Archivo de la etiqueta: Museo de la memoria y los derechos humanos

Veo gente viva (1)

por Edson Pizarro*

“Lo único terrible sucede a plena luz/ a ojos de todos”

Victor Hugo Díaz

veo gente muertaDesde prácticamente su fundación, la violencia y la represión han sido experiencias comunes de los indígenas, campesinos, mineros y los pobres de toda Latinoamérica. Las dictaduras son un gran referente de esto, las cuales modificaron la percepción de toda una comunidad en relación a hechos de violencia política. Con el tiempo, el concepto de dictadura en Chile fue reemplazado por el de “democracia protegida” (y “en la medida de lo posible”), donde sus habitantes se someten, adecuan y autocensuran fácilmente frente al comportamiento esperado por el Estado. Del mismo modo que respetaban el toque de queda, ahora pagan el transporte público más caro de toda Latinoamérica para que no se los multe por $37.000. El miedo al asesinato inminente fue cambiado por el de perder el trabajo o el de no llegar bien económicamente a fin de mes. En este sentido, lo siniestro se plantea desde la normalidad y normatividad.

En el proceso de creación de un espectáculo teatral, el cual no se desarrolló y tenía como eje el concepto “cuerpo”, con mi compañía de teatro visitamos el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Mientras nos perdíamos por ese centro de documentación (tiene tanta información que satura), llegamos a un espacio donde había un catre de metal. La diseñadora preguntó por qué había una cama en medio de todo esto. Le dije, en un tono muy jovial, que estaba frente a la denominada “parrilla”, donde los torturadores amarraban a sus víctimas desnudas y les aplicaban corriente. Ella me miró extrañada y preguntó si yo estaba bromeando. Nos miramos entre el resto de los integrantes y le dijimos que no era broma, que todo esto realmente ocurrió en Chile, y cómo era posible que ella no supiera algo que para nosotros era de conocimiento general. Ella contó que sus padres nunca le contaron nada de eso, que ellos no son de derecha pero son de los que “no  se meten en huevás”. Entonces le contamos el resto: violaciones, torturas, simulacros de fusilamientos, ratones por vaginas y rectos, y que en Villa Grimaldi tenían una parrilla mejor porque era un camarote de metal donde en la cama de arriba ponían, generalmente, a un familiar y los torturaban a ambos simultáneamente con el correspondiente ahorro de electricidad. Cuando terminó este paseo ella se veía notoriamente afectada y dijo “yo pensaba que solo en la Alemania de los nazis o en películas hacían estas cosas”. Lo que debería mantenerse oculto fue mostrado….  ¿Pero estaba realmente oculto?

Es habitual que los medios de comunicación encubran la realidad. En Chile, todos de derecha, han creado un lenguaje lleno de eufemismos para metaforizar lo indecible, lo siniestro. La guerra se convierte en “intervención militar”; los bombardeos en Gaza con niños y mujeres asesinados son “incursiones aéreas con daños colaterales” y la represión en las protestas se convierte en el “actuar de Carabineros”.  Esto genera una jerga que virtualiza la historia, donde lo político, como siempre, se apropia no solo de cualquier discurso, sino de toda la lengua. O, en palabras de Deleuze, «por la boca del verdugo habla la víctima». Pero, lejos de ocultar la verdad, esta ficción, esta máscara, es de tan pobre calidad que todos podemos ver los elásticos que la sostienen.

La falsificación de la realidad, este “facismo mágico”, revela aún más el carácter siniestro de nuestra sociedad. Diputados dicen estar en contra del matrimonio homosexual para “proteger a la familia” cuando, en realidad, piensan que todos ellos son enfermos mentales y les causan asco. Entonces algunos de ellos más populistas (porque tiene mucha onda tener un amigo queer) dicen “mejor no le llamemos ‘matrimonio’, llamémoslo ‘acuerdo de vida en común’” para entrar en consenso. Citando a Raúl Villarroel en su libro El imperio de lo siniestro o la máquina de la locura, “lo siniestro sería la incapacidad del símbolo para ser simbolizado, como incapacidad de imaginar y secundarizar el efecto, lo que Mori llamó “la incapacidad de asumir lo real, por ser éticamente inaceptable””(2).

El ejemplo más claro y reciente de todo esto es lo que ocurrió en Freirina. En este pueblo existe una alta tasa de cesantía hasta que llega esta generosa empresa a “dar trabajo y mejor la calidad de vida”, con todos los permisos pero sin cumplir las condiciones mínimas de sanidad. Los habitantes se quejan del mal olor, las autoridades no los toman en cuenta, realizan protestas, barricadas y tomas de carreteras, enfrentamientos con Carabineros, el ministro presidenciable va a la zona y clausura la fábrica por unos meses para que se bajen las revoluciones, después la empresa consigue los permisos sin hacer ningún cambio y vuelve a abrir, los freirinos vuelven a reclamar, la empresa decide cerrar porque “no desean estar en un lugar donde no se les quiere”, el Estado se lava las manos culpando al alcalde socialista y los únicos culpables y perjudicados son las personas, las víctimas. Las cosas son claras y están a la vista de todos: si ellos quieren trabajo, tienen que vivir con los chanchos. “Así no más es la cosa, ustedes votaron por nosotros, pero ahora están solos”. Y este carerrajismo provoca un nivel de indignación, de desconfianza del otro, que pone la piel de gallina ante el sentimiento de experimentar lo siniestro: no hay conspiraciones, no fantasmas. Lo que provoca horror es que no hay responsables. Como decía mi abuela cuando íbamos en familia a visitar a los parientes al cementerio: “No hay que temerle a los muertos, hay que tenerle miedo a los vivos”, y a los vivos, y muy vivos, los vemos todo el tiempo.

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*Edson Pizarro (Santiago de Chile, 1983): Licenciado en Literatura de la Universidad de Chile y en Educación por la Universidad Andrés Bello. En el 2009 publica su primer poemario Retiro de Televisores por Ripio Ediciones. Actualmente, trabaja como profesor de español como lengua extranjera.

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NOTAS

(1) Texto leído en la mesa de conversación “Lo siniestro, una estética del desconcierto en la literatura y las artes visuales”.  Viernes 14 de diciembre.

(2) El concepto de “fascismo mágico”  no es solamente aplicable en el sector político de derecha en nuestro país. Durante las movilizaciones estudiantiles durante el período que gobernó la Concertación,  la mayoría de los líderes estudiantiles pertenecían al partido Comunista y Socialista. Hablaban de seguir la voz del pueblo de la mano de los trabajadores, pobladores y mujeres de la patria, y que  siempre respetarían siempre la voz de las bases. Pero cuando el movimiento se radicalizaba y se convertía en un real dolor de cabeza para el estado, ambos partidos mencionados llegaban a un acuerdo a puertas cerradas con el gobierno y, a cambio de unos votos en el congreso, mandaban a todos sus dirigentes universitarios, como orden de partido, a que se bajaran todas las tomas y todo quedaba en nada, quedando como grandes perdedores los estudiantes secundarios. Pero ellos insistían en “seguir con la lucha permanente”. (Ahora, como no existe diálogo posible, los resultados de las movilizaciones están a la vista).

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