El pájaro que voló lejos

por Luis Caroca

Pájaro_CostamagnaEl libro de Costamagna se estructura en tres cuentos: “Nadie se acostumbra”, el breve “Agujas de reloj” y el que da nombre al libro, “Había una vez un pájaro”. En el primer texto tenemos a Jani, una niña de doce años que inicia un viaje a Argentina junto a su padre Guillermo en 1975. Ambos cruzan la cordillera en una citroneta para visitar a la tía Bettina, quien vive en Campana. La niña deja Chile con la certeza de extrañar a su perrita Daisy y a su madre: “Y Jani se despide de la perra, dame la patita, y sube con su padre a la citroneta.” (p.11). Es interesante el estilo indirecto libre que utiliza el narrador y la descripción con un lenguaje coloquial. En este sentido Costamagna muestra toda su experiencia narrativa: “El pastor alemán sigue exhibiendo sus encías rosadas, como si estuviera contratado para promocionar pastas dentales, hasta que se funde con el paisaje.” (p.13), “pero eso quizás avivaría más la cueca.” (p.23). La niña escruta los misterios y vaivenes de los adultos a cada instante ya sea por la mera observación o por el recuerdo: “Jani recuerda muy bien el filo puntiagudo de la nariz de su madre ” (p.12). Los secretos familiares impactan fuertemente a la protagonista, de forma sorpresiva y decisiva, hecho que cambiará radicalmente su mundo de niña.

En el escueto y preciso “Agujas de reloj” tenemos a una niña que desea una idealizada y profunda relación con su padre. “No saben lo perniciosamente hermoso que es un padre. Hoy llevará a su hija al puerto. Será una navidad distinta.” (p.29). Si se toma dentro del contexto del libro, se puede leer como el padre desaparecido, ausente: “Entonces una hija se acercará riendo y abrazará a un padre como se abraza a un amigo. O a un amante.” (p.30).

“Había una vez un pájaro” es el último y más extenso cuento del libro. Comienza con un epígrafe de Clarice Lispector: Había una vez un pájaro, Dios mío. Nuevamente la figura del padre está presente, pero expresamente la del padre preso político y exiliado durante la dictadura. La protagonista es otra vez una niña aunque esta vez recibe el nombre de Amanda. Ella es la narradora de la historia, a diferencia de los dos cuentos anteriores donde predomina la omnisciencia. Todo comienza con los integrantes de la familia dentro del hogar viviendo cierta normalidad, hasta que una ráfaga de metralla de los organismos de la dictadura provoca el quiebre. El padre es detenido y las visitas que el grupo familiar realiza al detenido muestran una gran emotividad. Pronto los encuentros con Gustavo, el padre, se tornan difíciles y la relación del hombre con su esposa también. El posterior exilio a Argentina es un gran golpe para la pequeña Amanda y una serie de interesantes hechos cautivan y sorprenden al lector. Es la vida misma, hechos que tienen de fondo a la dictadura, pero que perfectamente pueden ocurrir en un contexto de cierta “normalidad política o social”. En este sentido, se podría pensar que es más atractivo ofrecer una historia ambientada en aquellos terribles tiempos de Pinochet, recurso fácil y que ya han usado (y abusado) tantos de nuestros narradores y poetas, y que tanto gusta a lectores extranjeros como si se tratase de un seguro producto de exportación literaria latinoamericana. En un momento la autora inserta en la voz de la protagonista palabras graciosamente femeninas: “Le digo a Virginia que tenemos que hablar. Me encanta pronunciar esa frase: tenemos que hablar.” (p.42). Oración que causa atención sin duda en cualquier lector masculino. Pero donde el lector se detiene con verdadera atención es cuando concluye lo interesante que resulta que tanto en el primer cuento como en el tercero, se repite una imagen que contextualiza en un corpus provocando cierta unidad: “una fila de hormigas marcha por el borde de una muralla. Jani las va aplastando una a una con su dedo índice mientras murmura “toque de queda, toque de queda”. El dedo le va quedando negro.” (“Nadie nunca se acostumbra”, p.22). Y en “Había una vez un pájaro”: “a la primera hormiga le falta un milímetro y ¡toque de queda! Las voy aplastando una por una.” (p.56). Es como si se tratara de una metáfora en que las hormigas son los personajes mismos o, más claramente, las víctimas del régimen. Ambas niñas, Jani y Amanda, realizan dicha acción en una especie de trance.

Esta y otras conexiones entre los cuentos del libro provocan notables paralelismos. Si en el primer relato la niña Jani tiene una perra llamada Daisy, en el tercer cuento, la niña Amanda tiene una gata llamada Candy. Se repite la citroneta como medio de transporte familiar, los años setenta post golpe militar, las ya mencionadas hormigas, Chile y Argentina, un lenguaje y una visión de mundo común, propia de una niña inteligente y sensible. Es decir, se podría afirmar que la historia es la misma y que los personajes también son los mismos, en esencia, más allá de los cambios de nombres, de mascotas y de uno que otro hecho. Es como una variación musical. La misma melodía, pero con diferentes arreglos. Jani-Amanda se enfrentan de golpe a la realidad de los adultos desde una perspectiva infantil, aunque no por eso sin cierta sabiduría natural. Aquí son los adultos los que se muestran torpes e ineptos sin saber como actuar dentro del pavoroso contexto de la dictadura. Las niñas de estos tres cuentos de Costamagna, son víctimas de los desaciertos y de las pasiones de los mayores y estos, a su vez, víctimas de la opresión política. Los adultos subestiman la inteligencia y la capacidad de observación de Jani-Amanda, la cual sabe perfectamente como son las cosas y que el dolor que provocan las acciones de los padres, los hijos se las bancan. Dolor, como el de un padre o pájaro que voló lejos.

 Había una vez un pájaro

Alejandra Costamagna

Cuneta, 2013

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Luis Caroca Saavedra (1970) es escritor y profesor de castellano de la UMCE. Ha sido antologado como cuentista en Mago Editores.  Ha publicado artículos sobre literatura en la Revista Water-Neon, Francia.

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