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Un lugar para los libros: Reflexiones del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras

por Eduardo Farías A.

portada-un-lugar-para-los-librosSi bien el crítico puede hablar sobre cualquier libro que un medio de prensa le entregue o que él se consiga, a veces elige no hacerlo o escribir desde otro formato, como la reseña. Comienzo de esta manera porque me encuentro en ese momento, decidiendo si hacer o no una crítica de Un lugar para los libros: Reflexiones del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras, publicado por LOM Ediciones este año. Hay libros que leemos con avidez porque el tema del que se habla nos interesa profundamente. Desde el deseo y el goce, nuestra lectura ya viene motivada, el libro se nos presenta como algo cercano, que deseamos consumir estableciendo un contrato temporal. Por lo tanto, la lectura, desde esta perspectiva, persigue, como una finalidad válida, la satisfacción personal del goce estético, de entretención o de conocimiento. Por el contrario, el crítico, por lo general, no habla desde una motivación previa debido al deseo de su lectura, sino que tiene la fortuna o la desgracia de leer desde y para el análisis de la obra, entonces lo hace observando cada pista que le permita desentrañar una interpretación literaria y editorial del libro. En este caso, prefiero solo reseñar Un lugar para los libros, porque mi lectura nace desde el deseo de interiorizar toda la información de este libro, por el goce que me provoca el tema. Y, desde ese goce, estoy reseñando este libro y no criticando.

Un lugar para los libros es una recopilación de artículos y ensayos de muchos autores, coordinado por Cristóbal Moya y Lorena Fuentes, quienes también escriben junto a Grínor Rojo, Bernardo Subercaseaux, María Eugenia Domínguez, Paulo Slachevsky, entre otros. Todos los textos que contiene fueron parte del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras, y nos hablan no solo de la historia del libro, sino que también del mundo editorial, de su industria y de la evolución de los tres, vislumbrando aquellos temas siempre para dar cuenta del ahora, del particular contexto que posee Chile actualmente. Un lugar para los libros se hace cargo de la reflexión acerca del momento actual del mundo editorial chileno, concepto que entiendo como una red de relaciones, de diverso tipo, entre autores, libros, editores, imprentas, librerías, lectores, formas y formatos de lectura. Y tal concepto refleja lo que es Un lugar para los libros, porque este libro no se restringe a un tema en específico, por el contrario, gracias al camino académico y profesional de cada escritor que aparece en este libro, cada uno de ellos muestra su foco, su perspectiva, sus preocupaciones. Y para hablar de todo este mundo editorial en nuestro país es necesaria la multidisciplinariedad, es decir, estudiar, analizar y reflexionar desde diferentes áreas del conocimiento que ayuden en la comprensión del fenómeno y el fomento de cambios en la realidad del mundo del libro y de la lectura. Un lugar para los libros es un libro que reúne, por lo tanto, muchas temáticas internas y perspectivas.

Finalmente, para quien no haya podido asistir al encuentro que origina la publicación, este libro es, sin duda, una excelente fotografía crítica de cómo se relaciona el chileno con el consumo de libros y con su propia decisión de lectura, y cómo se están desarrollando la competencia editorial y la creciente edición independiente. Sin embargo, toda fotografía tiene límites y este libro no es la excepción. Su enfoque nace desde una perspectiva económica, cultural y social de la edición, entonces lo que se privilegia para ser investigado es la industria editorial como negocio productivo en un sistema neoliberal y la lectura como, en parte, un mecanismo de consumo. Por tanto, experiencias desligadas de la construcción empresarial de la edición y de la lectura visible en los estudios sobre hábitos de lectura, que sí son parte del mundo editorial, no son recogidas en ninguno de los textos. No creo que esta decisión en el enfoque sea un problema del libro, ni mucho menos de los textos; es solo la evidencia de que todavía falta mucho por ser estudiado en el mundo editorial chileno. Un lugar para los libros se une a una serie de publicaciones que han logrado la loable hazaña de investigar y dar cuenta de todo un mundo fundamental para la construcción de la sociedad en términos humanos y éticos: el mundo de los libros.

Cristóbal Moya y Lorena Fuentes (coord.)

Un lugar para los libros: Reflexiones del Encuentro Nacional sobre Cultura Escrita y Prácticas Lectoras

Lom, 2016

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Eduardo Farías Ascencio (Santiago, 1985) es Licenciado en Letras Hispánicas PUC y Magíster en Edición por la Universidad Diego Portales/Pompeu Fabra. Ha publicado poemas y críticas en diversos medios. Se ha desempeñado también como editor en la Revista Grifo. Actualmente es director editorial de Gramaje Ediciones.

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“Señoritas en Toma”. Un colegio de monjas en la revolución pingüina

por Gonzalo Schwenke

portada-valeria-barahona-02-e1463674733259A pesar del alto impacto que produjo en la sociedad chilena la denominada Revolución Pingüina del 2006, la narrativa chilena no se ha hecho cargo de manera sustancial del relato de aquellos días y, en consecuencia, la problematización de dicho movimiento y de sus alcances hasta la actualidad no ha sido abordada adecuadamente. En ese contexto, y tras cumplirse 10 años de las marchas y tomas de colegios con que los estudiantes secundarios movilizados exigieron mejoras a la educación pública, la novela Señoritas en Toma (Emergencia Narrativa, 2016) se vale de dicho acontecimiento como pretexto para contar la historia de un grupo de niñas que se rebelan a su instrucción para el matrimonio. Es así que, a partir del tópico de la rebeldía juvenil, se ponen en marcha las acciones que dan curso a la narración, caracterizada por la lucha de estas adolescentes por salir de la zona de protección familiar sin renunciar a sus privilegios de clase, esto es, sublevarse al viejo orden pero sin cuestionar su origen social.

Mariana de Jesús, hija de padres de clase acomodada, cursa el último año en un colegio católico para mujeres de Santiago, en el que vive el día a día entre la enseñanza casi monástica del bordado, avemarías y las fiestas desenfrenadas. Ella asumirá la voz femenina de su generación y, junto a sus compañeras, adherirá al movimiento estudiantil: participarán de manifestaciones y se plegarán a las tomas de liceos junto a Felipe –hijo de la empleada de una familia vecina–, quien dará enfoque al momento histórico que viven, develando otras realidades que darán pie para la emergencia de una mayor consciencia social y de género.

A lo largo de la obra observamos en distintos niveles choques culturales de diversa índole, como el enfrentamiento entre lo nuevo y lo añejo, la lucha de clases, el empoderamiento femenino frente a la dominación masculina y la institución versus la calle. En todos estos casos, las protagonistas recurren a la desobediencia para aparecer a la vanguardia, haciendo suyas las luchas reivindicativas que más les acomodan desde su lugar de privilegio y enfrentándose a un enemigo presente pero estático.

Cabe subrayar que en la generación a la que pertenece la protagonista predomina la valía de los apellidos, de la pertenencia a un determinado grupo social, donde los Urrutia, los Ojeda, los Aylwin, los Aldunate, los Müller, etc., son la norma. En cambio, Felipe se diferencia del resto porque es hijo de la empleada de casa de la familia García. Él sostendrá su condición de mero sujeto durante la mayor parte de la novela y sólo saldrá a colación su apellido cuando asuma un rol más protagónico en función de lo económico. En ese mismo orden de cosas, la palabra “nana” es una etiqueta peyorativa útil para quienes desean establecer una línea de separación entre los propios y los otros, es decir, la exclusión de personas que no pertenecen a su mismo escalafón social: “las nanas columpiaban a tres niñas desencajadas de la risa” (114).

Mariana de Jesús, en su ampliación del mundo y enfrentada a lo establecido, carece de profundidad discursiva, ya que permanentemente está analizando desde lo masculino al resto de sus congéneres, lo que anula cualquier discurso de liberación: “teníamos como patrimonio común un séquito de pequeñas cinturas delineadas sin error, salvo la de O’Ryan, cuya hermosa cara le permitía equilibrar con gracia ese par de centímetros de más en el borde del calzón” (17).

Durante la novela predomina lo secuencial: una escritura llana que evidencia con urgencia la necesidad de recursos estilísticos y narrativos que generen las condiciones textuales para el despliegue de una mayor profundidad reflexiva sobre lo político-social desde las nuevas generaciones, quienes subvierten y amplían el campo de discusión distanciándose de la norma pero también sabiendo cómo utilizar este elemento para su propio beneficio. El debut literario de Barahona tiene su fortaleza en abordar la historia reciente del país. Sin embargo, la chatura reflexiva a lo largo de la narración y su pura apariencia de avanzada frente a un antagonista anacrónico, le quita solidez a un texto oportunista en que su portada el color amarillo es más representativo de su contenido.

Valeria Barahona

Señoritas en toma

Emergencia Narrativa Ediciones, 2016

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Gonzalo Schwenke (1989). Es Profesor de Lenguaje y Comunicación por la Universidad Austral de Chile. Es además crtítico literario del diaro El Insular de Chiloé: http://www.elinsular.cl/.

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El cuerpo de los otros: Froterismo, de Eduardo Barahona

por Valeria Fuenzalida

14012857_10208705429384763_347613144_oFroterismo; Parafilias I es la primera novela de Eduardo Barahona, publicada por Ripio Ediciones (2016). El subtítulo de la novela, Parafilias I, instala a Froterismo como la primera entrega de un proyecto mayor del autor destinado a esta temática.

La novela nos presenta la historia de un joven, Bastián, repartida en episodios que se suceden en cuatro días de su rutinaria vida. La historia comienza en una aparente cotidianeidad, donde observamos la rutina de un típico asalariado santiaguino. Sin embargo, desde esta apariencia, emergen los deseos sórdidos de Bastián y las grietas de su pasado, dando paso a lo obsceno. El relato nos muestra cómo el joven, incapaz de relacionarse e intimar con otro en forma normal, emocional o sexualmente, encuentra este ansiado contacto con un cuerpo otro en los roces ajenos que se suceden en el transporte público, arrojándose a la práctica del “froterismo” con alevosía, parafilia que le da nombre a la novela. El froterismo es una parafilia consistente en la excitación erótica mediante el rozamiento del órgano genital con el cuerpo de otra persona sin su consentimiento. Con el paso de los capítulos, Bastián se ve envuelto en sórdidas situaciones para-sexuales, las que son, aparentemente, la única forma en que puede relacionarse con el otro. Del mismo modo, comprendemos que es una víctima enajenada de su trabajo, donde con mucho esfuerzo ha conseguido la posición de “jefe de local”, puesto que le da sentido y jerarquía a su existencia: “Para él, todos los que trabajaban en el restaurant eran porquería. Lo que sobra de otras partes, como un colegio malo o una correccional. Gente inferior. Ni tan inteligente, ni tan lista, ni tan trabajadora como lo es él” (97).

La propuesta es atractiva de leer, pues su autor logra administrar con habilidad el ritmo de una narración que se constituye en una historia atrayente. Además, la lectura es rápida y fácil, sin grandes obstáculos de forma entre el relato y el lector. A medida que los capítulos avanzan, la misma sordidez del relato que repele al lector, lo vuelve más y más atrapante, convirtiendo al lector en una especie de voyeur, que no puede dejar de mirar, pues se presiente una cierta catástrofe, pasada o futura, aproximándose.

La edición, sin embargo, tiene varios puntos cuestionables, pues el formato de publicación no es amigable a la vista: letra muy pequeña, incluyendo la utilizada en la contracubierta. El tamaño del libro intenta emular el formato “de bolsillo”, sin lograrlo. Del mismo modo, el texto cuanta con muchos errores de tipeo: letras erróneas y conectores faltantes en algunas oraciones, errores que resultan graves por su persistencia.

Lo interesante de Froterismo es que la historia no solo persigue mostrar la temática parafílica, sino que junto a ella son múltiples las aristas que se insinúan, como la soledad y la indiferencia en que nos sumerge la sociedad actual, las grietas en la cotidianeidad de una familia, la voz de un sujeto enajenado por la ideología del consumismo: la mujer como objeto sexual, el machismo y las nociones occidentales de éxito. Sin perseguir grandes aspiraciones escriturales, de forma o de género, la historia de Bastián aparece desnuda frente al lector, con un buen ritmo narrativo, pero sin trabajar sobre la escritura. Esta fórmula escueta y algo dura, de pronto aparece como la única forma de contar una historia sórdida como esta. En esta falta de pretensiones, la novela funciona por lo que es.

Eduardo Barahona

Froterismo

Ripio Ediciones, 2016

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Valeria Fuenzalida Vargas (1990), es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, mención Literatura, y Profesora de Educación Media, en Lenguaje y Comunicación (UChile). Ha participado como organizadora en las Jornadas de Literatura Latinoamericana “Palabra Abierta”, y como expositora en las Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana de Estudiantes (Jalla-e).

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