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Viaje al quebranto seco en ‘Nocturna’, de Guillermo Mondaca

por Katherine Hoch

“Yo también veo a aquel hombre disperso, incompleto, medio locura,
medio ambiente, medio verdad”
Martín Adán

nocturna_mondacaAntes de escribir cualquier tipo de comentario sobre el libro de Guillermo Mondaca, creo necesario aclarar que un texto de “fácil lectura” reafirma la zona de confort e invita al lector a un lecho estable y seguro; no necesita de un receptor activo, crítico o autónomo ya que se basta a sí mismo en su detención. Dicho esto, puedo enunciar que Nocturna (Fuga, 2014) está lejos de ser un libro de lecho estable y seguro; Nocturna nos invita al paso de la noche en la noche, pero, también, a la transformación que supone comprender el origen como un estado previo a la materialización de un sujeto. Es por esto último, que el libro de Mondaca, depara la búsqueda de un sujeto incierto, que se contempla a sí mismo desde la certeza del instante previo a su nacimiento. Mar, tierra; como es arriba es abajo. “Todo en el azar es un centro flechado/ que se nombra contra el destino” (31). Luz, sombra; como es arriba es abajo. Son estos los conceptos que inician el rito que significa la lectura de Nocturna. En este caso, es una lucidez onírica y mítica la que trasforma la imagen de lo sagrado en un acontecer profano: “Volé hundiendo el brazo en el aceite tornasol de la fábula/ la presencia y sus puntas cortaron el reflejo/ que unifica la fuente” (34).

La mirada del sujeto inicial, del no-nacido, se condice con la aparición de la figura femenina en el poema III: “Ninguna línea que los busque/ ninguna línea que me nombre/ porque he sido robado por la loba” (13). El sujeto se despoja una vez más de su condición en la medida que esta loba–fémina aparece: “La búsqueda que somos/ nos deja ir” (15). De esta manera, es el acto de auto indagación y creación el que se constituye como un viaje a lo largo de todo el poema. Un viaje que asume su propia condición de dispersión y trizadura, evidenciada en el despliegue de infinitos significantes, imágenes caóticas, aparentemente dispersas, pero que en su conjunto –en su sistema poético– adquieren un carácter unívoco. Esta constitución del sujeto poético articula un proceso de inscripción continuo, sobre sí mismo, siendo el poema, el texto, su viaje, su trayecto, su huella de significantes e imágenes.

Este acto, imposible y a la vez buscado, se inscribe en Nocturna a partir de la contraposición de imágenes surrealistas y sinestésicas: “el volumen del color”, “la piel del ruido”, “la boca del límite”. Dichos elementos se acompañan de una línea semántica clara: fuego negro, piedras en la garganta, puerta de sangre, moler dientes, llamas de vidrio, hélice de leche, bengala de sangre, etc. Todo este universo de imágenes contrapuestas y de fuerza poética avasalladora culminan en el efecto que se produce cuando el poeta anuncia “estoy en lo ausente”. Es decir, el sujeto poético es esa ausencia construida de destellos coloridos, de tacto y locura, de avanzar con la sangre espesa y densa. Lo es en la medida en que el texto despliega su red de significantes. Es así, que sólo a través de la dispersión y su exaltación convertida en ausencia pura, el yo del texto se constituye: “¿Busco, acaso, el ámbito/ donde componer lo que disperso me unifica?” (p.26). El vacío y el todo se juntan en el acto unificador.

Este viaje constituye un despertar de los elementos en todo el poema, así como un comprender el mundo y el yo a través de estos: “solo me ilumina la luz/ cuando quemándose me apaga” (21). La alucinación incesante que vive la voz poética de estos versos aturde pero a la vez expande espacios vacíos y propios del lector. El hermetismo de estos poemas se abre y despliega al ritmo de la lectura, cual sujeto amoroso abismado en el sentimiento, cual herida de iniciación en la creación de sí. Se es ante todo animal, seco y cabrío, mar, sangre, piedra dura. El vaivén de esta corriente elemental, se escapa del raciocinio que presupone la existencia del ego en el sujeto, al decir: “Voy hacia la tierra quemada/ soy la tierra del incendio (24), y se plantea un estado intermedio de no materia, en cuanto se es ceniza, pero a la vez se es fuego en la acción.

Atmósfera y ambiente en lo natural y lo (des)natural preparan el viaje de regreso desde un Infierno espeso y visceral en su diseño espiral, cósmico. No es el Infierno culposo ni el Infierno de Dante la presencia que se intuye en Nocturna, sino la fuerza, la densidad y el calor del Mictlán azteca. Y es en el descubrimiento de su fervor cuando Mondaca pregunta ingenua y sarcásticamente al lector: “¿Qué es lo que pasa: el tiempo o el olvido?”. Respuesta que no obtendremos quizá, sino en códigos cifrados en el regreso de la vida después de la muerte. Advierto y repito: no es el descenso al Infierno lo que desestabilizará al lector de su lecho estable y seguro, sino el ascenso al Mictlán siempre incómodo para los escépticos. “¿No subimos acaso para abajo?”, Vallejo lo sabía. Como es arriba es abajo, maúlla Nocturna con la sutileza de los espacios vacíos.

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Katherine Hoch (1991). Estudió Licenciatura en Literatura con Mención en Gestión Cultural, minor Artes Visuales, en Universidad Finis Terrae. Es fundadora del colectivo Pantógrafas (Estudios experimentales de cine).

CC licencia

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Poesía del cese: Una revisión a Despoblados de Carlos Henrickson

por Guillermo Mondaca

despoblados EDITORIAL FUGACuando Jacques Derrida imaginó, desde el ejercicio racional, la escritura como una generación de la forma de todo posible sentido, aun pre lingüístico, se encontró con la trampa ontológica y teológica de pensarla como un origen simple, es decir, estática y preñada de toda la significación, a la manera de un motor inmóvil aristotélico. Para anular este error, descartó toda noción de naturalidad, tanto en la escritura como en sus manifestaciones múltiples, el lenguaje, por ejemplo. Así, dio paso a un concepto que daba cuenta de que aquel supuesto origen (la escritura), no es sino y en sí mismo un no-origen constante. Este concepto es la diferencia o la huella: “La inmotivación de la huella debe ser ahora oída como una operación y no como un estado, como un movimiento activo, una des-motivación, y no como una estructura dada.” (p. 65).  Pues bien, en un sentido general de lectura ―estas líneas no esperan lo contrario― se puede decir que el poemario Despoblados (Fuga 2010) de Carlos Henrickson, es la suspensión, el letargo, la cámara lenta de esta operación de clausura de significado, de corte, de tachadura en relación con lo otro, con lo demás, lo circundante; vale decir, con todo lo que implica una posible identidad o un posible sentimiento de pertenencia. Sin embargo, no es una poesía de un estado ya finalizado de desmotivación, sino más bien una poesía de su realización, su llevar a cabo, en una lógica de acción durativa.

Ya desde el título se accede a un ámbito escritural de lo desertificado. Ahora bien, y como se ha anunciado más arriba, al leer el conjunto de textos, más que adentrarse en lo baldío, se puede intuir una poesía del cese, pero no su descripción estática, sino que una poética del apagándose y del desaparecerá. Esto se ve más claramente en los poemas que llevan como título una partícula nominal: Valdivia, Marx, Allende, Oda a Stalin, 2006; Es que Dios ha muerto, Los operarios, Los Nietos, etc., donde, por ejemplo, en este último texto se puede leer al comienzo: “Los abuelos de los muchachos / de la Población Emergencia pisaban / orgullosos el cemento amanecido.” (p. 34) Lo que da cuenta de un momento enunciativo, un ahora discursivo, que se desplaza hacia lo que fue, hacia un pasado, el cual se encuentra inexistente en el cronotopos del poema y al cual sólo se puede acceder a través de la remembranza de su propia muerte o de su no-existencia.

Por lo tanto, la voz enunciativa se construye desde lo que ha anulado el pasado vital sobre el cual desea fundarse el poema: “¿alguien / acá  en la sala los vio, les escuchó en la cotidiana / marcha? Nadie ya recuerda: el tiempo se dio el lujo / de su seco temblor, y en la Población Emergencia / […] pasan los taxis toda la noche.” (p. 34) Como se ve, el texto realiza una proyección desde lo desaparecido y desplaza aquel fue hacia el ahora discursivo de la enunciación, el cual, a su vez, también se encuentra en el desapareciendo, en una especie de des-motivación constante que da paso a la transfiguración, en este caso, de un espacio cultural concreto, un  territorio urbano: pertenencia descentrada, desenfocada de su matria; expulsada de toda natalidad consciente. Ahora bien, el pasaje que mayormente da cuenta de este proceso literario adquiere mayor tensión en cuanto que no es originario de un tiempo proyectado desde fuera del poema, como el citado más arriba, sino que es el tiempo del poema el que desaparece y el que muere; es decir, el tiempo del lenguaje con el cual el texto se lleva a cabo y existe en sí: “Los muchachos reparten la merca / para las fiestas de los nietos de los hombres / de empresa. Lloran en las plazas / las viejas señoras al ver esta plena miseria / […] La droga ya es necesaria/ matando el doloroso paso del día y de la noche. / Es justicia lo que administran en sus mínimas dosis maleadas / los nietos de los honestos operarios. Para ellos no la policía: / sino el beso final de la Historia, amoroso.” (p.35)

De esta manera es que se despuebla un conjunto de sentido. Sin embargo, en el caso citado, existe un ámbito de origen, cargado de sentido y pertenencia (Los abuelos y la Población Emergencia de un antes) el cual se encuentra inexistente en el ahora y el que solamente puede existir como un ámbito fantasmático, que únicamente es como enunciación ya inexistente: el hálito nostálgico de aquel cese es parte del comienzo del poema y la remembranza.

Hay otros escritos que parten de una negación más explícita, de un pasado en cuanto capacidad vivificadora, posible incluso de haber existido en un antes pre locutivo. Es el caso de Balada de los Verdugos: “En un mal suelo nuestro –recurrente / como el hambre– los verdugos llegaban / a la aldea y había un solo lugar / donde esconderse. Aunque nunca / nos encontramos” (p.8). Esto lleva a que se corte toda posibilidad de relación con el (lo) otro, de pertenencia a un lugar de protección, ya que este espacio no fue sino el locus de la negación de lo alterno; el ámbito cultural del mutismo. Un espacio desplazado aun del murmullo y de señales. No hay sincronía ni diacronía, sino negación del sistema; no hay, por tanto, intimidad, sino únicamente el encuentro doloroso y constante con la huerfanía; poesía sin capacidad de decir, de representar: “Hoy, aunque lo intente, no podría entrar / en especulaciones metafísicas. El café / sabe a café, y el amor y las letras / y la guerra insisten en amarrarse, / secos, a su palabra designada.” (p.8) Donde se produce una escisión de la particularidad de las cosas, los entes, los diversos algos que pueblan el imaginario; se rompe su relación fisurando la conexión de la conciencia de continuidad en el sentido de lo otro, tanto territorial como lingüístico: “el amor y las letras / y la guerra insisten en amarrarse, / secos, a su palabra designada.” (p.8)

Es decir, el signo explicita su rotura con la cosa, explicita su designio sin motivación e incluso abandona toda promesa de representar o de comunicar. Por ello, en esta imposibilidad incluso  “La realidad es / una habitación vieja, abandonada, […] y hace mucho tiempo que no estoy / en ésa la realidad. A mi poesía ya llegaron, / ya están aquí, se quedaron a vivir, / obstinados y firmes, los verdugos.” (p.9)  Por tanto, aun la poesía como ámbito genérico-fundacional del texto está sombreada por este peso del cese, por esta permanencia y derrumbe constante de posibilidades de aperturas. Por eso cuando en el poema Nietzsche el hablante lírico afirma, con una aparente seguridad que “El mundo tiene esta justicia / meramente poética” (p.15), no es sino la poesía asolada por verdugos, la escritura que en su propia instancia se niega como origen y como fuente vivificadora y, paradójicamente, ello inscribe y concreta en una serie fragmentos, los cuales prefiguran el sentido de la orfandad: el despoblado como recinto que abarca las diversas desuniones y marcas de pérdida, en lo pasado, en el ahora de la voz poética y en cualquier contingencia, en cualquier azar donde se funde un lenguaje: “toda descendencia se quema, / se ahoga de mentiras, y Valdivia lo sabe, / y se muere y no para de morir” (p.14), a la manera de una cámara lenta, escritura de la agonía (el agón) y, en cuanto aquello, de una silenciosa herida que se moviliza y se representa en diversas figuras, sabiendo que dicha operación semiótica es un falsario, una prótesis del origen, en palabras del mismo Derrida.

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Bibliografía

Derrida, Jacques. De la Gramatología. México: Siglo veintiuno editores, 1971. Impreso.

 Henrickson, Carlos. Despoblados. Santiago de Chile: Editorial Fuga, 2010. Impreso.

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Guillermo Mondaca (Coquimbo, 1991)

Es estudiante de tercer año de Licenciatura en Literatura en la Universidad Finis Terrae. Actualmente prepara su primera publicación en poesía, titulada Nocturna.

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