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Un lobo ceremonial. Lobo Atado de Luis Marcelo Pérez

por Carolina Reyes

15801503_10211481179126407_299030536_nLa poesía erótica siempre es un gran reto, ya que debe ser tan milenaria como la escritura misma. Safo escribía poesía erótica, hasta la Biblia en el Antiguo Testamento contiene su dosis de erotismo en el Cantar de los Cantares, por solo dar algunos ejemplos de antigüedad. El desafío entonces es mayor. Es el camino que toma Luis Marcelo Pérez (Montevideo, 1971) con su poemario Lobo Atado, publicado por la editorial chilena Cerrojo Ediciones. En veinte poemas nos sumerge en la atmosfera de la intimidad, breves poemas que van junto con algunas difusas ilustraciones de cuerpos que nos ayudan a entrar en el ambiente amatorio.

Estos veinte poemas también podrían ser considerados veinte pequeñas narraciones de una historia mayor, ya que en los primeros versos se establece ese comienzo entre dos personas, ese salto al vacío que en realidad ninguno de nosotros tiene tan claro a donde va conducir al final, pero donde la pulsión del deseo ya está presente: “Muy temprano / vencimos el no te conocía / tu falda, mis pies / el café y aquella taza / derramada (21). Deberíamos acotar que quizá estos veinte poemas, de forma inconsciente, nos remiten a los veinte poemas de amor de Neruda. En donde en esta ocasión, Pérez mueve las estacas un poco más allá que el vate llevándonos al erotismo puro.

Siempre el juego va entre la ausencia y la presencia. Ausencia que es recordada de forma febril: “El recuerdo de sus pechos / esparciéndose por mi boca / me distrae / de la blanca hoja / en el que le dedico / este poema” (19). El acoso fantasmal del cuerpo anhelado que interrumpe como una tormenta neuronal cualquier actividad que desarrollemos en el presente. Y la presencia donde el deseo se colma en la fusión, en una unidad corporal que se vuelve un nosotros: “Arriba tu cuerpo, / debajo el mío, / prendidos / por fuera, por dentro / más cuerpo, los cuerpos / los nuestros” (25).

Para hacernos entrar en el juego retórico de lo erótico, Pérez ocupa muy bien varios recursos o vicios del lenguaje. Así, la cacofonía “la hembra con hambre” (31) suena muy bien para ejemplificarnos el apetito sexual de esta amante poética. A pesar del sexo, el gemido y el sudor o el orgasmo, la palabra es parte fundamental de este juego ritual: “Conteo final de la prosa / y el verbo” (37). La palabra acompaña el devenir íntimo amatorio de esta voz poética varonil, atrapado en el cuerpo de la que ansía. Acorralado prácticamente por el deseo y con la necesidad estética de no caer en lo pornográfico. La voz es auxiliada por las palabras y la poesía, para completar algunas escenas algo descriptivas, un juego de imágenes que es el propio lector el que debe terminar de trazar: “Jugoso gusano / sujeta la poesía / que tu lengua derrite / en el bronce de tus pechos” (37).

El hablante poético habita varios aspectos del deseo, si se quiere algo más descriptivo o duro, pero también hay momentos para una inefable ternura y fragilidad, de parte de este rotundo amante: “Cuando caiga la tarde, / si me dejas, te mostraré / todos los pasajes / que conjuran la ternura” (41). La intimidad sexual como una práctica religiosa otra, que lleva a otro tipo de creencias, posiblemente más primordiales y alejadas de todo lo que entendemos por religión, es uno de los tópicos que aborda el poemario. Un escéptico amante que al entrar en contacto con el cuerpo querido logra llegar a su propio credo, desdeñando el clásico impuesto por el cristianismo: “No creo / en el nombre del padre. / Creo en vos, / que sacudís los bosques / cuando rezas en mi cuerpo” (53).

El conocimiento a través de la experiencia y la posesión a través de este conocimiento también es algo que aparece en el poemario: “Conozco tu piel / como el azúcar al itinerario / de tu mirada” (55). Nos da la impresión de un amante que sabe de su oficio amatorio, una virtud que permanentemente habita en las fantasías sexuales de mujeres.

Mención aparte es el intertexto concreto que el poeta decidió darle a esta voz varonil. El lobo como otra de las expresiones monstruosas atadas a lo sexual, recordemos tan solo Caperucita y el lobo, se debe decir que asimismo en esa línea está el vampiro de Brian Stoker. Pero también podría ser por algunas características biológicas del lobo, como por ejemplo, la monogamia que en la mayoría de las especies existe, lo que se podría interpretar a nivel humano como una férrea fidelidad. La territorialiadad y lo sensorial de la especie podrían ser claves para entender a este lobo, en este contexto, donde el territorio puede ser el cuerpo anhelado y lo sensorial ayuda en el poemario a la descripción y al desempeño amatorio. Lo medieval es algo más difuso de entender, puede ser lo esencial de la época, un periodo con rudimentos técnicos muy básicos y donde el ser humano era dependiente absolutamente de los ciclos de la naturaleza. Edad precapitalista, entendiéndose la época que vivimos –de capitalismo en expansión- como el resumidero de muchos de los problemas de salud que vivimos, incluidas las neurosis y los problemas sexuales. D. H. Lawrence consideraba la era del capital y la tecnologización extrema como el comienzo del fin de Inglaterra, el resumidero de muchos problemas sociales,  incluida la mala vida sexual de los ingleses de su tiempo, la cual no abarcaba al goce.

El lobo del medioevo que tercamente repite el culto amatorio, rendido y extasiado para fruición de su amante: “Me confieso, soy el lobo medieval / que se desata desafiante / cada media noche en punto / para abordar todo espacio posible /  y saciar tus instintos exaltados” (63). Este el tono general de este poemario. Luis Marcelo Pérez con mucho oficio nos sume en su erótica poética. Veinte poemas muy bien cuidados en el uso del lenguaje, la metáfora y por sobre todo de no entrar en los lugares comunes de lo sexual explícito. Celebramos también los intertextos; los visuales y los escritos, en un tipo de poesía que por centrarse en los cuerpos y sus simbiosis tiende a ser un tanto cerrada.

Luis Marcelo Pérez

Lobo Atado

Cerrojo Ediciones, 2016

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Carolina Reyes (Santiago, 1983) es profesora de inglés de la Universidad de Santiago de Chile y Magíster en literatura latinoamericana y chilena por la misma universidad. Colabora haciendo crítica literaria en Revista Lecturas, Poesía y Crítica y Dos Disparos. También hace crítica de cine en 35 Milímetros. Ha publicado algunos de sus cuentos en Revista Sangría de Chile e Íkaro Magazine de Costa Rica. En la actualidad mantiene un blog de crítica cultural llamado Omnivoracultural:https://omnivoracultural.wordpress.com/.

CC licencia

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El lumpen y su transición. Dolores o la inutilidad de todo, de Ignacio Borel

por Carolina Reyes

13078200_10208896591829404_1045250252_oDolores o la inutilidad del todo de Ignacio Borel (1978) es un conjunto de retazos testimoniales con los cuales escribe una ficción acerca de un asalto a un banco, hecho delictual tan en boga en los albores de la transición democrática (si quisiéramos ser más sinceros deberíamos llamarla posdictadura, término acuñado por Juan Pablo Cárdenas, director de Radio Universidad de Chile).

En nueve capítulos Borel hace esta puesta en escena, y nosotros caemos en la trampa de pensar el relato de una forma muy dramática al principio, con víctimas y victimarios definidos. Pero conforme transcurre la narración, esta división comienza a ser borroneada cuando comenzamos a tener más elementos sobre la mesa. La fragmentación se produce por la  organización de los capítulos  entre analepsis, flash backs y diarios ordenados a la inversa, entre otros recursos.

Luca y Romano Cordero son dos hermanos que quedaron a medio camino en sus vidas, con un padre delincuente muerto y una madre internada en el siquiátrico. Los Cordero quedaron a cargo de sus abuelos en Valparaíso. Como telón de fondo está la dictadura y el comienzo del primer gobierno “democrático” en Chile. Podemos ver las diferencias anímicas entre los dos hermanos, uno con más deseos de ser temperamental y otro más reflexivo. Luca quiere ser carabinero, pero no lo dejan por sus antecedentes y al tiempo decide entrar al servicio militar: “Glorita se acabó el duelo, me voy a presentar en el Servicio Militar y me voy a convertir en el mejor soldado que haya tenido el ejército chileno” (21). Lo intenta, pero no resulta, sufre un extraño accidente automovilístico en un camión del ejército, es dado de baja y con eso la esperanza de incluirse en la neo democrática sociedad chilena. Termina trabajando en una armería en Valparaíso, dirigida por su dueño, un fascista gerente de Banco llamado Ambrosio Bachman. Es él quien le propone a Luca hacer el asalto del mismo banco en que trabaja, ya que ha hecho algunos negocios y no han resultado como él quería.

Romano por su parte es de carácter más reflexivo e introspectivo, tenemos opción de ver algunos fragmentos de sus diarios en el transcurso del relato: “Tercera recaída, mucha paranoia, poquísima fe” (101). Pero el libro abre con Dolores, una mujer que para el tiempo presente del relato luce como una superstar no reconocida aun por la farándula: “¿Cómo luce Dolores Dávila esposada? Dolores Dávila esposada no parece una delincuente […] Dolores Dávila esposada más bien parece una fantasía erótica” (7). Enfrenta un juicio por ser parte de un atraco a un banco a principios de los noventa, donde ella alega inocencia. Para ese entonces ella es una emprendedora, tiene un café muy concurrido en Viña del Mar y unas inversiones en el extranjero. Ocurre lo de siempre, el dinero blinda a Dolores y al poco andar sale libre. Antaño Dolores era otra cosa, de una genealogía bastarda, hija de una prostituta con un cliente, se le puede ver como una sobreviviente.

Pero Dolores alguna vez fue parte de la vida de los Cordero, en particular de Romano, y si al principio todo esto se  ve como una traición, cuando llegamos a los retazos de su Diario de Muerte, entendemos que todo nunca fue mejor. Romano antes de cumplir los 18 años se convirtió en la pareja de Dolores, dejó el colegio y se fueron a vivir a Horcón. Y luego desde ahí partieron hacia España, pero allá la cosa empeoró de forma dramática: “Con hambre y Dolores llegué a Santiago luego de conocer el hambre, puedo afirmar que el hambre es aún peor que Santiago” (84). Romano y Dolores terminaron finalmente en el narcotráfico, posiblemente como dealers y adictos en La Coruña. La situación es desesperada. Por eso cuando Luca le propone a su hermano lo del asalto, él finalmente acepta, dado lo precario de su situación, y se devuelve con la chica a Santiago

Y comienzan a pensar en el atraco y la posibilidad de tener esos millones dentro de sus bolsillos. Pero algo sale mal. Bachman y Dávila pueden escapar, pero Romano cae preso y Luca debe huir, junto con otro compinche, del lugar. La desgracia termina de cubrir al resto de la familia Cordero. Romano, después de un par de años, decide suicidarse dentro de la cárcel pública y Luca, al principio con un gigante delirio de persecución y temor, se sumerge en la clandestinidad.

Lo de Dolores es más extraño y ambiguo. Aparentemente salen con Bachman del país, luego se le ve en Buenos Aires y finalmente –después de algunos años– está de regreso en Chile donde ocurre el intento de juicio que rápidamente sus abogados y millones detienen. Por último, hay una conversación final entre Luca Cordero y Dolores pasado todo el desastre de principios de los 90 que los involucró a los dos. Él le recrimina la traición que le hizo a su hermano: “No debiste traicionarlo en el momento de su muerte no debiste dejarlo solo” (118). A lo que ella contesta con una frialdad glacial: “La muerte de Romano me importa menos que tú, su vida fue interesante su muerte aburridísima” (118).

Dolores o la inutilidad de todo puede ser leída en clave alegórica. Una terrible alegoría de esta transición post dictatorial que aún no sabemos dónde nos dirige. Como si se tratara de una ley darwiniana, aparentemente los más hambrientos de vida y estabilidad sabrán sobrevivir. La hija de la prostituta, una camaleona existencial que pasa por drogadicta, sigue por pobre, transita como delincuente, y novia de delincuentes, que finalmente deviene en empresaria y madre divorciada con un hijo. Ella es la metáfora del tipo de sociedad en que Chile ha sido transformado a la fuerza. Por oposición, los Cordero son la hojarasca que queda desechada en los grandes procesos sociales. Los que entraron mal ubicados a la historia y nunca supieron cómo mejorar su posición, abandonados a su suerte escuchan distintos cantos de sirena, que solo les conducirán a la perdición.

Ignacio Borel

Dolores o la inutilidad del todo

Emergencia Narrativa, 2014

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Carolina Reyes (Santiago, 1983) es profesora de inglés de la Universidad de Santiago de Chile y Magíster en literatura latinoamericana y chilena por la misma universidad. Colabora haciendo crítica literaria en Revista Lecturas, Poesía y Crítica y Dos Disparos. También hace crítica de cine en 35 Milímetros. Ha publicado algunos de sus cuentos en Revista Sangría de Chile e Íkaro Magazine de Costa Rica. En la actualidad mantiene un blog de crítica cultural llamado Omnivoracultural:https://omnivoracultural.wordpress.com/.

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La pesadilla del recuerdo escolar

por Carolina Reyes

julio-meza-diaz-solo-un-puntoSolo un punto —escrito por Julio Meza Díaz (Lima, 1981), de Editorial Cinosargo— es acerca de recuerdos escolares, unos ficcionados recuerdos escolares que nos retratan un periodo de sistemática violencia, no solo dentro del colegio sino que también fuera de él. Un onírico Perú que está bastante traumatizado con la época de Sendero Luminoso por allá por la década de los 90. Se teme al terrorismo, pero también se teme al que es distinto. Donde el eje de clases y el racismo pasan a estar a la orden del día. Los cholos son sinónimo de terrorismo y delincuencia: “ella abrazo a su favorito, y pensó: “Malditos terroristas. Malditos cholos””(26).

Después está el colegio San Augusto, que ya para nosotros los chilenos puede tener un intertexto con el nombre del fallecido dictador. Un colegio católico, muy reputado y competitivo, de elite, comandado por un cura español franquista y secundado por un italiano fascista, se comprenderá el sello que quieren dejar en los alumnos del colegio. Y dentro del San Augusto urren las situaciones más degradantes y terribles que cualquier muchacho adolescente pudiera vivir, duras agresiones de parte de sus compañeros, lo que hoy se denominaría bullying, paro también actos de arbitrariedad y abuso de poder de parte de profesores: “Pero los profesores eran brutales. Y los alumnos peor aún. Las peleas eran constantes. Se daban una tras otra. Siempre” (47). El San Augusto pareciera ser la metáfora de un micro Perú que el escritor quiere sonsacar y dejarnos expuesto. El libro se divide no en capítulos sino en partes más pequeñas donde nos narra esta historia, desde el presente pero recordando vívidamente esa mala época.

“El” es el personaje que engarza el presente con ese pasado. Ya está en la universidad pero siente que la pasada por el San Augusto le ha dejado más traumas que enseñanzas para la vida, medio como alma en pena transita por calles y casas. En un prostíbulo se encuentra con el “Profesor”, un docente que conoce de cerca el San Augusto y algo sabe de la oscuridad que guardan sus aulas. Así arranca el resto de la historia. “El Amigo Talentoso” es otro de los personajes que sufre este nivel de agresión dentro del San Augusto. Dotado de habilidades y de una gran capacidad analítica, pero que no caben dentro de la tradicional y estricta forma de enseñanza, lo hacen parecer mediocre, pero solo en apariencia.

“El Andino Profundo” es el que sufre la mayor cantidad de agresiones por su fenotipo moreno, lo tachan de Cholo y por esta marca de raza tiene que soportar agresiones, injusticias y agravios solo por su color de piel:

“El Andino Profundo se volvió sorprendido y, con un tono dubitativo, contestó: “Lárgate. No es tu problema.”

-¡Pues ahora si lo es, Cholo pestífero!

Ambos se miraron con un odio incontenible, y se lanzaron a una pelea furiosa” (42).

Estos tres personajes deciden aliarse para crear una gran venganza en contra del colegio, del padre rector, de los profesores y de los alumnos que inconscientemente entran en la lógica de la agresión y se hacen funcionales a tan nefasto sistema educativo. La venganza es una revista hecha por los tres alumnos para denunciar los atropellos que se cometen en ese lugar. Así la escritura por parte de los personajes y la lectura por parte del resto de la comunidad del San Augusto es una forma de liberación y de exorcización de años de maltratos. Desenmascarar a los culpables es también parte de esta faena justiciera donde la palabra escrita es la punta de lanza que los jóvenes utilizan y que genera cambios en su entorno: “El Maldito pensó entonces con la mandíbula apretada: “Estos chiquillos, el Amigo Talentoso, El y el Andino Profundo tienen razón. ¡Este colegio es una mierda! ¡Los profesores son unas mierdas! ¡Y el Padre Director y el Italiano Salvaje son unos malditos fascistas””(133).

Además de estos personajes existen otros que pueblan las páginas de Solo un punto. “La Mujer del Calzón” es una profesora de computación que fantasea sexualmente con sus alumnos, mientras tiene relaciones con su novio oficial, un marino que a pesar del racismo de ella, es un cholo. Así la profesora vive la ambivalencia de en el discurso odiar a los cholos terroristas, pero en la vida íntima relacionarse con ellos hasta el sexo, en el caso de su novio, o fantasear con ellos en su deseo, en el caso del Andino Profundo.

“La Buena Amiga” es otro personaje femenino de esta historia, ella es una chica que conoce a “El” y se hacen amigos por cartasElla es alumna de otro colegio de elite, pero que no vive las atrocidades que viven los muchachos del San Augusto. A nuestro modo de ver “La Buena Amiga” es un personaje que suena bastante frívolo y despreocupado. Con unas cartas llenas de exclamaciones en inglés como “yeah” y “now”, es un personaje con poca profundidad emocional dentro de la historia. A pesar de ser fundamental en la trama del libro, es muy unidimensional, en comparación a los personajes masculinos de la historia.

Solo un punto es una gran metáfora del Perú de los noventa estructurada dentro de un micro universo como lo son los traumáticos recuerdos escolares de un grupo de amigos. En sus páginas se encuentran todos los gérmenes que el autor ve como vicios que flagelan y hacen retardataria la sociedad en su país, y los deja expuestos con gran honestidad y pericia. Un viaje al centro de la violencia y la injusticia estructural —que hasta el día de hoy— asola a la mayoría de las capitales latinoamericanas.

Solo un punto.

Julio Meza Díaz.

Ediciones Cinosargo, 2014.

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Carolina Reyes (Santiago, 1983) es profesora de inglés de la Universidad de Santiago de Chile y Magíster en literatura latinoamericana y chilena por la misma universidad. Colabora haciendo crítica literaria en Revista Lecturas, Poesía y Crítica y Dos Disparos. También hace crítica de cine en 35 Milímetros. Ha publicado algunos de sus cuentos en Revista Sangría de Chile e Íkaro Magazine de Costa Rica. En la actualidad mantiene un blog de crítica cultural llamado Omnivoracultural: https://omnivoracultural.wordpress.com/.

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