Una promesa incumplida: “La catedral de encallada tristeza”, de Felipe Bennett

por Daniela Stevens

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La catedral de encallada tristeza, de Felipe Bennett Ballacey (Santiago, 1964), corresponde al primer libro de Ediciones Oxímoron. Dicho texto, publicado en junio del 2014, se inicia con una presentación que explica, de manera innecesaria, todo el poemario. Así, se establecen relaciones entre el mar y estos poemas: “Nuestra vida está marcada durante años con el mar (…) Una vez visto y digerido, estos versos se vuelcan ya salados por la brisa, mas con la misma rabia” (5). De este modo, nos enteramos –sin mayores dificultades– del eje central que posee el libro. Asimismo, quien escribe facilita el camino, dejándonos fuera del asombro que puede provocar cualquier poemario emergente o “un poemario con voz madura, pero nueva dentro de la poesía chilena (…) que se distancia de las voces de su generación, principalmente por el lugar desde donde enuncia el hablante” (5). Estas afirmaciones, que tiran la piedra y esconden la mano, dan cuenta de ciertas imprecisiones: no se determina la generación a la que pertenecería Bennett Ballacey ni cuáles son aquellas voces de las que se aparta dicho autor, considerando que desde el año 1993 cuenta con su primer poemario publicado.

Por otro lado, y tomando en cuenta el primer poema del libro, podemos observar que desde un principio se dispone de toda la página para construir sus textos. Un ejemplo de esta situación es “Búmeran”, cuya forma genera una especie de caída libre, un movimiento que se construye por medio de los versos. Así, es necesario advertir que cada hoja de este libro tiene su importancia. En este sentido, vemos que la edición, además de centrarse en lo estrictamente textual, también le da valor al trabajo fotográfico. Por lo mismo, es posible observar, en casi todos los momentos de este poemario, la presencia de imágenes, que junto a los textos, muestran faros, muelles y paisajes vinculados al mar: “ya sé / hablé de barcos / de anclas que retienen sueños / de voces que viajan a velocidades inexplicables” (13). Sin embargo, a pesar de aquella relación que se intenta mantener, lo cierto es que el vínculo visual y escritural pierde consistencia. De esta manera, en el poema “Villana Frente”, se puede percibir la fotografía de cuatro pájaros cayendo verticalmente por la página, acompañada de los siguientes versos: “fuiste cayendo / a veces lento / otras una bala taladrando la tierra / perforando la materia que reuniría tus huesos” (20). Así, aquellos recursos fotográficos que se repiten a lo largo del libro, una vez más, le restan autonomía al lector para construir significados más allá de lo denotativo. Desde este punto de vista, las imágenes no resultan ser co-construcciones de sentido, sino un mero acompañamiento de los textos. De hecho, el diálogo es tan evidente y poco sugestivo que pierde toda su importancia frente a los poemas, diluyéndose hacia el final como elemento de decoración. Así, lo que podría ser un recurso tremendamente potente para este trabajo poético, se transforma en pura redundancia.

Por otro lado, y volviendo al texto que presenta La catedral de encallada tristeza, se dice que hay poemas que construyen “la intertextualidad con autores como Jorge Teillier, José Saramago, Boris Vian y Miguel Hernández, entre otros” (7). Sin embargo, a pesar de lo dicho por la presentación del poemario, la verdad es que los textos titulados “Adiós” y “Perfume” son los únicos que se relacionan de manera concreta con otros autores, justamente por la utilización de recursos paratextuales. Desde este punto de vista, es importante recordar que el ejercicio de la intertextualidad no se genera sólo por añadir un epígrafe de otro poeta a nuestro texto. Por el contrario, sabemos que dicho recurso establece relaciones muchísimo más finas y cuidadosas. Lo anterior, que es adelantado y afirmado por la presentación que se hace del libro, provoca que los lectores y lectoras sean incapaces de identificar quién entrega estas líneas de lectura. Así, aquel texto que funciona como prólogo, o como cúmulo de piropos, no finaliza con ninguna firma específica. Esto hace despertar sospechas sobre dicha producción, por promesas que el poemario nunca cumple y por su excesiva emocionalidad que –muchas veces– sólo se acerca a una poética escrita en tercera persona.

La catedral de encallada tristeza

Felipe Bennett Ballacey

Oxímoron, 2014

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Daniela Stevens (Santiago, 1991) es Licenciada en Literatura por la Universidad Diego Portales. Ha asistido a diversos talleres de poesía a cargo de Paz Molina, Teresa Calderón, Andrés Morales y Raúl Zurita.
Desde el 2008 participa en diferentes encuentros poéticos en la ciudad de Santiago, como los ciclos de poesía “Los Desconocidos de Siempre”, “El Cuarto Dedo en la Llaga” y “La Poesía se fue al Chancho” en el Bar Chancho Seis. En el año 2011 fue becaria del taller de poesía Fundación Pablo Neruda, dirigido por los poetas Jaime Quezada y Floridor Pérez.
Actualmente, forma parte del área de Crítica Literaria en el sitio web Poesía y Crítica y en Revista Cólera.

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