La potencia del nombre. Desbautízame, de Ismael Rivera

por Luis Aránguiz

Desbautízame_Rivera“Desbautizame” es un poemario que ya desde el título llama la atención de un lector avisado. De inmediato nos recuerda el bautismo, ese solemne sacramento cristiano en que el niño es presentado ante Dios y la comunidad, o aquel arcano gesto en el que los antiguos le otorgaban un nombre significativo. De entrada, pareciera que se trata de un texto que pretende ponerse en contra de una u otra cosa. Podría sonar “anti-crístico” (o anticristiano), como dijo un amigo acerca de ese tipo de poesía. Desbautizarse parece ser el doble gesto de rechazar el sacramento y rechazar el nombre. Pero esta doble oposición, integrada en el corazón mismo del poemario e indisoluble con el propio autor, es la que permite situar esta obra más allá de lo meramente anti-crístico.

A lo largo del poemario pueden apreciarse distintos epígrafes que evocan a grandes como Arthur Rimbaud y, más cercanamente, al maestro Mahfud Massis y al presidente socialista Salvador Allende. Eso ya nos da clara muestra de las inquietudes del autor. Hay una tensión que queda muy claramente explicada en estos versos: “Allá arriba plazas y parques / juegos vacíos acompañados / por el óxido. / Allá abajo / ni plazas ni parques: / solo tierra baldía // y un enjambre de niños / jugando a ver un parque / entre los años del polvo” (17). Este poema nos muestra una realidad escindida. Por el contexto, puede deducirse la clara diferenciación entre el Santiago de los ricos y el de los pobres, entre el Parque Bicentenario y una plaza perdida en los barriales de Cerro Navia. Pero el nombre de este poema termina por decirnos todo: “Edén en ruinas”. Con ese nombre se nos invita a pensar en el verso de nuestro himno nacional en que se dice que Chile es “la copia feliz del edén”, acaso sea una copia mal escrita. Pero en otro nivel, teológico diríamos, nos invita a pensar en el  sentido que esto entraña como desbautismo: un Edén que en otro tiempo fue habitado por la perfección de Dios y el hombre, del que luego de la caída adánica no quedaron sino ruinas, y que se proyecta sobre toda la historia de la humanidad. Un Edén en el que no vale la pena creer. Este es un desbautismo de lo propiamente religioso, de la innegable influencia cristiana sobre el sujeto.

No obstante el desbautismo de la tradición, en el poemario también existe una clara alusión al propio nombre del autor. En el poema “Letras en la Llaga” encontramos el epítome “mi nombre está marcado” al comienzo de todas las estrofas. El poema termina con estas palabras: “¡Agar madre esclava! / No pudieron con tu fuerza / nada consiguieron con el destierro / de una madre y su hijo / tigres fuimos / somos tigres / habitamos el desierto” (14). En las cuatro estrofas anteriores se habla de orfandad, guerra, errancia e identidad, estas cosas marcan el nombre. ¿Pero qué nombre es aquel, sino el nombre del hijo de Agar y Abraham, condenado a estar siempre contra todos y todos contra él (Gen. 16,12)? Ismael, acaso sea el desbautismo su destino. El yo que enuncia y el autor parecen fundirse en una sola persona, los bautizados en el cristianismo dirían que parece una encarnación. El poema es una afirmación de vida radical. Pero si consideramos la naturaleza encarnativa de este hablante, es también una negación de la muerte del autor. No es solo que Ismael, el rechazado,  forje su destino, sino que rechaza el ofrecimiento de otra vida distinta de la que ya tiene. El bautismo es nueva vida. Él no quiere eso, reafirma su radical existencia.

En otra dirección, el doble gesto del desbautismo es también una paradoja. En uno de sus versos, el encarnado afirma: “Me niegas la caída al pozo / condenas el autosacrificio / a manos de este yo cansado” (12). Así comienza el poema “Desbautízame”. En tanto que el bautismo es garantía de vida, el desbautismo es señal de muerte. Desbautizarse es un volver a la muerte. No cualquiera: un suicidio. Es la negación de un mundo ideal, la resignación a un Edén en ruinas y la aceptación crítica de esa existencia. Desbautizarse es desnombrarse. Es un acto de clara rebeldía, pero una rebeldía justificable. Sin embargo, Ismael en particular es un nombre paria, desnombrarse de Ismael es también desnombrarse de esa propiedad inherente. Así, desbautizarse de un nombre como este no es lo mismo que desbautizarse de cualquier otro. Aquí está la paradoja que dota de una singular riqueza a este poemario: que en el intento de rebelarse contra el bautismo del nombre, al desbautizarse no encuentra sino la apertura radical hacia el ser contra el cual nos hemos rebelado. Esto no implica, obviamente, que aceptaremos acercarnos a él. El desbautismo trae la amplia posibilidad de recibir un nuevo nombre que, venga de Dios, de los padres o sea auto-impuesto, es un nombre que ha reclamado su libertad de existir.

En el decir poéticamente la palabra “desbautízame”, se ha producido una traducción de un conjunto de vivencias, observaciones y reflexiones. Ha ocurrido, como Walter Benjamin diría, “la traducción de aquello que no tiene nombre al nombre” (102). Este nombrar poético (que es donde genuinamente el hombre es Dios) entraña una actitud humana, la de la disconformidad, y es también la palabra que enuncia un acto en que se involucra directamente a Dios. Pero si vamos ahora a la otra dimensión, la del nombre propio,  ¿Qué es Ismael? Desbautizarse, en cualquiera de los dos sentidos que hemos dicho, es estar cara a cara con Dios no como un hijo y un padre, sino como un hombre frente a un hombre. Y como el bautismo es cristiano y no judío, desbautizarse no es estar frente al Dios Todopoderoso, el terrible juez, sino estar cara a cara con un igual, ante el Dios encarnado, un hombre. De este modo, el doble gesto desbautizador es una afirmación de libertad, pero al mismo tiempo la afirmación de un pasado imborrable. Y es esta, creo, la marca del nombre. No que se lo tenga, sino que aun al negarlo, lo pronunciamos eternamente como una huella de una impostura de nuestro devenir.

“Desbautízame” es un poemario que requiere una lectura atenta. Aunque las proyecciones de su contenido son de mucho mayor alcance y podría haber sido aún más rico, con todo, es una pieza que no solo resultará interesante por el uso de sus metáforas y alegorías que buscan un lector avisado, sino también porque ella misma da cuenta de un proceso de vida que está lejos de pertenecer al autor. Pertenece a una generación, pertenece a todos los que se han hecho la pregunta por Dios, el mundo, sus vidas. Esta es la eterna paradoja compuesta por el ser divino y el hombre, cualesquiera sean sus nombres.

Desbautízame

Ismael Rivera

Oxímoron, 2015

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Luis Aranguiz Kahn (1991). Licenciado en Letras Hispánicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha escrito sobre la relación entre literatura y religión en medios como White Rabbit (UC), Cuadernos Judaicos (U. de Chile) y Critica.cl.

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Referencias

Benjamin, Walter. “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres”. Conceptos de Filosofía de la Historia. La Plata: Terramar, 2007.

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Un pensamiento en “La potencia del nombre. Desbautízame, de Ismael Rivera

  1. Anónimo dice:

    Qué buena lectura, dan ganas de leerlo

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