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Creo en la página blanca. Urnas, de César Valdebenito

por Luis Aránguiz

portada 1

Con un total de 74 poemas numerados, la reedición del libro Urnas (2001) de César Valdebenito es una búsqueda infructuosa que ya nos anticipa su subtítulo: “O réquiem a la palabra”. ¿Ha muerto la ‘palabra’, la condición de la comunicación propiamente humana, pero también la materia prima del poeta? Sí, este poemario parece sugerirnos eso. Si el mismo es un réquiem, no extraña que esté poblado por temas tradicionales del relato cristiano como El Jardín, Dios, y la misma palabra.

Una de las afirmaciones más contundentes de este réquiem es: “Dios no existe. / La escritura quizá” (50). Con la negación de Dios, el hablante se hace parte de una vasta tradición de poetas que han afirmado eso. Lo mismo ocurre con el acto de instaurar la poesía –o la literatura– en ese espacio vacío. Pero el hablante no se detiene, aun cuando ha habido esta instauración, afirma luego: “Estoy solo ante Dios / estoy solo ante la literatura / voy hacia la dimensión de la ausencia absoluta de Dios y de la literatura” (65). En ese tránsito hacia la soledad absoluta, en que ni Dios ni poesía son suficientes, al hablante no le queda más que decir aquello que le pertenece: “Hablo del dolor / De la infancia / Del paraíso perdido que nunca llega” (89), la infancia, la añoranza de un paraíso nunca visto.

Puede decirse que cada poema es una búsqueda de la palabra, pero una búsqueda que, se sabe, no dará resultado. Los poemas están escritos en un lenguaje sencillo, sin embargo su forma, en ocasiones, decepciona. No es que sean malos, ni que su contenido sea insuficiente, sino que se trata de poemas que funcionarían mejor como prosa poética, pues aun cuando se pueda ser defensor del verso libre –como es mi caso–, la extensión excesiva de algunos versos, a veces seguidos de cortes drásticos o viceversa, produce la sensación de que se está más ante una corriente de la conciencia que de una construcción poética elaborada con el cuidado que merece lo poético.

Por otra parte, el objeto-libro es inusual dentro del género de las publicaciones de poesía. Por su longitud, el tamaño del libro resulta incómodo. Esto, junto con su encuadernación, que destaca por una cubierta de papel couché, lo presenta más como una revista o catálogo de ventas que como un libro.

Urnas, de todas formas, guarda dentro de sí un sentir que pareciera frecuente en la poesía chilena actual. La cuestión de la muerte de la palabra, la nostalgia del poeta. En este sentido, conviene leerlo junto a otros poetas que conviven con la misma pérdida.

Urnas

César Valdebenito

Ediciones C&M, 2015

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl.

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La belleza de lo grotesco: ‘Der Golem’ de Pablo Lacroix

por Francisca Santibáñez Marambio

der golem LacroixDer Golem, de Ediciones Etcétera (2011), es la primera obra publicada de Pablo Lacroix. Se plantea como un libro objeto y es una clasificación que me parece ambiciosa. Hay un diálogo entre las imágenes y el texto que simula la dinámica del examen psicológico denominado “test de Rorschach”. Sin embargo, esta mecánica se diluye, pues, en el libro, el texto es abundante; es mucho más importante que la relación texto-imagen y lograría aparecer de forma independiente, casi sin problemas. Este texto está más cerca de ser un poemario acompañado por imágenes que un libro objeto.

Lo bello, lo feo, lo grotesco

Partiré por decir que Der Golem es un texto bellísimo. Un texto escrito con furia que oscila entre la delicadeza y la brutalidad. La temática se construye en torno a esta figura de movimientos torpes que pertenece al imaginario judío, el Golem: un monstruo con una vida artificial. Bello, feo y grotesco. Según Humberto Eco, “existe lo feo que nos repugna en la naturaleza, pero que se torna aceptable y hasta agradable en el arte que expresa y denuncia “bellamente” la fealdad de lo feo, tanto en sentido físico como moral” (p. 133). Este Golem corresponde a la belleza de la fealdad.

Der Golem es un texto sucio. Tiene una suciedad temática y visual. Temática porque abundan los términos infecciosos y la mención a los humores y componentes orgánicos, al borde del morbo y la repulsión: vómito, gangrena, tóxico, bacteria, sangre, tísico, costra, víscera, regurgitar, semen, veneno, larvas, gusanos, sarna, liendre, sarro.

También es sucio visualmente. Tiene un exceso de citas, exceso de adjetivos calificativos, exceso de palabras destacadas con negrita, repeticiones insistentes, incluso tiene lamentables, aunque mínimas faltas de ortografía(1). Es auténticamente grotesco, una piedra preciosa sin pulir, bello en su imperfección, pues está escrito con una intensidad única y transmite una sensación que no transmitiría si hubiese sido editado mil veces. Quiero celebrar el riesgo del poeta al no intentar escribir ese poema ideal que se promueve en muchos talleres literarios, ese que no tiene adjetivos, no tiene gerundios, no tiene infinitivos y es tan breve que, paradójicamente, casi no tiene palabras. Ese de estructura totalitaria, que demuestra lo intolerantes que podemos ser incluso en el terreno del arte.

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Fotograma de ‘Der Golem’, de Wegener

Estética romántica

El texto de Lacroix hace referencias directas tanto a la película de Paul Wegener (1920) como a la novela de Gustav Meyrink (1915), inspiradas en la leyenda judía del Golem. Ambas son herederas de la estética romántica de forma evidente: poseen una estilización de lo feo, atmósfera onírica y protagonismo de la subjetividad. Conocemos la estrecha relación que existe entre la novela romántica de Bram Stoker y Nosferatu, del cine expresionista alemán, en donde el Conde Orlok no es otro sino el mismísimo Drácula.

“¡Muerde mi cuello, muérdelo una vez más!” (p. 17) suplica el hablante lírico, envuelto en un impulso vampírico y un hambre caníbal, “seguiré aquí sentado (…) / hasta comer y beber de tu cuerpo desvanecido” (p. 23). El objeto de deseo es la mujer fatal del romanticismo, la miserable de la leyenda de Bécquer, que manda a su primo al Monte de las Ánimas para que muera: “me presento ante ti, diosa gangrenada (…) / te entrego parte de mi carne” (p. 21). Se funden las pulsiones, eros y tánatos, la excitación sexual es despertada por la muerte: “Hay vergas que se erectan ante un buitre crucificado” (p. 33). Él es un Golem, un monstruo sin alma, una figura grotesca que ha sido estilizada, pues en el fondo se esconde la más profunda desolación, al igual como sucede con el Quasimodo de Víctor Hugo. Ella es una mujer cruel que se asimila a una virgen o a un demonio y que provoca en él la absoluta irracionalidad. Una atmósfera de luz, sombra y sangre; un amor aberrante y carnal.

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Cubiertas de la novela de Meyrink

El Golem y el ahorcado

El Golem es una figura legendaria judía, un hombre hecho de barro, al igual que el Adán del paraíso. Sin embargo, mientras Adán es perfecto por ser una creación de Dios, el Golem es monstruoso, pues ha sido creado por el hombre. Según la leyenda, quien dio vida al Golem fue el Rabbi Jehuda Löw ben Bezalel, maestro de la Cábala mística, para defender a su pueblo de las amenazas del emperador Rodolfo II de Praga.

En la película de Wegener, el Golem toma un papel fundamental. Se vuelve peligroso para su creador, sin embargo, hay un final inesperado y feliz, en donde el pueblo judío es salvado tres veces por Dios. En la novela de Meyrink, el Golem tiene un papel secundario y es una metáfora de lo sobrenatural y lo oculto. No tiene una importancia en sí mismo, sino que simboliza al pueblo, que se mueve de forma autómata e inconsciente y pareciera no tener alma. Ese es el Golem de Lacroix, un hombre fracturado sin cuerpo ni alma. Son frecuentes las menciones al “cubo de sangre” y es justamente el cubo (o cuadrado) (2), el símbolo de lo material mientras que el círculo, su antítesis, simboliza lo espiritual y trascendente. El hablante lírico de Lacroix está atrapado dentro de un cubo, inerte, inconsciente, como encerrado de forma trágica dentro de una estructura de barro.

Otro elemento importante del poemario es la figura del ahorcado o colgado: “desde aquí observo la Horca, veo pequeños seres que alimentan mi partida” (p. 52). Se evidencian un instinto suicida y una relación sexual y religiosa con la muerte. El ahorcado como arquetipo milenario es una imagen poderosa que simboliza la transformación, el abandono del alma, la muerte y la resurrección. Lleva consigo un contenido sagrado: Artemisa, Odín, Ishtar y Cristo fueron colgados. El monstruoso hablante lírico vive los ritos de una religión pagana y se transforma, con la ayuda de la soga que lo arrastra por un viaje hacia lo oculto. Anubis, el dios egipcio de la necrópolis, lo acompaña en su cambio de piel, como si fuese una serpiente, siendo mencionado en diferentes partes del texto: “¿Y su cuerpo, su lápida, su recuerdo? /– En el vientre de Anubis, rezando parábolas y espejos” (p. 72).

Transformación a través de la palabra

La característica principal de la leyenda del Golem consiste en que la fuerza mágica del rabí dota de vida a la figura de barro, a través del poder de la palabra: “La palabra que tenía grabada en la frente “emeth” (verdad) le confirió la vida, hasta que el rabino borró de esa palabra el aleph y sólo quedó “meth” (muerte)” (Biedermann, p. 212). La palabra da la vida y la quita.

El Golem de Lacroix es protagonista de una transformación, puesto que de su estado material de carne o barro, se convierte en papel y palabra: “he dejado de ser hombre para ser Carne del Poema” (p. 49). El hablante lírico a través del suicidio, en el rito sagrado del colgado, abandona su cuerpo para convertirse en poema. La penúltima sección del texto toma el nombre de “Vertebrario”: esta es una mezcla entre la consciencia del cuerpo y el abecedario, en donde se van reescribiendo cada una de las vocales y consonantes, tomando un significado nuevo, un significado lleno de muerte, dolor y trascendencia.

En abril de este año, el libro fue reeditado en México por Sediento Ediciones con el nombre “Der Golem o la reconstrucción de la carne”, haciendo una reescritura del texto que tengo en mis manos: el libro es una bestia que continúa su proceso de mutación. Der Golem es intenso, tiene una visión radical sobre el sufrimiento, el cuerpo, la muerte y el sexo. Una transformación, una fusión entre el poema, el papel, el hablante y el lector, con toda la belleza y la monstruosidad que eso implica.

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Francisca Santibáñez Marambio (Santiago, 1985) Licenciada en Educación y Profesora de Castellano de la Universidad Católica Silva Henríquez. Diplomada en Gestión Cultural de la Universidad Alberto Hurtado y poeta. En 2011 fue becaria de la Fundación Neruda. Fue fundadora y presidenta del Colectivo de Arte Cardumen. Actualmente se desempeña como profesora y profesional de apoyo de la Coordinación de Fomento Lector de la Biblioteca de Santiago.
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NOTAS

(1)“pero se hablar” / “que esclaviza el vació” (p. 69)

(2) Entendemos que el cuadrado y el cubo son figuras similares, se diferencian en su dimensión, pues el cuadrado sólo tiene dos dimensiones mientras el cubo tiene tres.

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REFERENCIAS

Biedermann, Hans.  Diccionario de símbolos. Paidós: Barcelona, 1993

Eco, Umberto. Historia de la belleza. Lumen: China, 2009

Lacroix, Pablo Der Golem. Ediciones Etcétera: Concepción, 2011

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