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Imágenes con aroma a Cafeína

por Jorge Lorca

12674414_10154528621987785_1289850882_nEl libro de Cristóbal Valenzuela Berríos lleva por título La ciudad se llama cafeína, un nombre estimulante y sugerente para una colección de fotografías que en su gran mayoría fueron registradas durante sesiones nocturnas, entre los  años 2012 y 2014. Retratos donde la falta de luz natural es impostada por la luminiscencia artificial de la ciudad, la que aporta a los objetos una investidura diferente, carente del brillo orgánico de la iluminación solar. Fotografías que adolecen en algún sentido de fotofobia, con un fondo sombrío desde donde parecen emerger, en cada caso, de aquel lugar que resulta ser una noche sempiterna que se repite, sin tiempo y sin porvenir, desde el origen mismo de la trasnochada historia de una urbe.

La luz se presenta en las fotografías de Cristóbal Valenzuela Berríos como una mancha reincidente que hace brotar figuras a contrapunto desde un fondo abisal; desde una suerte de subconsciente urbano, en que un territorio a medias colonizado por la mirada mezcla difusamente lo real con lo onírico. Ese flâneur noctámbulo que con su mira a cuestas, sale a cazar historias o pequeñas viñetas que narran; cada una desde su propio espacio acotado, cómo esa noche santiaguina se resiste al descanso.

Algunos casos puntuales de imágenes que podemos individualizar en relación con lo anteriormente dicho son, por ejemplo: “Pasajeras en el Metro de Santiago. Noche de año nuevo, 2014” (17), “Air Guitar en bar de calle Monjitas. Octubre, 2014” (31), “Gusi en Avenida Macul. Junio, 2013” (69), “Mujer en local chino. Santiago Centro. Noviembre, 2013” (71) o “Barrio Patronato de madrugada. Septiembre, 2012” (89), donde cada uno de esos registros refleja, en sintonía, un espacio híbrido de transferencia entre intimidad y publicidad citadina. Ya sea un insignificante (des)encuentro festivo la noche de año nuevo, seguramente irrepetible, entre dos jóvenes muchachas desconocidas en el tren subterráneo de la capital. O el ser arrebatado repentinamente de contexto por parte de un parroquiano amante de la música en un bar santiaguino; estando inmerso en la escucha de una de sus canciones favoritas, con audífonos, los ojos totalmente cerrados y un mensaje perteneciente a la cultura de los medios transnacionales de producción, el cual señala, pertinentemente, “solo hazlo”. La mirada cómplice y seductora de una hermosa señorita que se nos presenta casi como una aparición, mientras arregla coquetamente su pelo frente a la cámara en un paseo nocturno por avenida Macul. El momento de relajo y distracción de una joven oriental sobre una silla en un local de ventas, observando embebida su celular en medio de una tienda de artículos exóticos. O un barrio popular como Patronato, donde la calle presuntamente solitaria se estira al ritmo centellante de las luces municipales, murmurando su secreta muerte advenediza, que dura solamente hasta la nueva aurora. Todas estas son pequeñas viñetas nocturnas travestidas a veces en hermosas postales citadinas, donde el silencio es cada vez más de paso, donde la luz eléctrica se apodera del letargo y donde la voz se apaga cediendo su espacio a los ladridos, a los golpes sordos y a un cielo cada vez menos astronómico.

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“Papel encontrado en la calle, 1 de enero del 2013”

Un espacio pertinaz, en que tal como nos enseña la fotografía “Papel encontrado en la calle, 1 Enero del 2013” (83), en cuya doble conciencia proyectiva se señala primero, performativamente, que se duerme, pero donde en realidad lo que se lleva a cabo es el acto de escribir dicho mensaje estando despierto, para que luego otros, cualquier otro, en un acto desfasado en el tiempo, no interrumpa la verdadera promesa profética y reincidente del descanso. Con ello se nos patentiza un doble juego entre lo literal y lo representado, tal como sucede siempre en la fotografía, es decir, creemos ver por vez primera aquello que se nos presenta, pero lo que sucede en realidad es que ese mundo registrado y vuelto objeto de contemplación, ya no existe, ¿por qué?, porque ha cesado de acontecer y ahora sólo comparece como objeto estético de representación, bajo un efecto también de paralaje (1) temporal.

La fotografía, en su cura parcial contra el devenir y contra la destrucción de la presencia concreta; como objeto y efecto de conjuro protésico, persigue combatir la mortalidad y el paso irrevocable del tiempo, lo mismo que con su inevitable alteración por impostación mecánica, cae en la ilusión de mostrarnos la realidad tal como es.

Valenzuela Berríos se afana persistentemente en mostrarnos la vida nocturna de la ciudad, tratando de mirar y reflexionar en torno a la figura de la urbe pensada como reducto y enjambre vivo, donde objetos y personas se ponen en relación, no sólo entre ellos, sino también con la luz y las sombras que les rodean. Cristóbal sale de cacería nocturna y a veces logra, acertadamente, llegar con una buena presa a puerto, otras veces en cambio, se pierde divagando en esa obscuridad que tanto le fascina y que le hace perder a ratos su sombra.

Cristóbal Valenzuela Berríos

La ciudad se llama cafeína

Ediciones del Desierto (2015)

20 x 23 cm., 112 páginas.

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Jorge Lorca Leiva (1974) Ensayista, investigador, curador, archivista, docente y esteta. Doctor © en Filosofía por la Universidad de Chile y Licenciado en Educación y Profesor de Filosofía por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Tiene además un postítulo en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se ha adjudicado la beca “Capital Humano Avanzado” para Doctorado Nacional, por la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología CONICYT del Gobierno de Chile y el Fondo del Libro del CNCA, Convocatoria 2016, en la Línea de Creación, Ensayo. Es colaborador permanente de la “Revista de Teoría del Arte” de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, miembro del comité editorial de la Revista Internacional de Filosofía “Mutatis Mutandis” y árbitro revisor de la “Revista Enfoques” de la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad Central. Ha participado a su vez como mediador artístico en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile y como curador en importantes galerías y espacios de difusión de la cultura y las artes.

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NOTAS

(1) Por paralaje simplemente me refiero a una variación que produce un tipo de desviación angular aparente en la observación de un objeto.

CC licencia

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Extraña realidad: Ciudad capital, de Emiliano Valenzuela.

por Felipe Poblete

Ciudad capital (Emiliano Valenzuela)Siempre será incompleto el retrato de una ciudad, sea un retrato audiovisual, escrito, fotográfico, hablado u otro. Por medio de la táctica que sea, siempre habrá algo que se escape o esconda en la inmensidad de la ciudad, en su espesura, con total independencia de lo pequeña que ella pudiera ser. Tal vez debido a eso, el vínculo entre la ciudad y el laberinto  es tan vigoroso. Hay características, lugares, dimensiones, vidas que no captamos al recorrer una ciudad, por más interés y esfuerzo que pongamos en ella. La ciudad es un mundo. Sea a pie o en algún vehículo, vehículo que, ciertamente, puede ser un conjunto de fotografías, la ciudad completa no cabe en la representación. Acaso ni quepa en sí misma.

Al amparo de la editorial Das Kapital, Emiliano Valenzuela (1980) publica un libro con una selección de sus fotografías, titulado Ciudad capital con el cual la editorial, vinculada a las publicaciones de poesía mayoritariamente, inaugura una nueva colección, llamada “Serie Foto Capital”. Este libro mide 15 × 22 centímetros, con un trabajo de visualización dinámico: fotografías a página completa, en ocasiones en la apertura de las dos páginas, en otras oportunidades enmarcadas al centro, unas íntegramente negras y algunas pocas en blanco. Todas impresas sobre papel ahuesado, tinta negra a razón de tramas de negros y no escalas de grises (cuestión que permite un mayor detalle en la imagen).

Nutrida por una estética de lo oscuro, lo sucio, lo fragmentario, esta colección de fotografías exhibe, entre velos, aspectos urbanos y humanos que representan un ámbito oculto en la ciudad, gobernada por una podrida ideología del progreso. De partida, son fotografías radicalmente separadas de la categoría clásica de belleza, aunque bien sabido  es que, en el fondo, todo aquello fotografiable alberga alguna belleza(1), aunque se trate de algo comúnmente considerado feo. Esta no es idea mía, ni siquiera es actual sino de la primera mitad del siglo diecinueve.

Tampoco es que quiera defender el hondísimo sustrato bello de este libro, esa tarea la ha realizado el propio fotógrafo ajustando sus imágenes a un perímetro tradicional de construcción de imagen, el documental (la más de las veces los personajes no miran a la cámara). En la medida en que se trata de tomas que utilizan el canal de mirada del ojo humano: las figuras expuestas en las fotografías están ordenadas en su realidad, gravitacionalmente están derechas, no hay distorsiones por efectos del lente ni hay evidencias de fotomontaje (2). Desde aquella plataforma es potenciado el valor discursivo de la imagen, vinculado este a conceptos como marginalidad (aunque no en sentido urbano), violencia, ilegalidad y sexualidad, por nombrar acaso los más perceptibles.

pag. 34_ foto 22_OK_JPEG

Imagen 1

Indagando en cierta fisura de lo documental, percibo, Emiliano Valenzuela llega a lo testimonial con estas fotografías. Ello le confiere a las imágenes leves desajustes, producto de la misma violencia que convive con la cotidianidad de las atmósferas y personajes retratados, como mujeres heridas, desnudas o en ropa interior, espacios domésticos deteriorados, vistas parciales, huellas de violencia física que, finalmente, se traspasan al género documental empleado para registrar. Por ejemplo la toma de un vehículo en un túnel despojada de nitidez gracias a un vidrio sucio (Imagen 1); además es esta una de las pocas fotografías en que el plano se encuentra inclinado. Lo que sí es común a casi todas las fotografías es  que hayan sido tomadas de noche. Espacios manchados o con desperdicios, unos primeros planos de una mosca. Sería bien conveniente tener a mano el concepto de “inconsciente óptico” de Walter Banjamin (3), a la hora de hilar un relato con las fotografías, tal como comienza proponiendo el escueto texto introductorio: “la imagen desde su potencial narrativo”.

pag. 57 y 58_ foto 40_JPEG

Imagen 2

Al mismo tiempo, en el libro comparece otro grupo de imágenes –intercaladas en una sola y única gran sección– en que vemos unos gatos, un perro, unas bolsas de basura con las hojas de algún árbol (Imagen 2), unas plantas, un vehículo al borde del camino, un edificio en contrapicado (Imagen 3) o una suerte de escultura publicitaria de la Coca-Cola. También hay un par de fotografías con una fecha en uno de sus bordes, a la manera como lo dejan algunas cámaras digitales, cosa que nos lleva a meditar más hondamente en las relaciones temporales y cronológicas de las fotografías. Ya dije que la mayoría de las fotos fueron hechas en la dimensión temporal oscura, a saber: la noche.

pag. 25 y 26_ foto 17_OK_JPEG

Imagen 3

Guardado tras unos velos de misterio, la(s) narrativa(s) de este libro queda(n) pendientes a la sagacidad e imaginación del lector, tan acostumbrado al consumo, y sobreconsumo, de imágenes en estos años del siglo veintiuno.

Ocupando una de las páginas finales, luego la suma de fotografías, hay dos versos de Víctor Hugo-Díaz (1965), que adquieren gran importancia al situarse en ese espacio y no, como sería lo típico, como epígrafe: “Lo menos importante es lo que está pasando / El resto, lo denso, es lo que no pasará” (4). Palabras que ciertamente conducen, o por lo menos matizan, el recorrido narrativo que va confeccionando este libro de fotografías nocturnas. Para finalizar, sólo quiero recordar un famoso y vejo dicho (famoso y viejo, como todos los dichos), que dice que una imagen vale más que mil palabras; las que este texto ni siquiera posee.

Ciudad Capital (Fotografía)

Emiliano Valenzuela

70 páginas

Das Kapital, 2014

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Felipe Poblete Rivera (Viña del Mar, 1986) es poeta y Magíster en Historia del arte chileno. Co-organizó los recitales poéticos Con-texto, en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, durante los años 2008 y 2009. Ha sido becario de la Fundación Neruda en La Sebastiana (2009) y en La Chascona (2011). El mismo año participa como invitado en las III Jornadas de Poesía Latinoamericana en Bogotá. Ha escrito para diversas revistas, tanto impresas como digitales.

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NOTAS

(1) “El nombre con que Fox Talbot patentó la fotografía en 1841 fue calotipo: de kalos, bello”. Cfr. SONTAG, Susan. Sobre la fotografía. Trad. Carlos Gardini. Buenos Aires, Alfaguara: 2006.

(2) Sobre el fotomontaje, algunos ejemplos ya clásicos están en las obras de vanguardistas europeos como John Heartfield, Man Ray o László Moholy-Nagy, en la primera mitad del siglo pasado.

(3) Cfr. BENJAMIN, Walter. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Taurus. Buenos Aires, 1989.

(4) Estos versos pertenecen a Lugares de uso, tercer libro del poeta (Cuarto propio, 2000).

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