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“Despedirse del cuerpo con besos complicados”: Tachar donde dice Beatriz, de Eugenio Castillo

por Francisco Martinovich

Tachar donde dice BeatrizSobre la obra

En su disposición sin capítulos ni pausas a lo largo del texto, los 42 poemas que conforman de Tachar donde dice Beatriz (Camino del Ciego, 2014) dan cuenta de un ejercicio enraizado en lo más profundo de lo humano: expurgar la pérdida, velar el dolor, sobreponer la integridad y materialidad del ejercicio verbal (y poético) por sobre el inevitable desgarro que es la muerte, en este caso particular, autoinfligida.

Sin oxígeno ni separación entre el verso contenido y la prosa poética, los textos que constituyen el primer libro de Eugenio Castillo representan, para quien se enfrenta a su primera lectura, un desafío: tendremos que saber o disfrutar de su anómala integridad o hacernos nuestro propio panorama sobre los distintos temas y formas empleadas en el libro. Es quizás en honor a este ejercicio que surge la siguiente lectura.

La maldición de ser estrella y de ser inmensa

El cuerpo humano es una máquina sabia, autosuficiente en base a su propio instinto. Esto hace que ante la presencia del dolor o el mal en su interior, naturalmente nos inste a vomitar: a sacar forzosamente lo malo en pro de recuperar la salud previamente ostentada.

Un gran número de textos, los que podemos identificar por una destemplada prosa poética, hacen eco a esta pulsión. A través del lenguaje, intentan sacar a la fuerza el dolor originado por la pérdida. Este ejercicio, no desestimable en primera instancia, termina en textos cargados de imágenes y, más todavía, de una convicción narrativa que trasgrede toda distinción de género literario (siempre muy correctas y adecuadas, pero particularmente inútiles de asumir para la ocasión).

De la pérdida florece una avalancha de palabras que podríamos describir como informe, violenta y sin un hilo conductor temático o formal. En muchos casos, la voz del hablante se convierte en el narrador de conclusiones poco poéticas, abrazadas a una sabiduría atemporal y universal que transforma la intimidad del dolor en “una aspirina”: un remedio multifuncional que sirve para todos. Muchos versos terminan con la apariencia y el fondo de una frase hecha, barata y muy distante de la profundidad que el dolor merece: “El cielo es un pescado recostado sobre el mar y el sol de oriente es el ojo que le vemos de perfil” (10) “Esta vida no es para mí más que una buena razón, y yo ya no me quiero defender” (32).

El imaginario que abunda en estas prosas es uno con alusiones directas a personajes y episodios bíblicos, emulando de cierta manera el dolor de la pasión de Cristo a aquel generado por la muerte del (casi) anónimo referente de estos poemas. De alguna manera este paralelo tiene sentido: el protagonista de los evangelios bíblicos recorre en ellos el camino hacia su muerte con plena conciencia y sumisión ante ella. Un suicidio planificado por otro cuerpo en otro mundo: “Y una a una te fueron extrayendo las espinas, y antes de ponerte la preciosa corona, el Dios padre te extrajo el último pedazo de la última espina que te quedaba […] ¡Hágase la voluntad de uno de tus días!” (36).

Junto con su vocación narrativa incuestionable, las prosas poéticas de Castillo y su motivo dejan otra interrogante para el lector: el hablante expurga el dolor no por medio de un elogio o crítica del otro desaparecido, sino a través de la búsqueda y persecución del yo.

La autodefinición por medio de un constante guiño al nacimiento (al reafirmar el origen del hablante en la figura de la madre muerta) genera una contradicción que puede explicar la ambigüedad latente en estas prosas: mientras más se busca eliminarlo, más se vuelve a experimentar el dolor: “Cuatro primos, hijos de cuatro hermanas que se suicidaron en grupo; ¿sienten cómo llegan las culpas de mujeres por arriba y por abajo?” (18).

El afán constante de explicar esta contradicción por medio de imágenes poco gráciles pero no lo suficientemente feas, sumado a la circularidad de la vocación narrativa en cada fragmento, le da poca movilidad y progresión a los textos.

La música

Otra historia es aquella de los textos en un verso más medido. Intercalados y alternados con las prosas previamente comentadas, los poemas en un metro más contenido son el punto alto de este libro.

Entre intentos de plegarias, vaticinios, añoranzas y reclamos, el verso contenido es el mejor registro en el que Eugenio Castillo logra moverse en el libro, logrando hacer de la contención el mejor espacio para ese dolor que la verborrea no logra eliminar del hablante: “El cuerpo empieza por la punta de los pies, / el fuego pisa,/ primero soy yo,/ luego cunde la hoguera” (55).

Ante esta imposibilidad de sacar el luto, los versos breves dejan al lector la impresión clara de que quien asume ese dolor es aquel más cercano a dejarlo atrás y llevarlo consigo por el resto de la vida: “Y aunque clame mi madre porque no sea verdad,/ ¡quiero al Cristo partido por la mitad!/ ¡No le iré a la muerte con toda mi vida!, ¡Le digo: muere más, al que tan sólo moría!” (31).

Como se manifiesta en la última cita, en los poemas en verso siguen abundando las imágenes en referencia a Dios y el imaginario bíblico, pero en una forma que las potencia, las encauza y las hace más fuertes y relevantes para la integridad de cada texto: “Tal vez Dios persone por amor al arte/ el alucinado suicidio de la que fue mi madre. / Aunque llevaba en su vientre mi olor de nacido/ se reventó el cuerpo, como si no fuese mío. / ¡Qué daría yo por perdonar lo poco!” (49).

Sobre la edición

La factura rústica del libro responde a las expectativas de los textos. Mal que mal, en términos de su configuración no piden mucho más de lo que la edición misma muestra. Repararé, de todos modos, en un detalle poco importante, pero digno de tener en cuenta. La incorporación de ilustraciones en el libro es totalmente irrelevante y prescindible. Estas no generan diálogo alguno con los textos y su aparición errática en mitades de página o tres cuartos de página, siempre en alineaciones que exceden el margen del texto son un argumento contra su presencia en cuanto quitan armonía al libro como objeto.

Además (mal de libros) el tiempo y el clima le juega en contra a estas ilustraciones pues en aquellas páginas a las que la impresión encara de frente a otro texto quedan marcas de los residuos de tinta. Esto ensucia los textos de forma incómoda e innecesaria. Como contrapunto, la selección del título y de los versos de contraportada son un gran acierto al que, como se ha intentado establecer en esta breve crítica, el texto no responde del todo.

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Tachar donde dice Beatriz

Eugenio Castillo

Camino del Ciego, 2014

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Francisco Martinovich Salas. Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura en la Universidad de Chile. Ha publicado “Lidia” (Yogurt de pajarito, 2013), “Sospecha de Nada” (Gramaje Ediciones, 2014) y co-editado el libro “Obra Poética. Juan Marín” (Cuarto Propio, 2014). Desde 2006 ha participado activamente como invitado y organizador en múltiples ciclos, recitales y encuentros literarios. Actualmente dirige el Taller permanente de poesía en Taller Estudio 112, es editor en Cerrojo Ediciones y co-organiza el ciclo “Lecturas  Mistralianas” en el Museo de Arte Colonial de San Francisco.

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“Mi inoficioso oficio de poeta”: La contru de mi alma, de Daniel Tapia Torres

por Francisco Martinovich

la contru de mi almaSobre la obra

 Los 43 poemas que componen La contru de mi alma (Hebra, 2014) del poeta Daniel Tapia Torres están agrupados en tres disímiles secciones a lo largo del libro. La primera, Moneda de la suerte, está conformada por dos textos llamados respectivamente “Cara” y “Sello”. Estas escenas particulares que representan el contrapunto entre muerte y nacimiento se funden en un relato íntimo en que ambos hitos de la vida humana se suceden, alimentando una vaga noción de esperanza.

La segunda y más extensa de las secciones es Cuerpo de obra. Divida a su vez en seis grupos de poemas es la columna vertebral del libro en términos de su contenido. Aquí es donde aparece el contexto de “la contru” como el escenario común de los poemas incluidos. Sobre este apartado me extenderé más adelante.

La tercera parte y final, Maldito dinerro, consta de cuatro poemas algo más dispersos en términos de temática y forma. “Rosa de Luca”, por mencionar un ejemplo, es un poema que no parece comulgar del todo con el resto de la obra. Esta elegía con tintes de denuncia tiene un potencial muy distinto al del resto del conjunto. Es posible que, en una dimensión de más autonomía, funcione como la metáfora crudamente concreta y poco retórica de la muerte que pretende ser.

Un poeta en el mundo

A partir del espacio de “la contru” como eje temático, los poemas son una manifestación de la mirada y pluma del poeta en un universo del que, aparentemente, no logra hacerse parte. El hablante, presente de forma explícita en todos los poemas, se presenta a sí mismo como un sujeto en conflicto luchando por conciliar dos realidades. Este conflicto, algo inocente e ilustrado cuando se le mira con distancia, es lo que sostiene el libro: un artista arrojado por las necesidades materiales a trabajos que no satisfacen sus necesidades creativas  ni monetarias. Esto, por supuesto, toma una profundidad mucho mayor a lo largo del desarrollo de los poemas: “Mi trabajo remunerado es realmente innecesario/ No hago más que dar rondas/ Mientras todos los demás echan su cuerpo a la obra” (27); “Ofréceles almuerzo/ Háblales de actualidad/ Demuéstrales tus modales/ Sírveles como si fueran tus reyes/ Like a virgin/ Y cuenta tu propina” (84).

Desde la posición de un extranjero en este espacio físico y laboral de “la contru”, el hablante busca en los personajes que lo habitan y en ciertas escenas particulares un horizonte de identificación: “A las 8 en punto de la mañana debemos ingresar a la obra/ (de ahora en adelante el CENTRO DE RECLUSIÓN)/ Necesariamente estampamos la firma en el libro de asistencia/ (de ahora en adelante REGISTRO DE LOS REOS)/ para ver así cuándo sale a pago a fin de mes” (32).

Más que a un poeta buscando su lugar en un mundo extranjero, los versos de la segunda sección develan a un hablante encontrando su mundo en un lugar extranjero. Todos estos textos dan cuenta del anhelo de encontrar belleza, poesía e imágenes de lo sublime en un espacio físico que no solo no busca generarlo sino que pretende destruirlo y esconderlo bajo toneladas de hormigón armado en forma de departamentos: “Hora de almuerzo en la obra/ y los molestos decibeles de la maquinaria meteoro desaparecen/ y dejan escuchar el viento mágico/ que hace sonajera entre los tersos dedos de las palmas chilensis” (53).

Este encuentro se logra de manera destacable en aquellos poemas entregados directamente a presentar a los personajes que habitan el espacio de “la contru”. Es en estos versos en los que el libro ofrece sus puntos más altos, alcanzando no solamente retratos sutiles y bellos, sino haciendo confluir ambos mundos en cada personaje, corrigiendo la imposibilidad del hablante mismo de sentir que en él ambos mundos también cohabitan: “¡Excava, Fernández!/ Vienen los vampiros/ ¡Hace la pega!/ Y en un 2 X 3/ Ahí está el hoyo/ como una gran tumba” (69).

Su propina es mi sueldo

El esfuerzo de convertir un espacio o un objeto de origen cotidiano, pedestre y común en algo verdaderamente artístico y poético no tiene nada de novedoso. Así lo hicieron ya las vanguardias artísticas a principios del siglo XX. Mas en los poemas que componen este libro, creo que el gesto está revisitado de una manera distinta. No hay una intención de quebrar, dislocar o relocalizar un espacio árido y “poco poético”, sino que solo se aprecia una constatación: todos estos personajes, espacios y oficios son, y siempre han sido en cierta medida, un arte, una muestra de lo bello y lo sublime que, en este libro, alcanzan los ojos y la voz del poeta. Este no cumple otro rol más que el de quien da cuenta de esta realidad: es un guardia, un testigo, un rondín encargado de reportar al lector toda la poesía presente en “la contru”, en el garzoneo, en el cotidiano desafío de parar la olla.

 

Sobre la edición

En contraste con trabajos previos de la editorial, La contru de mi alma ha demostrado una preocupación por parte de sus editores en cuanto a mejorar la factura del libro. En esta no solo destacan sus caras de cartón e inserciones de papel kraft que funcionan como el soporte de las sencillas pero bellas ilustraciones de Camilo Espinoza (quien además es aludido como un personaje en un poema). Además, la encuadernación copta da cuenta de una preocupación particular por el objeto artístico en el que se entregan los textos, más allá del tradicional ahuesado en que se imprimen los poemas.

En contrapunto a este gran acierto, es inevitable hacer notar un dejo de desprolijidad en términos de impresión. A este respecto hay dos problemas que creo, son bastante serios. No tendría sentido hacerlo notar si no representaran un obstáculo o dificultad importante al ejercicio de lectura.

En primer término, hay muchas páginas (10, 12 y 18 por ejemplo) en los que la imprenta deja afuera una línea vertical que abarca lo que parecen ser unos seis o siete espacios con letras que se pierden, combinando palabras en construcciones ilegibles o, en los casos menos graves, sin sentido alguno. En segundo término, el orden de imprenta de los cuadernillos también presenta inconsistencias, generándose lapsos en que a la página 30 le sigue la 29, a la 29 la 32, a la 32 la 31 a la 31 la 22 y a la 22 la 43, por mencionar el ejemplo más categórico.

Sobre el entendido de las limitaciones asumidas de la edición artesanal, y considerando todo lo que esto implica, esto no excusa tamañas desprolijidades, las que, por lo menos en el ejemplar al que se tuvo acceso, incomodan la lectura y en algunos poemas, hacen imposible llevarla a cabo de forma íntegra y apropiada. En honor a la calidad del contenido, estos detalles, por mucho corregibles, debiesen atenderse para que no vuelvan a repetirse en reimpresiones y reediciones del mismo libro, que no los merece.

La contru de mi alma

Daniel Tapia Torres

 Hebra, 2014

Francisco Martinovich Salas. Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura en la Universidad de Chile. Ha publicado “Lidia” (Yogurt de pajarito, 2013), “Sospecha de Nada” (Gramaje Ediciones, 2014) y co-editado el libro “Obra Poética. Juan Marín” (Cuarto Propio, 2014). Desde 2006 ha participado activamente como invitado y organizador en múltiples ciclos, recitales y encuentros literarios. Actualmente dirige el Taller permanente de poesía en Taller Estudio 112.

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Poesía atómica o “la decisión de escindirme”: Miss Poesías, de Mario Verdugo

por Francisco Martinovich

Miss PoesíasLas cinco secciones que componen Miss Poesías (Alquimia, 2014) del autor Mario Verdugo son antecedidas por un prólogo firmado por Bruno Montané Krebs. Sin querer llamar la atención más de lo necesario sobre el breve texto introductorio y sus naturales loas al poemario, es preciso recabar en ciertos términos que, presentados en distintos momentos, ofrecen un inusitado acercamiento hacia la mecánica composicional del libro. Conceptos como “catálogo”, “diálogo”, “habitaciones” y “música de cámara” son, de cierta forma, términos que sintetizan un horizonte de lectura con el cual se puede ingresar de forma provechosa a las páginas.

Un primer ejercicio de lectura corresponde al ofrecido en el mismo prólogo: cinco secciones a las cuales hay que acercarse con la clara conciencia de su condición de fragmentos autónomos, ajenos a  una noción de totalidad. Seamos leales al desafío.

Absolutamente moderno

Dados pocos pasos en esta sección, compuesta de 14  poemas de una estrofa, encontrará el lector una regularidad formal que marca la pauta de la sección completa. Esto es posible interpretarlo como una especie de fórmula que se sostiene a lo largo de cada estrofa. Terminada la lectura uno puede percatarse además de que esta secuencia tiene también un correlato temático. Una forma simple de describirla es la siguiente:

  • Sujeto (“yo”) se las arregla de alguna forma para ver una película
  • Sujeto realiza una acción
  • La acción tiene efectos que, dispuestos como una “caída”, le permiten al “yo” dar cuenta de una nueva mirada sobre la realidad.

Dentro de este esqueleto, la sección logra una altura poética destacable que, contra lo esperado, no flaquea debido a la sucesiva repetición de una fórmula (valor que el autor manejará además de manera aplaudible en el resto del libro): “Cuando arrendé la versión digitalizada / de Chucky el muñeco diabólico, / y más tarde padecí la misma frustración / del asesino que no logra reencarnarse / en el cuerpo de un niño de seis años, / me vi obligado a admitir / que no eran confiables mis visiones, / que no eran las palabras imprevistas, / que no era ahí donde debía buscar” (12).

Si bien el sujeto activo es protagonista de toda la sección, la diversidad de situaciones, o de los detalles que las hacen únicas, invita a desarticular tempranamente la idea de un sujeto unitario, reemplazándola por la imagen de muchas singularidades, gesto doblemente complejo pensando en la similitud estructural de los textos.

Oh

En la misma línea, la segunda sección también despliega lo que aparentemente son fórmulas. Estos ensayos inconclusos, reconstituciones de escenas, accidentes o incidentes parecen establecer realidades paralelas en las que solo una palabra distinta genera un universo simbólico totalmente diferente, sin caer en reflexiones simplonas al respecto: “Veo una ventana y sé que ahí está la clave. /  Veo una pared y sé que ahí está la clave. /  Veo un edificio y sé que ahí está la clave” (31).

Este ejercicio no solo dota de secuencia y ritmo a los poemas, sino que construye una historia que, sin un sujeto definido, parece develarse en los seis versos finales, los que se presentan de forma autónoma y caótica.

Aníbal Jara, el hombre más moderado del mundo

El tercer, y quizás más interesante fragmento de este libro corresponde a “Aníbal Jara, el hombre más moderado del mundo”. Después de dos secciones entregadas a un verso formalmente más convencional, la tercera parte toma tintes más narrativos, presentando elementos propios del género, aunque sin dislocar lo suficiente al lector como para que este pierda la noción del volumen en el que se encuentra. Jara, junto a otros personajes como Mateo Martínez, Manuel Cabrera y el tío Sergio, bien parecen protagonistas de una novela que se desarrolla indistintamente en el Consejo de Humanidades, el Nuevo Centro de Humanismo, en los viajes en el Chevrolet con banda sonora en contrapunto entre los Ramones y el slowcore, o en bizantinas disputas con el Club de lectores de Richard Bach: todos contextos que bien parecen sacados de una de las novelas de John Keneddy Toole en la que Aníbal Jara, un Ignatius Reilly chilensis, es el agente de un relato fragmentado, inconcluso y en muchas partes, irrisorio: “12. Veinte años atrás, aproximadamente, Aníbal había proferido su confuso evohé, arruinando lo que hasta allí era un cutis pimpante y una facha pulquérrima” (49).

Miss Poesías

En un tono totalmente distinto se abalanza el cuarto movimiento, “Miss Poesías”, apartado que junto con dar nombre al volumen, incorpora el diálogo con un par como la nueva forma para desplegar el verso. Aquí el “yo” y Miss Poesías tratan de establecerse como iguales en textos que a primera vista no parecen esconder más que una crítica al preciosismo estético, una toma de posición firme respecto al campo cultural, la ostentación altiva y el ego detrás del ejercicio literario: “Aquí todos vienen a lucirse, / pero yo me guardo lo mejor para otras ocasiones, / tal como usted, que se reserva para sus eventos/ y a la calle sale con jeans y poleras de Patronato; / no es cuestión de no poder, sino de esperar / el instante adecuado: no hay genios ni reinas de tiempo competo” (69).

Hay acá por cierto una valiosa reflexión que como pocas no llena la cabeza del hablante de humos, sino que al contrario, la despeja por medio del personaje llano, simple y a la vez, hermoso de Miss Poesías. Este se constituye como un otro que, a lo largo del poema, se descubre como un equivalente al “yo”, como una conversación con uno mismo.

Los Regalos

Muy coherente al establecido quiebre y distancia presentada a lo largo de sus cuatro antecesores, el último capítulo, “Los Regalos”, más que cerrar el texto como una unidad, vuelve a quebrarla. Esto lo logra por medio de un verso breve, de corto aliento, con imágenes simples y reflexiones que, aunque tienen un correlato con las de fragmentos anteriores, se presentan de una manera totalmente distinta. Quizás de la forma más “lírica” en todo el volumen: “Te traemos un deseo abstruso. / Te traemos estas cajas / para que atarantes tu dicción ahora mismo” (81).

En términos del sujeto, en “Los Regalos” vuelve a desaparecer el “yo”, entregando el protagonismo a la voz de “ellos” quienes entregan los dones a un “tú” que, pasivo y paciente, actúa como mudo receptor y es el verdadero protagonista invisible del texto.

Poesía atómica

El verdadero desafío de este libro es dar con un horizonte que englobe los cinco fragmentos. Este podría aparecer precisamente en la diversidad de actores que toman la palabra a lo largo del texto. Más allá de proyectar la voz como una de naturaleza polifónica, como fácilmente puede hacerse y bien dice el prólogo, creo que es más lógico y justo pensar en ella desde la noción de una unidad que elige escindirse: separarse de sí misma, dividirse cual átomo y encontrar en este ejercicio mucha más energía que la que es capaz de cargarse en un solo tono, con una sola voz.

Miss Poesías sería, finalmente, la voluntad de presentar un texto unido por una palabra única, que en la totalidad de sus casi 90 páginas, elige sentarse en un rincón en silencio mientras “los otros”, los diferentes habitantes de esta misma habitación, salen a jugar gritando como desaforados.

Miss Poesías

Mario Verdugo

Alquimia, 2014

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Francisco Martinovich Salas (Santiago, 1987) Es Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura en la Universidad de Chile. Ha publicado “Lidia” (Yogurt de pajarito, 2013), “Sospecha de Nada” (Gramaje Ediciones, 2014) y co-editado el libro “Obra Poética. Juan Marín” (Cuarto Propio, 2014). Desde 2006 ha participado activamente como invitado y organizador en múltiples ciclos, recitales y encuentros literarios. Actualmente dirige el Taller permanente de poesía en Taller Estudio 112.

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