Apuntes sobre la poesía chilena actual: la negación de la biblioteca*

por Manuel Vallejos C. **

En este último tiempo en lanzamientos de libros y lecturas –y, por supuesto, en distintas redes sociales de internet- he escuchado/leído diversos comentarios con respecto a la situación de la poesía chilena actual. Al parecer, el motivo de estos es la superabundancia de poetas noveles que han irrumpido en el panorama literario con lecturas, publicaciones, colectivos, acciones de arte y comentarios en el ciberespacio.

Esta pregunta por la situación poética, tremendamente necesaria tanto para el ejercicio poético de una generación emergente como para la continuidad de otras diversas generaciones, suele ser respondida –según puede escuchar/leer en la mayoría de los casos- con el entusiasmo del prejuicio, con el arrebatamiento de una crítica poco sutil que no escatima esfuerzos en ignorar detalles.

La mayoría de estas críticas giran en torno a un deber ser tremendamente antojadizo y que se focaliza, dependiendo del sujeto que hace la crítica, en los aspectos de la estructura y en los del contenido –olvidando, claro está, toda noción de unicidad del texto-. Estos comentarios van desde la crítica al individuo (“a este poeta le falta calle/lecturas/taller/decir cosas importantes…”) hasta la falacia por generalización (“a la poesía chilena le falta rock/silencio/grandes autores…”). Los casos son muchos y la lista de ejemplos resultaría interminable.

Lo cierto es que a partir de estos comentarios cualquier persona podría inferir que la poesía chilena atraviesa por su peor momento. En consecuencia se asume que los autores emergentes adolecen de algo múltiple, algo que nadie tiene muy claro pero que se podría resumir con el sustantivo CALIDAD. El argumento es circular puesto que los criterios para determinar esta palabra varían entre un comentarista y otro.

Así, se lee la poesía actual más emergente con recelo, se la lee como un estado de mundo mediocre, que, en el mejor de los casos, se identifica con una obra en constante construcción y, en el peor de los casos,  se relaciona con una ruina en demolición, un edificio que tiende al fracaso. En este sentido, la respuesta a cuál es el estado de la actual poesía chilena se reduce a “algo que no conocemos muy bien pero que, de seguro, implica la falta de calidad”.

Frente a este punto de vista, que me parece no solo prejuiciado, sino de poco alcance, propongo otro que permita ingresar al fenómeno de la poesía chilena actual desde la amplitud que está alcanzando. No es mi intención entregar una respuesta definitiva, sino contribuir con una perspectiva, con una invitación a la lectura que, me parece, permite sacar mayores y mejores conclusiones del fenómeno de la poesía actual y que va más allá de la pregunta por la calidad, reabriendo la pregunta por la situación.

Ahora bien, cuando se realizan comentarios respecto de la calidad poética de la poesía actual en Chile se apunta primordialmente al cúmulo de voces que han surgido en el panorama poético nacional desde, aproximadamente,  el año 2005 a la actualidad (1). La mayoría de estos poetas no tiene publicaciones aparte de antologías, revistas y plaquettes. Por lo general, tienen apariciones públicas en lecturas organizadas por ellos mismos (2) y, además, se han formado tanto en colectivos como en talleres gratuitos (mayoritariamente en los talleres de Balmaceda Arte Joven y de diversas universidades públicas y privadas). Son, a fin de cuentas, una comunidad móvil y de constante emergencia.

La biblioteca

Pero, ¿a qué se deben estos comentarios? ¿qué motiva la falta de entusiasmo y confianza por las poéticas emergentes? ¿por qué se instala la necesidad de la calidad como criterio definitivo?

Desde mi perspectiva esto sucede porque se intenta explicar la poesía chilena actual desde la lógica de la biblioteca, una biblioteca en la cual la acumulación de nombres empastados, en donde la linealidad del espacio, su horizontalidad, no permite la coexistencia de diversas voces al mismo tiempo; es el polvo, la falta de oxígeno la que impide la polifonía.

¿Qué significa esto? Significa que se piensa que todo texto, que todo poema, tiende a la biblioteca –se entiende que esta es su naturaleza- y que, por ello, debe competir por ingresar a este espacio etéreo, constituyente del campo cultural, materializado en la tecnología del libro. Esta noción que sin lugar a dudas nos es heredada por los modelos europeos de lectura de principios del siglo XIX (3), nos obliga a contemplar el espacio de la biblioteca como un espacio olímpico, en la que el héroe/poeta debe luchar, utilizando toda su estrategia –textual y de lobby-, demostrando sus capacidades sobrehumanas –el poeta es un pequeño dios– con el fin de ingresar al espacio de la consagración.

Con todo lo coherente que esta aseveración pueda sonar, tiene, al menos, dos elementos constituyentes altamente cuestionables.

El primero y más evidente de estos es la creación de dos categorías de poetas: los buenos y los malos, esto es, aquellos que pueden/deberían ser, o que están en camino a ser, incluidos por la biblioteca (los indexables) y los que no. Esta dualidad resulta a todas luces infantil. Es la que de manera más clara instala como centro de la pregunta el problema de la calidad. Se cuestiona si el aspirante cuenta o no con los medios para ingresar ya no solo al espacio del campo cultural –en el que sin duda ya se encuentra inmerso- sino al espacio de la consagración, puesto que debe luchar por el premio gordo en las mismas condiciones que aquellos que forman partes de las filas del anaquel.

Esta barrera impuesta a toda obra, a saber, que debe tener tales o cuales condiciones o que debe asemejarse a tal o cual obra, no hace más que repetir una concepción elitista de la literatura (4). Así, se estima que la obra es Obra cuando corresponde a los parámetros de lectura de los grupos intelectuales hegemónicos, la obra se lee desde lo políticamente correcto, se lee desde las obras indexadas. Se delega el poder a la autoridad bibliotecaria, se ejerce una violencia sobre la diferencia de la obra emergente, se desean  los parámetros de la continuidad, se aspira, a fin de cuentas, al status quo.

Esta fantasía neoliberal, en la que todos parecieran luchar/competir en iguales condiciones por el trofeo y en donde la competencia asegura calidad, enfatiza la supuesta necesidad del mérito en la escritura poética, desestimando que esta pueda leerse como un proceso, eliminando toda posibilidad de fisura en el pulcro templo bibliotecario.

En segundo lugar y muy en relación con lo anterior, aunque como un mecanismo inverso, entender la poesía chilena actual como tendiente a la biblioteca implica una noción de exterminio. Si lo anterior implicaba la continuidad, esta implica un elemento que en apariencia es ruptura, pero que no es más que la continuidad de la ruptura.

Para ganar un espacio, para ingresar, la obra debe pagar el precio del asesinato de la obra ajena, generando, de paso, su autoaniquilación. Esta postura, tan propia de las vanguardias, será, para un autor como Foucault, un elemento constituyente de toda literatura (5). Es el héroe que aniquila a los monstruosos, a las bestias deformes de la poesía errada: lo bueno y lo malo, la dualidad de personajes, tan ilusoria e ingenua.

Esta necesidad del exterminio se encuentra dada por la superación de las obras anteriores, esto es, la obra debe configurar una borradura de la textualidad anterior, de la escritura contemporánea y, quizá -en el mejor de los casos- de todas los escritos futuros. Esto que pareciera ser la panacea de la poesía desde Mallarmé -una acción por medio de la cual un autor actual pudiera ingresar a los espacios numinosos de la biblioteca- no resulta más que otra fantasía basada en la tradición de la ruptura. La ruptura sería garantía de calidad, ya que el gesto superaría cualquier aspecto de la textualidad. Resulta muy difícil mantener el argumento de la ruptura: esta no es capaz de romper con nada en realidad, puesto que únicamente se suma a la biblioteca por medio de otra tradición. Es, entonces, acceder al libro indexado por el anverso, acceder a la biblioteca por el otro costado.

El territorio

Convendría, entonces, entender la proliferación de nuevas voces más que como un intento de index, como un proceso, particularmente como un proceso de territorialización desde la poesía. Como plantea Deleuze escribir es “inventar un pueblo que falta” (Crítica y clínica, p.15), esto es, permitir al poema devenir patria, devenir un Chile-otro, una patria y una matria intermitente que da luces de su existencia en cada poeta, en cada poema. Un territorio que es la escritura, no un sumarse a la tradición bibliotecaria: Aparece entonces el gesto territorializador: se crea un territorio, se le nominaliza y se delimitan sus fronteras (otra vez: Deleuze, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, p. 343) a partir no solo de escrituras, sino de prácticas culturales y filiaciones. Se rechaza el suelo marmóreo de la institucionalidad, no se aspira a ser un libro polvoriento, olvidado en los anaqueles o sobre la mesita de noche.

Este gesto es, a la vez, una forma de desterritorialización de la biblioteca, espacio que, como dije, se construye como el más válido de todos para la expresión del fenómeno literario.

Este grupo de constante emergencia pareciera hacer eco de necesidades propias de una sociedad que asesina sistemáticamente su identidad y, por ello, parte de la poesía y no se queda en ella. Desde ahí inaugura la posibilidad, de contrabando ingresa la fisura. Es en este sentido que las lógicas de la calidad resultan insuficientes.

Como lectores y, en algunos casos, partícipes de esta proliferación de voces, nos corresponde devenir ciudadano de esta nueva patria y leer los desplazamientos de este grupo nómada sobre la cartografía de sus textos: transformarse en vecino, dejar de ser competidores por el espacio polvoriento de la biblioteca soporífera. Ser la ciudad, ser la patria, permitirse el deambular por las avenidas de una identidad que se revela contra la aurea mediocritas.

A modo de comentario final, quisiera dejar en claro que esto no es una apología de la poesía chilena actual –que puede gustar o no-. Tampoco es un intento de subjetivar las condiciones de calidad de un texto. Creo firmemente que el paradigma literario no es subjetivo sino interpretativo, por lo que planteo aquí una entrada de lectura, una posible interpretación de este fenómeno más-que-literario. La biblioteca está bien para los libros indexados, pero me parece que no es posible extrapolar este criterio a la proliferación de voces poéticas actuales. El fenómeno excede ampliamente esa perspectiva.

Dicho de otro modo, hoy, más que nunca, es indispensable volver la mirada sobre el recorrido, sobre la ciudadanía, sobre este Chile nómada (que es también América) que se traslada, que viaja, que lucha contra el centralismo y la exclusión, contra la violencia constante del discurso sobre nuestras vidas.

*Texto publicado anteriormente en la Revista Kanem de Literatura, N°4, UFT.

**Manuel Vallejos Carrasco es Licenciado en Letras Hispánicas (PUC) y Licenciado en Educación Media (PUC). Becario de la Fundación Pablo Neruda 2009. Ha recibido el premio Facultad de Letras UC 2008 y el Premio Especial Roberto Bolaño 2009. Es gestor del blog de crítica literaria Poesía y Crítica.

NOTAS

(1) Por no caer en la trampa de la antología –siempre bibliotecológica, siempre horizontalmente vertical- no propongo una lista de nombres. Dichos nombres son ampliamente conocidos y poco a poco han creado un espacio divergente dentro del panorama. Advierto que, desde mi punto de vista, el acto de apuntar a este grupo NO es la configuración –ni siquiera tentativa- de una supuesta generación. Finalmente, los nombres no se presentan puesto que el objetivo de este artículo no es el de introducirlos en tanto individuos, sino el de proponer otra mirada, otra lectura sobre el fenómeno.

(2) El recorrido de estas lecturas es múltiple, pero implica nombres y lugares específicos: Ciclos En emergencia, El dedo en la llaga, Descentralización poética, Los desconocidos de siempre, Lecturas Amigo, Ruda, Centro Cultural Casa Rosada, Biblioteca de Santiago, Centro Cultural Manuel Rojas, Bar Chancho Seis, etc.

(3) Relacionado con las perspectivas de lectura de los grupos intelectuales y políticos –siempre apuntando a la intelectualidad europea- durante la consolidación de las grandes instituciones educativas de Chile y sus programas formativos, enmarcados en el contexto de la formación del Estado Nacional moderno en América.

(4) Sin olvidar, por supuesto, que la literatura siempre ha sido un espacio gobernado por la élite. Incluso después de la posibilidad de su expansión (imprenta, masificación de la tecnología del libro, alfabetización, democratización de la lectura, publicación digital, etc.), se mantuvo dentro de los parámetros de un grupo reducido, ya que conserva los códigos de la élite, apunta hacia ellos. Esta perspectiva de lectura se apoya –según yo lo veo, de manera malintencionada- en lo que Mijail Bajtín llamó intertextualidad. En esta red de textualidades se genera la elitización: si todos los textos remiten –reescriben- a otros, entonces sería necesario, para una lectura más completa –una lectura de crítico, una lectura válida- conocer el entramado, volverse ratón bibliotecario e ir deshilvanando la urdimbre. Quien no conoce las relaciones entre los textos difícilmente puede hacer una lectura que valga la pena. La invitación es, entonces, a poner en tela de juicio estos supuesto códigos de la élite que, desde mi punto de vista, no son suficientes para abordar el fenómeno de la poesía chilena actual, puesto que conviene acudir no sólo a las redes intertextuales, sino a las redes interculturales y de la experiencia.

(5) “Es finalmente en el libro, ese libro asesino de todos los otros libros, que asume al mismo tiempo en él el proyecto, siempre frustrado, de hacer literatura, donde la literatura encuentra y funda su ser” (p.80) Michel Foucault, De lenguaje y literatura.

 

BIBLIOGRAFIA

Deleuze, Gilles. Crítica y clínica. Barcelona: Editorial Anagrama, 1996.

____________. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos, 1997.

Foucault, Michelle. De lenguaje y literatura. Barcelona: Paidós, 1996.

Licencia Creative Commons
Apuntes sobre la poesía chilena actual: la negación de la biblioteca por Manuel Vallejos Carrasco se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en poesiaycritica.wordpress.com.

Anuncios
Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

3 pensamientos en “Apuntes sobre la poesía chilena actual: la negación de la biblioteca*

  1. Valderrama dice:

    Muy buen análisis. Coherente a los tiempos -y contratiempos- que corre la poesía chilena hoy por hoy. Me parece sumamente acertada la mirada relativa a una suerte de ‘comunidad móvil’ conformada por la voces que emergen desde distintos espacios, donde la idea de consagración es, por decirlo menos, un afán pretencioso que críticos y poetas se permiten como ejercicio, un tanto drogados por humos que suben desde -y para- una especie de oligarquía intelectual, económica siempre y cultural sin duda.
    Me parece problemática la idea de ‘patria’ -o bien matria- expuesta. Prefiero una idea de comunidad desligada de un territorio posible que, por más nuevo que se piense, tiende a ser teñido de elementos cargados de crimen y tanto más.
    Sería interesante ligar el análisis expuesto a un estudio relacionado con el cómo funcionan las estructuras económicas en la crítica. Traería sorpresas para algunos y, sin duda, demostraría lo que intuyo en este artículo: un afán de comunión, mas no de juicio barato, en donde el poema se vale por si mismo en un espacio abierto. Una postura progresista, sin duda, sólo esperable de una conciencia ligada a una condición social determinada. La tuya, claro está, mr. Vallejos.
    Un abrazo.

  2. Diego dice:

    Me parece interesante la manera en que planteas tanto la lectura de la poesía nacional, así como las críticas que se le suelen hacer a esta. Si bien yo he estado muy alejado de todo círculo poético, mas no de mis lecturas atávicas, me parece que tu crítica a la biblioteca deja de lado aspectos del circuito del libro, que tinen que ver directamente con su distribución. Durante el año pasado, estuve a cargo de uan biblioteca universitaria. Ahí me di cuenta que los encargados de este tipo de instituciones no son muy avezados en un tipo de lectura, sino que se guían por parámetros que se derivan directamente desde las librerías y los contactos que se desprenden de ella, así como de rankings, comentarios de prensa, entre otros. En ese sentido, los encargados de adquisiciones toman decisiones respecto a qué libro comprar y cuál no desde un entusiasmo general y una ignorancia en lo particular, que, en este caso, sería el de la poesía nacional. No sé si pasará por una cuestión de marketing (en el que estoy seguro que los poetas y editoriales pequeñas suelen ser pésimos), pero sé que pasa por un desconocimiento que va más allá de la vitrina de una biblioteca, por decir, de Providencia. Quizá una idea sería contactarse directamente con algunos de estos encargados de bibliotecas y decirles qué se está haciendo hoy. Estoy seguro que ellos ante cualquier propuesta de fomento lector reaccionaría muy bien, sobretodo bajo el estigma de vivir en un país de poetas. Pero bueno, me gusto tu planteamiento de leer poesía como su fuera un territorio en construcción (o en destrucción dependiendo por dónde se le mire) y me parece que esa es una miarda bastante comprometida con este círculo literario.
    Un abrazo,

    D.

  3. Claudio dice:

    Compañero Manu, muy hábiles palabras, le mando algunos pensamientos sueltos que emergieron tras leerlas.

    [Como un comentario entre paréntesis y solo como acto descentralizador y/o post nacional, para construir muchas naciones, tantas como quieran las nuevas y móviles bibliotecas, no diría “poesía chilena actual”, considerando que, según entiendo, se habla solo del circuito literario “joven” (aunque me cargue esa palabra) de Santiago, y quizás aún sería muy pretencioso.]

    Sobre el texto:
    Usted muy bien nos dice que los criterios de calidad son impuestos para continuar con el status quo literario. La hegemonía cultural insiste en replicar sus formas y contenidos en las nuevas generaciones, y la colonialidad (atendiendo que esas formas y contenidos son producto del pensamiento europeo capitalista decimonónico) se refuerza cada vez que un poeta de nuestros territorios y tiempos pretende ingresar a esa biblioteca polvorosa de la que hablas. También nos dices que la incorporación en esa específica biblioteca se fragua mediante una lucha/competencia, que es una de las bases ideológicas del neoliberalismo, el cual cada vez menos gusta, y provoca la rabia de tantos. Esa competencia puede adoptar como mecanismo la continuidad o la ruptura de la tradición, y es aquí en donde ubicaría una hendidura en lo que planteas.

    Concuerdo plenamente con el hecho de que la continuidad y el cambio son un problema para eliminar la tradición elitista, ya que la ruptura (que tendría la misión insurrecta) “no es capaz de romper con nada en realidad, puesto que únicamente se suma a la biblioteca por medio de otra tradición”. Y es aquí en donde recuerdo a Luis Vitale (siguiendo a Trotsky) y a Walter Benjamin.

    A Luis Vitale, bajo su concepto (enriqueciendo una categoría acuñada por Trotsky) de “desarrollo desigual, combinado, heterogéneo, diferenciado y multilineal”, para indicar que la historia, así como la negación de la biblioteca de la cual tu habla, no es horizontal, ni lineal, sino compleja, combinada, por tanto no existe LA tradición, sino una tradición que se impuso como hegemónica por sobre otras, lo que en gran medida no fue bajo atributos literarios objetivos y medibles, sino bajo un ideal de mundo de quienes controlaban la situación política y económica. Por tanto, cuando se pretende continuar o romper con la tradición hegemónica no se hace más afianzarla, pero ¿qué ocurre con tradiciones literarias que representan la construcción de un país-otro?, ¿Qué ocurre con tradiciones literarias populares?, ¿Qué ocurre con tradiciones orales, que para exponentes como Elicura Chihuailaf pueden ser la materia prima para construir lo que él llama oralitura? Entonces ¿se trata de negar toda biblioteca, o de construir la nuestra propia?

    Por otro lado Benjamin nos dijo que no existía la verdad histórica, que sería en este caso una verdadera tradición literaria, simplemente existen relatos según las motivaciones políticas contemporáneas, (“La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no está constituido por el tiempo homogéneo y vacio, sino por un tiempo pleno, tiempo-ahora”), entonces tenemos que construir una escritura mirándonos las caras, apropiándonos de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro, recuerdo que tendrá por fin redimir a nuestros muertos, y no a los suyos.

    En fin, en mi visión, no creo que las y los poetas que vienen después de los chicos de poquita fe nieguen toda biblioteca, lo que sí se niega es la biblioteca normalizadora, la que se impuso como oficial y homogeneizadora.

    Saludos Manuel… un gran abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: