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“Siento que uno puede entender una época histórica a través de la literatura”: Una conversación con Felipe Reyes

por Nelson Zúñiga

Narrador, músico e investigador, Felipe Reyes es un hombre con intereses múltiples. En 2013 obtuvo el primer lugar del concurso Escrituras de la memoria, con su libro Nascimento, el editor de los chilenos, primera publicación que aborda la figura del mítico editor. Con una novela a su haber y otra a punto de presentarse, las inquietudes de Felipe no se agotan. Esta es la conversación que tuvimos con este “principiante” del mundo literario.

Felipe 2.2

Felipe, entre tus labores está no solo la de ser autor de narrativa e investigador editorial, sino también músico, en Hermano Kiltro y en tu proyecto Onofre Borneo. ¿Ves estas manifestaciones como vías paralelas de expresión o estableces vínculos entre ellas?

Yo creo que sí, yo creo que algún tipo de vínculo tienen. Nunca me había detenido en eso, pero yo creo que el vínculo existe porque de alguna manera la música es una forma de narrar también, o por lo menos yo la entiendo así. La música, a mí como auditor me gusta que me cuente una historia, que haya un relato ahí, o que me sugiera por lo menos imágenes que pueden construir una historia.

Porque un buen disco también es como una buena novela, ¿no? Tiene su estructura dramática.

Claro, y de hecho ese es un tema muy importante, porque al momento de estructurar un disco hay que ver qué tema va primero, cuál es el dos, cual es el tres, cuáles son los estados que tiene. El disco está pensado también como para escucharlo completo, al igual que un libro para leerlo completo. Entonces yo creo que es una forma paralela de contar una historia.

¿Qué parte de Felipe Reyes sale por la narrativa y cuál sale por la música? Porque me imagino que como creador tienes salidas distintas.

Creo que en el caso de la música es más abstracto, al no tener texto, que tampoco es la única forma de narrar o de decir algo. Y hay mucho de lo que me interesa y me gusta ahí también, porque lo que escucho es bien transversal en términos de estilo. Entonces no es solamente que yo haga música electrónica y escuche música electrónica, tengo una variedad de estilos bien grande. En el caso de los libros creo que quizás es más concreto; esas inquietudes, esos intereses, esas trancas, esa miseria… es más evidente. Creo que esa es la mejor forma de calificarlo. Claro, es más evidente por el hecho de tener texto y de tener algo directo, como es la palabra.

¿Por cuál de esas manifestaciones te inclinaste primero? ¿Escribiste y después fuiste músico o se fue dando?    

Son las dos cosas que han estado siempre presentes en mi vida de una u otra manera. Son las dos cosas que tienen un lugar demasiado importante: los libros y la música.

¿Desde qué edad?

La música, desde siempre. Porque vivía en una casa donde se escuchaba mucha música, o la música era algo importante, por lo tanto era una casa siempre con música. Y vivir con mi abuelo que era un melómano, eso me permitió conocer música que quizás la gente de mi edad no conocía, como el tango por ejemplo. Pero también música “cebolla”; me gusta mucho lo que se denomina como música cebolla, música romántica. Pero curiosamente mi abuelo era un tipo bien ecléctico en sus gustos, porque podía escuchar tango o música romántica, como también le gustaba la cumbia o el pop más livianito de los 80. Sería como que en estos momentos a un tipo de setenta años le gustara, no sé… Miranda, algo así. Y ese gusto no era solamente escuchar las canciones en la radio, sino que se compraba los discos.

¿Tu abuelo era también un lector? ¿Fue tu abuelo el que inició esa parte en ti?

Sí y no. En la casa había algunos libros, pero eso se desarrolla más en la adolescencia en realidad. Era una casa en que había libros, pero él tampoco era muy lector.  Era más un lector de prensa, eso sí, un lector de prensa constante, duro. Pero claro, cosas grandes de literatura que haya encontrado ahí, no. Eso fue posterior.

Nascimento

Nascimento, el editor de los chilenos (Ventana Abierta Editores)

En Nascimento, el editor de los chilenos abordas la figura del que probablemente sea el editor más relevante del siglo XX en Chile. ¿Cómo surge la idea de desarrollar esta investigación?

Todo esto parte un poco como lector. Me empiezo a interesar en la literatura chilena más antigua, en una literatura que tenía que ver con los bajos fondos, que es la literatura que me gusta. Siento que uno puede entender una época histórica a través de la literatura y empiezo a fascinarme con estos autores. Paralelamente a eso empiezo a fascinarme también con el mundo del libro, todo lo que significa hacer un libro, desde producirlo pero también venderlo; fui librero, trabajé en librería, entonces empiezo a fascinarme con este mundo. Con todo lo que significa el libro y claro, buscando por ahí, cachureando en las ferias, en el persa Biobío, buscando a esos autores, empiezo a encontrarme con Nascimento, con este nombre… “Este libro es Nascimento, este otro también es Nascimento” y paralelamente conociendo el mundo editorial, trabajando en eso, y ahí me pregunto quién es Nascimento: ¿Es un nombre de fantasía? ¿Es el apellido del editor?  ¿Quién es finalmente?  Empiezo a investigar y me encuentro con esta historia de este inmigrante que se instala acá y de ahí toda esta fascinación. Yo creo que uno tiene que enamorarse de un personaje cuando quiere escribir sobre ese personaje, tiene que cautivarte,  algo te tiene que pasar con él también en tu vida ¿no? Hay un juego muy extraño ahí, entonces coincide con todo este descubrimiento en términos laborales del mundo del libro, todo lo bonito que era esto, conocer a la gente de La Calabaza del Diablo, por ejemplo, yo creo que fueron los grandes “culpables” de que haya escrito libros; gente que hacía una revista, eran jóvenes y habían publicado libros, fue un un gran aprendizaje, conocer a toda esa gente: Jaime Pinos, Roberto Contreras, Marcelo Montecinos.

Se te fue abriendo un mundo ahí.      

Claro, a ellos tres los centraría como quienes me abren  las puertas de todo esto. Y a la gente que fui conociendo gracias a ellos. Entonces empiezo a investigar y  claro, me di cuenta que había una gran historia, tanto su historia personal como su labor como editor. Y lo primero de esto es una síntesis de lo que fue después el libro, que aparece en la revista Mapocho de la Biblioteca Nacional, no sé si el año 2005. Ahí aparece el primer esbozo de lo que después sería el libro. Queda un poco abandonado un tiempo, después de un rato lo retomo y lo termino.

Por lo que cuentas al inicio, el proceso de investigación adquirió a ratos un tono detectivesco, siguiendo pistas fragmentarias para construir una especie de retrato en ausencia.  ¿Cómo fue ese proceso de ir re-construyendo la figura de Nascimento a partir de estos pequeños fragmentos que ibas encontrando?

Lo primero es que la gran mayoría de sus contemporáneos y de los que habían sido amigos, colaboradores o autores de la editorial, estaban muertos. Por lo tanto, ¿Cómo contar esta historia? Lo mejor era que esos autores hablaran de él. Porque también se trataba de un tipo muy discreto que casi no dio entrevistas. En cincuenta o sesenta años de actividad dio muy pocas entrevistas, tres o cuatro. Tampoco es que haya publicado un diario, cosas como esas. Era un tipo muy discreto, no se involucró mayormente con la bohemia que había en Santiago, entonces era muy difícil. Empecé a buscar el testimonio de sus autores y encontré que esa era la mejor forma: que ellos contaran, hablaran sobre Nascimento. La prensa, las memorias, todo eso.

Cuando uno ve la labor que hizo Nascimento, se da cuenta de que él apostó por los escritores locales, se la jugó por publicar autores chilenos. Ese es un rasgo presente en la edición independiente de hoy. A tu juicio, ¿Qué otros aspectos del trabajo de Nascimento se pueden ver en la generación de editores actuales?

Él se preocupa de publicar autores nacionales, y ahí hay un doble juego también, ¿no? Como lector, una forma de entender este país de adopción, este país en el cual él se radicó, se casó, tuvo sus hijos,  era a través de esta fascinación que él tenía por la literatura, como lector primero, una forma de ir entendiendo  la sociedad chilena, que es tan contradictoria, confusa… y por otro, claro, encontró una forma de ganarse la vida ahí. Hay también una elección de ganarse la vida un poco por casualidad, como quedarse con la librería, el incentivo que hace Eduardo Barrios: “oye, hagamos libros”. Otros editores creían que los escritores chilenos no eran tan buenos o no vendían, y él dice “no, yo voy a publicar autores nacionales, yo creo que sí son buenos, pueden ser vendibles”. Hay también una mirada comercial, no solo en la literatura. Y lo que podría ser ahora un símil de eso, no sé, yo creo que lo que hace Marcelo Montecinos en La Calabaza del Diablo me parece que podría ser bien “Nascimento”, porque Marcelo tiene su imprenta en su casa también, hace toda la cadena; es editor, maneja la máquina, es un poco una especie de Nascimento moderno, y de alguna forma Marcelo también es quien ayuda a abrir esta senda. Es muy gratificante ver que haya todo este resurgir de editoriales, que sean los que están agrupados en La Furia y toda esta gente que está haciendo libros ahora, a partir de la iniciativa de un individuo, o de dos o de tres… quiero decir, sin el amparo de una institución pública, o de una empresa o grandes capitales. Es gente que solamente está fascinada con la literaura.

En tu novela Migrante te haces cargo justamente de esa problemática, de los inmigrantes peruanos en Chile, con toda la carga de prejuicios y xenofobia que esto desata en algunos sectores de la población. Actualmente Santiago y otras ciudades pareciera que son cada día más cosmopolitas, tenemos cada vez más inmigrantes. ¿Crees que este cosmopolitismo incipiente servirá para derribar esos prejuicios o, según tu  mirada, estamos ante la creación de una especie de ghettos sin mucha comunicación entre sí?

Yo creo que son las dos cosas. Creo que es un proceso largo que está empezando. Mira tú, cuando uno veía las imágenes del paro del Registro Civil un porcentaje importante de la gente de la fila eran inmigrantes, era algo muy notorio. Pero también hay ahí una contradicción que a mí me llama mucho la atención: la  de un país que afuera parece como una gran oportunidad, pero que no le asegura ni a sus propios ciudadanos cosas básicas como educación o salud, por ejemplo. Entonces es curiosa esa dicotomía que hay entre la imagen que proyecta Chile y lo que es realmente Chile. Esta ciudad, en el caso de Santiago, muy segregada, como una ciudad para pobres y una ciudad para ricos, donde los ricos prácticamente no conocen la otra ciudad, como dos países, donde tú puedes pasar, en pocos kilómetros, de Holanda a África. Es raro eso. Por otra parte, creo que esa integración es un proceso, el tema de los ghettos existe, pero la motivación parte por mi propia experiencia como inmigrante en dos realidades bien distintas, en Irlanda y en España. Dos realidades distintas quiero decir en la forma de tratar al inmigrante. Ahí también está la observación de cómo es recibido el inmigrante y la verdad es que para mí fue una experiencia que me marcó profundamente. No la había vivido antes, entonces fue algo que me impactó, me golpeó, yo creo. Es muy fuerte ver lo que significa llegar a otro país sin nada. Finalmente lo que a mí me toca vivir o lo que nos toca vivir como el ejemplo de la fila del Registro Civil es la inmigración de los pobres,  porque hay distintos tipos de inmigración, por decirlo así hay una inmigración clase A y una inmigración clase B, clase C… pero la que tiene que ver con nuestra inmigración, con la de mi clase, por lo menos, que es la inmigración de la gente pobre de los países, claro, eso es muy duro y ahí uno ve que hay que tener un gran valor para ir a un país, establecerse y tratar de ganarse un espacio en ese país, integrarse al mercado laboral, a una cultura, y con una constante hostilidad en muchos casos. Entonces esa experiencia yo creo que es una de las que más me han marcado y que más me han conmovido a la vez.

Felipe 1.jpg¿Eso gatilló la escritura de Migrante?     

Totalmente. En las dos historias que tiene el libro. Tiene mucho de mi experiencia. En el caso de la primera, claro, la sensación de lo que significa el desarraigo. Pero no con esta idea fascista de “patria”,  de “bandera”, del “chileno”… no, no, si finalmente es tu barrio, tus amigos o tu familia, eso es tu patria, tu cosa como inmediata. Eso por una parte, el desarraigo, la incertidumbre. Yo creo que esas son dos cosas que espero que el texto las transmita, la angustia de lo que significa. Y en el caso de la segunda historia está el tema de la barrera idiomática que fue para mí algo impactante de vivir; lo que puede significar la barrera idiomática en la integración de un sujeto a una sociedad. Pero al momento de transformar esto en libro dije “bueno, tiene que ser un poco más local” porque claro, en un momento la historia podía transcurrir en Europa, pero la idea era que fuera acá, hay todo un proceso de reescribirlo, de investigación también.

Ahora que en Europa justamente hay una crisis tremenda con los migrantes que nadie quiere.

Que estalló, porque venía. En la época que a mí me toca vivir en Europa –estamos hablando del año 2007-2008- en ese momento la crisis estaba, ya era un gran problema. Te encontrabas  con la gente de África durmiendo en los cajeros automáticos, en el tren o en la calle vendiendo cosas, en el tren cambiándose de vagones para no encontrarse con los controles. Las “pateras”, que son los botes que cruzan el Mediterráneo, eso era un tema ya presente, lo que pasa es que estalló este año.

Como latinoamericano, ¿en cuál de estas dos sociedades sentiste mayor rechazo? ¿O cuál fue más difícil para ti?

Lo que pasa es que ahí también hay un factor que es horrible. Porque, por ejemplo, en Barcelona se ponen –o se ponían en el momento que me tocó vivir a mí ahí– los pacos, la policía, a la salida del metro a pedir papeles, pero a mí nunca me pararon. Yo podía pasar por el lado de los pacos y jamás me paraban. Pero si te cachaban un poquito moreno, con rasgos indígenas, te paraban. Y aquí es un poco lo mismo. O sea de alguna forma la apariencia también dice algo, lo que es un gran error. Yo soy el ejemplo de eso. Y esas prácticas de discriminación se reproducen igual. La sociedad chilena no está muy lejos de cómo la española puede tratar a los latinoamericanos, cómo los chilenos tratan a los propios latinoamericanos.

Sobre todo a sus vecinos inmediatos.

Sobre todo a sus vecinos, claro. Porque con los argentinos es otro tema ¿no?  Ya si el tipo viene de Europa o Estados Unidos los pantalones te los bajas al tiro.

Como si llegara a su propio país.

Sí el tema es con los vecinos. Que es una idea muy fascista. El mismo Pinochet en sus libros-plagio hablaba de la “raza chilena” y de que los negros no se asentaron, lo que es una mentira: en Arica hay una gran comunidad que tenía que ver con los afro-peruanos que se quedaron, el tema de la chilenización… uno ve que siempre ha estado presente el gen mapuche y negro.

Hablando de estas relaciones, para algunas personas el campo literario chileno parece ser bastante cerrado, un poco endogámico incluso. Parece haber poca disposición a la literatura de otros lugares, con mayor intensidad hacia peruanos y bolivianos. ¿Piensas que nos miramos mucho el ombligo en el campo cultural chileno?                        

Totalmente de acuerdo. Creo que los escritores chilenos miran mucho a Argentina, quizá demasiado, cuando en Argentina lo que realmente les importa de Chile son los poetas, no los narradores. Reconocen a Chile como un país de tradición poética y se fijan en eso. Pero sí, ese complejo de inferioridad que tiene Chile con Argentina, claro, todo lo que sea de Argentina es como “bueno”. Pero poco concemos de lo que se pueda hacer en Bolivia o en Perú. Igual se han establecido algunos puentes, se han hecho cosas. Yo creo que eso está cambiando, hay gente que es más inquieta y tiene la mirada en otras partes. En los países de habla inglesa hay algo que me gustó mucho conocer, que es muy interesante:  ellos hablan del hype. Public Enemy a finales de los ochenta, principios de los noventa tenía una canción que se llamaba Don’t believe the hype, o sea “no creas tanto lo que inflan”, y uno se da cuenta de que las redes sociales también ayudan a inflar cosas a veces, entonces hay mucho aire también.

¿Una ilusión mediática?

Yo creo que sí, también a veces hay una ilusión mediática, y uno como lector ve tantas referencias y te llevas una desilusión terrible después al leer lo que se supone que es el nuevo Tolstoi, o no sé, el nuevo Bolaño… esa comparación, esa cosa que siempre hay que estar buscando la obra maestra, no entendido como el camino de un escritor, un desarrollo de escritura, esa de siempre estar esperando “el nuevo” algo.

En ese sentido parece que estamos un poco obsesionados con el autor como “autoridad”.    

Sí, a mí lo que más me llama la atención de ser un autor principiante, precisamente, es el “personaje escritor”. O sea, moverse en la escena, tener un reconocimiento en la escena. Da lo mismo tu obra, no importa, puedes tener un solo libro publicado, pero puedes hacer un taller, ¿no? Ya eso te capacita para enseñar escritura creativa, cosa que me llama mucho la atención. Son modernas para mí, como la palabra “proactivo” ¡Qué es eso! Uno ve mucho eso, que es la instalación del personaje escritor, no importa la obra, importa el personaje escritor. Y me parece bien, o sea… está bien, cada loco con su tema. Pero no sé, yo prefiero por lo menos tratar de generar algo, decir algo desde otra vereda, desde otro lado, no ubicándome en eso.

Tus libros Nascimento, Migrante y tu próxima novela Corte, todos están marcados por personajes de un cierto nomadismo: por supuesto Nascimento, que se viene a Chile, personajes que intentan pasar la frontera Chile-Perú, y está también el Lalo, de Corte –que es el choro viejo la población- cuyo prestigio se ve en una frase bien interesante como es “se mueve afuera”, que puede ser fuera de los límites de la población, puede ser en otro barrio, pero puede ser también otro país.

Es que ahí tú encuentras por ejemplo la lógica delictual, esa que está en Hijo de ladrón –que es un libro que tiene más de 50 años y uno lo lee y parece escrito ayer, no pierde actualidad– y en esa lógica no existe el concepto de ser el “doméstico”, el que roba en su barrio, que se mueve ahí, entonces eso de que se mueva afuera, que es una cosa de población, es un término bien lumpenesco, es que tú no robas, no te “mueves”, en tu población sino que sales a otros barrios, a otros lugares, ojalá sin violencia, ojalá sin disparar un tiro, ojalá haciendo el menor ruido posible. Entonces el personaje tiene esa leyenda en su barrio.

Se conecta con una especie de desterritorialización del personaje: él puede simplemente desplazarse, no está necesariamente arraigado, puede “ejercer” en cualquier lugar.

Porque ahí también lo que me interesa –y espero lograrlo– es que se muestre este cambio de lógica, que a la vez es este cambio de lógica nacional. La instauración de la política del shock que hace la dictadura genera un nuevo tipo de sujeto, que reproduce la lógica del capitalismo, por lo tanto el individualismo por sobre todas las cosas. A través de esta pequeña historia marginal de una población –porque tangencialmente está la historia de la población, que nace de una toma de terrenos– la idea era tratar de contraponer esas dos lógicas, esas dos cosmovisiones de población: del antiguo, del que le toca vivir esa población que surge en la Unidad Popular como una toma de terreno y después, contra la dictadura, esa población colaborativa, de unión, donde la Iglesia también jugaba un papel importante (el personaje del cura es un homenaje al cura Maroto) y tiene que ver con eso, con este cambio de lógica. Ahora es totalmente distinto; se pueden matar en una misma población, puede haber dos o tres territorios, entonces los hijos de un mismo origen dividen la población en territorios, ese tipo de cosas… ¿Y a quién le importa? Ese es el tema, eso es lo que me conmueve, que se maten en las poblaciones ¿Y a quién le importa?

Entonces tenemos nosotros ahí una evolución que podíamos decir que pasa de esa población enraizada en la épica popular, de la toma, verdad, donde la palabra clave era la colaboración, después a la resiatencia de los 80, y finalmente a la instalaicón de una competencia individualista de todos contra todos.  

Claro, y empiezan los grupos del narcotráfico, hay grupos de poder. Hay ciertos tipos que dictan las leyes dentro de un barrio. Es una pequeña minoría en una población, pero que finalmente termina dictando las leyes para la gran mayoría.

Una metáfora del macroescenario.

Claro, esa era mi idea, que a partir de esta microhistoria refleje finalmente ese cambio brutal que generó la dictadura.

Además de Corte, que la vamos a ver publicada en pocos días más por La Calabaza del Diablo, ¿Hay algún otro proyecto en el que estés trabajando? ¿Algo que nos puedas adelantar?

Sí, estoy trabajando en una investigación en la misma línea de Nascimento, también sobre literatura chilena de principios del S. XX.

¿Otra investigación detectivesca?

Es curioso, pero sí. En este caso tiene más tono de comedia que de otra cosa, es algo un poco más absurdo, más ridículo, pero lo interesante ahí es que es un episodio que se da en la literatura chilena y cuestiona la influencia de la crítica en los lectores. Ahora que está en boga el papel de la crítica y cuál es el tipo de crítica y cosas como esa. Bueno, esto es una anécdota y tiene un tono de comedia, que precisamente lo que quería era burlarse de los críticos. En eso estoy ahora. Pero paralelamente a eso igual estoy en otras cosas de ficción, porque la investigación es lenta, entonces puede que ni siquiera lo tenga para el próximo año, yo espero que sí, trabajo super a conciencia para tenerlo, quiero tenerlo el próximo año.

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Nelson Zúñiga González (Santiago, 1977) Licenciado en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster en Estéticas Americanas y Diplomado en edición y publicaciones por la misma universidad. Ha organizado diversos eventos culturales y encuentros de poesía. Es autor del poemario La ciencia del silencio (Gramaje Ediciones, 2013). Es fundador y gestor de “Poesía y Crítica”.

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“Los escritores están atrapados entre dos tapas de un libro, pero la gente no”: entrevista a Jorge Baradit

por equipo PyC

Desde hace algún tiempo, el nombre de Jorge Baradit viene sonando con fuerza en el mundo de la narrativa chilena. Su trabajo, relacionado con el cine, la tecnología y cierta capacidad de especulación histórica, hace que algunos lo vean como un ‘bicho raro’. Sin embargo, este diseñador de profesión tiene una cantidad de lectores que ya se quisiera cualquiera de las más consagradas plumas nacionales. Al parecer, su capacidad de descubrir los monstruos que nos habitan tendría algo que ver… 


Baradit_4Jorge, me gustaría partir por lo más reciente en tu trabajo. Hay una buena recepción del público. Estás en la listas de libros más vendidos, lo cual es bastante difícil de ver en un autor chileno y de ciencia ficción, si podemos llamarlo ciencia ficción lo que tú haces…

 Discutible pero… (risas).

Es discutible, pero lo podemos conversar. También estás nominado al Altazor ¿te sientes un  escritor exitoso?

La pregunta es anterior, incluso. Es si me siento un escritor. Y no es la pará del pudor falso ni mucho menos, sino que efectivamente yo empecé a escribir recién el año 2005.  Todavía no tengo diez años en esto, empecé tarde, nunca fui escritor joven, ni promesa, ni nada de eso. Creo que hace un par de años pude escribir en algún curriculum la palabra “escritor”.  Yo creo que hoy día, 2014, ya puedo decir que me siento escritor… he escrito por lo menos dos novelas de las que me enorgullezco y un par donde por lo menos demuestro que el oficio lo tengo, que puedo contar una historia en trescientas páginas, un cerro de artículos, un cerro de reportajes y algunos cuentos por ahí. Diría que sí, soy escritor. Ahora, “exitoso” es un término súper elusivo, es muy complejo de definir. Para mí el éxito va a aparejado a qué tanto uno está feliz. La felicidad es una especie de equilibrio interior, va a sonar muy new age, weón, muy raro, muy chanta, pero la definición de felicidad tiene que ver con ser lo que uno es. Cuando uno es un conejo y salta, está feliz. Cuando uno es un águila y tiene que correr saltando, no es feliz. Entonces, que el águila vuele, que el conejo salte, que el perro corra y se rasque las pelotas y toda esa weá.  Entonces yo voy a ser feliz en la medida en que haga lo que puedo hacer, en que me sienta cómodo nadando si soy pescado y pueda ejercer hasta las últimas consecuencias las cosas que me gustan. Eso incluye no solamente ser escritor, incluye ser papá, incluye ser dibujante, incluye ser diseñador, ser aficionado a las artes visuales… y si más encima todos esos aspectos los puedes estructurar o los puedes conectar en una obra o en un conjunto de obras, mejor todavía. Entonces la respuesta a si me siento exitoso, digamos que…vamos bien (risas). El éxito no es un lugar que uno llega. Es igual que nadar, si tu paras, te hundes. Entonces esta cuestión es como surfear, mientras la ola está arriba está todo la raja pero tienes que tener claro que la ola va a bajar, que vas a tener que volver a patalear, te vas a tener que volver a subir y a lo mejor la ola que viene no va a ser tan buena. Eh…dejemos la pregunta en blanco (risas).

Además de escribir novelas, mantienes un blog permanentemente, lo que da cuenta de una intención de mantenerte en contacto con tu público ¿Cómo es esa relación y cuánto de eso influye también al momento de escribir?

Muchos escritores, o en general la gente del mundo del arte tiene prejuicios con esta relación directa con el espectador, con la persona que se encuentra con tu trabajo. Supongo que tiene que ver con que el arte en general es una pega súper introspectiva, en particular la del escritor es muy solitaria además. O sea un actor de teatro por lo menos se tiene que reunir y trabajar en grupo, el escritor puede estar encerrado dos meses sin ver a nadie. En mi caso creo que tiene que ver con mi trabajo como diseñador. Como tal,  tengo que trabajar para gente, tengo que interpretar lo que otras personas quieren y tengo que buscar el contacto directo con las personas porque son cables a tierra que me permiten medir, y en el fondo ser capaz de generar vínculos pa’ aprender lo que quieren, lo que no quieren. Esto no significa que yo utilice esas métricas o ese contacto pa’ generar lo que yo produzco. Yo tengo una especie de esquizofrenia interna, que es muy propia del diseñador. El diseñador trabaja con arte y con consumo, es decir que el diseñador aprende desde el mundo del arte, que es absolutamente ombliguista y que primero hace lo que quiere hacer y después ve cómo le afecta a las personas… si quiere.  A diferencia del consumo, que uno tiene que ver lo que la gente quiere pa’ ver que es lo que hace. Esto es como un doble embudo. En mi caso mantengo esa esquizofrenia interna y es el loco interno el que produce el arte y tengo esta otra dimensión que es el diseñador o el comunicador que busca mantener contacto con las personas para que ese producto artístico llegue de la mejor manera. Son compartimientos estancos, si no, estaría escribiendo novelas sobre…no sé po’, gays, o novelas sobre otras cosas que venden más. No, yo recibo este ladrillo extraño del loco que está dentro mío, lo miro, suspiro y digo: “¿cómo cresta vendo esta weá?” Ahí entra en acción ese otro aspecto que es el de comunicarlo.

Volviendo al tema de tu página. No solamente hay escritura sino que también hay bastante información visual, archivos multimediales, música, a propósito de tus novelas. Es muy poco común en los escritores manejar este tipo de plataformas para presentar  su trabajo. ¿Cómo nació esta inquietud de ser una especie de portal multimedial? ¿Tiene que ver con tu estética? ¿Tiene que ver con aprovechar las tecnologías del momento para llegar al público que ocupa esas plataformas sociales o  hay una concepción del libro que va más allá del libro?

Lo primero que siempre me gusta aclarar es que yo no le cobro esta actitud al resto de los escritores, esto es una decisión personal y tiene que ver con mi historia personal. Tampoco le cobro a nadie que esta sea la manera correcta de relacionarse con los lectores ni mucho menos, que todo el mundo haga lo que quiera hacer y yo no quiero apuntar con el dedo a nadie, esto es lo que me tocó y me tocó porque vengo de una educación que es amplia en ese sentido; yo me eduqué en arquitectura, en arte,  en diseño, y fui muy lector desde niño. Entonces, en el fondo el bagaje que tengo es de alguien que hace mucho rato sabe que la narración viene por muchas vías. Cuando chico leía mitología griega y para la historia de Cronos y el asesinato de sus hijos, el editor ponía el texto y al lado el cuadro de Goya. Esa dualidad entre imagen y texto me acompañó hasta mi educación académica. Como diseñador, descubrí que el libro es… ¿cómo decirlo para que no suene mal? El libro es un vehículo bastante poco apropiado, bastante pobre… incluso nuestro lenguaje es extraordinariamente pobre. Son 26 caracteres, un número de palabras reducido, nuestras palabras caben en un libro, es una cuestión muy rara. Entonces, como todo buen arte, el oficiante, el artista, ha tenido que estrujarlo, torturarlo, torcerlo, crear tropos literarios extrañísimos y combinaciones muy, muy raras para comunicar lo que quiere decir y en ese esfuerzo se produce arte,  y arte maravilloso y libros alucinantes. Pero no es la única forma de narrar. A veces siento que los escritores −y esto de nuevo es personal− están atrapados entre dos tapas de un libro, pero la gente no. Fíjate que cuando originalmente un cuentacuentos en una tribu te narraba una historia, el tipo generaba un espacio alrededor de la fogata, utilizaba silencios, esperaba que todos se quedaran callados, utilizaba el volumen, crecía el tono de su voz y de pronto utilizaba efectos especiales…  ¡pum! y se paraba, y utilizaba la sombra que proyectaba la fogata… es decir, estaba utilizando multimedios para narrar. Cuando cualquiera hace diez años, mandaba un correo para contar algo que le pasó, no sé, “fui a un recital”, ya no solo lo contaba, sino que además incluía un link,  pegaba una foto y los que tenían más cuento adjuntaban un audio, y eso a nadie le parecía raro. Sin embargo, todavía hoy, diez años después nos parece súper rompedor y revolucionario que un libro tenga un soundtrack  y que tenga fotos y uno dice “ah, bue…” esta cuestión se viene haciendo hace mil años y gracias a la web se está haciendo hoy, la gente lo está haciendo y ha superado, en ese sentido, a nuestros narradores, hace diez o quince años. Entonces, no encuentro nada raro en esto, no me parece anda extraño, me parece lo más natural del mundo y creo que aporta. Yo no descuido el libro por preocuparme del video, no descuido la prosa por estar tomando fotografías que pueden ser un aporte y tampoco creo que cada uno de esos productos, el soundtrack, las ilustraciones, el blog, los  documentales, los cortos sean productos que apoyen al libro; son objetos artísticos por sí mismos. Siempre me ha molestado cuando ven, por ejemplo, la idea del booktrailer,  de los clips y del soundtrack como un sol, que es el libro, y unos planetitas girando alrededor, que son el booktrailer y todos estos productos afines. Mi idea de libro es amplia: el objeto libro es un componente, el documental es otro, el soundtrack  es otro, cada  uno es autovalente, cada  uno tiene su propio relato y se conectan entre sí a la manera de una molécula, no como un sistema solar, y esa  molécula  suspendida en el aire, que tiene como componentes un libro físico, música, una página web, qué se yo, incluso un juego, finalmente son la obra. Por eso es que me arriesgo a sonar cursi o cliché, pero me interesa ser más narrador que escritor; ser escritor es un aspecto de la narración y tengo mucha hambre por estas otras dimensiones.

Baradit_5En tu última novela, Lluscuma, partes de un episodio bastante extraño de la historia reciente de Chile: el caso del cabo Valdés; una supuesta abducción ovni, y la cruzas con el contexto político de la época.  ¿Cómo nace la motivación, cuál fue tu propia experiencia al investigar sobre este caso y cómo lo fuiste tramando para unirlo?

Mi batería de intereses, mi formación, es heterogénea, por no decir promiscua. Yo no tengo una formación académica, no estudié literatura, no tuve alguien que me dijera “esto está bien que lo lea, esto está mal que lo lea”. No tuve  un modelo que me dijera “por Dios, deja de ver películas de superhéroes, ve a Ingmar Bergman” Yo veía a Bergman y veía Star Wars y no tenía ni un problema. Leía… mi papá era chofer y tenía acceso a los fardos de libros de la editorial universitaria de Valparaíso y como a mí me gustaba leer −yo tenía seis, siete, ocho años− él todos los días salía de la pega y sacaba un libro, el que fuera, y de repente él llegaba con Don Juan Tenorio,  de José Zorrilla, de repente llegaba con un libro de astronomía de Arturo Aldunate Phillips, con una selección de Los Cuentos de Canterbury, erotismo medieval, ¡cacha! Después llegó con Altazor, con Los altísimos, después llego con Todos los fuegos el fuego, ¿cachai? Y yo  los leía…

Un espectro bien variado.

Claro, entonces, como te digo, mi formación está llena de agujeros. Está hecha de palos, fierros encontrados en la calle, materiales de buena calidad y también latas, están amarrados con alambres y esta torre es muy enclenque y muy amorfa, no la hizo un ingeniero ni un arquitecto. Incluso los productos que salen da ahí, de esa máquina, son  más o menos equivalentes. Me interesa el folclor urbano, me interesa la idea de  rescatar estos episodios oscuros de nuestro folclor urbano como una manera, una intención propia de rescatar estos pasajes de nuestra historia para reflejar un momento de nuestro pasado. A mí me tocó vivir la dictadura de Pinochet, me tocó ser parte de la resistencia, me tocó vivir el abandono cultural, me tocó vivir la ceguera en la que vivía el país en esos años, me tocó escuchar a los Sex Pistols sin siquiera saber cómo se llamaban porque el tipo que tenía el cassette tampoco sabía cómo se llamaba eso que estaba sonando. Me tocó escuchar en un cassette a Rick Astley, después Motorhead, Metallica, Reign in blood de Slayer… todo era fragmentario, todo era alucinado, todo era deforme, todo era de origen dudoso. Entonces lo que yo hago ahora responde a eso. No tuve ningún filtro, ninguna educación ni refinamiento que impidiera que produjera estas weás ¿cachai? Quizá el haber leído mucho me dio una  prosa aceptable que me permite pasar los comités editoriales, pero Lluscuma nace de mi fascinación por estos eventos… por los curanderos, los videntes, por los avistamientos ovnis, por los continentes perdidos, por todo ese lado B de  nuestra historia que hoy se caricaturiza por los Ingen Aliens. No soy muy cercano al mundo ñoño propiamente tal, pero me parezco harto (risas).

Volviendo a la metáfora que hiciste de una persona como una estructura un poco enclenque y las cosas que salen de ahí, ¿Cuáles crees tú que son las influencias más grandes para tu trabajo?

Mira, lo primero son las películas de terror que vi cuando chico, pero hubo varias vertientes. Me regalaron un libro de astronomía, eso me mostró el tamaño insondable del universo, me dio una perspectiva cósmica muy angustiante. Después, tuve acceso a mucha literatura, mitología, la grecorromana en particular. Eso me dio una dimensión de los monstruos que habitan al interior de la psique humana. Jamás se me ocurrió que el Minotauro pudiera existir, sabía que eran pesadillas. Después de eso tuve acceso a mucho cine de terror, que me dio una perspectiva moderna de estos monstruos, descubrí que esto había acompañado al hombre desde siempre, desde sus inicios. Había un mundo debajo del sótano insondable como el cosmos, poblado de monstruos, y era un sótano que cada persona cargaba dentro; todos los que ves caminando por la calle tienen un saco interior lleno de monstruos, asesinos, criminales, minotauros, supernovas… y caminamos muy tranquilos por la calle, conversamos… y al interior hay batallas celestes, monstruosas, eternas. Y después apareció −todo esto por error, por simple choque, por colisión− Borges por un lado, Las mil y una noches, por otro, apareció Swedenborg por un tercero, Antonin Artaud. Y cuando llegó mi adolescencia, toda esta formación heterogénea, que me hacía vestir una chaqueta de cuero, con un parche de los Dead Kennedys atrás, tener mi banda de punk rock, pero además andar con las Iluminaciones de Rimbaud en el bolsillo y con una Fangoria en el bolsillo de atrás… ¿Qué cresta tenía todo esto en común? Chile estaba congelado en la modernidad, Pinochet lo había congelado en los años 60 o 70, esa fue una de las cosas que hizo Pinochet también, nos impidió la explosión punk, la ruptura, el quiebre con este sueño de que el mundo avanzaba, que el mundo y la gente avanzaban en una línea de progreso ascendente hacia una mejor humanidad. Todo este quiebre que se produce en los 70, Pinochet lo congeló. Nosotros seguíamos pegados en esta idea de que había una forma correcta de hacer las cosas, de que había un objetivo correcto, de que había una manera adecuada de enfrentar la situación. Yo pensaba que yo era un mutante, un Cuasimodo, y no veía valor en lo que me pasaba,  en esta monstruosidad que acarreaba. ¿Y qué podían tener en común Star Wars con  los Edda de Sturluson, o con el Cantar de los Nibelungos o Borges?, ¿Cómo, por qué esa lista de gustos? Artaud fue el tipo que más daño mental me hizo y me sigue haciendo.

Y es mi bandera calcinada, como decía  Breton. Y lo que tiene es que me interesa,  como también decía Breton: “hay otros mundos, pero están en este”. Me interesaban esos otros mundos, este mundo me vale madre, este mundo es un jardín consensuado y detrás hay monstruos, esta plaza en la que estamos es una caricatura linda, cuando los que están pasando por acá se quieren matar. Hay gente que tiene psicópatas dentro, súper controlados, hay cajas de metal que pasan a 90 kilómetros por hora  y la gente está parada al lado paseando. Sobre nuestros cielos hay asteroides a kilómetros de la tierra todo el rato, estamos al borde de la extinción, todos olvidamos que nos vamos a morir, que nos van a matar, que vamos  a tener una enfermedad espantosa. Todos vivimos en un punto ciego que nos hace no volvernos loco. Bueno, ese punto ciego ya está, no me interesa, me interesa lo otro, me interesa ver qué hay un poquito  más allá, escarbar debajo de la piel, hacer un hoyo y ver qué hay debajo. A lo mejor hay detenidos desaparecidos, hay torturadores, monstruos, minotauros, sangre… no sé. Me interesa la mostruosidad.

Según lo que tú planteaste, como por ejemplo la idea de modernidad, tú última novela primero fue apareciendo como los antiguos folletines…

¡Y en un diario de derecha! Así, de ultra derecha.

Baradit_2Justamente una práctica del S. XIX ¿verdad? …retomando algo que hablamos al principio que es el tema del estilo. Quizá no sea necesario definir un estilo, pero tomando el tema de la modernidad, tomando el punk, el Cyberpunk, el Steampunk que retoma mucho de la maquinaria del XIX ¿con cuál te sientes más cómodo o por dónde va el estilo de Jorge Baradit?

Siempre son otras personas las más apropiadas para decir esto, pero fíjate que más que retomar el folletín, lo que yo quería hacer era una serie de televisión. Cuando hablé con la gente de La Segunda, lo primero es decir que respetaron mi creatividad, hubo respeto por mis ideas, por mis propuestas a puntos bien extremos, o sea, incluí en la novela una frase que a ellos les duele. Escribí en un punto en la novela “los mataron como ratas”(1). Incluí juicios muy duros contra la derecha, tuvieron que aguantarse poner una ilustración a toda página de un torturado por la DINA en pau de arara(2). Se comieron muchos palos y fueron muy respetuosos. Una sola vez me pidieron como favor eliminar una frase y habían sido tan buena onda que la eliminé, no era relevante. Y en realidad, cuando les vendí el proyecto, cuando ellos me pidieron que fuera porque querían trabajar conmigo, ellos querían que yo escribiera cuentos, pero yo tenía en la cabeza el formato serie muy pegado. Hace mucho rato que la serie es mucho más interesante que el cine, es un lugar común ya, pero como hacer  series requiere mucho tiempo y mucha plata y como yo no tengo tiempo ni  plata pero quiero hacer las weás, dije ya, “hagamos una serie”. Imagínate, si te fijas, Lluscuma tiene 26 capítulos,  la cantidad estándar de una serie de televisión norteamericana y la idea era que cada capítulo tuviera tres arcos, un gran arco, y que cada capítulo fuera  autovalente y terminara en un cliffhanger. Tiene títulos, temáticas y se trabaja en ese sentido. El que estuviera  en un diario fue un accidente, yo lo relacionaría más con el formato serie que con el formato folletín. Ahora, con qué estética me siento más a gusto, pucha… en mis novelas como que me he paseado por varias: he hecho steampunk, retro futurismo, cyberpunk, atompunk y un montón de denominaciones, algunas que no conocía cuando las estaba haciendo y en general me doy cuenta de que el interés que hay tiene que ver con el transhumanismo, que es un concepto muy elusivo, muy amplio también y que tiene que ver con la persona y sus capacidades extendidas. Es decir, cuando  a ti te hablan de que te van a poner un chip en la oreja y  que vas a poder escuchar más lejos, que te vas a poner, no sé, los google glass y vas a ser capaz de leer ciertas cosas, estás haciendo un transhumanismo extrópico, es decir, te estás poniendo cosas por fuera para expandir tus capacidades. Se supone que vamos pa’ allá. El supersoldado que está preparando Norteamérica va pa’ allá, sin duda. Es un weón  inyectado en estimulantes que es capaz de ver vía satélite más allá, tiene visión nocturna, etc. Eso comenzó desde el inicio de los tiempos, este ser humano que quiere ser más. Desde 2001, cuando el simio agarra un palo, eso ya es  una extensión del brazo, cuando yo ando en mi moto, es mi cuerpo con  un motor andando a cien kilómetros por hora, llevo atrás un laptop que tiene una memoria a la que yo no puedo aspirar y que me conecta con una inteligencia  planetaria  y un celular con  el que puedo escuchar a distancia. Entonces, ya somos superhombres de alguna manera. Lo que me interesa de la tecnología no es qué tan de punta sea, sino esa capacidad que tiene en convertir al ser humano en un monstruo… de nuevo aparece la palabrita. Me interesa esa capacidad que  tiene la tecnología de extenderse más allá de las capacidades  y convertir a la persona en un santo, en un superhéroe, en un monstruo. Es decir, llevarlo más allá de su condición.

Para terminar este recorrido, centremos la mirada en el Chile de hoy con todo lo que está pasando. Según tu visión Jorge ¿Chile hoy está más cerca de una ucronía o de una distopía?

Como escribí en Synco, hay un juego de revés. Chile pareciera estar metido en un loop donde siempre está repitiendo sus mismos errores. Está esta idea de que Chile cada cuarenta años tiene una explosión social que es aplastada ¿no? Es decir, después de 1810 tienes la Sociedad de la Igualdad en 1850, la revolución de Martín Rivas… ¡Pam! Aplastada. Después 1891, de nuevo. Después en 1930, de nuevo la anarquía y esta idea de asamblea constituyente mula que terminó poniendo adelante Alessandri. Después, en 1970 ocurre este maravilloso milagro en un fundo, se organizan de alguna manera los inquilinos y logran poner a la cabeza del fundo a un representante de ellos, es un milagro insólito que de nuevo es aplastado por los dueños del país que, en el fondo siguen siendo los dueños… nosotros vivimos en sus jardines, en sus patios exteriores, y después, 2011, cuarenta años después, hubo una revueltita muy bonita, muy poderosa que también nos pone de nuevo en esta  intríngulis. ¿Somos capaces de dar el salto? ¿Somos capaces de construir una sociedad mejor? ¿O de  nuevo van a llegar esos poderes eternos que penden sobre nuestra cabeza aplastar el sueño y volvernos a fojas cero? Parece  que esta vez el horno no está para bollos, en términos de golpes militares o intervenciones religiosas. Están muy preocupados de sus propios problemas los militares, además la Concertación los dejó maravillosamente bien en términos económicos, aprendieron. Y los curas están demasiado preocupados de sus pedófilos como para meterse en problemas y al parecer no hay agua pa’ la piscina, es por eso que están tan desesperados en la derecha, están urgidos. Por supuesto, Bachellet no va a dejar contento a nadie, no va a dejar contento ni a los conservadores ni a los radicales porque está tomando un camino intermedio que le permite gobernabilidad. Tengo la impresión de que es un panorama completamente nuevo, un panorama que no hemos visto nunca antes, que nunca habíamos visto realmente. Aunque los más radicales critican con razón el programa de gobierno, yo creo que nunca se había tomado directamente de las pancartas de la calle un programa de gobierno, con más o menos matices, nunca se había sido tan literal  en tomar las necesidades de las personas y llevarlas a un programa de gobierno. No llevamos ni un mes todavía (3), hay que tener cautela. Tengo la impresión de que es un panorama completamente distinto al que hemos vivido en los anteriores ciclos de cuarenta años, y fíjate que soy bien optimista, tengo la impresión de que esto es un paso. Toda nuestra historia hemos avanzado tres pasos y hemos retrocedido cuatro. Tengo la impresión de que por primera vez estamos pisando firme en algo, no sé en qué, no cacho como va a seguir, no sé de qué manera podrían respingar los que siempre respingan. Tengo la impresión que es algo nuevo, si tú me preguntas, soy muy optimista… y no se puede ser de otra forma, si no, no hay nada que hacer, pégate un tiro ¿cachai? Yo soy optimista y tengo la impresión de que este es un primer paso de una caminata bien larga, pero como primer paso está bastante decente.

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Notas

(1)Titular de la segunda durante la dictadura destinado a encubrir la Operación Colombo que tuvo como resultado la desaparición de 119 militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). El titular y la noticia hacían referencia a falsos enfrentamientos de los revolucionarios con fuerzas de seguridad extranjeras y fallecimientos producto de luchas internas.

(2)Forma de tortura empleada por la DINA que consistía en colgar a la víctima cabeza abajo de una barra situada detrás de las rodillas y delante de los codos. Las muñecas y tobillos se ataban juntos. Esta tortura produce intensos dolores en articulaciones y músculos, además de mareos y desorientación. Se cree que el término se originó cuando los traficantes de esclavos portugueses usaban esta tortura como una forma de castigar a los esclavos rebeldes.

(3)Entrevista realizada el 1 de abril de 2014.

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El hambre no es contingente: entrevista al poeta chileno Rafael Rubio*

por Silvio Valderrama G.**

Son las dos de la tarde y Rafael llega puntual a la cita. Vamos a un bar cercano a la estación de metro San Joaquín, frente a la Facultad de Letras de la PUC. Llegamos al bar, nos sentamos, pedimos dos coca-colas. Rafael dice que ya no bebe. Enciendo la grabadora y comenzamos a hablar de poesía.

¿Cómo ves la poesía hoy? ¿Cómo ves el circuito en el que te estás moviendo en este minuto? 

Actualmente conviven varias generaciones o promociones –como se quiera llamar- de poetas. Por un lado tenemos a los poetas ya consagrados, como Oscar Hahn, que siguen publicando y están en plena actividad literaria, creativa.  Además, están algunos poetas de los 80 que han estado publicando cosas importantes últimamente, como Raúl Zurita que sacó un libro monumental que se llama, precisamente, Zurita y constituye una revisión de su obra casi completa. Y, por otro lado, están las promociones más jóvenes. Por una parte la generación de los 90, que ya no es tan joven, y a la que supuestamente pertenezco yo también. Luego está lo que se llama, o se denomina, generación novísima, que abarca obras de los poetas que comenzaron a publicar en el año 2000: Héctor Hernández, Paula Ilabaca, Diego Ramírez, Pablo Paredes, Felipe Ruiz, Gladys Gonzáles,  para mencionarte los nombres que más suenan. Y, finalmente, poetas que yo he conocido aquí en la Universidad, en los talleres literarios, los cuales tienen obras incipientes muy interesantes, que hasta el momento no existe una denominación para ellos, como Manuel Vallejos, Nelson Zúñiga, Gastón Biotti, un poeta muy interesante que se llama Sebastián del Pino, tú también, en fin.

Bueno, para evaluar un poco la direccionalidad de esa poesía, tratemos de acotar el corpus, dejando afuera a poetas consagrados y situándonos en los poetas emergentes. Yo creo que todavía falta tiempo para evaluar con un mínimo de visión crítica, que todavía es muy temprano como para emitir juicios valóricos o apreciativos responsables. Pero lo que sí te puedo decir es que, con respecto a la generación novísima, siento que es una generación o grupo que se ha validado principalmente no por la calidad de su obra, sino por la crítica. Supieron entrar en la crítica mediante un estudio de mercado, lograron captar un poco las necesidades actuales de los estudios académicos que iban por el lado de los estudios culturales, los estudios de género, elaborando un producto que satisficiera esa demanda, constituyéndose un pacto mutuo.

Siempre he pensado que el mejor poeta novísimo no es, precisamente, ni de la generación novísima, ni poeta, sino un narrador: Pedro Lemebel.

Ah, claro. Sus crónicas son muy buenas, su poética. Ahora, nuestro grupo fue un grupo súper individualista y aquí acojo una de las críticas que ha hecho la novísima con respecto a nosotros, de que somos una generación despolitizada de alguna manera y reflejo, un poco, de las condiciones del sistema neoliberal, principalmente por el tema del individualismo. Tampoco fuimos un grupo que generara lazos de unión y no estuvimos muy atentos al contexto político.

Por lo general las obras de ese periodo fueron obras súper autorreflexivas. Si uno lee la poesía de Germán Carrasco, por ejemplo, se ve una poética que está siempre reflexionando sobre sí misma. Me parece que nosotros no articulamos una conciencia de grupo fraterna, que sí tiene la novísima. En ese sentido, creo que lo que nos ha ayudado a vernos como grupo ha sido, justamente, la novísima. Y, al revés también, creo que la novísima no se habría articulado como grupo si hubiera prescindido de la crítica a los 90.

Es interesante la suerte de batalla que se da en el campo de la poesía en esos términos. Si bien tu poesía o la de Germán Carrasco no remiten a una ligazón directa con el contexto social, o no puede ser entendida como literatura comprometida, sí poseen un cariz político que no es menor. Esto se ve en la preocupación por la forma y en el valor que se le da a la poesía como un oficio, como un trabajo.

Mira, hay un texto que se llama Cómo se hacen los versos de Vladímir Mayakovski. Creo que es de los años en que la revolución rusa ya se había asentado. Él elabora una teoría de la poesía en estrecha ligazón con la doctrina marxista. Entonces, uno esperaría de parte de Mayakovski que apostara por una referencialidad de la palabra en relación con el hecho político, con la causa digamos, y fíjate que lo que hace es utilizar un poema suyo, que es un homenaje, un poema de despedida a Essenin quien se suicidó, y él comienza a explicar cómo fue elaborando el texto. Uno se asombra de la rigurosidad formal del poeta al momento de elaborar ese poema como si fuera un objeto, un objeto poético y no un medio.

Como el gesto que hace Poe, diciendo ‘la poesía no tiene mucho de inspiración, sino de trabajo’.

Claro, y Mayakovski pone el acento en el trabajo. Dice, entre otras cosas, que el poeta es un trabajador proletario, diferenciándose de otros trabajos de manufactura por el material con que trabaja, pero fundamentalmente es eso, es un trabajador de la palabra. Entonces creo que en ese poner el acento en la forma, en la estructura, en la construcción, en el trabajo, finalmente también hay una propuesta política, como tú mencionas, que es sacar a la poesía del ámbito de la metafísica, instalarla en el ámbito de la manufactura.

Del materialismo… lo que hace el Vallejo más tardío. Con su militancia política trata justamente de hacer del poema un reflejo de la universalidad humana, con mucho trabajo, con mucha claridad sobre el objeto poético.

Ahora, eso no quiere decir que las poéticas que plantean el poema como un discurso que incorpore lo referencial, o sea la claridad conceptual, sean menos válidas. Por ejemplo, la propuesta del exteriorismo de Ernesto Cardenal, en el ámbito de la poesía nicaragüense, donde él plantea que en el poema se pueden utilizar e incorporar todos los lenguajes que estén a la mano del autor y él aboga por la claridad referencial directa y los resultados son óptimos, o sea basta con pensar en libros como los Salmos o el Homenaje a los indios americanos.

En relación a lo que está sucediendo hoy, particularmente después de un año 2011 bastante agitado, lo que devela un mayor descontento en el ámbito social, ¿tú crees que a la literatura, o a la poesía, le cabe alguna responsabilidad al respecto?

Mira, yo he escuchado críticas a veces muy conservadoras que dicen que el peligro del poema es lo contingente. Yo estoy muy en desacuerdo con eso, porque creo que lo que parece contingente, no son más que ciertas manifestaciones que parecen arquetipos, como la opresión, la injusticia social, elementos que han sido permanentes a lo largo de toda la Historia, de modo que siempre se hablará de eso y eso no es hablar de la contingencia. Eso es estar hablando de la Historia de la humanidad. Es más, si uno echa una mirada a la literatura universal uno se da cuenta de que muchos de los poemas fueron creados por la contingencia, quiero decir, en función de un estímulo actual y han alcanzado una universalidad que es incuestionable. Entonces, el hambre no es contingente.

Por otro lado, yo creo que es imposible no hablar políticamente. Nuestra conciencia política está hablando a través de uno sin que uno ni siquiera se de cuenta. Por la manera en que uno utiliza los conceptos, las palabras. Creo que no es posible hacer literatura no política o apolítica.

Me gustaría conversar un poco acerca de tu producción. En estrecha relación con tu obra más comentada que es Luz rabiosa, ¿Cuál es el rol que cumple la muerte en tu poesía? ¿Por qué hablar de la muerte?

Luz rabiosa nace de una experiencia muy concreta, que fue la muerte de mi segundo papá. Ya mi primer papá había muerto –mi papá biológico- pero esa muerte yo no me la viví, o sea la viví de manera metafórica, cuando mi mamá me pasó un globo con forma de corazón como a los dos días de la muerte de mi papá Armando, mi papá poeta, y entonces me dijo que mi papá estaba dentro del corazón. Era un globo de gas, entonces lo soltó y me dijo ‘mira, allá va tu papá’. Esa fue la explicación y con eso me quedé de niño. Y luego, la experiencia de la muerte de mi segundo papá, que es mi papá adoptivo, esa sí que me la viví con todas, porque lo vi morir, de hecho, y ver morir a alguien es una cuestión que te marca, marca mucho.

Ahora que nació mi guagua, me di cuenta de que no se diferencia mucho el ver morir a alguien de ver nacer a alguien, que finalmente son experiencias que se encuentran muy ligadas. Yo hacía esa asociación cuando veía nacer a mi guagua y fue como la sensación de ver morir a mi papá. Mi papá murió de una enfermedad muy larga, entonces, después de la muerte de él hubo una paz, una sensación de paz y tranquilidad, que es la misma sensación de paz y tranquilidad que uno siente cuando la guagua nace y la acuestan en su cunita…

Lo interesante es que uno se empieza a dar cuenta de que la muerte está permanentemente en todo lo que uno hace y en todo lo que uno vive, está en estado latente. En el silencio, en el sueño, en la conciencia de que la persona que quieres o que amas puede, en cualquier momento, no estar ahí también… es una experiencia que no es contradictoria a la vida, sino que está en la base. Son dos entidades que se relacionan dialécticamente entre sí, es imposible disociarlas o divorciarlas. Entonces amar la vida, de alguna forma, significa, aunque nos pese, amar la muerte también. Y aceptarla, aunque te reduela. Ese es un poco el trabajo, o sea mi preocupación.

Ahora que mencionas también a tu padre, Armando, me gustaría saber cómo te relacionas con su poesía y con la poesía de tu abuelo.

Cuando falleció mi segundo papá, como que yo ahí…  bueno, murió mi segundo papá y yo comencé un proceso de reencuentro con mi papá Armando y lo empecé a querer mucho más, comencé a leerlo más… Obró ante nosotros una reconciliación porque estuvimos separados un tiempo. Ahora último, hace dos años, llegó a mis manos un material precioso, un material inédito de mi papá, muchísimos poemas y cuentos, relatos, diarios de vida. Murió mi abuela y todo este material que estaba en una caja llegó a mi poder y me puse a trabajar en eso. Ahí me enamoré de la poesía de mi papá, tremendamente, porque la selección que hizo mi abuelo para elaborar el libro Ciudadano, dejó afuera una cantidad de poemas valiosos, muy interesantes. Entonces, el trabajo que hice fue muy bonito porque, algunos poemas todavía eran primeras versiones, estaban en cuadernos. Me puse a reescribir algunos, pensando en los criterios de mi abuelo y los propios criterios de mi papá para corregir un texto. Entonces estuve en esa labor, cotejando diversas versiones de un mismo poema y dejando la definitiva. Fue muy bonito, muy bonito.

¿Y la poesía de tu abuelo?

Yo soy devoto de la poesía de mi abuelo. Y también de él recibí material inédito. Ahora estoy trabajando en ello, es un conjunto de sonetos de mi abuelo.

¿Se viene una publicación tuya en el próximo tiempo, no? Cuéntame un poco sobre eso…

Bueno, el poemario que voy a publicar se llama Mala siembra y es un libro que tiene 150 páginas más o menos. Y lo he trabajado mucho, mucho. Me tiene bien contento fíjate. Y ahí el tema es, como sugiere el nombre, la precariedad. Ese es el tema del poemario. La precariedad, la miseria. Hay hartos poemas que tienen referentes contingentes…

En relación con el mundo editorial, tú que tienes una estrecha relación con Ernesto Pfeiffer y con Cristián Fuica. ¿Qué me puedes decir en torno a lo que se está haciendo en términos editoriales?

Lo encuentro bien valioso. Se está democratizando, de alguna manera, el acceso a publicar. Actualmente no cuesta, está costando muy poco publicar, lo cual es muy positivo, creo yo.

¿Te ha llamado la atención algún poeta que se diferencie, un poco, de estas ‘trincheras’?

Bueno, yo creo que Manuel Vallejos tiene un camino bien propio. Veo que en su poesía hay mucha independencia, mucha autonomía. Ves a un poeta genuino ahí, un poeta de verdad. Y tiene algo que lo caracteriza, que es su lucidez, su capacidad crítica.

Finalmente, quisiera hacerte una pregunta bastante obvia y básica, pero que puede entregarnos algunos elementos interesantes: ¿Por qué la poesía hoy? ¿Por qué no escribir narrativa, por ejemplo, en un contexto como el actual en que la poesía ocupa un lugar tan marginal?

Esa es una gran pregunta. Yo he escrito en prosa, narrativamente y referencialmente. Pero los resultados no me… mejor dicho el trabajo con el lenguaje narrativo no me produce el mismo alumbramiento, me interesa a mí el lenguaje poético porque pese a que uno pueda planificar un poema, uno puede pautearlo mucho –un poco a lo Mayakovski- el poema siempre te traiciona, siempre, siempre, siempre te traiciona. Terminas diciendo lo que no querías decir y eso te genera un crecimiento, un asombro y eso es súper estimulante, y eso es lo que no me permite el trabajo narrativo.

* Rafael Rubio Barrientos (Santiago, 1975) es poeta y Doctor en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado los poemarios Arbolando (1998), Madrugador Tardío (2000), Luz Rabiosa (2007) y la recopilación Caudal (2010). Ha recibido, entre otros reconocimientos, los premios de poesía joven Armando Rubio (2001), Mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (1996) y el premio de poesía Pablo Neruda (2008). Ha sido invitado a los encuentros Chile mira a sus poetas: Congreso internacional de poesía (PUC, 2009) y el Festival internacional de poesía de El Salvador (2009). Se desempeña como profesor en diversas universidades.

** Silvio Valderrama Gómez (Santiago, 1990) es poeta, activista político y estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha participado en diversos talleres literarios y, actualmente, forma parte de la plataforma política Crecer, el ‘Colectivo Cambalache’ (Letras UC) y la Organización Siembra.

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