En busca del Iceberg: Una lectura del libro Encomienda, de Lucas Costa

por Christian Torres

encomiendalucascosta¿Qué pasaría si alguien te “encomendara” una historia? ¿Si alguien te dijera: esto tienes que decirlo? Tú eres el escritor de la familia, el tipo sensible. El que debe hacerse cargo. Entonces, a regañadientes, como imperativo categórico, decides hacerlo, pero no quieres mirar la historia a los ojos. No la soportas. Es demasiado triste o, en el peor de los casos, demasiado feliz. Es la historia que no te tocaba contar. Así que pones los ojos en todo menos en lo que tienes en las manos. Esto es, precisamente, lo que algún lector ―el que estas líneas escribe, por ejemplo― podría sentir respecto a la obra de Lucas Costa, Encomienda.

Y es que a veces las historias valen más por lo que no se cuenta. Una buena historia, decía Hemingway, oculta siempre lo más valioso, su verdadera dimensión. Lo demás es lo simple, lo visible. Pero si se quiere llegar al fondo, a lo que no se ve a simple vista, hay que utilizar un traje de buzo y llegar hasta donde alcance la resistencia. No basta con hacer descripciones del ambiente carcelario. Todos conocemos lo que es una cárcel. Sabemos de su hostilidad. De su tristeza. De la sobrepoblación. De los barrotes y las aves que cruzan el cielo. Así sea por televisión la hemos visto. Pero a cada cual le toca contar una historia, no la historia que quiere contar, ni la que se le encomienda, sino la que lo elige: “Cuenta por qué tu padre cayó en la cárcel” (p. 9), escribe Costa. No obstante, el lector se termina encontrando con la cárcel, los “chuchos”, el “manojo de llaves”, los gatos, las “rejas oxidadas”, los “tordos”, las murallas, los reos, el musgo, los pacos, las ventanas, y todos los lugares del recinto penitenciario, menos con lo que realmente interesa: la historia, la parte oculta del iceberg.

Alguno podría decirme que la poesía no cuenta historias. Que su fuerte es la descripción y el lenguaje. O que utiliza los objetos para contar una historia. Y puede que a veces sea así. Sin embargo, para que esto se logre, el poeta debe descubrir algo que nadie más ha visto. Desvelar lo que se esconde bajo los barrotes, bajo el óxido y la tensión de las prisiones.

Con todo, le quedan algunas opciones al lector: puede escribir en su cabeza la historia oculta, ese discurso auto-censurado por el autor, al modo de una obra disidente perseguida por un régimen dictatorial. En esta versión, Lucas Costa decide ocultar la historia a propósito, para que el lector imagine que la omisión no es una equivocación, sino un juicio oculto, impronunciable. También se podría imaginar que el autor prefirió no escribir la historia por motivos éticos: no quería sacar provecho de la situación, tomarla como pretexto. O ni siquiera se dio cuenta de que ―mientras escribía, fascinado por un lugar jamás visto y que ha inspirado a tantos y tan buenos escritores: Cervantes, George Jackson, Wilde, entre otros― olvidaba (¿inconscientemente?) la historia por la que estaba allí. Señalado: tienes que escribir esto. ¿Encomendado?

Pero a lo mejor esta encomienda llegue un día a buen puerto, uno menos recalcitrante, y tal vez sean estos versos los que alcancen a iluminar su lectura: “Una cárcel en llamas. / Nada te turbe: los chispazos no sirven para los niños / y perros que aúllan, pero te sirven a ti.” (p. 36)

Encomienda

Lucas Costa

Editorial Cuneta, 2013

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Christian Torres (Bogotá, 1982), escritor y músico. Es Licenciado en Filosofía, Letras y Educación. Magister en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado algunos poemas en diversos medios escritos. Su primer libro, Relatos C.38, obtuvo mención meritoria por parte de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Ha sido docente y promotor de lectura en diversas instituciones colombianas. Actualmente cursa estudios de Doctorado en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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3 pensamientos en “En busca del Iceberg: Una lectura del libro Encomienda, de Lucas Costa

  1. Francisco Ovando dice:

    Lamento que la lectura haya sido, por decir lo bajo, limitada. Al menos eso da a entender la reseña, que es también otro punto. No basta con el sentir para hablar de un libro, porque es fácil. Allí faltó argumentación.

    En rigor, pareciera ser esto más bien un pataleo nacido de una lectura hecha a la rápida. Alegar mucho y bonito porque algo que tú querías no estaba en el texto. ¿Cuál es el ejercicio, entonces? ¿Quedarse con una opinión formada a penas por el referente de cada verso?

    Hay facilismo allí. Porque es cierto, más de alguno, por distintas circunstancias, conoce la cárcel. En efecto, quedarse en las sencillas imágenes de la pantalla televisiva sería lo más sencillo. Sin embargo, hay poco de eso en el poemario. Y vuelvo al asunto de tu lectura, porque lo que parece ser, en una revisada simplona e irresponsable, detalles nimios, es precisamente el lugar de residencia del ejercicio poético en Encomienda. Son los gestos leves los que conforman las imágenes, los detalles anodinos que connotan lo ominoso y terrible.

    Sería tan fácil, piénsalo, hablar de la cárcel buscando en sus profundidades. Hablar de la pesada ley con imágenes aún más pesadas. Pero supongo que a ti eso te dejaría contento.

    ¿Qué haces del resto de los elementos que conforman el poemario? ¿Te dijeron algo? SI no te dijeron, anda a leerlo de nuevo. Busca el vuelo de las aves, la subversión de un discurso cristiano en los términos de la ley del hombre.

    Finalmente, te convido a no ser falaz en tus próximas columnas. Juzgar un libro por lo que, tú como lector imaginas que es su intención, es un error de poquísima elegancia. También aprovecha de leer y encontrar el tono del primer poema. Descubre qué hay allí y deja la literalidad cruda de lado.

    Si el poemario no te llevó a ninguna parte eso no habla mal del poemario, si no del lector. Recuerda que Lichtenberg decía “Cuando un libro y una cabeza chocan y suenan hueco, ¿Es culpa del libro?”

  2. Estimado Francisco,

    Primero quiero darte las gracias por tomarte el tiempo de escribir tu comentario. Discúlpame la falta de solemnidad, de “elegancia” – me faltó también citar a Kayser, Bajtín y Calvino – seguro “te habrían dejado contento”.

    Me alegra saber que existen puertos distintos. Que un poemario puede tener diferentes y disímiles lecturas. Si todos estuviésemos de acuerdo el mundo sería realmente aburrido, “piénsalo”.

    De nuevo gracias y te dejo una cita de Lichtemberg que busqué por Google:”Siempre es preferible darle el tiro de gracia a un escritor que perdonarle la vida en una reseña.” Eso sí, no hay que tomársela tan en serio. Puede incluso que no sea de Lichtemberg, o que éste la haya escrito ebrio. No podemos saberlo.
    .
    Saludos.

  3. Dasein dice:

    “Juzgar un libro por lo que, tú como lector imaginas que es su intención, es un error de poquísima elegancia”. No si esto tenga que relación con la elegancia, pero la verdad es que eso es lo que el lector hace con un texto: juzgarlo, llenar los espacios que parecen vacíos con nuestra propia lectura.

    Sin embargo, en alguna medida, concuerdo con que, en realidad, uno nunca conoce la cárcel hasta que se está en ella. Todo lo demás vendría siendo una mera imaginación y, por lo tanto, Encomienda también lo sería. En ese sentido, Lucas Costa como autor, sería un mero canal del testimonio…esa sería la principal problemática del libro. Y eso debería haberlo cachao Christian Torres…

    En todo caso, buena crítica. Gracias PyC por la constancia. Un abrazo.

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