la fuerza, a una censura no asumida que persigue la disidencia bajo el manto de un lenguaje engañosamente neutral. Ejemplos se podrían dar de sobra respecto a discusiones en que se acusa una “corrección política” como una carencia argumentativa de una de las partes, como las que implican hablar de raza o género, y la sola mención de estos temas ya da cierta idea de las intenciones de las partes involucradas. Pero, de momento, dejemos de lado los casos específicos para analizar lo más detenidamente posible el concepto. Decíamos que la corrección política alude a un falso consenso, pero no solo eso, sino que implica que la idea misma que se quiere mostrar como consensuada es falsa. Puede parecer que se trata de lo mismo, pero es un alcance mucho más profundo, y donde radica la complejidad de esta discusión. Si digo que, por ejemplo, “el calentamiento global actual ha sido causado por la acción humana” es una frase “políticamente correcta”, estoy diciendo que de “correcto” tiene solo su carácter político, es decir, relacionado a ejercicios de poder y representación social. La crítica a la  corrección política enfatiza que ha sido por maniobras políticas, y no por sí misma, que esta idea ha sido impuesta como consenso debilitando el valor de verdad de la proposición atacada.

Lo anterior, por supuesto, es una falacia. No porque una idea haya sido impuesta por la pura aceptación de la mayoría va a ser verdadera…  pero tampoco falsa. Por ejemplo, en los procesos de colonización, sociedades completas fueron obligadas a adquirir el conocimiento científico occidental, sin que por esto fuese falso. Los mapuches aprendieron en las escuelas públicas por la anexión forzosa al estado chileno, y no por una persuasión argumental, hechos verídicos como que la capital de Argentina es Buenos Aires o que el átomo de hidrógeno cuenta con un protón en su núcleo. O en un caso más contingente, si bien las políticas de salud pública pueden estar sujetas al ejercicio democrático, decidiéndose por mayorías parlamentarias, no por eso deja de ser una decisión justificada, epistémica y moralmente, obligar a la vacunación de los niños, por más oposición que esto pueda causar en algunos padres. Es decir, lo “político” no es, en ningún caso, necesariamente un perjuicio para lo que es “correcto”.

Ahora bien, este argumento podría ser aceptado por un sostenedor del argumento que esbozo en el primer párrafo, y aun así mantener su idea central, del tipo “no niego que una presión social pueda ir de la mano con hechos verídicos, sino que hay presiones específicas que carecen de tal veracidad, las que se ocultan con activismo e ideología”. Bien, es una afirmación plausible y genuinamente preocupante. Sin embargo, se yerra el foco. Si bien no es el objetivo de este escrito analizar casos puntuales en que se alega corrección política, conviene mencionar brevemente algunos. En el campo de la genética conductual, hay autores que denuncian (1) un hostigamiento ideológicamente interesado para perseguir a investigadores que honestamente buscan la verdad, solo porque revelan hechos incómodos para ciertas sensibilidades políticas. En este caso específico, que los negros, como población (en EEUU) tienen un CI inferior al de los blancos, lo que en parte se debería a razones genéticas, volviendo inútiles las inversiones públicas en educación, como es la hipótesis sostenida por el sociólogo Charles Murray. El problema es que no es simplemente un afán ideológico el que se opone a esta afirmación, sino uno metodológico y científico, que se limita a exponer la carencia de datos para afirmar estos hechos, y el innegable alcance moral que tiene una investigación que, como hipótesis, plantee una segregación social. En su respuesta al artículo enlazado anteriormente, Eric Turkheimer (2) expone la historia de este campo de investigación, que carga con fraudes, como los datos tergiversados de Richard Lynn sobre el CI de distintos países, y malas lecturas de estudios que concluyen resultados adversos a los que luego divulgarán los comentaristas ajenos a la propia investigación genética, como detalla en otra columna Katryn Paige Harden (3). Tenemos, entonces, que si las hipótesis de Murray no son aceptadas, no es simplemente porque choquen contra un ideario político, sino porque carecen del peso científico suficiente, que precisamente se hace necesario cuando, explícitamente, se anuncia que destruirá posiciones políticas. Junto con lo anterior, un factor crucial: las posiciones políticas, en tanto conjuntos de proposiciones y juicios morales, no se determinan por los hechos, por más que éstos, ordenados en teorías científicas, puedan informarlas mejor.  Por ejemplo, la proposición “los humanos son iguales” no se desbarata por el hecho irrefutable de que hay personas con mejor vista que otras; simplemente se le recetan anteojos al que tenga problemas para ver, procurando la mayor igualdad de condiciones posible, en vez de dejarlo morir devorado por fieras, como ocurriría en una hipotética sociedad en que, celebrando la desigualdad extrema, se castiguen las posiciones desfavorables. Quiero decir con esto que, incluso si fuesen correctas las interpretaciones tipo Murray, a lo más se alterarían los medios con los que se buscaría un fin político -como la igualdad- y no el fin en sí mismo. La existencia de una desigualdad genético-racial natural no implicaría que esta fuese irreversible, e incluso de serlo, no se implicaría que no se pudiera afrontar con medidas específicas análogas a los lentes, cirugías oculares o perros lazarillos.

De lo anterior se puede obtener la siguiente máxima: “no acuses de corrección política el rechazo de tus argumentos que se puede explicar por su debilidad o inconsistencia”. Revisemos si ante el cuestionamiento de la homofobia hay realmente un consenso falso impuesto a la fuerza o, más bien, una debilidad en las posiciones que tratan la no-heterosexualidad como dañina o patológica. Un ejemplo, en una entrevista reciente a Hernán Büchi (4), el exministro de Pinochet afirma que “se ha generado una corriente de lo que es políticamente correcto, con la cual yo no coincido en distintos frentes y uno parece como un extraño dando una opinión distinta a lo que es políticamente correcto”, para luego ejemplificar dicha posición con la lectura de un libro que niega los alcances del calentamiento global publicado por el Cato Institute, think tank de manifiestos intereses ideológicos y partidistas antes que académicos e investigativos. Esto lleva al reverso de la máxima ya aprendida: no por cuestionar una “corrección política” vas a decir algo sensato, bien puede ser una aberración en términos científicos.

En este estado de cosas, todavía sería sostenible la posición inicial, de la que cada cierto tiempo hay casos cubiertos por los medios (5). En el caso, enlazado aquí al Huffington Post, un profesor de biología evolutiva del Evergreen College es perseguido, mediante funas y tomas, por haberse negado a retirarse de una jornada planificada “sin blancos” por considerarla racista. La respuesta de parte del alumnado fue tratarlo de racista a él, y considerar esto como razón suficiente para su expulsión, aun cuando los contenidos que enseña no tienen que ver con el problema, y cuando él mismo se declara abiertamente “liberal” y antirracista. Este caso es paradigmático de lo que, probablemente, tienen en mente los denunciantes de la corrección política. Sin embargo, hay que notar que solo una parte de los hechos se enmarcan en esta etiqueta, varios ya demostrados como algo muy distinto a lo que quieren implicar con corrección política. Ahora bien, más allá del antecedente ideológico que motiva a estos estudiantes y que los hace actuar de forma emocional y sectaria más que racional, debemos preguntarnos por las condiciones que posibilitan este tipo de movilizaciones. Sesgos políticos ha habido siempre, y operan en todas direcciones. Recordemos el caso de Horacio Croxatto, Premio Nacional de Ciencias y eminencia mundial en medicina reproductiva, expulsado de la UC simplemente por apoyar la distribución de la píldora del día después (6). En lugar de sus innegables capacidades, primó una posición ideológica de las autoridades universitarias. ¿Podemos decir que se actuó conforme a la “corrección política”? Podríamos sumar los casos de estudiantes de ramas de las fuerzas armadas expulsados por su orientación sexual (7). ¿Cuál es la diferencia? Se me ocurre que el origen de la presión, que sea de abajo hacia arriba -como en el Evergreen College- en vez de arriba a abajo -como en la UC y las fuerzas armadas. Ya mencionamos la falacia de considerar la validez de una idea según la cantidad de sus portadores, ¿por qué acá vuelve a ser relevante? Me temo que por un factor más profundo, que es la configuración moral conservadora, que prioriza la lealtad grupal y el respeto a la autoridad, relación propuesta en investigaciones sobre psicología moral (Haidt & Graham 2007).

En igualdad de condiciones, distintas ideas se aceptarán o rechazarán según mantengan o alteren el orden vigente de las instituciones, las que funcionan como garantías de autoridad. Sin embargo, incluso si hacemos el ejercicio de aceptar esta premisa del valor intrínseco de la permanencia de las instituciones, ¿es su decadencia explicable solo por un complot ideológico? No tan rápido. Pensemos en el caso del Evergreen College y comparémoslo con un caso hipotético en la UC o en las fuerzas armadas. Imaginemos que existe una masa de alumnos que rechaza a un instructor por su posición política, aunque esta no tenga relación con su área de experticia -digamos, un misógino enseñando matemáticas. ¿Bajo qué condiciones sería aceptada la queja estudiantil? Bajo las condiciones de mercado, en donde el estudiante, convertido en usuario y consumidor, alega una disconformidad ante una transacción de la que participa en supuesta igualdad de condiciones que el ofertante. El viejo dicho “el cliente siempre tiene la razón”. Bajo el criterio de autoridad, ya sea adquirida por conocimientos o derecho divino, la opinión del estudiante es irrelevante en tanto su condición lo define como un individuo de racionalidad incompleta, y cuya formación está en manos, precisamente, de la institución a la que pertenece. El cliente, en tanto homo oeconomicus, tiene una racionalidad completa pero, sobre todo, dentro del ámbito individual y subjetivo. Basta la simple disconformidad con el producto para exigir el cambio. Entonces, ante el caso del Evergreen College, digo que sí, que es preocupante, que es penoso, que esos estudiantes están actuando como niños malcriados incapaces de afrontar la realidad de que sus opiniones no son universales. Pero la culpa no es de ellos por tener esas opiniones, sino de una lógica institucional que convirtió a la universidad en algo no muy diferente de un centro comercial, donde el precio es justamente la medida de una opinión.

En este sentido, podemos aceptar que esta única forma en la que es aceptable la existencia de una corrección política en los términos del primer párrafo, existe sin embargo por una mercantilización que deforma las funciones de estudiante -o la que sea- hacia la de consumidor. Una idea que, curiosamente, sería rechazada a priori por vastos sectores ideológicos, lo que nos lleva a otra consecuencia. El caso del Evergreen College, que asumo no es aislado, tiene su paralelo en otras universidades e instituciones que responden a ideologías diferentes. De esta forma, será “políticamente incorrecto” decir en el Cato Institute que el estado puede tener un rol positivo en el desarrollo económico. Será igual de políticamente incorrecto decir en la sede del club Universidad de Chile que Colo-Colo no solo es el más ganador sino además el más popular, o será políticamente incorrecto hablar en un foro de internet de ateos sobre los aportes de la Iglesia Católica a los conocimientos que hoy llamamos ciencias. La única diferencia será el origen de la presión política, si es de abajo hacia arriba o viceversa, y, si la primera es vista como un problema y la segunda no, entonces el tema ya no es la “corrección política” sino el retroceso social del conservadurismo.

Que no se mal entienda. Un conservador tiene todo el derecho del mundo a defender su posición ideológica. De momento, me importa que se haga con herramientas justas y no con la manipulación y la mentira. Esta manipulación no es nueva, y ha sido analizada en temas como el aborto y la recaudación fiscal. Nos cuenta Steven Poole en su libro Unspeak que conceptos como “pro vida” o “carga tributaria” llevan en sí mismos una posición ideológica, poniendo al adversario en una desventaja a priori, pues queda como “enemigo de la vida” o “promotor de cargas”. Y la vida es buena y las cargas son malas. Se confunden así posiciones que parecen mucho más razonables al ser expuestas como “no juzgar como asesina a la mujer que, por situaciones extremas, aborta” o “contribución social al sistema público”. En el caso de la corrección política, me parece evidente que responde a una señal identitaria que busca agrupar a los opositores de las ideas que  persiguen transformar algún orden social vigente en favor de lo que Norberto Bobbio tomaría como característica de las izquierdas históricas, esto es, el aumento de los derechos orientado a una igualdad social. Por lo tanto, que no le engañen, la corrección política, siendo generosos, es un problema de instituciones cuya lógica propia fue suplantada por la del consumo, situación más grave en las sociedades que toman el consumo como variable principal del bienestar. Siendo sanamente desconfiados, es una estrategia para deslegitimar la corrección de proposiciones sobre la realidad como si fuesen simples arreglines de poder*, los que, de existir, no tienen por qué alterar la veracidad de los hechos a los que se refieren**.  Mantengamos el necesario ejercicio de evaluar los argumentos según su coherencia y fundamento, y no solo según los intereses de quienes los sostengan, ni mucho menos buscando algún mérito especial por aparecer como un imaginado creador de nuevos valores, señuelo psicológico nada despreciable en tiempos en que la distinción aparece como valor absoluto. Porque también sería muy “rebelde” afirmar que el átomo de hidrógeno tiene dos protones o que la capital de Argentina es Chimbarongo, al contrario de lo que sostiene la “corrección política”.

Notas

(1) http://quillette.com/2017/06/02/getting-voxed-charles-murray-ideology-science-iq/

(2) http://www.geneticshumanagency.org/gha/origin-of-race-differences-in-intelligence-is-not-a-scientific-question/

(3) http://www.geneticshumanagency.org/ff/the-science-and-ethics-of-group-differences-in-intelligence-part-1/

(4) http://www.capital.cl/poder/2016/04/28/125497/el-retiro-de-buchi-me-siento-incomodo-en-este-pais

(5) https://www.huffingtonpost.com/entry/the-evergreen-state-college-implosion-are-there-lessons_us_5959507ee4b0f078efd98b0e

(6) http://www.eldesconcierto.cl/2016/08/29/horacio-croxatto-el-premio-nacional-de-ciencias-que-la-puc-expulso-por-defender-el-derecho-a-la-anticoncepcion/

(7) https://www.google.com/search?client=opera&q=expulsado+fuerzas+armadas+homosexual&sourceid=opera&ie=UTF-8&oe=UTF-8

* Queda como tarea pendiente analizar cómo la propia izquierda contribuyó a crear la noción de que no hay realidad más allá de los juegos del poder.

** De momento, he utilizado intencionalmente como equivalentes los conceptos: “hechos”, “proposiciones sobre hechos”, “proposiciones verídicas” o “proposiciones coherentes”. Los matices epistemológicos entre cada una, así como sus interpretaciones, dan para escribir media filosofía contemporánea. Compréndase esta extrema simplificación en favor del argumento central, el que, de todas formas, me parece que no cambia aun si cada término se lee desde una posición epistemológica diferente, al menos las capaces de dialogar entre sí.

Referencias

Haidt, J., & Graham, J. (2007). “When morality opposes justice: Conservatives have moral intuitions that liberals may not recognize”. Social Justice Research 20 (98-116).

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Christian Álvarez Rojas (1985). Licenciado en Estética UC, Magíster (c) en Teoría e Historia del Arte U. de Chile y Magíster en Estéticas Americanas UC. Ha trabajado en gestión cultural y creación artística junto al Colectivo MICH entre 2010 y 2014. Músico, compositor en Quasar J-01 desde el 2006 hasta el presente. Ha investigado sobre las influencias estéticas del clasismo y el racismo en Chile, además de participar como curador en trabajos independientes. Actualmente cursa el Doctorado en Estudios Americanos en la U. de Santiago.

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Los ochentas, o la estética de la dominación

por Daniela Stevens

ceciclia 1987Después del golpe de Estado y su posterior dictadura, las familias, representadas mayoritariamente por mujeres, comienzan un largo período de búsqueda. Sin importar los esfuerzos económicos y emocionales, llegan hasta diferentes centros de tortura para obtener cualquier información al respecto. A pesar de las dificultades que provoca la represión masiva e indiscriminada al interior del país, rápidamente formalizan su organización. Se empiezan a gestar, así, innumerables rituales públicos de protesta, efectuando un fuerte impacto en la comunidad nacional e internacional. Hasta la actualidad, ellas representan la fuerza de la denuncia y la lucha ciudadana por derribar las brutalidades del régimen:

El precio personal que deben pagar por esta obligación [que es preferible llamar convicción] es inimaginable, puesto que con su voz deben hablar por toda la conciencia democrática chilena, que ha sido silenciada. Esta “monumentalidad heroica” contrasta con la vulnerabilidad real que aqueja a la Agrupación frente al aparato de represión estatal (Vidal 15).

La Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFFDD) se transforma, sin querer, en un símbolo de resistencia política. A lo largo de la historia, reconocemos a estas mujeres caminando por las calles, siempre con una fotografía de su pariente en el pecho. La situación que se despliega en Chile, se desarrolla paralelamente en la dictadura argentina. Las Madres de Plaza de Mayo se empiezan a reunir en 1977, cubriendo sus cabezas con pañales de algodón que pertenecían a sus hijos. Ambas organizaciones surgen para visibilizar la desintegración familiar causada por el terrorismo de Estado. A pesar de las semejanzas en el contexto histórico y los propósitos de denuncia, existen grandes diferencias entre ambos casos. El proceso chileno podría interpretarse como un movimiento mucho más hermético, donde el problema se estanca en medio de la impunidad. Por lo tanto, y con justa razón, la Agrupación es un colectivo que cierra sus puertas para conservar una mirada mucho más íntima. Si se logra ingresar por algún otro ámbito, probablemente sea mediante las militancias políticas relacionadas con cada ejecutado(a). De cualquier manera, la gran diferencia que se percibe en los dos casos radica en una expresión artística única: la Cueca sola.

Desde el año 1979, la música típica se transforma en la música del régimen militar. Se ejerce una oficialización de la cueca, declarándola baile nacional de Chile. La dictadura adopta, entonces, un discurso nacionalista de carácter fundacional. Se posiciona al sujeto-huaso como epítome de la chilenidad y se devela la imposición de un modelo cultural basado en la estética del consumo: “La cultura popular se desplaza, gracias al continuo contacto con los medios de comunicación y de entretención, hacia un espacio “des-ideologizado” de la nueva industria cultural” (Brunner cit. en Rojas 53). Esto se percibe con la ceremonia que institucionaliza la cueca como danza nacional, a través de la cobertura de todos los medios de prensa, también apoyada por Banjamín Makenna, funcionario de la Secretaría Nacional de Cultura y líder de Los Huasos Quincheros. Sin embargo, un año antes, específicamente el 8 de marzo de 1978, para la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, la Cueca sola se presenta públicamente en el Teatro Caupolicán: 25 mujeres elaboran su propio canto desde el folclor, expresión avalada de manera posterior por el mismo gobierno de facto.

Lo interesante de la Cueca sola es que se apropia, en tanto expresión discursiva y corporal, de una identidad desintegrada desde sus bases más afectivas:

Me pregunto constante,

¿dónde te tienen?

Y nadie me responde,

y tú no vienes.

Y tú no vienes, mi alma,

larga es la ausencia;

y por toda la tierra

pido conciencia (Torres cit. en Órdenes, párr. 2)

La estrofa expone una ausencia absoluta, pues la intención comunicativa queda truncada en la voz del hablante. Este recurso que puede parecer mínimo, toma valor a partir de su contexto. ¿Quién constituye a ese nadie que no contesta? De entrada, la negación de la respuesta se enraíza en aquel familiar que jamás regresa y que ha sido relegado a su capucha de prisión. Al mismo tiempo, puede representar la brutalidad de un sistema que se silencia ante las propias técnicas de tortura. Pero más allá de la emoción que causa esta actuación, más allá de la desintegración del núcleo familiar, lo importante es que la Cueca Sola desafía –incita– al sistema represivo de la época. Se adelanta ingeniosamente a la imposición cultural de la danza nacional, generando un ejercicio de denuncia, resistencia y memoria.

Su puesta en escena, además de su valor textual, se incorpora al concepto de testimonio para representar una vida íntima. Se vuelca una problemática interior de las familias en medio de la esfera pública. En este contexto, la condición de espectáculo le entrega a la cueca la capacidad de representar un episodio histórico. Estas mujeres son capaces de re-construir su experiencia traumática mediante el lenguaje del dolor. Por lo tanto, también es posible afirmar que dicha actuación político-cultural se opone radicalmente al carnaval y a lo risible. Si bien la Cueca Sola convoca el sentido popular y marginal de esta representación folclórica, lo cierto es que abandona su sentido más celebrativo. El mensaje se encuentra en el levantamiento de la tragedia, cuya intención se centra en denunciar la crueldad de la dictadura. No es la cueca libre de la chingana. Es la expresión de un sector popular que ha sido fragmentado. Se observa la ausencia de comunidad, la borradura del retrato familiar, transmitida por estas mujeres que visten camisas blancas y faldas negras. En definitiva, la Cueca sola acusa el sistema político y económico de la dominación. A esta condición trágica de la política de los setenta, se integra y se opone la formalidad conservadora de Los Huasos Quincheros:

Soldado y huaso de Chile,

Sirvo mi arma con amor.

Con húsares y dragones,

Lanceros y cazadores,

Defiendo mi pabellón. (De Ramón, párr. 1)

A pesar de que la letra no es de su autoría, esta canción se incorpora al disco lanzado en 1973, dando cuenta de un estilo, y en particular, de una cueca que representa una sociedad altamente oligarca, domesticada y afín al régimen de Pinochet. La estética de dicha agrupación musical se apropia de la imagen del huaso chileno, que no es el de la quinta de recreo o del campesino asentado, sino la del latifundista, el patrón que se vuelve soldado con el único fin de defender su tierra. Lo que vemos aquí, en contraposición con la denuncia descarnada de la Cueca sola, es el triunfo político y estético de la dictadura. Los Huasos Quincheros, en definitiva, corresponden a la transmisión de una patria autoritaria y totalizante. Una vez más, el claro enaltecimiento de la dominación.

Por otro lado, y si abordamos el período de los ochenta, se empieza a percibir que esta condición trágica, formal y totalizante es desplazada. En esta década comienzan las Jornadas de Protesta Nacional, manifestaciones callejeras en contra del gobierno de facto, en las que tienen lugar diversos crímenes de lesa humanidad que hoy día son emblema. A pesar de este escenario político, donde el objetivo continuaba siendo la denuncia, nuestro país se abre al mismo tiempo hacia su nuevo sistema económico. Rápidamente, y mientras el foco estaba en la defensa de los derechos humanos, mientras la ciudadanía era testigo de apagones, barricadas y atentados contra la figura máxima del régimen, en esta misma década se crean las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) y se implementa –entre otras cosas– la municipalización, cuyos efectos repercuten en los sistemas de salud y educación. Asimismo, y a pesar de la crisis económica de 1982, se construyen diversas galerías comerciales que ostentan el ascenso de la economía chilena:

Entrada la década de los ’80, la articulación en espiral dio frutos en lo que también era un proceso de expansión del capital. De ese modo, caracoles coronaron ejes alternativos al oriente – poniente. La inauguración del Metro Línea 2 motivó la construcción […] de la Estación Lo Ovalle, la que articulaba un caracol con una explanada que recibe a los pasajeros (De Simone, párr. 34).

Desde los años setenta, las galerías comerciales vienen a forjar la ciudad del consumo. La implementación de la tarjeta de crédito, luego, se vuelve un elemento fundamental para apoyar la compra en las grandes tiendas. Si antes percibíamos sujetos –ciudadanos– sumidos en la política, durante los ochenta observamos duramente el desplazamiento de esta identidad. Nos encontramos con compradores, futuros endeudados de un sistema hecho por la dictadura. Así, este tiempo consolida la complejidad política de los setenta. Aparecen los hijos e hijas de la dictadura: se activa el re-surgimiento de nuevas expresiones, para resistir en medio de la superficialidad comercial. Se presentan variados colectivos de arte como el CADA o bandas punks que desafían la institucionalidad artística e intelectual a través de sus trabajos. Sin embargo, a pesar de aquella lucha ideológica que se da desde los márgenes, la década del ochenta se puede interpretar como un tiempo egocéntrico. A partir de cada implementación que hace la dictadura en pos del progreso, se confirma el orgullo de haber derrotado a un gobierno socialista, democrático. Al mismo tiempo, los programas de televisión se enfocan en el lujo, en la ostentación de una vida nocturna que sólo pueden disfrutar los agentes del Estado y personajes como Canitrot, que en una segunda lectura es:

Un villano, un amigo de la represión de la época, con chipe libre para trasnochar en medio del toque de queda y del estado de emergencia. Un amigo de los DINOS, de los agentes de seguridad del régimen, de los soplones. Un protegido de los sicarios del Estado que hacía de comparsa simpática de hombres armados hasta los dientes, todos enamorados de vedettes ansiosas por entrar a la tele (Bisama, párr. 7).

Este momento niega todo aquello que tenga relación con la prisión política y la desaparición forzada de restos corporales. En alguna medida, es una década que empieza a mirarse el ombligo desde la frivolidad. Un ejemplo de esto es el triunfo de Cecilia Bolocco en el concurso Miss Universo 1987. El éxito de Chile en dicho certamen de belleza, nos hace hermosos por primera vez. En las calles de Santiago se genera una ovación y una celebración colectiva. Desde este momento, la chilenidad se siente unificada por la hermosura de nuestra Miss, mientras que hace tiempo hemos sido segmentados y clasificados por las políticas de erradicación y exportación hacia las comunas periféricas (1980). El narcisismo de esta época llega tan lejos, que se edifica un espacio altamente des-ideologizado. El sistema político y económico logra desintegrar el tejido social del pre-golpe. A fines de los ochenta y a principio de los noventa, la alegría de la abundancia y las políticas del olvido se hacen patentes, borrando al mismo tiempo el exterminio, la tortura y la represión. En general, ambas décadas –’70 y ’80– son la imbricación de un proceso social complejísimo, cuya evolución da cuenta de un orden histórico que es necesario problematizar desde el presente. Por eso y a pesar de que la ciudadanía haya simulado reconstruir su fachada democrática, el impulso de los movimientos sociales no ha sido quebrado con facilidad. Las luchas por los derechos civiles, por el contrario, permiten que la dictadura no sea analizada como un período aislado o particular, sino como la demostración absoluta de una existencia político-dominante.

Referencias

Bisama, Álvaro. “Canitrot era de la CNI”. The Clinic, 2013. Impreso.

De Simone, Liliana. “Caracoles comerciales y otras especies en vías de extinción/ La               evolución del proto-mall en Santiago de Chile y su vigencia actual”. Bifurcaciones,2012. Recuperado de http://www.bifurcaciones.cl/2012/11/caracoles-comerciales/.Web.

Torres, Gala. Cueca sola. Santiago de Chile: Alerce, 1978. Mp3.

Los Huasos Quincheros. Soy de la caballería. Santiago de Chile, 1973. Mp3.

Rojas, Araucaria. “Las cuecas como representaciones estético-políticas de chilenidad en             Santiago entre 1979 y 1989”. Revista Musical Chilena (2009). Recuperado de                               www.scielo.com. Web.

Vidal, Hernán. Dar la vida por la vida: Agrupación Chilena de Familiares de Detenidos            Desaparecidos. Santiago de Chile: M

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Daniela Stevens (Santiago, 1991) Es Licenciada en Literatura y Profesora Media en Lengua Castellana y Comunicación (UDP). Ha asistido a diversos talleres de poesía, dirigidos por Teresa Calderón, Rafael Rubio y Raúl Zurita. Desde el 2008 participa en diferentes encuentros poéticos de Santiago, como “Los Desconocidos de Siempre”, “Lectura para Pájaros” y “La poesía se fue al Chancho”, en el Bar Chancho Seis. En el 2011 es becaria y tallerista de la Fundación Pablo Neruda. Ha publicado artículos y crítica literaria en diversos medios web, como Revista Cólera y Poesía y Crítica. Próximamente, parte de su trabajo poético será publicado en “Parias, poetas y borrachos: Antología poética y contracultural” a cargo del Movimiento Anagénesis y Colectivo Poético Agua Maldita. En la actualidad, cursa el segundo año del Magíster en Arte, Pensamiento y Cultura Latinoamericanos (IDEA-USACH).

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“Ya no basta con rezar, tampoco basta con protestar”: Igualdad, Agustín Squella

por  Manuel Vallejos

Igualdad OKEn Igualdad (Universidad de Valparaíso, 2015), Agustín Squella, profesor de filosofía del derecho y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2009, propone en formato clásico —el ensayo, el tratado, el manifiesto—, un tema de vital actualidad: los alcances de la palabra “igualdad” en nuestro contexto social más inmediato.

Squella parte de lo que Lipovetsky señala como la condición de las palabras en la contemporaneidad: “un lenguaje eufemístico y tranquilizante, un lifting semántico” (La era del vacío 22), constituido para domesticar al individuo. Parte —es un decir—, puesto que el autor va más allá y ejerce un develamiento, una crítica del uso aséptico de la palabra “igualdad” en el contexto político, económico y mediático contemporáneo. Así, a la manera de Claudio Guillén, nos muestra que a partir de una sola palabra se puede ingresar en el mundo con mayor precisión y alcance: una hebra lingüística con la que deshilvana la madeja de usufructos y disputas que el término igualdad ha suscitado. A propósito nos dice: “¿Ocuparse de las palabras? ¿Ocuparse de una palabra en particular, por importante que sea? Sí, ocuparse de las palabras puesto que pensamos con ellas. Verse la cara con las palabras es vérselas con el pensamiento” (13). De esta suerte, Squella nos hace perseguir el siempre difuso sentido de las grandes palabras con las que organizamos nuestros principios y valores sociales pero a las que rara vez dedicamos alguna reflexión.

El autor, desde la filosofía política y jurídica, demarca algunos sentidos de este término vinculándolos a diversos niveles en los que la igualdad se manifiesta en términos políticos, sociales e individuales. A la vez, hace patente su diferencia con jibarizaciones del término tales como­ “equidad” e ­“igualdad de oportunidades­”  y  cuestiona la supuesta oposición de esta palabra a otras categorías como ­“diversidad” o ­“pluralismo”: “Lo opuesto a ‘igualdad’ no es ­‘diferencia’ sino ­‘desigualdad’” (52).

De este modo,  la incisiva y amena argumentación por la que Squella nos guía, posiciona a este manifiesto como un imprescindible en el debate actual no solo de la educación, sino también de los escándalos de colusión económica que agitan las aguas chilenas. Si a ello agregamos  la cuidada edición a la que la Editorial Universidad de Valparaíso nos tiene acostumbrados, entenderemos el por qué esta obra se encuentra en su segunda edición a menos de un año de su publicación.

Igualdad

Agustín Squella

Editorial Universidad de Valparaíso, 2015

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Manuel Vallejos Carrasco (Santiago, 1985). Magíster en Letras, mención Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Premio Especial Roberto Bolaño 2009, mención poesía y Becario de la Fundación  Neruda el mismo año. Actualmente dirige el catálogo de poesía de Gramaje Ediciones.

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Referencias

Lipovetsky, Gilles. La era del vacío. Trad.  Joan Vinyoli y Michele Pendaux. Anagrama, Barcelona: 2010.

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