Archivo de la etiqueta: Nelson Zúñiga

Celebración del 4° Aniversario de Poesía y Crítica

Amigas y amigos, queremos agradecer a todas las personas que se hicieron parte del 4° Aniversario de Poesía y Crítica.
A la Biblioteca de Santiago y al Bar Estación Terminal , que nos facilitaron los espacios para desarrollar el evento.
A las editoriales Ajiaco, Gramaje, Das Kapital, Cerrojo, Andesgraund y Ventana Abierta, por los obsequios para nustros invitados.
A los participantes del conversatorio: Aylin Fuentes, Marcelo Montecinos y Diego Zúñiga.
A los y las poetas de la lectura: Astrid Fuguellie, Francya Castro, Yeny Díaz Wentén y Silvio Valderrama. Un saludo y agradecimiento especial al poeta David Aniñir, quien no pudo asisitir por complicaciones de salud.
A nuestros críticos que semana a semana entregan su valioso trabajo.
Y por supuesto a los lectores y lectoras que han hecho suyo este proyecto.

¡Muchas gracias!

Nelson Zúñiga, Francisca Santibáñez
Equipo editorial de Poesía y Crítica

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Anuncios
Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , ,

“Siento que uno puede entender una época histórica a través de la literatura”: Una conversación con Felipe Reyes

por Nelson Zúñiga

Narrador, músico e investigador, Felipe Reyes es un hombre con intereses múltiples. En 2013 obtuvo el primer lugar del concurso Escrituras de la memoria, con su libro Nascimento, el editor de los chilenos, primera publicación que aborda la figura del mítico editor. Con una novela a su haber y otra a punto de presentarse, las inquietudes de Felipe no se agotan. Esta es la conversación que tuvimos con este “principiante” del mundo literario.

Felipe 2.2

Felipe, entre tus labores está no solo la de ser autor de narrativa e investigador editorial, sino también músico, en Hermano Kiltro y en tu proyecto Onofre Borneo. ¿Ves estas manifestaciones como vías paralelas de expresión o estableces vínculos entre ellas?

Yo creo que sí, yo creo que algún tipo de vínculo tienen. Nunca me había detenido en eso, pero yo creo que el vínculo existe porque de alguna manera la música es una forma de narrar también, o por lo menos yo la entiendo así. La música, a mí como auditor me gusta que me cuente una historia, que haya un relato ahí, o que me sugiera por lo menos imágenes que pueden construir una historia.

Porque un buen disco también es como una buena novela, ¿no? Tiene su estructura dramática.

Claro, y de hecho ese es un tema muy importante, porque al momento de estructurar un disco hay que ver qué tema va primero, cuál es el dos, cual es el tres, cuáles son los estados que tiene. El disco está pensado también como para escucharlo completo, al igual que un libro para leerlo completo. Entonces yo creo que es una forma paralela de contar una historia.

¿Qué parte de Felipe Reyes sale por la narrativa y cuál sale por la música? Porque me imagino que como creador tienes salidas distintas.

Creo que en el caso de la música es más abstracto, al no tener texto, que tampoco es la única forma de narrar o de decir algo. Y hay mucho de lo que me interesa y me gusta ahí también, porque lo que escucho es bien transversal en términos de estilo. Entonces no es solamente que yo haga música electrónica y escuche música electrónica, tengo una variedad de estilos bien grande. En el caso de los libros creo que quizás es más concreto; esas inquietudes, esos intereses, esas trancas, esa miseria… es más evidente. Creo que esa es la mejor forma de calificarlo. Claro, es más evidente por el hecho de tener texto y de tener algo directo, como es la palabra.

¿Por cuál de esas manifestaciones te inclinaste primero? ¿Escribiste y después fuiste músico o se fue dando?    

Son las dos cosas que han estado siempre presentes en mi vida de una u otra manera. Son las dos cosas que tienen un lugar demasiado importante: los libros y la música.

¿Desde qué edad?

La música, desde siempre. Porque vivía en una casa donde se escuchaba mucha música, o la música era algo importante, por lo tanto era una casa siempre con música. Y vivir con mi abuelo que era un melómano, eso me permitió conocer música que quizás la gente de mi edad no conocía, como el tango por ejemplo. Pero también música “cebolla”; me gusta mucho lo que se denomina como música cebolla, música romántica. Pero curiosamente mi abuelo era un tipo bien ecléctico en sus gustos, porque podía escuchar tango o música romántica, como también le gustaba la cumbia o el pop más livianito de los 80. Sería como que en estos momentos a un tipo de setenta años le gustara, no sé… Miranda, algo así. Y ese gusto no era solamente escuchar las canciones en la radio, sino que se compraba los discos.

¿Tu abuelo era también un lector? ¿Fue tu abuelo el que inició esa parte en ti?

Sí y no. En la casa había algunos libros, pero eso se desarrolla más en la adolescencia en realidad. Era una casa en que había libros, pero él tampoco era muy lector.  Era más un lector de prensa, eso sí, un lector de prensa constante, duro. Pero claro, cosas grandes de literatura que haya encontrado ahí, no. Eso fue posterior.

Nascimento

Nascimento, el editor de los chilenos (Ventana Abierta Editores)

En Nascimento, el editor de los chilenos abordas la figura del que probablemente sea el editor más relevante del siglo XX en Chile. ¿Cómo surge la idea de desarrollar esta investigación?

Todo esto parte un poco como lector. Me empiezo a interesar en la literatura chilena más antigua, en una literatura que tenía que ver con los bajos fondos, que es la literatura que me gusta. Siento que uno puede entender una época histórica a través de la literatura y empiezo a fascinarme con estos autores. Paralelamente a eso empiezo a fascinarme también con el mundo del libro, todo lo que significa hacer un libro, desde producirlo pero también venderlo; fui librero, trabajé en librería, entonces empiezo a fascinarme con este mundo. Con todo lo que significa el libro y claro, buscando por ahí, cachureando en las ferias, en el persa Biobío, buscando a esos autores, empiezo a encontrarme con Nascimento, con este nombre… “Este libro es Nascimento, este otro también es Nascimento” y paralelamente conociendo el mundo editorial, trabajando en eso, y ahí me pregunto quién es Nascimento: ¿Es un nombre de fantasía? ¿Es el apellido del editor?  ¿Quién es finalmente?  Empiezo a investigar y me encuentro con esta historia de este inmigrante que se instala acá y de ahí toda esta fascinación. Yo creo que uno tiene que enamorarse de un personaje cuando quiere escribir sobre ese personaje, tiene que cautivarte,  algo te tiene que pasar con él también en tu vida ¿no? Hay un juego muy extraño ahí, entonces coincide con todo este descubrimiento en términos laborales del mundo del libro, todo lo bonito que era esto, conocer a la gente de La Calabaza del Diablo, por ejemplo, yo creo que fueron los grandes “culpables” de que haya escrito libros; gente que hacía una revista, eran jóvenes y habían publicado libros, fue un un gran aprendizaje, conocer a toda esa gente: Jaime Pinos, Roberto Contreras, Marcelo Montecinos.

Se te fue abriendo un mundo ahí.      

Claro, a ellos tres los centraría como quienes me abren  las puertas de todo esto. Y a la gente que fui conociendo gracias a ellos. Entonces empiezo a investigar y  claro, me di cuenta que había una gran historia, tanto su historia personal como su labor como editor. Y lo primero de esto es una síntesis de lo que fue después el libro, que aparece en la revista Mapocho de la Biblioteca Nacional, no sé si el año 2005. Ahí aparece el primer esbozo de lo que después sería el libro. Queda un poco abandonado un tiempo, después de un rato lo retomo y lo termino.

Por lo que cuentas al inicio, el proceso de investigación adquirió a ratos un tono detectivesco, siguiendo pistas fragmentarias para construir una especie de retrato en ausencia.  ¿Cómo fue ese proceso de ir re-construyendo la figura de Nascimento a partir de estos pequeños fragmentos que ibas encontrando?

Lo primero es que la gran mayoría de sus contemporáneos y de los que habían sido amigos, colaboradores o autores de la editorial, estaban muertos. Por lo tanto, ¿Cómo contar esta historia? Lo mejor era que esos autores hablaran de él. Porque también se trataba de un tipo muy discreto que casi no dio entrevistas. En cincuenta o sesenta años de actividad dio muy pocas entrevistas, tres o cuatro. Tampoco es que haya publicado un diario, cosas como esas. Era un tipo muy discreto, no se involucró mayormente con la bohemia que había en Santiago, entonces era muy difícil. Empecé a buscar el testimonio de sus autores y encontré que esa era la mejor forma: que ellos contaran, hablaran sobre Nascimento. La prensa, las memorias, todo eso.

Cuando uno ve la labor que hizo Nascimento, se da cuenta de que él apostó por los escritores locales, se la jugó por publicar autores chilenos. Ese es un rasgo presente en la edición independiente de hoy. A tu juicio, ¿Qué otros aspectos del trabajo de Nascimento se pueden ver en la generación de editores actuales?

Él se preocupa de publicar autores nacionales, y ahí hay un doble juego también, ¿no? Como lector, una forma de entender este país de adopción, este país en el cual él se radicó, se casó, tuvo sus hijos,  era a través de esta fascinación que él tenía por la literatura, como lector primero, una forma de ir entendiendo  la sociedad chilena, que es tan contradictoria, confusa… y por otro, claro, encontró una forma de ganarse la vida ahí. Hay también una elección de ganarse la vida un poco por casualidad, como quedarse con la librería, el incentivo que hace Eduardo Barrios: “oye, hagamos libros”. Otros editores creían que los escritores chilenos no eran tan buenos o no vendían, y él dice “no, yo voy a publicar autores nacionales, yo creo que sí son buenos, pueden ser vendibles”. Hay también una mirada comercial, no solo en la literatura. Y lo que podría ser ahora un símil de eso, no sé, yo creo que lo que hace Marcelo Montecinos en La Calabaza del Diablo me parece que podría ser bien “Nascimento”, porque Marcelo tiene su imprenta en su casa también, hace toda la cadena; es editor, maneja la máquina, es un poco una especie de Nascimento moderno, y de alguna forma Marcelo también es quien ayuda a abrir esta senda. Es muy gratificante ver que haya todo este resurgir de editoriales, que sean los que están agrupados en La Furia y toda esta gente que está haciendo libros ahora, a partir de la iniciativa de un individuo, o de dos o de tres… quiero decir, sin el amparo de una institución pública, o de una empresa o grandes capitales. Es gente que solamente está fascinada con la literaura.

En tu novela Migrante te haces cargo justamente de esa problemática, de los inmigrantes peruanos en Chile, con toda la carga de prejuicios y xenofobia que esto desata en algunos sectores de la población. Actualmente Santiago y otras ciudades pareciera que son cada día más cosmopolitas, tenemos cada vez más inmigrantes. ¿Crees que este cosmopolitismo incipiente servirá para derribar esos prejuicios o, según tu  mirada, estamos ante la creación de una especie de ghettos sin mucha comunicación entre sí?

Yo creo que son las dos cosas. Creo que es un proceso largo que está empezando. Mira tú, cuando uno veía las imágenes del paro del Registro Civil un porcentaje importante de la gente de la fila eran inmigrantes, era algo muy notorio. Pero también hay ahí una contradicción que a mí me llama mucho la atención: la  de un país que afuera parece como una gran oportunidad, pero que no le asegura ni a sus propios ciudadanos cosas básicas como educación o salud, por ejemplo. Entonces es curiosa esa dicotomía que hay entre la imagen que proyecta Chile y lo que es realmente Chile. Esta ciudad, en el caso de Santiago, muy segregada, como una ciudad para pobres y una ciudad para ricos, donde los ricos prácticamente no conocen la otra ciudad, como dos países, donde tú puedes pasar, en pocos kilómetros, de Holanda a África. Es raro eso. Por otra parte, creo que esa integración es un proceso, el tema de los ghettos existe, pero la motivación parte por mi propia experiencia como inmigrante en dos realidades bien distintas, en Irlanda y en España. Dos realidades distintas quiero decir en la forma de tratar al inmigrante. Ahí también está la observación de cómo es recibido el inmigrante y la verdad es que para mí fue una experiencia que me marcó profundamente. No la había vivido antes, entonces fue algo que me impactó, me golpeó, yo creo. Es muy fuerte ver lo que significa llegar a otro país sin nada. Finalmente lo que a mí me toca vivir o lo que nos toca vivir como el ejemplo de la fila del Registro Civil es la inmigración de los pobres,  porque hay distintos tipos de inmigración, por decirlo así hay una inmigración clase A y una inmigración clase B, clase C… pero la que tiene que ver con nuestra inmigración, con la de mi clase, por lo menos, que es la inmigración de la gente pobre de los países, claro, eso es muy duro y ahí uno ve que hay que tener un gran valor para ir a un país, establecerse y tratar de ganarse un espacio en ese país, integrarse al mercado laboral, a una cultura, y con una constante hostilidad en muchos casos. Entonces esa experiencia yo creo que es una de las que más me han marcado y que más me han conmovido a la vez.

Felipe 1.jpg¿Eso gatilló la escritura de Migrante?     

Totalmente. En las dos historias que tiene el libro. Tiene mucho de mi experiencia. En el caso de la primera, claro, la sensación de lo que significa el desarraigo. Pero no con esta idea fascista de “patria”,  de “bandera”, del “chileno”… no, no, si finalmente es tu barrio, tus amigos o tu familia, eso es tu patria, tu cosa como inmediata. Eso por una parte, el desarraigo, la incertidumbre. Yo creo que esas son dos cosas que espero que el texto las transmita, la angustia de lo que significa. Y en el caso de la segunda historia está el tema de la barrera idiomática que fue para mí algo impactante de vivir; lo que puede significar la barrera idiomática en la integración de un sujeto a una sociedad. Pero al momento de transformar esto en libro dije “bueno, tiene que ser un poco más local” porque claro, en un momento la historia podía transcurrir en Europa, pero la idea era que fuera acá, hay todo un proceso de reescribirlo, de investigación también.

Ahora que en Europa justamente hay una crisis tremenda con los migrantes que nadie quiere.

Que estalló, porque venía. En la época que a mí me toca vivir en Europa –estamos hablando del año 2007-2008- en ese momento la crisis estaba, ya era un gran problema. Te encontrabas  con la gente de África durmiendo en los cajeros automáticos, en el tren o en la calle vendiendo cosas, en el tren cambiándose de vagones para no encontrarse con los controles. Las “pateras”, que son los botes que cruzan el Mediterráneo, eso era un tema ya presente, lo que pasa es que estalló este año.

Como latinoamericano, ¿en cuál de estas dos sociedades sentiste mayor rechazo? ¿O cuál fue más difícil para ti?

Lo que pasa es que ahí también hay un factor que es horrible. Porque, por ejemplo, en Barcelona se ponen –o se ponían en el momento que me tocó vivir a mí ahí– los pacos, la policía, a la salida del metro a pedir papeles, pero a mí nunca me pararon. Yo podía pasar por el lado de los pacos y jamás me paraban. Pero si te cachaban un poquito moreno, con rasgos indígenas, te paraban. Y aquí es un poco lo mismo. O sea de alguna forma la apariencia también dice algo, lo que es un gran error. Yo soy el ejemplo de eso. Y esas prácticas de discriminación se reproducen igual. La sociedad chilena no está muy lejos de cómo la española puede tratar a los latinoamericanos, cómo los chilenos tratan a los propios latinoamericanos.

Sobre todo a sus vecinos inmediatos.

Sobre todo a sus vecinos, claro. Porque con los argentinos es otro tema ¿no?  Ya si el tipo viene de Europa o Estados Unidos los pantalones te los bajas al tiro.

Como si llegara a su propio país.

Sí el tema es con los vecinos. Que es una idea muy fascista. El mismo Pinochet en sus libros-plagio hablaba de la “raza chilena” y de que los negros no se asentaron, lo que es una mentira: en Arica hay una gran comunidad que tenía que ver con los afro-peruanos que se quedaron, el tema de la chilenización… uno ve que siempre ha estado presente el gen mapuche y negro.

Hablando de estas relaciones, para algunas personas el campo literario chileno parece ser bastante cerrado, un poco endogámico incluso. Parece haber poca disposición a la literatura de otros lugares, con mayor intensidad hacia peruanos y bolivianos. ¿Piensas que nos miramos mucho el ombligo en el campo cultural chileno?                        

Totalmente de acuerdo. Creo que los escritores chilenos miran mucho a Argentina, quizá demasiado, cuando en Argentina lo que realmente les importa de Chile son los poetas, no los narradores. Reconocen a Chile como un país de tradición poética y se fijan en eso. Pero sí, ese complejo de inferioridad que tiene Chile con Argentina, claro, todo lo que sea de Argentina es como “bueno”. Pero poco concemos de lo que se pueda hacer en Bolivia o en Perú. Igual se han establecido algunos puentes, se han hecho cosas. Yo creo que eso está cambiando, hay gente que es más inquieta y tiene la mirada en otras partes. En los países de habla inglesa hay algo que me gustó mucho conocer, que es muy interesante:  ellos hablan del hype. Public Enemy a finales de los ochenta, principios de los noventa tenía una canción que se llamaba Don’t believe the hype, o sea “no creas tanto lo que inflan”, y uno se da cuenta de que las redes sociales también ayudan a inflar cosas a veces, entonces hay mucho aire también.

¿Una ilusión mediática?

Yo creo que sí, también a veces hay una ilusión mediática, y uno como lector ve tantas referencias y te llevas una desilusión terrible después al leer lo que se supone que es el nuevo Tolstoi, o no sé, el nuevo Bolaño… esa comparación, esa cosa que siempre hay que estar buscando la obra maestra, no entendido como el camino de un escritor, un desarrollo de escritura, esa de siempre estar esperando “el nuevo” algo.

En ese sentido parece que estamos un poco obsesionados con el autor como “autoridad”.    

Sí, a mí lo que más me llama la atención de ser un autor principiante, precisamente, es el “personaje escritor”. O sea, moverse en la escena, tener un reconocimiento en la escena. Da lo mismo tu obra, no importa, puedes tener un solo libro publicado, pero puedes hacer un taller, ¿no? Ya eso te capacita para enseñar escritura creativa, cosa que me llama mucho la atención. Son modernas para mí, como la palabra “proactivo” ¡Qué es eso! Uno ve mucho eso, que es la instalación del personaje escritor, no importa la obra, importa el personaje escritor. Y me parece bien, o sea… está bien, cada loco con su tema. Pero no sé, yo prefiero por lo menos tratar de generar algo, decir algo desde otra vereda, desde otro lado, no ubicándome en eso.

Tus libros Nascimento, Migrante y tu próxima novela Corte, todos están marcados por personajes de un cierto nomadismo: por supuesto Nascimento, que se viene a Chile, personajes que intentan pasar la frontera Chile-Perú, y está también el Lalo, de Corte –que es el choro viejo la población- cuyo prestigio se ve en una frase bien interesante como es “se mueve afuera”, que puede ser fuera de los límites de la población, puede ser en otro barrio, pero puede ser también otro país.

Es que ahí tú encuentras por ejemplo la lógica delictual, esa que está en Hijo de ladrón –que es un libro que tiene más de 50 años y uno lo lee y parece escrito ayer, no pierde actualidad– y en esa lógica no existe el concepto de ser el “doméstico”, el que roba en su barrio, que se mueve ahí, entonces eso de que se mueva afuera, que es una cosa de población, es un término bien lumpenesco, es que tú no robas, no te “mueves”, en tu población sino que sales a otros barrios, a otros lugares, ojalá sin violencia, ojalá sin disparar un tiro, ojalá haciendo el menor ruido posible. Entonces el personaje tiene esa leyenda en su barrio.

Se conecta con una especie de desterritorialización del personaje: él puede simplemente desplazarse, no está necesariamente arraigado, puede “ejercer” en cualquier lugar.

Porque ahí también lo que me interesa –y espero lograrlo– es que se muestre este cambio de lógica, que a la vez es este cambio de lógica nacional. La instauración de la política del shock que hace la dictadura genera un nuevo tipo de sujeto, que reproduce la lógica del capitalismo, por lo tanto el individualismo por sobre todas las cosas. A través de esta pequeña historia marginal de una población –porque tangencialmente está la historia de la población, que nace de una toma de terrenos– la idea era tratar de contraponer esas dos lógicas, esas dos cosmovisiones de población: del antiguo, del que le toca vivir esa población que surge en la Unidad Popular como una toma de terreno y después, contra la dictadura, esa población colaborativa, de unión, donde la Iglesia también jugaba un papel importante (el personaje del cura es un homenaje al cura Maroto) y tiene que ver con eso, con este cambio de lógica. Ahora es totalmente distinto; se pueden matar en una misma población, puede haber dos o tres territorios, entonces los hijos de un mismo origen dividen la población en territorios, ese tipo de cosas… ¿Y a quién le importa? Ese es el tema, eso es lo que me conmueve, que se maten en las poblaciones ¿Y a quién le importa?

Entonces tenemos nosotros ahí una evolución que podíamos decir que pasa de esa población enraizada en la épica popular, de la toma, verdad, donde la palabra clave era la colaboración, después a la resiatencia de los 80, y finalmente a la instalaicón de una competencia individualista de todos contra todos.  

Claro, y empiezan los grupos del narcotráfico, hay grupos de poder. Hay ciertos tipos que dictan las leyes dentro de un barrio. Es una pequeña minoría en una población, pero que finalmente termina dictando las leyes para la gran mayoría.

Una metáfora del macroescenario.

Claro, esa era mi idea, que a partir de esta microhistoria refleje finalmente ese cambio brutal que generó la dictadura.

Además de Corte, que la vamos a ver publicada en pocos días más por La Calabaza del Diablo, ¿Hay algún otro proyecto en el que estés trabajando? ¿Algo que nos puedas adelantar?

Sí, estoy trabajando en una investigación en la misma línea de Nascimento, también sobre literatura chilena de principios del S. XX.

¿Otra investigación detectivesca?

Es curioso, pero sí. En este caso tiene más tono de comedia que de otra cosa, es algo un poco más absurdo, más ridículo, pero lo interesante ahí es que es un episodio que se da en la literatura chilena y cuestiona la influencia de la crítica en los lectores. Ahora que está en boga el papel de la crítica y cuál es el tipo de crítica y cosas como esa. Bueno, esto es una anécdota y tiene un tono de comedia, que precisamente lo que quería era burlarse de los críticos. En eso estoy ahora. Pero paralelamente a eso igual estoy en otras cosas de ficción, porque la investigación es lenta, entonces puede que ni siquiera lo tenga para el próximo año, yo espero que sí, trabajo super a conciencia para tenerlo, quiero tenerlo el próximo año.

__________________________

Nelson Zúñiga González (Santiago, 1977) Licenciado en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster en Estéticas Americanas y Diplomado en edición y publicaciones por la misma universidad. Ha organizado diversos eventos culturales y encuentros de poesía. Es autor del poemario La ciencia del silencio (Gramaje Ediciones, 2013). Es fundador y gestor de “Poesía y Crítica”.

__________________________

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , ,

“Eres tierra y barro”: estrategias de construcción identitaria en Mapurbe, venganza a raíz, de David Aniñir

por Nelson Zúñiga

Mapurbe_AniñirEl contexto sociocultural de ‘Mapurbe, venganza a raíz’
Como es sabido, durante el S. XX comienza el gran movimiento migratorio campo-ciudad. En busca de mejoras en su calidad de vida, muchos habitantes de las zonas rurales se desplazan a las ciudades, principalmente la capital. Lamentablemente, y esto también es sabido, la mayoría de ellos no solo no las encuentra, sino que además sus condiciones empeoran. No es necesario detallar los grandes problemas sociales que a inicios del siglo pasado fueron conocidos como “la cuestión social”. Lo que me interesa destacar aquí es que ese proceso social, que hizo evidentes las desigualdades sociales, tuvo una consecuencia que incidió en el cambio de la configuración geográfico-espacial de Santiago. Me refiero a las tomas de terrenos baldíos por parte de grupos de personas sin vivienda. Las grandes tomas de terrenos, que comienzan en los años 50, generarán en la ciudad no solo la reconfiguración del espacio urbano, sino también del imaginario social. Poblaciones hoy emblemáticas como La Bandera y La Victoria, junto a otras tal vez menos conocidas, surgieron como parte de una necesidad social, pero también como demostración del esfuerzo y la organización colectivas. Menciono esto porque dichas poblaciones, que nacieron como un desafío flagrante a la autoridad, generaron no solo un espacio, sino también una identidad particular. Se instala el imaginario de la población, lugar muchas veces catalogado de conflictivo, pero también espacio de contención y de elaboración de discursos (1).

Es en una toma u “operación sitio” de 1967 donde se origina la Población Intendente Saavedra, lugar al que llegan a vivir los padres de David Aniñir: Pedro Aniñir Millhual y María Guilitraro Puralef, procedentes de Cholchol y Fresia, respectivamente. Protagonistas anónimos de la historia de su tiempo, los padres de nuestro autor se instalan en lo que entonces era el límite poniente de la ciudad de Santiago, espacio limítrofe donde ya comenzaba a producirse la convivencia con el espacio rural (2). Esa espacialidad de la periferia santiaguina se verá fuertemente reflejada en los poemas de David Aniñir, no solo como una referencia geográfica, sino también como el lugar de ciertas prácticas sociales, el lugar de un habla particular.

El problema de la identidad: los imaginarios y las estrategias discursivas en Mapurbe, venganza a raíz

Antes de entrar directamente en la discusión de los textos de Aniñir, se hace necesario plantear una pregunta. Ya sea dentro del ámbito de la poesía chilena, o bien en conflicto con esta denominación, se habla de la “poesía mapuche”. En este caso, surge la misma pregunta que al hablar de “poesía chilena”: ¿Qué nos permite hablar de poesía chilena o poesía mapuche? ¿Dónde está la especificidad de dicha poesía? En el caso de la poesía mapuche, se pueden proponer criterios culturales, étnicos, lingüísticos… la discusión podría ser muy extensa. Existen, por ejemplo, autores que publican ediciones bilingües de sus textos, o bien los que incorporan el mapudungún en textos escritos mayoritariamente en español, y están también quienes solo escriben en una de las dos lenguas, aunque predomina, por cierto, la escritura en español.  Por supuesto, no es mi intención delimitar qué es y qué no es poesía mapuche. Mi interés está, justamente, en el límite de esas dos nebulosas áreas. Invariablemente, la pregunta anterior habrá de llevarnos a la pregunta por la identidad.

Sin embargo, la construcción de la identidad al interior de un pueblo en sí mismo diverso, que constituye un universo político y cultural con el cual el Estado chileno se ha mantenido en conflicto desde el S. XIX, no solo en lo concreto-territorial, sino también como representación simbólica y discursiva, es un proceso complejísimo, ya que toda construcción identitaria no solo considera lo que un individuo o grupo de individuos piensa de sí mismo, sino que en ese discurso intervienen discursos ajenos que, positiva o negativamente, influyen en la construcción de la identidad propia.

A mediados del S.XX, el escritor y periodista Joaquín Edwards Bello publicaba  semanalmente, en el diario La Nación, sus comentarios respecto de algún tema de actualidad. En esa época, publica un artículo titulado “La verdad sobre los indios”, donde expresa que: “El indio tenía todos los vicios imaginables, menos el de la ambición; vivía al día, del merodeo; pasaba hambres durante semanas, de puro flojo, y luego, con ansias selváticas se lanzaba en pos del alimento –generalmente el guanaco− que devoraba crudo en una borrachera familiar” (38).

En primera instancia, el célebre cronista no distingue quiénes serían estos “indios”, pero no es muy relevante, ya que para él todos compartían las mismas características: vicioso, negligente, flojo y borracho. A pesar de que Edwards Bello imaginaba así a los “indios” en tiempos de la conquista española, no temo equivocarme demasiado si digo que la imagen que muchos santiaguinos tenían de los migrantes mapuche en la época en que los padres de Aninñir llegan a la capital, no debe haber distado tanto de la descripción entregada por el autor de El roto. Si la sociedad de un país, como un espejo, devuelve esta imagen a los miembros de una comunidad, ¿cómo es de esperar que sea la reacción de dicha comunidad? Es decir, ¿qué estrategias tienen a su disposición los individuos que sufren este tipo de estigmatización? Las respuestas pueden ser muy variadas, pero una cosa es segura: la segregación, tarde o temprano, se traduce en violencia de algún tipo; racial, de clase, intrafamiliar… o violencia del individuo contra sí mismo. Salazar y Pinto señalan que “Entre 1970 y 1990, 31.587 personas solicitaron cambio de nombre en Chile. De ese número, más de mil solicitudes correspondieron a sujetos mapuche, que deseaban eliminar su nombre propio o su apellido, aduciendo menoscabo moral, ridiculez o risibilidad” (Historia contemporánea de Chile II 172)  Esta violencia del individuo contra sí mismo, contra su propio nombre, es un síntoma de que la imagen externa de la sociedad chilena ha incidido negativamente en la propia percepción de los mapuche, en la construcción de su identidad frente a la sociedad chilena. Como plantea Gabriel Castillo, uno de los procedimientos más relevantes en la construcción identitaria es la nominalización: “El primer gesto de significación de la diferencia es su nominación. Nombrar: He aquí una primera función de identidad. Se nombra lo que posee un límite y los límites de lo que se  nombra marcan el espacio entre un nombre y otro” (“Santiago, lugar y trayecto” 71).

Al nombrar al otro, al que yo percibo distinto de mí, lo limito, y al mismo tiempo palpo mis propios límites. Nominalizar no es entonces solo delimitar, sino también poner en relación dos territorios simbólicos, dos esferas de realidad que se tocan y entran en relación. Si volvemos un momento a la nominalización que hace Edwards Bello de ese “indio”, flojo y borracho, podremos dimensionar, al menos en parte, cómo a la segregación social y geográfica va unida a una segregación en el lenguaje; de hecho la segregación lingüística también expulsa al sujeto, lo vuelve “otro” en el espacio simbólico, espejeando y reproduciendo las lógicas de la estigmatización.

Es en este contexto, marcado por la marginalidad periférica, en sus implicancias sociales, económicas, lingüísticas, etc., donde surge la escritura de David Aniñir. En sus poemas, el problema de la identidad no aparece como una referencia a un imaginario fijo o arcaico, mucho menos como un canon mítico. Sin embargo, este imaginario no está del todo ausente. El libro se abre con un poema “Yeyipún” y escrito totalmente en mapudungún:

Marri-marri wenu kuze

Marri-marri wenu fvcha

Marri-marri newen ñuke mapu

Marri-marri kuifi keche mapuche

Marri-marri kom pu che mapurbe

(…)

lemoria pú lonko, Pú machi, pú weichafe, Pú werkén (21)

El poema nombra y se nombra, generando de esta manera una tensión y un límite con el lector. El hecho de estar escrito en su totalidad en mapudungún puede significar un escollo, una dificultad que se alza como pequeño rito de paso que, en consonancia con el título del poema, nos pone una prueba antes de dejarnos entrar en su espacio discursivo. Si volvemos al concepto de nominalización, podemos ver que este poema constituye, precisamente, un procedimiento nominalizador que construye un espacio de identidad textual. El texto “abre” el espacio del libro, al nombrar a los antepasados y miembros de la comunidad, se nombra a sí mismo, establece sus límites por oposición. Sin embargo, esa identidad no será armónica ni condescendiente. Se plantea más bien como una búsqueda constante, un proceso que, lejos de carecer de conflictos, los enfatiza. Así sucede, por ejemplo en “Hacerla cortita”, texto que de alguna manera define la poética de Aniñir y de Mapurbe:

ir al hueso

sin asco, con ajo

puñalada certera

a la médula

a la hiel

con verso punzante  (25)

El poema se inicia con la postura del hablante de no perder el tiempo en discursos adornados. El poema se concibe como un arma (3) que ha de herir de alguna manera al lector. Esa especie de violencia textual explícita apela a un discurso que quiere hacerse escuchar  a como dé lugar, sin ambages ni miramientos. En este texto, se pasa de la simple nominalización a una palabra-acción, con una vehemencia que es transversal a todos los textos del poemario. El hablante señala que el verso es una “puñalada certera”, una herida que se abre en el lector “sin asco, con ajo” aludiendo a cierta costumbre de impregnar las armas blancas con este elemento para evitar que la herida cierre. El hablante apela a herir con sus versos, a provocar una reacción con una acción discursiva tan violenta como una herida que no cierra. Esa herida puede verse también como el encuentro, en principio violento, de los espacios que Mapurbe pone en juego.

El imaginario asociado a la sangre y a la herida está presente en otros textos del poemario, y funciona como un eje transversal que otorga coherencia al discurso. En el poema “María Juana la Mapunky de La Pintana”, la sangre y la herida sirven al hablante para elaborar la construcción identitaria de una muchacha de los barrios periféricos de Santiago:

Eres tierra y barro

Mapuche sangre roja como la del apuñalado

Eres mapuche en F.M (o sea, Fuera del Mundo) (32)

En estos versos se reitera la imagen de la sangre como conformadora de identidad. El verbo ser en la segunda persona singular del presente, cumple con la función de constatar un hecho: La Mapunky de La Pintana es, concreta y simbólicamente, tierra y barro. Imágenes míticas de la creación en el sistema judeocristiano de creencias, pero también elementos concretos propios de la periferia santiaguina: la tierra y el barro como materias residuales de un desarrollo a medias, intersticios de ruralidad en medio de una urbe pretendidamente moderna. Pero la imagen de la tierra no se agota ahí. Más adelante, en el mismo poema, la tierra adquiere el sentido de demanda política:

Oscura negrura of Mapulandia Street

sí, es triste no tener tierra

loca del barrio La Pintana (33)

Como vemos, el hablante apela directamente al problema de la posesión de la tierra, uniéndolo al sentimiento de tristeza. En estos versos, el tono vehemente es reemplazado por una especie de atmósfera nostálgica. Sin embargo, se evita cualquier referencia a lugares fuera de la ciudad. El poema no busca un centro mítico ni una tierra originaria sobre la cual concretizar su demanda de posesión. En lugar de eso, enfatiza el carácter urbano y periférico de la imagen. Junto con esto, incorpora el uso de palabras en inglés. Esta mezcla de español, mapudungún, inglés e incluso del coa, son también una marca de estilo muy presente en la poesía de Aninñir. Estas incorporaciones multiculturales son también parte de una construcción identitaria, donde se reflejan las distintas influencias que, a nivel lingüístico, dan cuenta de una identidad móvil. Según María José Barros: “Los mapuches urbanos son sujetos que viven en tensión: desean mantener su cultura tradicional, luchar a favor de la demanda indígena, a la vez que se apropian de elementos mundializados, muchos de ellos útiles a su causa” (42). En este sentido, el poema “María Juana la Mapunky de La Pintana”, ya desde el título incorpora elementos disímiles, pero que cobran sentido en las referencias al imaginario propio de las comunas periféricas de Santiago (4).

El poema prosigue en su construcción de la identidad de los mapuche urbanos, los mapurbe, por una parte en la mencionada confluencia de factores culturales y lingüísticos, pero también por oposición a los sistemas de control y disciplina de la urbe: “Lolindia, un xenofóbico Paco de la Santa Orden / engrilla tus pies para siempre” (33). En un solo verso se reúnen las características de ese grupo otro contra el cual el hablante de Aniñir erige su discurso nominalizador: la xenofobia, la policía (Paco) y la religión cristiana (Santa Orden). Siguiendo a Castillo, se establece por medio de esta nominalización una limitación de los territorios simbólicos en relación conflictiva. Sin embargo, Aniñir, a mi juicio, va un poco más allá de la mera nominalización. En las estrofas finales del poema, el hablante apela directamente a los mapuche urbanos, con lo que no solo diferencia un territorio simbólico, sino que llama a los sujetos a su apropiación de un espacio interior, libre de opresiones, un espacio que, al identificarse con los sujetos, es también un espacio móvil:

Mapurbe;

la libertad no vive en una estatua allá en Nueva York

la libertad vive en tu interior

circulando en chispa de sangre

y pisoteada por tus pies

Amuley wixage anay

Mapunky kumey kuri Malén (5)

LA AZCURRÍA ES GRATIS (34)

En estos versos finales del poema, el hablante interpela directamente a los que considera de su misma comunidad, los mapurbe. Intenta generar en ellos la convicción de una libertad cuyo centro no es una referencia lejana a la cual observar de lejos o añorar. De esta forma, la situación geográfica periférica intenta ser anulada por la constitución de un nuevo centro. Pero no se trata de una situación física; es el sujeto mismo portador de su propio centro, pero primero debe acceder a él mediante un proceso de toma de conciencia, tal como propone el verso final del poema. La identidad se construye aquí hacia adentro de los sujetos mapuche urbanos. Al carecer de una territorialidad física permanente y segura (“es triste no tener tierra”), la solución es hacer de cada uno la tierra (“eres tierra y barro”), pero además esa tierra es libre, se lleva en el corazón. Recurre el hablante, al final del poema, a dos versos en mapudungún que incitan a la Mapunky a levantarse, y al coa, al proponer que la “azkurría” –el darse cuenta, tomar conciencia− es gratis. Es decir, no es necesario un gran esfuerzo para comprender la verdad que el hablante ha enunciado.

A modo de conclusión

En este breve acercamiento a algunas estrategias y procedimientos utilizados por David Aniñir, es posible notar la construcción de una identidad mapuche urbana de carácter móvil e intercultural. Si bien es cierto el discurso de reivindicación étnica y política es transversal a todo el poemario, es posible notar también la apropiación de elementos diversos, que van desde las referencias a algunos componentes considerados “tradicionales” de la cultura mapuche, hasta el uso del inglés y la construcción de neologismos.

También es posible identificar que en la construcción identitaria confluye la oposición centro-periferia, pero que al mismo tiempo el hablante construye y abarca la construcción de un territorio que, finalmente, se asimila al sujeto. Es decir, como plantean Salazar y Pinto, el hablante de Mapurbe incorpora elementos disímiles con los cuales se identifica (143) en su proceso de búsqueda y construcción identitaria.

Sin embargo, esta construcción está lejos de ser un proceso armónico, ya que las tensiones que se establecen con la ciudad de Santiago y los elementos identificados (nominalizados) como amenazantes u opresores, ponen de relieve le carácter conflictivo y violento que necesariamente conllevaría esta nueva identidad mapuche urbana. Ante esta amenaza, es posible reconocer la posibilidad, planteada en el poemario, de recurrir a un excentramiento hacia la interioridad de los sujetos; se propone un punto de fuga que territorializa a los mapuche urbanos, proponiéndoles una identidad móvil, nómade. En palabras de Gabriel Castillo, un sujeto nómade es aquél que “no tiene puntos, ni trayectos, ni tierras, aunque las tenga de toda evidencia. Nómade es el desterritorializado por excelencia; aquel que en la desterritorialización se territorializa” (73) Entonces, David Aniñir, al proponer una libertad interior a los mapuche urbanos, les está proponiendo la construcción de un territorio social, móvil y fluido. Y con ello, una identidad que se autonomice de una territorialidad dependiente y subalterna, obligada por la marginalidad de las comunas periféricas de la ciudad. Por supuesto, Aniñir no renuncia a la demanda territorial en términos políticos, sino que apunta  a la conciencia de libertad individual y, al mismo tiempo, a construir una identidad y una pertenencia en el nomadismo y la diáspora, recobrando y reivindicando también la idea de nación, pero todo esto a partir de la consecución, primero, de una conciencia de ser.

 __________________________

Nelson Zúñiga González (Santiago, 1977) Licenciado en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster en Estéticas Americanas y Diplomado en edición y publicaciones por la misma universidad. Ha organizado diversos eventos culturales y encuentros de poesía. Es autor del poemario La ciencia del silencio (Gramaje Ediciones, 2013). Es fundador y gestor de “Poesía y Crítica”.

__________________________

NOTAS

(1) Muchas de estas poblaciones, sobre todo las que surgieron de las primeras “tomas”, celebran todavía sus aniversarios, y quienes participaron en dichos procesos históricos son percibidos como verdaderos líderes o próceres locales.

(2) Cfr. José Ancán Jara. “El poema a la vena entra lloviendo por el paisaje”, prólogo a Mapurbe, venganza a raíz.

(3) De hecho, el poema utiliza el recurso del caligrama y reproduce la forma de un puñal o una punta de lanza. Por evidentes motivos de espacio, es imposible reproducirlo aquí en su totalidad.

(4) De hecho, el mismo autor, en un glosario al final del libro, define la palabra Mapunky como: “mapuche punx, especie natural de los suburbios” (95).

(5) “Levántate, despierta / Mapunky estás bien, morena joven” (Glosario, ibíd.).

__________________________

REFERENCIAS

Aniñir, David. Mapurbe, venganza a raíz. Santiago, Pehuén; 2009. Medio impreso.

Barros, María José. “La(s) identidad(es) mapuche(s) desde la ciudad global en Mapurbe Venganza a raíz de David Aniñir”. Revista Chilena de Literatura N° 75, Noviembre de 2009. Medio impreso.

Castillo, Gabriel. “Santiago, lugar y trayecto: La dialéctica del centro”. Revista Aisthesis N°34. Santiago, Instituto de Estética PUC: 2001. Medio impreso.

Edwards Bello, Joaquín. La deschilenización de Chile. Santiago, Aconcagua: 1977. Medio impreso.

Salazar, Gabriel y Julio Pinto. Historia contemporánea de Chile II. Actores, identidad y movimiento. Santiago, Lom: 1999. Medio impreso.

Etiquetado , , , , , , , , , , ,
Anuncios