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ANUARIO POESÍA Y CRÍTICA 2014

Queridos lectores y lectoras,
con mucha satisfacción les presentamos el trabajo del año 2014 en nuestro ya tradicional Anuario PyC que cada año preparamos para Uds. con mucho cariño. En él encontrarán las entrevistas, artículos, revisiones, reseñas y, por supuesto, críticas que publicamos durante el año que acaba de pasar. Agradecemos a las editoriales, colaboradores y lectores que han confiado en nuestro trabajo haciendo de nuestro sitio un espacio de reflexión que crece cada día.

En esta oportunidad les entregamos el Anuario 2014 en una versión pdf descargable.

¡Que lo disfruten!

Equipo PyC

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Cuentos en ascenso

por Luis Caroca

portada diez cuentosEl libro Diez cuentos para dormir mal, de Ricardo Rosas, nos muestra diez relatos ambientados en diferentes realidades, pero que comparten la idea de inquietud y desasosiego. El libro va de menos a más  y aunque no deja de ser satisfactoria la lectura de los primeros relatos, hay ciertos ripios y anquilosamientos de estilo, ¿demasiadas enseñanzas de taller literario? Incluso dentro de estos primeros textos se halla uno que fue finalista de un conocido concurso de la escena literaria nacional. Pero vamos por parte.

El primer cuento se titula Sombras y sus personajes centrales son dos radiólogos rivales. La descripción de la consulta que ambos comparten y el quehacer propio de la especialidad médica están muy bien tratados, provocando que el lector (que conoce de esos lugares) los evoque fácilmente: “Lo mismo las reproducciones de cuadros, baratas, y los diplomas de congresos y universidades que cuelgan como medallas en la pared mal pintada. Los sillones imitación cuero” (p.11). El narrador omnisciente hace gala en el relato: “No obstante, se sentía conforme con sus logros, aunque, no entendía bien por qué, no con su vida. (p.18). La trama seduce, aunque el final resulta demasiado previsible. El segundo cuento es El hombre sin rostro, el cual nos da cuenta de una inusitada visita a un columnista de diario sensacionalista. Es un interesante relato, de hecho, es justamente el que fue reconocido por un famoso concurso nacional (revista Paula), pero que pierde notoriedad en relación a los que vienen después. En El Piano, tenemos a un afinador de pianos de las grandes ligas que está aburrido de la vida hasta que visita a un cliente común, demasiado común y, por lo mismo, bastante atrayente para él. El narrador, de nuevo omnisciente, manifiesta sus impresiones a cada instante: “Sabía, en el fondo de su alma, que el paso definitivo no lo daría nunca. Que lo suyo era parte de la fantasía obligada del depresivo que considera su vida completada. Pero le gustaba la fantasía. Era un acto onanístico de sustitución del objeto más temido.” (p.40). Sin duda, el hecho que el autor sea académico de una escuela de psicología se percibe en su escritura (lo que me parece lógico y para nada despreciable), a diferencia de lo que piensa Pablo Simonetti, monitor de uno de los talleres a los que asistió Rosas, quien manifiesta en la contraportada del libro: “La consistencia psicológica de los personajes que pueblan estos cuentos se consigue sin necesidad de análisis introspectivos ni alardes metafóricos. El autor se vale nada más que de los actos, la biografía y los pensamientos pasajeros de cada uno de ellos. Gracias a esa habilidad, estas historias perversas adquieren una amenazante cercanía para el lector”.

En Mujeres de Negro tenemos una entretenida historia, clásica por su repetición social, pero no por eso deja de obtener la atención del lector. Homosexualidad y sofisticación mezclado con rusticidad y venganza. Se aprecia uno que otro ripio en la escritura: “¿Yo?, yo…creo que sí…-creo que respondí-.” (sic, p.65) y un final algo débil. Déjame vivir en paz de una vez nos da a conocer a un viudo que desea matar a la esposa ya muerta. Es una historia sobre la frustración de un hombre por causa de una entrega absoluta al ser amado. El Mensaje es uno de los platos fuertes del libro. El lector, a medida que va leyendo, va captando una atmósfera borgiana que al poco andar se muestra de manera explícita, a pesar de que hay deslices en el estilo narrativo, decimonónicos si se quiere y que le quitan cierta verosimilitud a la manera de hablar de un hombre: “Su padre pensó no en un libro, sino en un recorrido de lecturas. Él me lo planteó una fría tarde de julio” (p.86). Este cuento atrapa y justifica en “algo” el título del libro. Encuentro en Granollers describe una cita amorosa en Europa donde se aprecia el entusiasmo masculino y una actitud femenina que desconcierta al hombre. Ambos son seres de mediana edad. La historia poco a poco va cautivando al lector, el cual, lo más probable, a mitad del texto se formule la pregunta ¿qué va a pasar aquí? En los preparativos del encuentro se muestran escenas vividas por todas las personas: “Ya casi está llegando, y aún no sabe que se pondrá. Por las dudas, ha traído una enorme maleta con diferentes combinaciones posibles. El problema no es tanto decidir la ropa, como el personaje que le gustaría representar esta noche (…) Un vestido de seda verde musgo, de media pierna y muy escotado.” (p.103). Pie forzado en París es otro de los cuentos destacados del libro. También nos cuenta la historia entre un hombre y una mujer, ambos relacionados con el mundo de la literatura. Él, un profesor y crítico literario y ella una doctora en letras. En el texto hay pasajes notables: “Siempre había sido un trasgresor, y le divertía poner en aprietos a esos muchachos imberbes, llenos de teoría literaria, que no sabían qué hacer con una intervención no canónica.” (p.115).  Y más adelante:

“–Josephine –dijo, extendiendo la mano.

–Esteban –respondió, no pudiendo evitar mirar su atractivo escote.

–Ahí vas a encontrar la mitad del placer que en mi conversación –espetó ella, entre divertida e irónica, mientras él se ponía imperceptiblemente rojo.” (p.116).

En Ojos Verdes, otra vez está presente la relación hombre-mujer. Es un cuento efectivo, aunque con un final abrupto que no logra remecer al lector, el que queda con la sensación de que faltó un buen remate. Escenas bien logradas como: “Típico departamento de separado (…) El mobiliario era, después de tres años de separado, el de alguien que se va a vivir solo con lo puesto (…) No me avergonzaba de mi espacio. Sí de mí en él con ella.” (pp. 142-143). De Palermo a San Telmo, nos da cuenta de un taxista y la conversación con su pasajero. Se pasa del rechazo a la plática al interés por lo que dice el viejo chofer y siempre con el eterno femenino como tema…

Concluyendo, Diez cuentos para dormir mal de Ricardo Rosas, como ya se dijo más arriba,  va de menos a más. El autor a medida que avanza el libro parece arriesgarse más a soltar la pluma. Se nos muestra la sorpresa en la cotidianidad, las vacilaciones del hombre de mediana edad y, como tema reiterativo, el fin de la relación amorosa. Tal vez se pueda considerar que el título no sea el más adecuado, pues no provoca ni un atisbo de insomnio en el lector ni mucho menos una pesadilla. No obstante, es un libro que merece ser leído.

Diez cuentos para dormir mal

Ricardo Rosas

Chancacazo Publicaciones, 2013

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Luis Caroca Saavedra (1970) es escritor y profesor de castellano de la UMCE. Ha sido antologado como cuentista en Mago Editores.  Ha publicado artículos sobre literatura en la Revista Water-Neon, Francia.

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El pájaro que voló lejos

por Luis Caroca

Pájaro_CostamagnaEl libro de Costamagna se estructura en tres cuentos: “Nadie se acostumbra”, el breve “Agujas de reloj” y el que da nombre al libro, “Había una vez un pájaro”. En el primer texto tenemos a Jani, una niña de doce años que inicia un viaje a Argentina junto a su padre Guillermo en 1975. Ambos cruzan la cordillera en una citroneta para visitar a la tía Bettina, quien vive en Campana. La niña deja Chile con la certeza de extrañar a su perrita Daisy y a su madre: “Y Jani se despide de la perra, dame la patita, y sube con su padre a la citroneta.” (p.11). Es interesante el estilo indirecto libre que utiliza el narrador y la descripción con un lenguaje coloquial. En este sentido Costamagna muestra toda su experiencia narrativa: “El pastor alemán sigue exhibiendo sus encías rosadas, como si estuviera contratado para promocionar pastas dentales, hasta que se funde con el paisaje.” (p.13), “pero eso quizás avivaría más la cueca.” (p.23). La niña escruta los misterios y vaivenes de los adultos a cada instante ya sea por la mera observación o por el recuerdo: “Jani recuerda muy bien el filo puntiagudo de la nariz de su madre ” (p.12). Los secretos familiares impactan fuertemente a la protagonista, de forma sorpresiva y decisiva, hecho que cambiará radicalmente su mundo de niña.

En el escueto y preciso “Agujas de reloj” tenemos a una niña que desea una idealizada y profunda relación con su padre. “No saben lo perniciosamente hermoso que es un padre. Hoy llevará a su hija al puerto. Será una navidad distinta.” (p.29). Si se toma dentro del contexto del libro, se puede leer como el padre desaparecido, ausente: “Entonces una hija se acercará riendo y abrazará a un padre como se abraza a un amigo. O a un amante.” (p.30).

“Había una vez un pájaro” es el último y más extenso cuento del libro. Comienza con un epígrafe de Clarice Lispector: Había una vez un pájaro, Dios mío. Nuevamente la figura del padre está presente, pero expresamente la del padre preso político y exiliado durante la dictadura. La protagonista es otra vez una niña aunque esta vez recibe el nombre de Amanda. Ella es la narradora de la historia, a diferencia de los dos cuentos anteriores donde predomina la omnisciencia. Todo comienza con los integrantes de la familia dentro del hogar viviendo cierta normalidad, hasta que una ráfaga de metralla de los organismos de la dictadura provoca el quiebre. El padre es detenido y las visitas que el grupo familiar realiza al detenido muestran una gran emotividad. Pronto los encuentros con Gustavo, el padre, se tornan difíciles y la relación del hombre con su esposa también. El posterior exilio a Argentina es un gran golpe para la pequeña Amanda y una serie de interesantes hechos cautivan y sorprenden al lector. Es la vida misma, hechos que tienen de fondo a la dictadura, pero que perfectamente pueden ocurrir en un contexto de cierta “normalidad política o social”. En este sentido, se podría pensar que es más atractivo ofrecer una historia ambientada en aquellos terribles tiempos de Pinochet, recurso fácil y que ya han usado (y abusado) tantos de nuestros narradores y poetas, y que tanto gusta a lectores extranjeros como si se tratase de un seguro producto de exportación literaria latinoamericana. En un momento la autora inserta en la voz de la protagonista palabras graciosamente femeninas: “Le digo a Virginia que tenemos que hablar. Me encanta pronunciar esa frase: tenemos que hablar.” (p.42). Oración que causa atención sin duda en cualquier lector masculino. Pero donde el lector se detiene con verdadera atención es cuando concluye lo interesante que resulta que tanto en el primer cuento como en el tercero, se repite una imagen que contextualiza en un corpus provocando cierta unidad: “una fila de hormigas marcha por el borde de una muralla. Jani las va aplastando una a una con su dedo índice mientras murmura “toque de queda, toque de queda”. El dedo le va quedando negro.” (“Nadie nunca se acostumbra”, p.22). Y en “Había una vez un pájaro”: “a la primera hormiga le falta un milímetro y ¡toque de queda! Las voy aplastando una por una.” (p.56). Es como si se tratara de una metáfora en que las hormigas son los personajes mismos o, más claramente, las víctimas del régimen. Ambas niñas, Jani y Amanda, realizan dicha acción en una especie de trance.

Esta y otras conexiones entre los cuentos del libro provocan notables paralelismos. Si en el primer relato la niña Jani tiene una perra llamada Daisy, en el tercer cuento, la niña Amanda tiene una gata llamada Candy. Se repite la citroneta como medio de transporte familiar, los años setenta post golpe militar, las ya mencionadas hormigas, Chile y Argentina, un lenguaje y una visión de mundo común, propia de una niña inteligente y sensible. Es decir, se podría afirmar que la historia es la misma y que los personajes también son los mismos, en esencia, más allá de los cambios de nombres, de mascotas y de uno que otro hecho. Es como una variación musical. La misma melodía, pero con diferentes arreglos. Jani-Amanda se enfrentan de golpe a la realidad de los adultos desde una perspectiva infantil, aunque no por eso sin cierta sabiduría natural. Aquí son los adultos los que se muestran torpes e ineptos sin saber como actuar dentro del pavoroso contexto de la dictadura. Las niñas de estos tres cuentos de Costamagna, son víctimas de los desaciertos y de las pasiones de los mayores y estos, a su vez, víctimas de la opresión política. Los adultos subestiman la inteligencia y la capacidad de observación de Jani-Amanda, la cual sabe perfectamente como son las cosas y que el dolor que provocan las acciones de los padres, los hijos se las bancan. Dolor, como el de un padre o pájaro que voló lejos.

 Había una vez un pájaro

Alejandra Costamagna

Cuneta, 2013

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Luis Caroca Saavedra (1970) es escritor y profesor de castellano de la UMCE. Ha sido antologado como cuentista en Mago Editores.  Ha publicado artículos sobre literatura en la Revista Water-Neon, Francia.

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