Contra el verbalismo. Una nota lingüístico-política

por Luis Aránguiz

no bran no pain 2Resultaría difícil, para la mayoría de los chilenos pertenecientes sobre todo al vasto ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, ser indiferentes a la noticia de que el MINEDUC propone transformar el ramo de Filosofía en un electivo e incorporar algunas de sus materias a uno llamado “Educación Ciudadana”. Cosa similar ocurriría con Historia. Los más ofendidos, y con razón, por esta política son los profesores de historia y filosofía. Sin embargo, me parece fundamental pensar este problema desde otra área de competencia: la del lenguaje.

No soy profesor de filosofía, tampoco de historia. Pero como toda persona que busca el conocimiento, soy aficionado a ambas. Y me parece que esta política que se busca implementar tendrá repercusiones directas no para el uso del lenguaje, sino para su comprensión. Voy al grano. Mi tesis para este texto es sencilla: no se enseña lenguaje hasta que se haya enseñado a pensar el lenguaje. Por supuesto, presupongo una distinción fundamental: que lengua no es lenguaje. Que lengua es correlativa a idioma, que lenguaje es una posibilidad antropológica.

Lenguaje. Como el ramo “Lenguaje y comunicación”, ramo que, en realidad, debería ser “Lengua y comunicación”. Porque no es lenguaje. Hay gramática, sintaxis, pero no lenguaje en su abrumadora posibilidad. Solo podría ser lenguaje si hubiese tras él un pensamiento sobre el ser del lenguaje en tanto aspecto fundante de la experiencia y la existencia humanas. Una noción como esa no puede provenir sino de la filosofía del lenguaje y sus consecuencias sobre la lingüística. Y si hubo un tema controversial en el siglo XX, fue precisamente este: la cuestión por el lenguaje, que no la lengua.

La filosofía, con las lenguas, piensa el lenguaje. Las derivas de pensar el lenguaje son diversas, y cubren un espectro que puede pasar desde la filosofía analítica a la existencial, pero también a la lingüística, y en especial a la lingüística crítica, cuyo soporte no es otro que una forma particular de filosofía del lenguaje. En otras palabras, pensar el lenguaje es pensarnos en nuestras diversas dimensiones. Inevitablemente, entonces, en el decir de Henri Meschonnic: “Pensar el lenguaje es pensar la crítica” (99). No la polémica. La crítica: ejercicio de la búsqueda de historicidad, de un punto de vista. De ser y estar en un momento, espacio, tiempo, determinado, marcados por esa facticidad.

En tanto que pensamos el lenguaje, pensamos también la crítica. Pensar el lenguaje es, entonces, un riesgo para el que piensa. Pero también contra algo, contra alguien. Pensar el lenguaje es ejercitar el descubrimiento, el problema. Desde donde se hace posible la consecuente emergencia, acaso inevitable, de la cuestión por el poder, su gestión y  paradojas. La esfera pública es un espacio de disputas operando en forma de discurso. Reclamaciones, respuestas, negaciones, afirmaciones. Palabras que constatan mundos en oposición, anudadas bajo la sombra de una democracia,  de una “Educación Ciudadana” y, sin embargo, no se entienden. Porque el entender no es el oír. El entender es el pensar. Y el pensar el lenguaje. Pensar que desnuda a los significantes vacíos y anula la plurisignificancia de la palabra de la lengua. Pues la lengua cambia y evoluciona en la historia, pero el discurso es histórico, una encarnación de la experiencia que otorga un significado invariable a esa palabra de la lengua. Su potencia reside en que obliga a ser leído en relación con el hecho. De modo que siguiendo a Benveniste, Meschonnic afirma: “el sentido está en el discurso, no en la lengua” (71) pues solo éste es histórico, y aprender lengua es aprender significante y significado, no así aprender el lenguaje: no a través del cual nos transmitimos, sino en el cual nos transmitimos, en el decir de Benjamin.

Reducir a la filosofía es reducir el pensar. Reducir el pensar el lenguaje. Reducir el pensar el discurso, y por ello el sujeto y su historicidad. Es, en simple: dejar al lenguaje como un instrumento atemporal, a-histórico, que no comunica al sujeto, que no comunica la experiencia de ser. El lenguaje como un mero verbalismo. Herramienta para trabajar, para ordenar, para ejercer poder y controlar. Útil para la producción, útil para el trabajo, útil para el servicio. Reducir el pensar sobre el lenguaje es reducirnos. Una política de la deshumanización. En este sentido, no parece descabellada una radical declaración de Meschonnic: “El estado no puede tener otra teoría del lenguaje más que el instrumentalismo” (74). Agregaríamos: lo mismo para el sistema neoliberal y su gestión del ser humano.

La educación ciudadana no piensa el lenguaje. El ciudadano fue pensado en el lenguaje. ¿Qué es un ciudadano que no piensa el lenguaje, sino apenas un hablante de la lengua, operario inconsciente de la enorme máquina semántica? ¿Qué resultados puede traer una lengua sin lenguaje? ¿Será acaso posible que ante esta coyuntura, los profesores comprometidos no con la lengua, sino con el lenguaje, se hagan cargo también de esta cuestión? Se impone ante nosotros una lógica que ataca uno de los rasgos fundamentales de lo que nos hace humanos: el pensar. Es el verbalismo contra la palabra y el sentido. No entendernos, no la crítica, no la historia. Pero ya lo dijo Meschonnic, “en el lenguaje, es siempre la guerra” (99). Solo resta saber de qué lado estamos.

Referencias

Meschonnic, Henri. La poética como crítica del sentido. Buenos Aires: Mármol/Izquierdo, 2007.

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl. Actualmente cursa el magister en estudios internacionales, IDEA-USACH.

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Un pensamiento en “Contra el verbalismo. Una nota lingüístico-política

  1. gag dice:

    “el instrumentalismo en el lenguaje del Estado” es así, pero no es tanto porque surgen formas resistencia contigentes a ese mimso lenguaje en la contra, de lo que se sigue del artículo es la lengua como algo entendido como totalizante de lo que es lenguaje, no sirve mucho no entender el lenguaje desde la filosofía, porque si no cómo? lenguaje como mera sintaxis y meras sílabas sirve al proyecto esencialista, de lenguaje como langue, como algo no cambiable y de las raíces (como bien dice la crítica de Voloshinov). Eliminar la filosofía y entendiéndolo desde el lenguaje es un contradicción misma al mismo ramo de “Lenguaje y Comunicación”.

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