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EL QUIEBRE DE UN MUNDO: UNA MUJER SOLA SIEMPRE LLAMA LA ATENCIÓN EN UN PUEBLO, DE NATALIA FIGUEROA

por Cristhian Torres

Una mujer sola siempre llama la atención en un puebloUna fuerza viva contenida, un erotismo apenas insinuado, recuerdos quebrados por el tiempo y notas de un viaje a bordo de sí mismo, son apenas algunas de las temáticas de Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo (2014) de Natalia Figueroa, publicado por DasKapital Ediciones. Hay en sus poemas un torrente natural, una impetuosa avenida difícilmente controlada por las palabras: “piensa, si aprendo a conjugar todos los verbos / puedo arruinarlo todo” (66). Se trata del testimonio de un quiebre entre el hombre y la naturaleza, como bien lo describe el hablante en el poema “Symi”, al ser testigo del corte de un árbol:

Yo comenzaba a sentir tristeza

por el momento cada vez más próximo

en que el tronco cedería al empuje de la grúa

y sería materia sola

interrumpido el ciclo del agua en su savia

sin comunicar ya la luz del cielo

con lo oscuro.

Como si se quebrara una columna vertebral (8).

Acaso el poeta no sea sino el testigo impotente de un mundo que se quiebra. De esa Cuaternidad perdida de la que hablara Heidegger: la necesidad de asumir el mundo desde la armonía con la naturaleza, desde su cuidado. El sujeto poético de estos poemas sabe de la fisura, es consciente de ese ciclo interrumpido entre los elementos; de ese tejido de correspondencias que vive más allá de las palabras. Una columna vertebral totalmente fracturada y rota: es esta la metáfora de un mundo que se expande de espaldas al dolor. Sin embargo, el poeta es también la mano que corta, je est un autre, diría el enfant terrible: “mis manos eran fuertes y seguras / al manejar la pala que empujó finalmente el tronco / al costado / donde también yo caía.” (8) El sujeto poético es parte del entramado: es, al mismo tiempo, el espectador aterrado de un crimen, el criminal y la víctima. Al poner el tronco a un costado el sujeto se identifica con el ser herido de muerte. En este orden de ideas, cada espectador de esta muerte lenta camina sobre una silenciosa masacre: “Si pasara de nuevo por ahí / no sabría que camino sobre un árbol cortado.” (9)

De la mano de esta fuerza natural quebrada, hay un erotismo que asoma a través de las figuras de los árboles, del caracol, entre otros. No obstante, estas imágenes son mucho más que referencias a la sexualidad: “mi caricia le gusta / llena mi mano de baba / y casi sale por completo de su concha” (44). Estos versos son apenas algunos ejemplos de la delicadeza del lenguaje decantado de Natalia Figueroa. El caracol se convierte en una figura reiterativa, un leitmotiv que encarna la imagen del exilio, del viajero cuya única morada es su propio cuerpo. Pero también es el símbolo de un tenue erotismo, como los movimientos de un caracol que, aún cuando huye con todas sus fuerzas, no puede dejar de ser lento. Sin embargo, la metáfora del molusco también se quiebra: el hombre pierde el cobijo del mundo y se convierte en huérfano; el viajero se sorprende al encontrar que su cuerpo también sufre la fragmentación; ni siquiera el eros puede sobrevivir a la fractura de nuestra propia columna vertebral: “Y por mí se trizó su concha hasta que fue inútil sellarse” (46), se lamenta el hablante en el poema “Nano”. También sirve a los efectos del gran quiebre la tortuga del caparazón roto en el poema “En el veterinario”, cuyo pronóstico sintetiza algunas de las ideas ya expresadas: “Nada se puede hacer / tendrá / una muerte lenta” (13).

El libro cierra con el poema titulado “Primavera”, y aunque desde una lectura superficial se podía decir que los poemas sostienen un tono pesimista, en realidad se trata sólo de un artificio, pues todos ellos se instalan desde una defensa vital que mantiene la calma como ”El calor de una vida en llamas” (40). “Primavera” puede ser leído como un arte poética donde las orquídea son como los poemas: “Capaces de engañar a las moscas / soltando olor de cadáver / y de atraer a las abejas con fragancias idénticas a / las de sus hembras” (70). El poema, como la orquídea, puede engañar al lector: hacerlo sentir el olor de la muerte o enamorarlo con su perfume, parafraseando a Baudelaire. El poeta debe conocer las necesidades del poema, cuándo necesita agua o calor e, incluso, cuándo necesita ser completamente abandonado: “no es fácil cultivar una orquídea / aprender a darle vida a una planta / que recién al tercer año dará la flor. El exceso de cuidado la arruina.” (71) No obstante, siempre es posible el efímero resultado, el clímax de la experiencia estética, ese eros contenido, “la intuición del instante” (Bacherlard). Siempre es posible “Asistir a la vibración final / ese ajuste liberado en el aire” (71).

Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo

Natalia Figueroa

Das Kapital, 2014

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Christian Torres (Bogotá, 1982), escritor, músico aficionado y profesor. Autor del libro Relatos sin calibre (2014), ganador de una mención meritoria por parte de la Universidad Nacional de Colombia y publicado por la Editorial de la Facultad de Artes de la misma universidad. Algunos de sus poemas han sido recopilados, entre otras publicaciones, en el libro En tierras del cóndor: muestra de poesía, Colombia – Perú, publicado por Taller de Edición ROCCA en el 2014. Docente y promotor de lectura en diversas instituciones colombianas y chilenas. Es candidato a doctor por parte de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Vive actualmente en Santiago.

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En busca del Iceberg: Una lectura del libro Encomienda, de Lucas Costa

por Christian Torres

encomiendalucascosta¿Qué pasaría si alguien te “encomendara” una historia? ¿Si alguien te dijera: esto tienes que decirlo? Tú eres el escritor de la familia, el tipo sensible. El que debe hacerse cargo. Entonces, a regañadientes, como imperativo categórico, decides hacerlo, pero no quieres mirar la historia a los ojos. No la soportas. Es demasiado triste o, en el peor de los casos, demasiado feliz. Es la historia que no te tocaba contar. Así que pones los ojos en todo menos en lo que tienes en las manos. Esto es, precisamente, lo que algún lector ―el que estas líneas escribe, por ejemplo― podría sentir respecto a la obra de Lucas Costa, Encomienda.

Y es que a veces las historias valen más por lo que no se cuenta. Una buena historia, decía Hemingway, oculta siempre lo más valioso, su verdadera dimensión. Lo demás es lo simple, lo visible. Pero si se quiere llegar al fondo, a lo que no se ve a simple vista, hay que utilizar un traje de buzo y llegar hasta donde alcance la resistencia. No basta con hacer descripciones del ambiente carcelario. Todos conocemos lo que es una cárcel. Sabemos de su hostilidad. De su tristeza. De la sobrepoblación. De los barrotes y las aves que cruzan el cielo. Así sea por televisión la hemos visto. Pero a cada cual le toca contar una historia, no la historia que quiere contar, ni la que se le encomienda, sino la que lo elige: “Cuenta por qué tu padre cayó en la cárcel” (p. 9), escribe Costa. No obstante, el lector se termina encontrando con la cárcel, los “chuchos”, el “manojo de llaves”, los gatos, las “rejas oxidadas”, los “tordos”, las murallas, los reos, el musgo, los pacos, las ventanas, y todos los lugares del recinto penitenciario, menos con lo que realmente interesa: la historia, la parte oculta del iceberg.

Alguno podría decirme que la poesía no cuenta historias. Que su fuerte es la descripción y el lenguaje. O que utiliza los objetos para contar una historia. Y puede que a veces sea así. Sin embargo, para que esto se logre, el poeta debe descubrir algo que nadie más ha visto. Desvelar lo que se esconde bajo los barrotes, bajo el óxido y la tensión de las prisiones.

Con todo, le quedan algunas opciones al lector: puede escribir en su cabeza la historia oculta, ese discurso auto-censurado por el autor, al modo de una obra disidente perseguida por un régimen dictatorial. En esta versión, Lucas Costa decide ocultar la historia a propósito, para que el lector imagine que la omisión no es una equivocación, sino un juicio oculto, impronunciable. También se podría imaginar que el autor prefirió no escribir la historia por motivos éticos: no quería sacar provecho de la situación, tomarla como pretexto. O ni siquiera se dio cuenta de que ―mientras escribía, fascinado por un lugar jamás visto y que ha inspirado a tantos y tan buenos escritores: Cervantes, George Jackson, Wilde, entre otros― olvidaba (¿inconscientemente?) la historia por la que estaba allí. Señalado: tienes que escribir esto. ¿Encomendado?

Pero a lo mejor esta encomienda llegue un día a buen puerto, uno menos recalcitrante, y tal vez sean estos versos los que alcancen a iluminar su lectura: “Una cárcel en llamas. / Nada te turbe: los chispazos no sirven para los niños / y perros que aúllan, pero te sirven a ti.” (p. 36)

Encomienda

Lucas Costa

Editorial Cuneta, 2013

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Christian Torres (Bogotá, 1982), escritor y músico. Es Licenciado en Filosofía, Letras y Educación. Magister en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado algunos poemas en diversos medios escritos. Su primer libro, Relatos C.38, obtuvo mención meritoria por parte de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Ha sido docente y promotor de lectura en diversas instituciones colombianas. Actualmente cursa estudios de Doctorado en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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