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Fatiga de material. Poesía del American Bar (2012) de José Ángel Cuevas

por Francisco Martinovich Salas*

portada americanEn este poemario publicado el año recién pasado por Hebra Editorial, como parte de su colección Malas Juntas, José Ángel Cuevas desenvuelve una propuesta poética muy definida en cuanto a estética y temáticas de fondo, y estos dos ámbitos se articulan sobre conceptos claves que marcan la lectura de Poesía del American Bar: el colapso y la violencia.

Sobre la obra

En Poesía del American Bar, el autor realiza una apreciación panorámica de diversos espacios arraigados en la memoria colectiva e individual. Sus poemas son una articulación cruda y honesta de la realidad contemporánea, representada en personajes y espacios simbólicos, los que se articulan a partir del colapso y la violencia.

Cada poema se construye como un gesto de violencia en un sentido concreto: violencia del lenguaje, de las imágenes, de la estructuración y disposición de los versos. Esto es fruto y producto de un colapso inducido. En las ciudades, las calles y los personajes ―que abundan en los poemas― nada es coincidencia, nada es producto de la espontaneidad y de los caprichos del travieso y tentado destino. Las culpas están claras y el colapso es evidente, tanto en su apreciación concreta en lo urbano (como en Puente Alto/Colapsó, Discoteque Subterránea u Orden 754) como en lo moral, lo social, lo metafísico: el desgaste de una humanidad que ha vivido el trauma y cuya rehabilitación ha sido trazada por un camino que a todas luces parece ser el equivocado: “Un pueblo vencido se merece estar//a honorarios / no tener previsión / derecho a salud // jubilación mínima / un pueblo vencido // no tiene derecho a nada / porque las leyes // laborales les fueron requisadas y expropiadas. // Un pueblo vencido // Sólo debe ser dócil. // Se lo merece.” (p. 11)

En Poesía del American Bar los personajes y sujetos que habitan los poemas son individuos transplantados desde un tiempo pasado (mejor) hacia un nuevo contexto espacio temporal. Este desplazamiento da como fruto una frustración constante y que se presenta tanto en los que son identificados con nombre y apellido, como en esos individuos que abundan en el género, sombras que caminan en una calle anónima, recuerdos vagos, siluetas; y sin embargo este ejercicio retórico aparentemente tan ajeno a la realidad del hombre se hace vida y verso en este libro: “Yo, César Soto Gómez troskista del paradero 16 Gran Avenida// Os digo, // que pasarán por mí / patios / pájaros // de ojos extraviados y las mayores desgracias caerán // y quizás nadie podrá llegar a ser salvado” (p. 39); “Por otro lado unos tipos llegan en moto // a unas casas de adobe / vuelven al centro. // Es como entrar a París // todo iluminado en grandes calles // encendidas de la noche / pero el mar //vuelve a explorar en enormes olas sobre todos // y cada uno de los pobres presentes” (p. 25).

“Pasó el odio por aquí”

La violencia ―como el concepto clave de este libro― es el catalizador del trauma. Como una botella de vidrio que se rompe contra un mesón, una cuneta o una muralla, este poemario se construye sobre un colapso inducido de manera forzosa, y es esta condición la que determinará la carga nostálgica y el sentido de resignación que se esconde detrás del gesto reactivo que es cada poema. Ya sea la dictadura y sus aparatos de tortura y represión, o simplemente las circunstancias que las estructuras del poder suelen atribuir al devenir histórico, a la condición humana o al siempre conveniente azar, la violencia ejercida sobre el hombre (en toda su real dimensión) ha generado un colapso que se despliega en toda su existencia: “El cuerpo recibe odios rencores insultos // de la tarde / la persona se enferma porque // está unida a gente mala. // Al anochecer se queja // lloran sin saber por qué.” (p. 24)

El quiebre político del país detonado por el golpe de estado de 1973 está presente en este libro. Las cicatrices abiertas de la dictadura pinochetista en Chile siguen marcando el paso de una poesía que la reconoce como principal motivo del trauma, cual botella que se quiebra, violenta e inducida: “Yo soy del país dice el puto Jimy B. un país sin alma// que le chuparon el corazón. Oye, mira, camina entre //las hordas pulento bacán cabezas cortadas huesos // repartidos” (p. 33)

La muerte también está presente en los poemas, la muerte de una realidad social y política que el hablante no pretende olvidar, que persiste en la presencia de una cruda nostalgia que se despliega en las imágenes: “El compañerismo es un recuerdo; pan para hoy/ hambre para mañana” (p. 31).

Los poemas de Poesía del American Bar, dan cuenta de una violencia cotidiana, contemporánea, de un colapso que persiste y que inunda la escritura de José Ángel Cuevas, quien logra instalar en la actualidad poemas producidos en la década del setenta, y que presentan el trauma en su más inmediata expresión, junto con creaciones actuales que presentan una sociedad que no ha sabido y que ha rechazado sobreponerse con el tiempo a este colapso. Frente a esta situación, el autor construye sus poemas desde la conciencia de una realidad en constante detrimento.

Sobre la edición

Enmarcado en una propuesta política e ideológica de fondo, Hebra desarrolla un trabajo de edición artesanal que puede ser calificado como modesto, poco ostentoso en términos técnicos, pero en el cual se nota un gran cuidado y un nivel muy aceptable de logro.

El trasfondo ideológico y las posibilidades presupuestarias de una editorial independiente no justifican, de todas formas, las serias deficiencias en términos de impresión para el caso de esta edición. Los defectos, atribuibles directamente a este proceso (pues el soporte en papel bond ahuesado de 60 gr. ha probado en diversas producciones ser apropiado) dificultan de manera sustancial la lectura en algunos poemas: el lector no accede de forma cómoda al contenido, la tinta se traspasa a las páginas anteriores.

Otro detalle mejorable de la edición de Hebra es la diagramación de los márgenes tanto para los poemas como para los epígrafes. Esto deja mucho que desear, pues la falta de unidad en este ítem incomoda la lectura, y afecta la globalidad de la propuesta, la que, dentro de su austeridad, logra presentar en Poesía del American Bar, un producto en forma y fondo, tan rescatable como necesario para la realidad de este país.

José Ángel Cuevas

Poesía del American Bar

Hebra Editorial, 2012

* Francisco Martinovich Salas. Es Licenciado en Letras Hispánicas y Certificado Académico en Estética de la cultura en América Latina de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura en la Universidad de Chile. Ha publicado su obra poética de manera dispersa. Desde 2006 ha participado activamente como invitado y organizador en múltiples ciclos, recitales y encuentros literarios.

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El hambre no es contingente: entrevista al poeta chileno Rafael Rubio*

por Silvio Valderrama G.**

Son las dos de la tarde y Rafael llega puntual a la cita. Vamos a un bar cercano a la estación de metro San Joaquín, frente a la Facultad de Letras de la PUC. Llegamos al bar, nos sentamos, pedimos dos coca-colas. Rafael dice que ya no bebe. Enciendo la grabadora y comenzamos a hablar de poesía.

¿Cómo ves la poesía hoy? ¿Cómo ves el circuito en el que te estás moviendo en este minuto? 

Actualmente conviven varias generaciones o promociones –como se quiera llamar- de poetas. Por un lado tenemos a los poetas ya consagrados, como Oscar Hahn, que siguen publicando y están en plena actividad literaria, creativa.  Además, están algunos poetas de los 80 que han estado publicando cosas importantes últimamente, como Raúl Zurita que sacó un libro monumental que se llama, precisamente, Zurita y constituye una revisión de su obra casi completa. Y, por otro lado, están las promociones más jóvenes. Por una parte la generación de los 90, que ya no es tan joven, y a la que supuestamente pertenezco yo también. Luego está lo que se llama, o se denomina, generación novísima, que abarca obras de los poetas que comenzaron a publicar en el año 2000: Héctor Hernández, Paula Ilabaca, Diego Ramírez, Pablo Paredes, Felipe Ruiz, Gladys Gonzáles,  para mencionarte los nombres que más suenan. Y, finalmente, poetas que yo he conocido aquí en la Universidad, en los talleres literarios, los cuales tienen obras incipientes muy interesantes, que hasta el momento no existe una denominación para ellos, como Manuel Vallejos, Nelson Zúñiga, Gastón Biotti, un poeta muy interesante que se llama Sebastián del Pino, tú también, en fin.

Bueno, para evaluar un poco la direccionalidad de esa poesía, tratemos de acotar el corpus, dejando afuera a poetas consagrados y situándonos en los poetas emergentes. Yo creo que todavía falta tiempo para evaluar con un mínimo de visión crítica, que todavía es muy temprano como para emitir juicios valóricos o apreciativos responsables. Pero lo que sí te puedo decir es que, con respecto a la generación novísima, siento que es una generación o grupo que se ha validado principalmente no por la calidad de su obra, sino por la crítica. Supieron entrar en la crítica mediante un estudio de mercado, lograron captar un poco las necesidades actuales de los estudios académicos que iban por el lado de los estudios culturales, los estudios de género, elaborando un producto que satisficiera esa demanda, constituyéndose un pacto mutuo.

Siempre he pensado que el mejor poeta novísimo no es, precisamente, ni de la generación novísima, ni poeta, sino un narrador: Pedro Lemebel.

Ah, claro. Sus crónicas son muy buenas, su poética. Ahora, nuestro grupo fue un grupo súper individualista y aquí acojo una de las críticas que ha hecho la novísima con respecto a nosotros, de que somos una generación despolitizada de alguna manera y reflejo, un poco, de las condiciones del sistema neoliberal, principalmente por el tema del individualismo. Tampoco fuimos un grupo que generara lazos de unión y no estuvimos muy atentos al contexto político.

Por lo general las obras de ese periodo fueron obras súper autorreflexivas. Si uno lee la poesía de Germán Carrasco, por ejemplo, se ve una poética que está siempre reflexionando sobre sí misma. Me parece que nosotros no articulamos una conciencia de grupo fraterna, que sí tiene la novísima. En ese sentido, creo que lo que nos ha ayudado a vernos como grupo ha sido, justamente, la novísima. Y, al revés también, creo que la novísima no se habría articulado como grupo si hubiera prescindido de la crítica a los 90.

Es interesante la suerte de batalla que se da en el campo de la poesía en esos términos. Si bien tu poesía o la de Germán Carrasco no remiten a una ligazón directa con el contexto social, o no puede ser entendida como literatura comprometida, sí poseen un cariz político que no es menor. Esto se ve en la preocupación por la forma y en el valor que se le da a la poesía como un oficio, como un trabajo.

Mira, hay un texto que se llama Cómo se hacen los versos de Vladímir Mayakovski. Creo que es de los años en que la revolución rusa ya se había asentado. Él elabora una teoría de la poesía en estrecha ligazón con la doctrina marxista. Entonces, uno esperaría de parte de Mayakovski que apostara por una referencialidad de la palabra en relación con el hecho político, con la causa digamos, y fíjate que lo que hace es utilizar un poema suyo, que es un homenaje, un poema de despedida a Essenin quien se suicidó, y él comienza a explicar cómo fue elaborando el texto. Uno se asombra de la rigurosidad formal del poeta al momento de elaborar ese poema como si fuera un objeto, un objeto poético y no un medio.

Como el gesto que hace Poe, diciendo ‘la poesía no tiene mucho de inspiración, sino de trabajo’.

Claro, y Mayakovski pone el acento en el trabajo. Dice, entre otras cosas, que el poeta es un trabajador proletario, diferenciándose de otros trabajos de manufactura por el material con que trabaja, pero fundamentalmente es eso, es un trabajador de la palabra. Entonces creo que en ese poner el acento en la forma, en la estructura, en la construcción, en el trabajo, finalmente también hay una propuesta política, como tú mencionas, que es sacar a la poesía del ámbito de la metafísica, instalarla en el ámbito de la manufactura.

Del materialismo… lo que hace el Vallejo más tardío. Con su militancia política trata justamente de hacer del poema un reflejo de la universalidad humana, con mucho trabajo, con mucha claridad sobre el objeto poético.

Ahora, eso no quiere decir que las poéticas que plantean el poema como un discurso que incorpore lo referencial, o sea la claridad conceptual, sean menos válidas. Por ejemplo, la propuesta del exteriorismo de Ernesto Cardenal, en el ámbito de la poesía nicaragüense, donde él plantea que en el poema se pueden utilizar e incorporar todos los lenguajes que estén a la mano del autor y él aboga por la claridad referencial directa y los resultados son óptimos, o sea basta con pensar en libros como los Salmos o el Homenaje a los indios americanos.

En relación a lo que está sucediendo hoy, particularmente después de un año 2011 bastante agitado, lo que devela un mayor descontento en el ámbito social, ¿tú crees que a la literatura, o a la poesía, le cabe alguna responsabilidad al respecto?

Mira, yo he escuchado críticas a veces muy conservadoras que dicen que el peligro del poema es lo contingente. Yo estoy muy en desacuerdo con eso, porque creo que lo que parece contingente, no son más que ciertas manifestaciones que parecen arquetipos, como la opresión, la injusticia social, elementos que han sido permanentes a lo largo de toda la Historia, de modo que siempre se hablará de eso y eso no es hablar de la contingencia. Eso es estar hablando de la Historia de la humanidad. Es más, si uno echa una mirada a la literatura universal uno se da cuenta de que muchos de los poemas fueron creados por la contingencia, quiero decir, en función de un estímulo actual y han alcanzado una universalidad que es incuestionable. Entonces, el hambre no es contingente.

Por otro lado, yo creo que es imposible no hablar políticamente. Nuestra conciencia política está hablando a través de uno sin que uno ni siquiera se de cuenta. Por la manera en que uno utiliza los conceptos, las palabras. Creo que no es posible hacer literatura no política o apolítica.

Me gustaría conversar un poco acerca de tu producción. En estrecha relación con tu obra más comentada que es Luz rabiosa, ¿Cuál es el rol que cumple la muerte en tu poesía? ¿Por qué hablar de la muerte?

Luz rabiosa nace de una experiencia muy concreta, que fue la muerte de mi segundo papá. Ya mi primer papá había muerto –mi papá biológico- pero esa muerte yo no me la viví, o sea la viví de manera metafórica, cuando mi mamá me pasó un globo con forma de corazón como a los dos días de la muerte de mi papá Armando, mi papá poeta, y entonces me dijo que mi papá estaba dentro del corazón. Era un globo de gas, entonces lo soltó y me dijo ‘mira, allá va tu papá’. Esa fue la explicación y con eso me quedé de niño. Y luego, la experiencia de la muerte de mi segundo papá, que es mi papá adoptivo, esa sí que me la viví con todas, porque lo vi morir, de hecho, y ver morir a alguien es una cuestión que te marca, marca mucho.

Ahora que nació mi guagua, me di cuenta de que no se diferencia mucho el ver morir a alguien de ver nacer a alguien, que finalmente son experiencias que se encuentran muy ligadas. Yo hacía esa asociación cuando veía nacer a mi guagua y fue como la sensación de ver morir a mi papá. Mi papá murió de una enfermedad muy larga, entonces, después de la muerte de él hubo una paz, una sensación de paz y tranquilidad, que es la misma sensación de paz y tranquilidad que uno siente cuando la guagua nace y la acuestan en su cunita…

Lo interesante es que uno se empieza a dar cuenta de que la muerte está permanentemente en todo lo que uno hace y en todo lo que uno vive, está en estado latente. En el silencio, en el sueño, en la conciencia de que la persona que quieres o que amas puede, en cualquier momento, no estar ahí también… es una experiencia que no es contradictoria a la vida, sino que está en la base. Son dos entidades que se relacionan dialécticamente entre sí, es imposible disociarlas o divorciarlas. Entonces amar la vida, de alguna forma, significa, aunque nos pese, amar la muerte también. Y aceptarla, aunque te reduela. Ese es un poco el trabajo, o sea mi preocupación.

Ahora que mencionas también a tu padre, Armando, me gustaría saber cómo te relacionas con su poesía y con la poesía de tu abuelo.

Cuando falleció mi segundo papá, como que yo ahí…  bueno, murió mi segundo papá y yo comencé un proceso de reencuentro con mi papá Armando y lo empecé a querer mucho más, comencé a leerlo más… Obró ante nosotros una reconciliación porque estuvimos separados un tiempo. Ahora último, hace dos años, llegó a mis manos un material precioso, un material inédito de mi papá, muchísimos poemas y cuentos, relatos, diarios de vida. Murió mi abuela y todo este material que estaba en una caja llegó a mi poder y me puse a trabajar en eso. Ahí me enamoré de la poesía de mi papá, tremendamente, porque la selección que hizo mi abuelo para elaborar el libro Ciudadano, dejó afuera una cantidad de poemas valiosos, muy interesantes. Entonces, el trabajo que hice fue muy bonito porque, algunos poemas todavía eran primeras versiones, estaban en cuadernos. Me puse a reescribir algunos, pensando en los criterios de mi abuelo y los propios criterios de mi papá para corregir un texto. Entonces estuve en esa labor, cotejando diversas versiones de un mismo poema y dejando la definitiva. Fue muy bonito, muy bonito.

¿Y la poesía de tu abuelo?

Yo soy devoto de la poesía de mi abuelo. Y también de él recibí material inédito. Ahora estoy trabajando en ello, es un conjunto de sonetos de mi abuelo.

¿Se viene una publicación tuya en el próximo tiempo, no? Cuéntame un poco sobre eso…

Bueno, el poemario que voy a publicar se llama Mala siembra y es un libro que tiene 150 páginas más o menos. Y lo he trabajado mucho, mucho. Me tiene bien contento fíjate. Y ahí el tema es, como sugiere el nombre, la precariedad. Ese es el tema del poemario. La precariedad, la miseria. Hay hartos poemas que tienen referentes contingentes…

En relación con el mundo editorial, tú que tienes una estrecha relación con Ernesto Pfeiffer y con Cristián Fuica. ¿Qué me puedes decir en torno a lo que se está haciendo en términos editoriales?

Lo encuentro bien valioso. Se está democratizando, de alguna manera, el acceso a publicar. Actualmente no cuesta, está costando muy poco publicar, lo cual es muy positivo, creo yo.

¿Te ha llamado la atención algún poeta que se diferencie, un poco, de estas ‘trincheras’?

Bueno, yo creo que Manuel Vallejos tiene un camino bien propio. Veo que en su poesía hay mucha independencia, mucha autonomía. Ves a un poeta genuino ahí, un poeta de verdad. Y tiene algo que lo caracteriza, que es su lucidez, su capacidad crítica.

Finalmente, quisiera hacerte una pregunta bastante obvia y básica, pero que puede entregarnos algunos elementos interesantes: ¿Por qué la poesía hoy? ¿Por qué no escribir narrativa, por ejemplo, en un contexto como el actual en que la poesía ocupa un lugar tan marginal?

Esa es una gran pregunta. Yo he escrito en prosa, narrativamente y referencialmente. Pero los resultados no me… mejor dicho el trabajo con el lenguaje narrativo no me produce el mismo alumbramiento, me interesa a mí el lenguaje poético porque pese a que uno pueda planificar un poema, uno puede pautearlo mucho –un poco a lo Mayakovski- el poema siempre te traiciona, siempre, siempre, siempre te traiciona. Terminas diciendo lo que no querías decir y eso te genera un crecimiento, un asombro y eso es súper estimulante, y eso es lo que no me permite el trabajo narrativo.

* Rafael Rubio Barrientos (Santiago, 1975) es poeta y Doctor en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado los poemarios Arbolando (1998), Madrugador Tardío (2000), Luz Rabiosa (2007) y la recopilación Caudal (2010). Ha recibido, entre otros reconocimientos, los premios de poesía joven Armando Rubio (2001), Mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (1996) y el premio de poesía Pablo Neruda (2008). Ha sido invitado a los encuentros Chile mira a sus poetas: Congreso internacional de poesía (PUC, 2009) y el Festival internacional de poesía de El Salvador (2009). Se desempeña como profesor en diversas universidades.

** Silvio Valderrama Gómez (Santiago, 1990) es poeta, activista político y estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha participado en diversos talleres literarios y, actualmente, forma parte de la plataforma política Crecer, el ‘Colectivo Cambalache’ (Letras UC) y la Organización Siembra.

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