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La pesadilla del recuerdo escolar

por Carolina Reyes

julio-meza-diaz-solo-un-puntoSolo un punto —escrito por Julio Meza Díaz (Lima, 1981), de Editorial Cinosargo— es acerca de recuerdos escolares, unos ficcionados recuerdos escolares que nos retratan un periodo de sistemática violencia, no solo dentro del colegio sino que también fuera de él. Un onírico Perú que está bastante traumatizado con la época de Sendero Luminoso por allá por la década de los 90. Se teme al terrorismo, pero también se teme al que es distinto. Donde el eje de clases y el racismo pasan a estar a la orden del día. Los cholos son sinónimo de terrorismo y delincuencia: “ella abrazo a su favorito, y pensó: “Malditos terroristas. Malditos cholos””(26).

Después está el colegio San Augusto, que ya para nosotros los chilenos puede tener un intertexto con el nombre del fallecido dictador. Un colegio católico, muy reputado y competitivo, de elite, comandado por un cura español franquista y secundado por un italiano fascista, se comprenderá el sello que quieren dejar en los alumnos del colegio. Y dentro del San Augusto urren las situaciones más degradantes y terribles que cualquier muchacho adolescente pudiera vivir, duras agresiones de parte de sus compañeros, lo que hoy se denominaría bullying, paro también actos de arbitrariedad y abuso de poder de parte de profesores: “Pero los profesores eran brutales. Y los alumnos peor aún. Las peleas eran constantes. Se daban una tras otra. Siempre” (47). El San Augusto pareciera ser la metáfora de un micro Perú que el escritor quiere sonsacar y dejarnos expuesto. El libro se divide no en capítulos sino en partes más pequeñas donde nos narra esta historia, desde el presente pero recordando vívidamente esa mala época.

“El” es el personaje que engarza el presente con ese pasado. Ya está en la universidad pero siente que la pasada por el San Augusto le ha dejado más traumas que enseñanzas para la vida, medio como alma en pena transita por calles y casas. En un prostíbulo se encuentra con el “Profesor”, un docente que conoce de cerca el San Augusto y algo sabe de la oscuridad que guardan sus aulas. Así arranca el resto de la historia. “El Amigo Talentoso” es otro de los personajes que sufre este nivel de agresión dentro del San Augusto. Dotado de habilidades y de una gran capacidad analítica, pero que no caben dentro de la tradicional y estricta forma de enseñanza, lo hacen parecer mediocre, pero solo en apariencia.

“El Andino Profundo” es el que sufre la mayor cantidad de agresiones por su fenotipo moreno, lo tachan de Cholo y por esta marca de raza tiene que soportar agresiones, injusticias y agravios solo por su color de piel:

“El Andino Profundo se volvió sorprendido y, con un tono dubitativo, contestó: “Lárgate. No es tu problema.”

-¡Pues ahora si lo es, Cholo pestífero!

Ambos se miraron con un odio incontenible, y se lanzaron a una pelea furiosa” (42).

Estos tres personajes deciden aliarse para crear una gran venganza en contra del colegio, del padre rector, de los profesores y de los alumnos que inconscientemente entran en la lógica de la agresión y se hacen funcionales a tan nefasto sistema educativo. La venganza es una revista hecha por los tres alumnos para denunciar los atropellos que se cometen en ese lugar. Así la escritura por parte de los personajes y la lectura por parte del resto de la comunidad del San Augusto es una forma de liberación y de exorcización de años de maltratos. Desenmascarar a los culpables es también parte de esta faena justiciera donde la palabra escrita es la punta de lanza que los jóvenes utilizan y que genera cambios en su entorno: “El Maldito pensó entonces con la mandíbula apretada: “Estos chiquillos, el Amigo Talentoso, El y el Andino Profundo tienen razón. ¡Este colegio es una mierda! ¡Los profesores son unas mierdas! ¡Y el Padre Director y el Italiano Salvaje son unos malditos fascistas””(133).

Además de estos personajes existen otros que pueblan las páginas de Solo un punto. “La Mujer del Calzón” es una profesora de computación que fantasea sexualmente con sus alumnos, mientras tiene relaciones con su novio oficial, un marino que a pesar del racismo de ella, es un cholo. Así la profesora vive la ambivalencia de en el discurso odiar a los cholos terroristas, pero en la vida íntima relacionarse con ellos hasta el sexo, en el caso de su novio, o fantasear con ellos en su deseo, en el caso del Andino Profundo.

“La Buena Amiga” es otro personaje femenino de esta historia, ella es una chica que conoce a “El” y se hacen amigos por cartasElla es alumna de otro colegio de elite, pero que no vive las atrocidades que viven los muchachos del San Augusto. A nuestro modo de ver “La Buena Amiga” es un personaje que suena bastante frívolo y despreocupado. Con unas cartas llenas de exclamaciones en inglés como “yeah” y “now”, es un personaje con poca profundidad emocional dentro de la historia. A pesar de ser fundamental en la trama del libro, es muy unidimensional, en comparación a los personajes masculinos de la historia.

Solo un punto es una gran metáfora del Perú de los noventa estructurada dentro de un micro universo como lo son los traumáticos recuerdos escolares de un grupo de amigos. En sus páginas se encuentran todos los gérmenes que el autor ve como vicios que flagelan y hacen retardataria la sociedad en su país, y los deja expuestos con gran honestidad y pericia. Un viaje al centro de la violencia y la injusticia estructural —que hasta el día de hoy— asola a la mayoría de las capitales latinoamericanas.

Solo un punto.

Julio Meza Díaz.

Ediciones Cinosargo, 2014.

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Carolina Reyes (Santiago, 1983) es profesora de inglés de la Universidad de Santiago de Chile y Magíster en literatura latinoamericana y chilena por la misma universidad. Colabora haciendo crítica literaria en Revista Lecturas, Poesía y Crítica y Dos Disparos. También hace crítica de cine en 35 Milímetros. Ha publicado algunos de sus cuentos en Revista Sangría de Chile e Íkaro Magazine de Costa Rica. En la actualidad mantiene un blog de crítica cultural llamado Omnivoracultural: https://omnivoracultural.wordpress.com/.

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Respeten la soledad que se aproxima

por Gastón Carrasco

Salón de bellezaParece innecesario hacer una presentación de Mario Bellatin. Pero el supuesto es abusivo. El autor peruano-mexicano ha destacado en los últimos años por estar considerado entre los mejores narradores de Latinoamérica. La recepción crítica de sus libros suele ser generosa y los estudiantes gozan escribiendo papers a propósito de su obra. Todas las presentaciones o reseñas biográficas del autor destacan su formación inicial en teología y cine, elemento significativo al momento de leer su obra. Otras hacen hincapié en la biografía, en la nacionalidad e identidad del autor, en la falta de su brazo derecho, en lo prolífico de su obra y carrera, aunque Bellatin no presente referencias biográficas en sus escritos, al menos no como proyecto escritural.

Es quizá Salón de belleza, ubicado en el lugar 19 de los 100 mejores libros publicados en español en los últimos 25 años, el texto más notable de su obra. Publicado inicialmente por Jaime Campodónico Editor (Lima, 1994), por Tusquets Editores (México D. F., 1999) y en Obra reunida, por Alfagura (2005 – 2013), aparece reeditado por Editorial Cuneta (Santiago, 2013) con un interesante y justo diseño de Ian Campbell. Ya antes Cuneta contaba con la publicación de El pasante de notario Murasaki Shikibu (2011), siendo parte de su colección de narrativa “Plan maestro”, junto a títulos de otros autores latinoamericanos de la talla de César Aira y Roberto Echavarren. Se destaca entonces la posibilidad de acceder a las obras de estos autores contemporáneos, publicados por editoriales transnacionales, en versiones ciertamente más baratas y con diseños más que interesantes.

Justifico el adjetivo que da inicio al párrafo anterior. Es notable Salón de belleza respecto a los otros textos por condensar en menos de cien páginas el espíritu experimental de la obra de Bellatin. Esto es, establecer diálogos con otras culturas, principalmente la oriental-nipona, hacer de lo fragmentario un estandarte, usar un lenguaje sutil y crudo a la vez, dar cuenta de experiencias límite, jugar al mismo tiempo con lo bello y la muerte, hablar desde y con el cuerpo, dar cuenta de la violencia, la sexualidad y el exotismo.

El protagonista del relato es un estilista homosexual, dueño de un salón de belleza junto a otros colegas. Por las noches sale con sus amigos a travestirse por las calles de la ciudad. Desde el inicio nos cuenta que el salón se ha vuelvo un moridero donde enfermos van a padecer sus últimos días. De manera paralela, y central por cierto, nos va dando cuenta de su afición por los peces, por convertir al salón en una gran pecera. El juego de correspondencias, analogías, entre el salón, el moridero, la pecera y los baños de vapor (estéticamente como los japoneses, fácticamente como los baños turcos nuestros) toma fuerza en el texto: “Experimentaba también el extraño sentimiento producido por la persecución de los peces grandes cuando buscan comerse a los más pequeños” (p.18).

El contraste de las mujeres que asisten al salón en su tiempo de mayor esplendor es el cardumen de hombres acumulándose en el moridero, en el fondo de la pecera, en el último rincón de la sociedad. El narrador nos advierte sobre su salón y refuerza la idea de no ser un lugar a la manera de las Hermanas de la Caridad. Nada más lejos del sacerdocio o solidaridad, el Moridero obedece a un sentido humano, práctico y real. No hay redención. Las reglas son estrictas, no se le dan esperanzas de vida ni se intenta salvar a los desahuciados, simplemente se les deja morir.

En vez de continuar haciendo referencia a más detalles del relato, me permito algunas divagaciones. En El imperio de los signos Roland Barthes hace de las suyas dando cuenta del sistema simbólico japonés. En él, entre otras varias cosas, el crítico francés nos brinda un tratado sobre el signo, sus reglas y la belleza. En la cultura japonesa el sujeto está envuelto en las circunstancias que lo rodean, y lo representan. Todo es significante, mas no significado, lo que implica un vacío. Algo como esto sucede en Salón de belleza. La escritura altamente “estetizada” nos priva de toda posibilidad de acceder al sujeto, a pesar de su aparente apertura o tono confesional del relato.

En algún lugar Allan Pauls destaca de Bellatin su forma de disponer el relato. Es decir, de establecer reglas y condiciones, para luego dar rienda suelta a la excitación, el juego y la experimentación. El espacio del relato es el salón, salón que es a la vez un punto de fuga o de resguardo más bien, de la sociedad. El narrador dispone o modifica el espacio a su antojo, con más problemas que satisfacciones, pues nunca logra dar con los peces de su agrado. Él mismo vive en el afuera la excitación y el juego de las calles, a la merced de los hombres que encuentre y de los “Matacabros”, particular pandilla nombrada un par de veces en el relato encargada de “barrer” con los jóvenes. Dentro del salón es el peluquero o esteticista quien manda y ordena. Linda analogía del esteticista de salón y del esteticista escritural que nos relata con cuidado su historia.

Decíamos antes que la escritura altamente “estetizada” nos ocultaba a los sujetos del relato. De ahí la relación con el imperio de los signos que señala Barthes. En la novela (breve por cierto) de Bellatin todo está sujeto a ser signo de. Pocas veces podemos entrar en esos silencios que resuenan como murmullos (a la manera de los pobladores de Comala en Rulfo). Quién es el esteticista, cuál es su nombre y cuál es el pueblo en el que vive. Quiénes son los “Matacabros”, quiénes fueron sus amores, por qué no le respondía a su madre, por qué no nombrar directamente el VIH como gatillante del fallecer de los cuerpos, etc. Todo se vuelve parte del enigma, todo flota en el suspenso de esas peceras atestadas de moho, algas y peces muertos. No es posible mirar transparentemente lo que hay dentro del vidrio, tampoco podemos leer fácilmente lo que hay en el relato.

Es posible afirmar que Bellatin se sabe al dedillo las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. En el texto del autor italiano se sugiere, o vislumbra, lo que será la escritura de nuestro siglo. Pienso que en la propuesta de Bellatin hay cierta levedad y rapidez en el relato. Así también exactitud, es decir, hay una imagen esperando despertar en la imaginación de cualquiera de nosotros. Como plantea Calvino, el cometido del escritor es hallar la clave correcta, el orden preciso, las combinatorias adecuadas y la extensión idónea para que lenguaje e idea se fundan en una sola cosa, y Bellatin lo hace. Hay un diseño de la obra bien definido y bien calculado. Una forma de conocer, para Calvino, radica en la posibilidad de dejarse envolver en redes de significación o relaciones: salón, moridero, sauna, pecera. Cada mínimo objeto se ve dentro de una red de relaciones, se multiplican los detalles, de manera que descripciones y divagaciones se vuelven infinitas.

Para finalizar, un tema central de la obra es la transformación del cuerpo, el paso del goce hacia el sufrimiento. El mismo protagonista va siendo corroído por la enfermedad. Las pústulas aparecen en su cara y el cuerpo se va debilitando. Ya ni siquiera tiene la fuerza necesaria para ir a los baños de vapor. Lo de adentro se apodera del afuera. Todo se trata de ese adentro. Están él y sus moribundos. Un poco a la manera de las Crónicas de Sidario de Lemebel, pero con menos referencialidad, mucho menos. En este caso, una impronta ética que nos deja el esteticista es que respeten la soledad que se aproxima, lo mismo sugiero a los lectores, luego de leer o releer este texto.

Mario Bellatín

Salón de Belleza

Editorial Cuneta, 2013

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Gastón Carrasco Aguilar (Santiago, 1988). Profesor de Lenguaje y Comunicación. Autor de Viewmaster (Cuadernos de poesía / Biblioteca de Santiago, 2011). Becario de la Fundación Pablo Neruda 2012. Actualmente cursa estudios de postgrado en la PUC.

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Escribir en la ciudad: análisis editorial de “Me Urbe, brevísima antología arbitraria Chile-Venezuela”

por Eduardo Farías A.*

Generalmente se entiende por crítica literaria un texto que entrega entradas de lecturas de un libro, que desarrolla evaluaciones estéticas y apreciaciones desde la crítica cultural y la teoría literaria. Una crítica literaria desentraña un corpus literario, que sería la lógica de la crítica de un poemario, de un cuento, de una novela, etcétera. Me parece que realizar una crítica literaria de una antología, desde esa perspectiva conceptual, no es viable. Si se escribe crítica literaria de una antología, necesariamente se atiende a una generalidad que conocemos como antología. De tal manera, en este caso prefiero escribir un análisis editorial sobre Me Urbe, brevísima antología arbitraria Chile-Venezuela. Es decir, analizaré ―junto con evaluar de manera crítica― la construcción editorial y literaria de esta antología, desde la selección y su enfoque hasta la construcción como libro.

Esta antología publicada en Lima por Paracaídas Editores enfrenta a poetas contemporáneos de origen chileno y venezolano. Como lectores, este gesto lo podemos pensar como una disputa implícita, si nos preguntamos válidamente: ¿en qué país se encuentra una poesía más sólida, de más peso poético? Sin embargo, leer esta antología desde ese lugar es una pérdida de tiempo, pues tanto en Venezuela como en Chile podemos encontrar excelentes y/o pésimos poemas, y una antología no puede pretender esbozar una respuesta a aquella pregunta. Desde mi perspectiva, esta antología expone, en primer lugar, poéticas contemporáneas de ambos países elegidas según una temática, tal como se plantea en la nota preliminar: “Esta antología […] expone una visión de los cantos que surgen a partir del habitante de una ciudad cualquiera, puede ser Santiago, Coro, Caracas”. La ciudad es el tema que se busca en la poesía contemporánea de cada país, como da cuenta Marcel Kemadjou en el prólogo del libro. Así, los poetas se eligieron, para esta antología, según la experiencia de la ciudad que construyen por medio de la palabra.

De tal manera, los compiladores no buscan exponer, en primer lugar, la calidad poética que se puede encontrar en la poesía contemporánea de cada país. Aunque por ser lectores de poesía sí lo hacen, de forma más o menos implícita. A mi juicio, la calidad poética debe ser la base para construir una antología poética, que no es más que un libro que reúne poemas, ese objeto artístico-lingüístico elaborado por el poeta.

Además, como consecuencia de este ‘enfrentamiento’ entre escrituras poéticas de dos países, esta antología evidencia qué tan cercanas o distantes se encuentran entre sí, tanto en sus temáticas, como en la construcción de los poemas, etc.

Otro aspecto importante es que no estamos frente a cualquier antología. Esta antología da cuenta de su lugar, de su naturaleza, es una brevísima antología arbitraria. Las 136 páginas de este libro nos permiten advertir qué tan brevísima es. Y cumple, en parte, con la representatividad poética de cada país.

Por el contrario, la arbitrariedad de esta antología, a mi parecer, constituye un problema en la compilación que se puede realizar del espectro poético de Chile y Venezuela. Toda antología es arbitraria, subjetiva. Sin embargo, el compilador busca y elige poemas desde el reconocimiento de la calidad literaria que, a su juicio, puede existir en ellos. Y, como consecuencia de la arbitrariedad, no se elige, no se compila necesariamente desde ese parámetro. Asumo que un lector de poesía especializado puede darse cuenta cuando un poema no está tan trabajado, cuando posee ripios, o al contrario. Esa perspectiva no es, en un 100%, la utilizada por los compiladores. Respeto la opción elegida, pues es honesta en su cometido, y aún así leen y eligen de manera consciente el corpus poético de acuerdo a su lectura personal.

Como dije, la selección de los autores y los poemas se ve afectada por la arbitrariedad. Y la compilación, obviamente, afecta la construcción total de la poética del libro, es decir, el tema de la ciudad.

La selección de la poesía chilena hecha por Gladys Mendía demuestra una construcción conciente de la escena poética contemporánea en Chile, pero en su arbitrariedad incorpora registros poéticos que están fuera del tema propuesto por la antología. Por ejemplo, es el caso de los poemas de Galo Ghigliotto y Nelson Zúñiga. Los poemas antologados de Galo no se relacionan directamente con la temática, sin embargo, la intertextualidad con Bonnie y Clyde y la construcción poética enriquecen la compilación de Gladys. Lo mismo sucede con los poemas de Nelson Zúñiga; la construcción poética de la muerte no se relaciona con el tema de la ciudad, pero la utilización métrica del soneto, la muerte y la voz construida en ellos, constituyen poemas que también enriquecen al libro.

En su compilación, Gladys Mendía logra una mirada amplia, a nivel de escrituras, dentro de lo que conocemos como poesía contemporánea en Chile. La inclusión de Anita Montrosis es producto, junto con la calidad de los poemas de un hablante lírico muy particular, de esta visión amplia. La inclusión de poetas contemporáneos como Galo Ghigliotto, Enrique Winter, Raúl Hernández, Gustavo Barrera Calderón, Gladys González, Christian Aedo, Nelson Zúñiga, Marcelo Arce y Cristóbal Gómez da cuenta de la mirada que tiene Gladys Mendía de nuestra poesía. Gladys demuestra ser una lectora sagaz y madura de nuestra poesía al dar cuenta de su diversidad. Más aún, en su compilación exhibe momentos poéticos importantes en nuestra tradición poética reciente: en Gladys González está representada la novísima, la que también se encuentra, en cierta medida, con la inclusión de Marcelo Arce Garín, ya que su poemario Exhumada fue publicado por Mantra Editorial, que pertenece a Héctor Hernández Montecinos. La inclusión de la novísima como inicio histórico de la antología se contrapone, por ejemplo, al uso del soneto mortal de Nelson Zúñiga. La ausencia de los poetas de los 90 se nota, pero resuena como eco en los poemas de Nelson Zúñiga y de Enrique Winter. Junto a estos dos autores, la compiladora muestra la diversidad que existe en la poesía post-novísima al incorporar en su corpus poético a Raúl Hernández, Gustavo Barrera Calderón y Christian Aedo. Gladys Mendía es, sin duda, una lectora de poesía chilena con una vasta experiencia, y una lectora que también es conciente del trabajo que implica la construcción de un poema, pues también ella es poeta.

Por una parte agradezco, como lector de poesía chilena, haber encontrado los tres poemas de Felipe Moncada incluidos en la antología. Y, por otra, entiendo la elección de los poemas de Cristián Berríos, pues en ellos se aprecia una mirada sobre la ciudad, la calle San Diego y el teatro Caupolicán -es decir, el tema existe en sus poemas- pero, desde mi punto de vista, no justifica la inclusión de estos textos, pues su calidad poética no está a la altura de las de los demás antologados. No afirmo que Cristián Berríos sea un mal poeta, es obvio que a partir de tres poemas no se pueda plantear aquello, afirmo que estos tres poemas no poseen la misma calidad que el resto, y, por ende, me hubiese gustado haber leído otros.

En la compilación de Ennio Tucci se nota mucho más la arbitrariedad que en la compilación de Gladys Mendía. Ennio Tucci elige, creo, de manera más caprichosa. Su compilación está centrada en el grupo Musaraña, del cual él mismo forma parte. Su mirada como compilador es política, ya que utiliza su labor de compilador como una forma de posicionar a su grupo en el campo cultural. No creo que el grupo Musaraña y Ediciones Madriguera sea lo único interesante en la poesía venezolana actual. Algunos autores que componen este grupo y que aparecen en la antología son Ennio Tucci, Marina Lugo, Jenifeer Gugliotta, Dilmer Duno y Mariana Chirino. Comprendo que la antología sea arbitraria, pero en la compilación venezolana se utiliza esto de forma algo más antojadiza, donde lo que importa no es precisamente la calidad del poema. Pese a lo anterior, agradezco haber conocido una pequeña parte de la poesía de Anthony Alvarado, la particularidad poética de la Prosa jíbara de Antonio Robles, la construcción poética desde una voz femenina de Jenifeer Gugliotta, la diversidad poética de Mariana Chirino ―su Poema cursi es un texto interesante que tiene que ser pulido― y, sin duda, la poética de Norys Odalía Saavedra en sus tres poemas. Y de Ennio Tucci, de Dilmer Duno, de Marino Lugo (todos del grupo Musaraña), de Gabriel Figueredo y de Jhomar Loiza hubiese preferido haber leído otros poemas. La calidad poética de sus textos difiere mucho de la del resto. Estas son, a grandes rasgos, las principales características de Me Urbe.

Para terminar, me parece necesario felicitar a Paracaídas Editores por el trabajo de edición presente con este libro. Primero, que se difunda poesía chilena y venezolana desde Lima me parece una iniciativa más que notable. En segundo lugar, salvo por ciertos errores ortotipográficos y la ausencia del origen de cada poema (si es inédito o si está publicado), la edición propuesta por Paracaídas Editores da cuenta de una seriedad editorial. Como libro, esta brevísima antología arbitraria posee una doble naturaleza. Fluctúa dando cuenta, por una parte, del gesto cartonero en el sector editorial latinoamericano con la utilización de un cartón específico y, por otra, de la edición de lujo con la utilización de papel marfil de 83 gramos. Esta dualidad, junto a una diagramación armoniosa y un diseño de cubierta y contracubierta actual, dan cuenta de la seriedad de Paracaídas Editores.

Gladys Mendía, Ennio Tucci, compiladores

Me Urbe, brevísima antología arbitraria Chile-Venezuela

Paracaídas /Los poetas del cinco, 2011

* Eduardo Farías Ascencio es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y candidato al grado de Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo.

Licencia Creative Commons
Escribir en la ciudad: análisis editorial de “Me urbe, brevísima antología arbitraria Chile-Venezuela” por Eduardo Farías Ascencio se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en poesiaycritica.wordpress.com.

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