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La dicha del cautivo. Monástico, de Sebastián del Pino Rubio

por Luis Aránguiz

MonásticoMonacato. Acaso haya una vocación más criticada que esa en la historia del cristianismo. Palabra cuya sola etimología nos arroja a aquella contradictoria experiencia humana a la que llamamos “soledad”. Aunque el monje vive con otros, no está dedicado sino a contemplar el misterio, en la acepción teológica del término. Monástico, entonces, es algo que pertenece al monacato, a la contemplación del misterio. Monástico (Pfeiffer, 2015), aparece como una obra perteneciente a una tradición criticada, que por querer caminar en la soledad y la contemplación, acabó re-presentándolas.

En este libro, Sebastián del Pino nos ha entregado una rica pieza. Al interior del poemario encontramos tres grandes secciones, con subdivisiones: En primer lugar “Rito de vigilias”, con “Himnario” y “Corolario”; en segundo lugar, “Liturgias”, con “Aflixionario” y “Lamentaciones”, por último, “El Monástico”. Todos estos términos remiten a un elemento fundamental de la espiritualidad: el rito. Los poemas están escritos en una clara métrica de octosílabos, eneasílabos y endecasílabos combinados, y más escasamente, en verso libre.

Es probable que, por su composición y temática, un lector con escasas -o ya sin- nociones de la tradición católica o en general del cristianismo y la Biblia, tenga algo más de dificultad para entrar a los poemas. Se advierte un nivel de lenguaje y significado coherente pero, pese a ello, se trata de una poesía que puede resultar excluyente a cierto público. Esto obliga a situar a Monástico -al menos para este breve texto, y por más que la etiqueta sea insuficiente, me parece- dentro de ese gran campo denominado “poesía religiosa”.

 El tema del monje o, más ampliamente, de lo monástico, es una clave para acceder al misterio que es el poemario. Si le preguntáramos al hablante “¿Qué es ser monje?” probablemente tendremos que tomar dos pasajes. En el primero de ellos nos dice: “Porque la suerte del monje / no es distinta a la del cautivo / que en las llamas de su celda / se halla por ventura a sí mismo” (63). El monje es el que va a la soledad. El recluido en la contemplación del misterio divino. No obstante, esta soledad es paradójica porque en ella encuentra a un otro desconocido que convive con él. La soledad es un lugar de encuentro. El monacato no es lo que ocurre en un monasterio; el monasterio es apenas esa construcción-espacio en la que se busca un lugar para la soledad que presentará no a Dios, como podría pensarse, sino a otro-sí-mismo.

No obstante, esto no es suficiente para hablar del monje. La imprecación  hecha por el hablante: “Llámate monje / sólo después / de comulgar / con los leprosos” (73), resulta indispensable para pensar la vocación. El monje no es ya el religioso contemplativo en busca de un lugar para su soledad; es aquel que ha adquirido  tal nombre luego de comulgar con el despreciado. Se incuba aquí una crítica, pero también una resignificación. Se re-nombra lo monástico del monje. Monje es el que está con un otro que no es Dios ni el sí-mismo, sino con el prójimo en la eucaristía.

Aún queda una última nota: este monje, que hace del lugar de contemplación el estar con el prójimo, habla ahora contra Dios: “¿Hacia dónde vuelve su cara el Altísimo / cuando entre los velos y los hábitos / se mancilla la inocencia del infante?” (65). Y en otra ocasión, contra los sacerdotes: “Ustedes que miran a la grey / desde dentro de los muros / episcopales: digan si han / asistido a los corderos en su / terror cuando el lobo aúlla; (…) Son pastores / de cámara, llevan báculos / dignos de museo: en la fiereza / del monte no pasan / de incómoda pompa” (77). El monje, que ya no mira a Dios y al sí-mismo, pues a ambos los reconoce en la medida en que ha comulgado con el leproso, es capaz ahora de enfrentar al sacerdote: aquel re-presentante de Dios que sirve el pan, ante el cual comulgan el monje y el leproso. De este modo, se restaura un rasgo de la vocación monacal que no mencionamos de entrada. El monje no sólo buscaba un lugar de soledad para contemplar; el monje lo hacía (¿lo hará por eso hoy?) porque la iglesia oficial estaba corrompida por el deseo de poder y la pompa imperial. Su vocación era, al mismo tiempo, protesta contra la hipocresía y la vanidad. En esta precisa dirección, en Monástico asistimos a la revaloración del monacato. Vocación que ejerce, también, el poeta.

Sebastián del Pino Rubio

Monástico

Editorial Pfeiffer, 2015

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl.

CC licencia

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Anuario Poesía y Crítica 2013

Queridos lectores y lectoras

Dejamos con ustedes el Anuario PyC 2013, que recopila todos los textos publicados durante dicho año. Agradecemos una vez más sus lecturas y comentarios, pero sobre todo el apoyo que nos brindan. Esperamos que disfruten el Anuario que hemos preparado con mucho cariño para ustedes.

Equipo PyC

Anuario PyC 2013

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LOS AHOGOS DE UN CHAMÁN: Crítica a “Las palabras del chamán en el fin del mundo” de Cristián Warnken

por Luis Caroca S.*

las palabras del chamán en el fin del mundoCuando aparece el libro de un personaje mediático, conocido sobre todo por un programa televisivo de entrevistas a personajes del llamado “mundo intelectual”, se genera una lógica curiosidad de saber cómo escribe el susodicho. Es el caso de Cristián Warnken y su libro de poemas. Publicado en enero de 2012 por Pfeiffer1, el texto está estructurado en cinco partes y nos muestra las impresiones de un chamán ante la pavorosa frivolidad en que este se halla inmerso. Es un monólogo duro y despiadado que ataca el materialismo y la pérdida del valor originario de la palabra. Es como Zaratustra bajando de la montaña para predicar lo que los hombres no perciben o la vieja idea del poeta (chamán) vidente, sabio, purificador de las palabras de la tribu que muchas culturas dan registro. Ya Hölderlin lo decía: ¿por qué poetas en épocas de desastres? Bueno, justamente porque el “poeta” como guardián del saber más profundo del hombre, se percata del caos eminente y da su consejo.

El libro está dedicado a dos grandes la poesía chilena: Anguita y Lihn, los cuales son llamados “chamanes de la fe y la duda en la palabra”. Ya en el primer poema se anuncia la horrible realidad en que los cuervos (con cita de Edgar Allan Poe incluida) anuncian la muerte de todo: “Dicen los cuervos en la pradera fría: / “la belleza ha muerto”/ “la verdad ha muerto” / “la inocencia ha muerto “/ “la realidad ha muerto” (p.11). Entonces, en medio de este contexto apocalíptico, aparece (o despierta) el chamán-poeta-mapuche para aclarar las cosas con su lenguaje culto salpicado con una que otra palabra perteneciente a la cultura pop: “¡Nontupaguen, trempilcawe yem! / Vengo a interrumpir este banquete / de imágenes virtuales y palabras rotas / No hay código de barra en mi voz […] El que entona canciones órficas / pasadas de moda/ Mientras un DJ autista divierte a las sombras” (p.19).

En los versos se critica la falta de espontaneidad en este mundo contemporáneo, lo fácil de una sociedad en que todo es desechable. El chamán busca el mysterium, la vuelta al papel, desprecia facebook, twitter y los seudos análisis snob. En este sentido, me parece interesante el poema VIII: “Mallarmé es el enemigo número I / después están todos los militantes / y militontas / del Derridadá / Todo el que ande descontruyendo algo / tendrá que vérselas conmigo. Se acabó este baile de máscaras / de sujetos transtextuales / y todas esas pajas” (p.33). Sugestivas palabras pues se critica a los que analizan lo que no se debe analizar, es decir, se apela a sentir la poesía en su estado más puro, sin artificios academicistas.

Warnken no duda en parafrasear a otros poetas: “Antes que esta quilla estalle/ Aquí está el Arca de Noé/ El Barco Ebrio/ pero con un capitán a bordo” (p.22), “Fue al filo del alba y sobre los techos: / Ahí proclamamos nuestra fe en el veneno” (p.40), “Quiero beber otra vez del agua del olvido […] Soy el albatros que regresó herido/ desde lo desconocido” (p.41). De hecho, en el libro hay una suma de conceptos o alusiones literarias y del saber humano en general que todo lector más o menos culto conoce: Hybris, Beatriz, Beowulf, Ofelia, canciones órficas, Eurídice, albatros, palabras provenzales, país de los cimerios, Ducasse, Keats, Plotino, etc.; pero ensamblados a la fuerza. Es como si el autor quisiera ostentar a cada instante una cultura enciclopédica sin sutilezas. Y es aquí precisamente donde me quiero detener, pues la idea de Warnken parece honesta, buena si se quiere, pero el problema radica en la forma. Por ejemplo, la manoseada figura retórica llamada “comparación” es aquí utilizada de manera pobre y con ínfulas de grandeza como una especie de Ricardo Arjona con forzadas muestras de sabiduría: “hasta que recibí tu carta / que abrí / como una tablilla sumeria” (p.57), “palabras que se tocaban / y se podían besar / y sobre las que se podía llorar / lágrimas de verdad / (como las de antes, en los boleros) / Confieso que mi adicción a la inmediatez / me produjo delirium tremens” (p.58), “Sus insultos me depravaban / ¿cómo tomar mi corazón y salvarlo? / Entonces les leí un himno pindárico a capela / como un canto de cisne en un pantano del Leteo” (p.60).  La incesante alusión a obras y autores resulta excesiva, como también los epígrafes que ahogan al autor como si éste no tuviera voz propia. En todo el libro el orden de epígrafes es el siguiente: Poe, Jorge Dowling, María Zambrano, Huidobro, Rimbaud (mucho Rimbaud de manera directa o indirecta), Philippe Jaccottet, Robert Graves, Baudelaire, Nerval y, para finalizar, el Códex Buronus. En suma, concluyo diciendo que uno es muchas veces lo que lee, pero ¿dónde está lo pensado, sentido o vivido sin interferencias? En este sentido, a los versos le falta sustancia, savia y carne. Sería exagerado decir que lo único bueno del libro de Warnken son las citas o los epígrafes. Tal vez, Las palabras del chamán… se podría tomar como un buen antecedente para conocer a los escritores y personajes allí mencionados. La famosa expresión: “todos podemos sentir como Keats, pero no todos podemos escribir como él” se podría aplicar a este libro.

Cristián Warnken

Las palabras del chamán en el fin del mundo

Editorial Pfeiffer, 2012

* Luis Caroca Saavedra es escritor y profesor de castellano de la UMCE. Ha sido antologado como cuentista en Mago Editores.  Ha publicado artículos sobre literatura en la Revista Water-Neon, Francia.
NOTAS
1 El objeto-libro es de bello formato. De tapa dura, portada couché mate, con un llamativo guerrero a caballo y unas hermosas guardas rojas que contrastan con las tapas blancas del exterior y el papel ahuesado del interior. Y si esto fuera poco, al final con colofón. En este sentido, Editorial Pfeiffer sabe lo que hace.
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