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Me voy al sur. Quemar las Alas, de Mauricio Osorio.

por Luis Aránguiz

Quemar las alas 2Ese espacio geográfico al que antojadizamente denominamos “sur de Chile”– porque no es ni de Chile ni  era sur hasta que otros así lo decidieron–, tiene una peculiar capacidad de atracción para la imaginación, la evocación y la contemplación. Es una suerte de imán, fuente de inspiración y, por qué no decirlo, también de búsqueda solitaria. Todas estas sensaciones, entre otras, no son desconocidas para quien haya visitado el sur, o quien haya leído a los autores que intentan plasmarlo. En este sentido, el intento del autor de Quemar las Alas no es novedoso. Incluso, es un esfuerzo que todo poeta nacido en esta franja de tierra y que se ha acercado a esas latitudes, debiese intentar alguna vez. Hasta Pablo Neruda lo ha hecho. ¿Cómo ser original?

Ahora bien, ¿de qué modo la apuesta de Osorio podría dar un giro interesante? En primer lugar, considerando que el “sur” del que habla es la Patagonia chilena, ahí donde todo lo que queda de Puerto Montt hacia arriba es llamado “norte”. Ahí donde hay una rica poesía local que suele ser poco difundida precisamente en el norte. Pero más aún, en esta apuesta encontramos un gesto que no deja de llamar la atención: el abandono del norte en pos del sur. Si bien esto es parte de la propia biografía del autor, en el poemario encontramos que este cambio es un asunto central. La voz del hablante se esfuerza por hacernos saber, casi a modo de inventario, en qué consiste este “sur” patagónico.

En los versos libres que componen este libro encontramos referencias a lugares significativos como Aysén y Puerto Cisnes, y al clima típico de la zona como sus fuertes lluvias, vientos, nieves, parajes paradisiacos y lengales. Intercalados entre los poemas, encontramos esfuerzos de prosa poética que los complementan reflexivamente. En ambas formas de uso del verbo hay temas subyacentes reiterados como la soledad, el silencio, la memoria y los estados del alma. Las alas, metáfora en ocasiones confusa que vertebra el poemario, dan cuenta de la autocomprensión del hablante que emprende vuelo a la terra australis ignota, a la Patagonia en que “hay un cielo / debajo del cielo / espejo denso entre los campos” (27). Por ejemplo: “sólo replegué las alas / posé mi alma / en la patria-paisaje / la obra de Dios. / Aterricé sobre la nada embellecida” (12). En “padezco un cuerpo cansado”, asevera el hablante: “Le llevo alas nuevas que rechaza con torpeza / le digo: aún hay flores allá afuera” (15). De este modo, la corporalidad adquiere un cariz inesperado: el alado se entiende a sí mismo como un ser escindido entre un cuerpo cansado cuya voluntad rechaza el vuelo, y un alma que busca liberarse. De aquí los versos implacables: “Madre, me voy al Sur / a sacudirme el alma. / Sí, a encontrar una muerte /dentro de bosques que ya no existen, / pero que crepitan bajo la nieve” (8). Con ello, es ya posible comprender también las palabras del poema que da título al libro: “¡Ay, qué muerte más famélica me persigue! / ¡Qué patética fealdad posee su memoria! / Pero he llegado. /Con las alas adheridas en el alma / y este cuerpo que no se anima a resplandecer / ante el oleaje de plumas azules” (9).

En un primer intento de lectura, podría pensarse que el libro responde a esa especie de síndrome escapista al estilo del film Into the Wild, característica tal vez más frecuente de lo que se quisiera en el viajero que busca el cielo debajo del cielo. Pero lo que hay aquí, me parece, es distinto: la figura del antropomorfo alado que aparece en la cubierta del libro es también parte de la poética misma de la obra, porque ¿qué otra cosa puede ser un ser alado sino la clásica representación del ángel de los cristianos o el trágico Ícaro griego? ¿Y qué hacer con el ángel de cuerpo cansado que surca el cielo debajo del cielo, cuyas alas, al aterrizar en la nada embellecida, son quemadas? Lo que se nos presenta no es la protesta habitual de las dicotomías campo/ciudad, naturaleza/cultura, soledad/sociedad o libertad/esclavitud, sino la cuestión antropológica de la búsqueda de un cierto sentido existencial que, aunque en ocasiones pudiese utilizar alguno de esos marcos de comprensión, no se sujeta a ellos y parece hallarse a gusto en lo que representa la Patagonia: esa nada embellecida en la cual venimos a buscar no la vida, sino más bien la muerte.

Sin duda, Osorio no logra dar cuenta de la Patagonia como lo haría un patagón. Pero, a su particular modo, sí logra darnos luces. Aunque en ocasiones ciertos poemas del texto tardan en darse a entender, ya por exceso de palabras, ya por falta de las mismas (¿y a quién no le faltan palabras?), su “Me voy al Sur” es una decisión que representa mucho más que la voluntad de un hablante lírico encerrado entre las hojas de un libro. No sea que, de pronto, algún lector urbano acabe por musitarla luego de descubrir el cansancio hasta entonces ignorado de su propio cuerpo y decida emprender vuelo al cielo debajo del cielo, aun si eso costase quemar sus propias alas para, por fin, sacudirse el alma.

Quemar las Alas

Mauricio Osorio Pefaur

Ñire Negro Ediciones, 2015

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl. Actualmente cursa el magister en estudios internacionales, IDEA-USACH.

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Lo nomádico y recursivo. Inmuebles, Obra Reunida (2001-2010) de Gustavo Barrera Calderón

por Carolina Reyes Torres

15554856_10154434395129877_1702395290_nAnalizar una antología de cualquier género siempre parecerá algo un poco más complejo de lo normal. A pesar de mencionar esta dificultad, se debe decir que Inmuebles de Gustavo Barrera (Santiago, 1975) publicado por Das Kapital nos sumerge en distintos momentos de su trabajo durante gran parte de la primera década de los 2000. El texto se estructura en pequeñas partes o poemarios si se prefiere. Los temas que van tomándose esta obra reunida rápidamente aparecen en escena: ahí está el siempre fructífero e inagotable personaje de Alicia, también aparece el teórico Adorno, el género, la pornografía, los vidrios y el juego de espejos, instrucciones de magia, entre otras cosas, además de incorporar dentro del  libro algunas fotografías e imágenes que complementan el mensaje verbal entregado por el poeta.

Barrera hace la operación de deconstruir gran parte de las cosas que damos por seguras: la idea de mujer, la relación madre e hijo, la idea de teoría, la pornografía, el deseo, el arte, y por sobre todo tensiona el lenguaje. Nos sumerge en un mundo de completa extrañeza donde lo que entendemos por seguro está fuera de su eje, desenfocado, corrido fuera de su órbita habitual. Dejándonos en un descampado interpretativo, debemos ser capaces de tomarnos del propio lenguaje, la propia voz poética que el escritor plantea para adentrarnos a la experiencia de lectura.

La extrañeza, como ya mencioné, se apodera de la escena: “Durante el almuerzo nadie debe inquietarse / si la persona a su lado pierde una mano / o simplemente muere producto de la gangrena” (10). El universo familiar es rápidamente transformado en un laboratorio de nuevas posibilidades estéticas, verbales y de imágenes absolutamente alejadas de lo clásico al respecto.

Alicia y Adorno también son parte de esta reunión de materiales. Alicia porque es la concreción de varias cosas que interesan al escritor, entre ellas la mujer y el espejo y lo que hace engarzar con su meditación acerca de la pornografía: “Alicia no ha podido determinar / que el rasgo característico de la pornografía / es que no tiene ni principio ni final” (51). El loop eterno de la escena porno, así como la imagen latente de Alicia entrando al país de las maravillas, a través de ese espejo, son movimientos que confluyen generando un nomadismo, una errancia que se puede percibir en gran parte de los poemas. Todo se desarma y fluye por un caudal de lenguaje que Barrera propone.

Barrera en este movimiento descentrado nos lleva a otras latitudes. Resalta el caso de Japón y su monte Fuji en la sección llamada “Mari Mori monogatari”. Claro que, siguiendo la tónica, no son imágenes sencillas, como en gran parte de esta Obra Reunida. Es una mezcla entre un Nipón ancestral centrado en su monte más famoso versus un abajo que vive una vertiginosidad post electrónica y donde una posibilidad de anclaje es la escritura: “Escribo con una daga de hielo / o con la esperma de una vela / que imita la forma de un falo” (298). O en el caso de la parte llamada “Ampliación del destino tropical”, donde la voz poética nos sumerge en un resort de finales de la década del sesenta: “Voy en un recorrido helicoidal, / sigo la forma de la piscina de pez / cientos de hombres y mujeres / venidos por tiempos determinados / […] bañan / la dureza de sus cuerpos en el agua” (200). Nuevamente lo desenfocado de los lugares, el extrañamiento que nos provocan, Barrera presiona esa tecla como una constante en gran parte de su trabajo.

Podríamos pensar que el mundo que construye Barrera pertenece a toda la distopía post apocalíptica en la que estamos todos –poco más o menos– inmersos.  Pero la gran respuesta que nos sugiere Barrera más allá de las formas de su poesía, sigue siendo en lenguaje. Si el poeta tiene una cuota de esperanza o la inercia de continuar es justamente por la escritura, por el crear estos perturbadores lugares. A diferencia de lo que piensa el poeta Harris en su postfacio en donde nos dice que la poesía de Barrera es “un “inmueble”  es decir un espacio habitable pero vacuo” (383). Creo que estos inmuebles más allá de lo inquietantes que pueden ser, sí están pletóricos de palabras, las cuales son el amarre en donde se sujeta todo el libro, la gran ancla por donde pasa este ejercicio poético descentrado e itinerante. Pero esta trashumancia contiene también lo recursivo, el círculo que vuelve al inicio, que después de todo el maremágnum y la sedimentación que atravesamos llegamos al claro para nuevamente volver al comienzo, así como ya lo expresa en el poema que abre esta obra reunida: “La planta se seca se quiebra. En su centro  se / observa un fruto: es una semilla. La arveja / ha vuelto a ser una arveja” (9). Entendemos esta misma metáfora para la poética de Barrera, en donde la palabra es tensionada hasta casi su destrucción, para que a partir de esa aniquilación, vuelva a aparecer ella misma otra vez nueva, para comenzar otro ciclo poético y de creación.

Gustavo Barrera Calderón

 Inmuebles Obra Reunida (2001-2010)

Das Kapital, 2015.

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Carolina Reyes (Santiago, 1983) es profesora de inglés de la Universidad de Santiago de Chile y Magíster en literatura latinoamericana y chilena por la misma universidad. Colabora haciendo crítica literaria en Revista Lecturas, Poesía y Crítica y Dos Disparos. También hace crítica de cine en 35 Milímetros. Ha publicado algunos de sus cuentos en Revista Sangría de Chile e Íkaro Magazine de Costa Rica. En la actualidad mantiene un blog de crítica cultural llamado Omnivoracultural:https://omnivoracultural.wordpress.com/.

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“Soñaste que eras rey”. Ayer, de Ignacio Pizarro

por Luis Aránguiz

15416143_10211244933860423_1699409426_nRecientemente ha sido publicado el libro Ayer, de Ignacio Pizarro Muñoz. No sería necesario leer la solapa para saber que estamos frente a un poemario abiertamente cristiano. El autor, un diácono en tránsito al sacerdocio católico romano, nos entrega una obra compacta, de catorce poemas titulados en números romanos y que podrían ser leídos como un vía crucis.

Los poemas, en verso libre, sin comas y con un pulso conversacional, parecieran ser una invitación a considerar más humanamente al Dios-Hombre del cristianismo. Dedicado a Raúl Zurita y prologado por Roberto Onell, el libro desde sus primeras páginas nos orienta a la senda que seguirán sus versos. El conjunto de poemas logra capturar en su seno aquello que Agamben pensó como la única tradición auténticamente cristiana: la de la “entrega”, que ya se hacía patente en la teología del protestante Karl Barth, y que consiste en el hecho de que Jesús fue entregado por Dios, Judas y los judíos a su muerte en la cruz. Aunque no corresponde entrar en este ámbito, conviene recordarlo porque efectivamente, y aunque no se nos diga explícitamente, oiremos la voz de Judas (27), la de Pilato diciéndole “soñaste que eras rey” (29) –eco de José, quizá–, entre otras, resonando en los pasajes del libro.

Aunque el hablante varía según cada poema y encontramos diálogos de diverso tipo entre ellos, la voz que predomina es la de Jesús. Un Jesús que en la Cena dice: “hace tiempo quería comer esta cena contigo / te había dado mi palabra / y aquí estoy contra mi voluntad” y “me tengo que ir pero no quiero / quiero quedarme aquí jugueteando” (23); que en el momento previo a los latigazos dice “me desnudo tiernamente / uno dos / déjennos solos que / abrazaré la pobreza” (31); que estando en la cruz disfruta del amor del ladrón (39) y que cierra diciendo “y veré que fue la misericordia / lo que me dejó solo” (46). Los elementos mencionados permiten reconstruir de algún modo la imagen del Jesús de Ayer, uno tan decididamente humano como desafortunadamente idealizado. Es que, al parecer, pervive también esa peculiaridad propia del catolicismo romano, en la que Jesús pareciera ser lo que es solo en la medida que lo recordemos tal como se nos muestra en los crucifijos: el rostro de dolor y amargura, con sus pies recorridos por la sangre. Un Jesús que no quiere morir, que quiere juguetear pero no puede, que se desnuda “tiernamente”, incluso tediosamente amoroso. Un Jesús que a ratos pareciera despojado de la fuerza con la que echó a los mercaderes del templo, despojado de la contradicción vital a la que fue sometido por quienes lo entregaron a la cruz, especialmente su propio Padre; despojado, en fin, de su propia condición humana, reemplazada por una piedad que no hace justicia a aquella parte fundamental de su doble naturaleza: la de ser hombre, sometido a las contradicciones propias que eso nos significa. Idealización que, aunque admirable, no nos permite identificarnos con él.

Quizá, como los judíos, debiésemos preguntar “hasta cuándo vas a tenernos en vilo / si tú eres el cristo dínoslo abiertamente” (19) que, además, hablan temerosamente de “dios” y no de “Dios”. El libro podría ser tenido como un crucifijo católico romano versificado que, con todo, nos recuerda que los ritos, texto y teología serían apenas el complemento de lo central del cristianismo: la creencia en el hijo encarnado crucificado. Finalmente, en lo que respecta a la apuesta editorial, cabe resaltar que el libro está hecho en un formato que permite transportarlo cómodamente y la cubierta resulta atractiva por su sencillez. Ayer es una invitación abierta a contemplar a Jesús. Nos habla de él como hablaría una persona corriente. Eso, sin duda, es un aporte a la poesía del género y una apuesta honesta que conviene valorar positivamente.

Ayer

Ignacio Pizarro Muñoz

Cerrojo, 2016

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Referencias

Agamben, Giorgio. Pilato y Jesús. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2014. Impreso.

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl. Actualmente cursa el magister en estudios internacionales, IDEA-USACH.

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